Editorial

Editorial Abril 2015

Ni la intensidad de las páginas narrativas sobre la caída del Imperio Azteca escritas por el historiador William H. Prescott en el siglo XIX, donde se narra el saqueo de Iztapalapa; ni la legendaria saga escrita por él mismo sobre la historia de la conquista del Perú, donde nos cuenta la infamia, presidio y muerte de Atahualpa, y con elementos casi novelescos y épicos la lucha de los primeros habitantes de América por conservar el dominio del reino, pretendido por la feraz conquista española; ni los eruditos y vividos capítulos de la obra del historiador inglés Hugh Thomas, sobre la conquista de México, pudieron crear la sensación y fuerza de los caballos conquistadores subiendo desde el sur de nuestro continente en busca de las riquezas y la tierra de los antiguos imperios americanos.

Tuvo que ser un hijo de esas tierras, un hijo del sur de Colombia quien escribiera:

De las tierras mestizas que subían de la hierba
jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes
estremecían la tierra con su casco de bronce
negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro

Es la Morada al sur quizás uno de los mejores poemas escritos en tierra de las dos américas, un poema fundacional del mito, donde nada hay más importante que la tierra, ese ámbito iluminado desde las alturas por las estrella con dientes de oro, por eso verso a verso el poeta la llama de diferente manera: tierra tierra, ala verde, ancha tierra, llanura, conceptos que están unidos a la poetización de la noche mestiza, con la cual logra la articulación histórica y cultural, donde la tierra forma parte de la creación, del universo cotidiano de los hombres del sur sin el cual es imposible la vida.

Pero esa tierra los primeros hombres, los que nacieron en ella, la perdieron en la rapiña histórica, primero a manos del español y luego por la astucia de sus descendientes, quienes como dueños ofendidos, hoy reclaman esos dominios con escrituras y certificados de tradición, la reclaman con la actitud del conquistador, con un pelotón anti motines, como si se las hubiera testado Carlos V o Alejandro VI, lo cual les da el título de legitimidad, sin pensar que pueden ser usurpadores, y ya sabemos que de usurpaciones está construida la historia, es el tema central de la obra de Shakespeare, donde distintas generaciones reclaman tronos y tierras, tierras que en el sur se negaran a devolver a sus primeros dueños, porque ante la concepción de la vida natural, la que tiene como visión la gran Pachamama y el universo mítico, está la voracidad capitalista de la producción y la mercancía con sus certificados de legalidad y de tradición, sin tener en cuenta que si alguna tradición existe es la de los primeros pobladores, los que nacieron como expresión de esa ala verde; las víctimas de los caballos con cascos de bronce, los que aún hoy en las noches mestizas, ven brillar estrellas con dientes de oro.

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