Crónica

Bulevar del Río: tejiendo historias y melodías

Bulevar del Río: tejiendo historias y melodías

El Bulevar del Río es un lugar de memoria histórica que moviliza varias dinámicas culturales y económicas. Fue promovido por la Alcaldía de Cali (empresa EMRU E.I.C) y diseñado por la arquitecta Elly Burckhardt, como solución al problema de tráfico de la carrera Primera.


Por: Yenniffer Cuenú Caicedo
Estudiante de Lic. en Literatura, Univalle




Collage del Bulevar del Río Cali.
Fotos: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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El Bulevar del Río, ubicado a orillas del río Cali (testigo del silencio, las resiliencias y las narrativas que convergen en el lugar), es un hito urbano. Concentra gran parte del comercio informal y formal del centro. Se respiran los aromas, las diversificaciones y los renaceres de la ciudad. No importa si se vive en la zona exclusiva del sur o en el sector más popular. Aquí se ve el espectro de la Cali triétnica y pachanguera, con la mística del fluir de los pies, la cultura y la música. Todo el mundo le canta, todo el mundo la mima. “Cali es Cali, señoras, señores, lo demás es loma”, canta el Grupo Niche.

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La construcción del Bulevar de la Avenida Colombia y el túnel Mundialista inició el 11 de enero de 2012 y se inauguró el 16 de mayo de 2013. Lo diseñó la arquitecta caleña Elly Burckhardt, nacida el 9 de julio de 1930. Fue la primera mujer egresada del programa de Arquitectura de la Universidad del Valle, es magíster en Administración Industrial y especialista en Urbanismo y Paisajismo. Burckhardt considera que cuando se piensa la ciudad desde una mirada integral de los espacios, el paisaje y la urbe, se habla de la relación entre política y arquitectura. Ha estado al pie del desarrollo urbanístico de la ciudad de Cali y es defensora del espacio público y de la vida en sociabilidad, elementos que caracterizan al Bulevar del Río.

“El diseño del Bulevar se pensó de acuerdo a las necesidades de la gente. Me hubiera gustado más comunicación con el río Cali, que la gente pudiera sentarse y mojarse las manos, etc., pero ese ya es otro cuento… No lo intentamos porque el Bulevar se hizo a toda velocidad, y como estaba el túnel, debíamos correr. La gente me decía: ‘Se va a inundar’, ‘¿para qué hiciste ese hueco?’, pero los ingenieros que estaban conmigo me daban tranquilidad”, afirma Burckhardt. Hace una pausa y continúa sus ideas con regocijo, mientras toca su cabello sedoso y blanco: “Yo sufría y decía: ‘Ok, no se va a inundar’, pero pensaba: ‘¿Y si se inunda, quién se aguanta a Cali?’. Con los años que tengo, vi crecer al río Cali de miedo. Claro, se han hecho obras a todo el recorrido del río para manejar el problema, pero hace cuarenta años las crecientes eran espantosas. Una inundación hubiera sido mortal para el túnel, pero no, funciona perfecto”, cuenta desde uno de los sofás de su casa, con las manos cruzadas, las gafas en la mano y la mirada atenta.

Transeúntes en la carrera Primera y Tercera

Los ciclistas pasan cada tres minutos por la carrera Primera (o Avenida Colombia) y Tercera de la ruta del bicicarril y descienden hasta el túnel que está al pie de la Iglesia La Ermita, construida en 1678 y reconstruida en 1930, bajo la dirección de Micaela Castro y el arquitecto Pablo Emilio Paéz, después del terremoto de 1925. Desde afuera contemplo su fachada neogótica de color gris y blanca, y adentro la estética dorada y blanca. Veo cuadros y estatuas de la Virgen de los Dolores, de San José y de Cristo de la Caña; arcos ojivales y madera, mientras otros levantan el rostro y señalan las bóvedas de aristas o los vitrales con los santos apóstoles iluminados.

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Una anciana de cabello canoso y nariz aguileña está a las afueras de la Iglesia con un vestido morado y una camándula en el cuello; encima tiene una caja plástica llena de paquetes de maní que compra en el centro. Se llama Nidia, nació en Tuluá y tiene 76 años de edad. Se casó a los 16 años y tuvo cinco hijos. Hace cuatro meses llegó a la ciudad vendiendo tintos, pero el negocio no resultó. Sale a las 8:30 a. m para la misa y de allí inicia las ventas de maní hasta las 5:00 p. m. “Le entrego el día al Señor desde temprano. Él es el único que lo ayuda a uno. A veces no tengo para el almuercito y pasa una persona y me dice: ‘Tenga le regalo’. Yo sé que no es esa persona, sino la mano de Dios”, dice mientras una señora de piel morena interrumpe: “Qué pena, no quiero hacerme por allá sola”, y saca el celular del bolso. Los policías se ríen y conversan a carcajadas en el otro lado. Nidia no sabe con precisión dónde queda el Bulevar del Río. Cada vez que la gente le pregunta señala hacia la plazoleta Jairo Varela. Sus manos y pies están pintadas al estilo francés: fondo rosado y líneas ovaladas. “Es que uno vendiendo estas cosas debe andar bien arregladito”, se ríe a carcajadas y sigue:

— ¿Usted tiene los papelitos esos? —me pregunta. Ante mi negativa, ella añade:

—Estaban dando unos volantes cerca de por acá para que la gente no se vacune, qué porque nadie, ni el que la preparaba, ni el que la aplicaba, respondía. Pero mire cómo han rebajado los casos. Yo sí creo en la vacuna. A veces solo vendo dos o tres maní. Es que aquí no dejan. Antier el vigilante me dijo que era que la Alcaldía les llamaba la atención—De repente un señor interrumpe:

— ¿A qué horas vuelven a abrir la iglesia?

—Vuelven a abrir a las 3 p.m., acaban de cerrar —responde ella y prosigue— ¿Y entonces qué es lo que usted hace? —pregunta con curiosidad—¿En las firmas para revocar al alcalde no trabaja usted? … Por aquí vienen mucho. Igual yo no voté por él ni nada. ¿Sí las irán a recoger? — pregunta de nuevo, mientras se acomoda el tapabocas.




Arquitecta Elly Burckhardt, diseñadora del Bulevar del Río, en la sala de televisión de su casa.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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El Bulevar es un lugar de movimiento y uniformidad estética. Los edificios están ubicados linealmente y separados por varias cuadras. El viento sopla, el río habla, los perros ladran y los gatos maúllan. Los tubos de ventilación parecen latas gigantes; en la parte inferior y superior son de color café y en el centro de metal.

“Debía manejarse el aire del túnel y las verticales son consecuencia de ello; pero también estaban organizados para mostrar eventos. Que quienes pasaran por allí se dieran cuenta qué sucedía en la ciudad culturalmente y vieran letreros como: ‘Hoy hay tales eventos en el Teatro Municipal’; así mismo con el cine, los recitales, etc. A mí eso me da mucho pesar porque eso para la gente es muy importante”, explica Burckhardt.

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Entre los mejor informados de la historia del Bulevar del Río están los mayores de 40 años. Los visitantes ignoran que en la calle Octava hay un puente llamado La Cervecería, o que los cimientos de piedra guardados en los vitrales del puente Ortiz y al lado de las esculturas de Las Gatas (‘Gata Dormida Aquí y Allá’, ‘Engállame la Gata’ y ‘Gata Frágil’), son considerados piezas arqueológicas. Tampoco saben con precisión de qué forma el Bulevar del Río ha sido testigo de la demolición y remodelación de otros lugares aledaños, considerados patrimonio histórico de Cali, tales como el antiguo Batallón Pichincha (hoy es el CAM-Centro Administrativo Municipal); el edificio Coltabaco (también llamado edificio El puente), remodelado en 1950, o la demolición del hotel Alférez Real en 1970, reemplazado en 1995 por el parque de Los Poetas, y pasan por alto que es un homenaje a los poetas Octavio Gamboa, Jorge Isaacs, Antonio Llanos, Ricardo Nieto y Carlos Villafañe. Tampoco saben que estas reconstrucciones fueron desarrolladas después del auge económico de la ciudad de Cali con la apertura del canal de Panamá en 1914, de los ingresos aéreos realizados por Panagra (Pan American Grace Airways), del Ferrocarril entre Cali y el puerto de Buenaventura en 1915, y con la llegada del evento continental de los Juegos Panamericanos de 1971, entre otros. Además de las dinámicas de conurbación y crecimiento demográfico. El progreso de Cali provocó un colapso de tráfico de las vías, entre ellas, la calle Sexta y Trece, y se solucionó con la construcción del Bulevar del Río (de 980 metros de largo) y el túnel Mundialista de la Avenida Colombia (de 686 metros de largo, 4,5 metros de altura y con velocidad límite de 60 kilómetros por hora). Lo ignoran, quizás, porque al Bulevar del río se va a turistear, y como canta el grupo La Ocho y Media: “Sin cha cha no hay alegría, no hay corazón sin danzón, sin montuno no hay locura y no hay guajira sin tomar un ron”.

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“Los transeúntes se van organizando. Tienen el deambular sincronizado”, como canta Jorge Drexler. Llegan y se van, como los pájaros que sobrevuelan la Iglesia La Ermita. Uniformados o singulares. Con diferentes estilos de corte y cabello. Hombres calvos y rapados, al estilo punk, con mechas o rastas, entre otros. Las mujeres llevan cortes, capul, extensiones y pelucas. La señora de falda larga, rostro arrugado y una Biblia se acerca hacia los visitantes y les dice: “Se vienen tiempos difíciles, busquen de Dios”. Los padres arrastran los coches, los niños juegan o hacen berrinches. El vendedor de aretes ofrece sus productos mesa por mesa, mientras retumba un parlante con la canción “Periódico de ayer” de Héctor Lavoe. De fondo una muchacha rubia de blusa negra y los dreadlocks recogidos toca en la guitarra “Hoja en blanco”, de Dread Mar-I, mientras contonea su cuerpo al ritmo de la canción. “Y vuela, vuela por otros rumbos, ve y sueña, sueña…que el mundo es tuyo”, canta con nota grave, formando un capo con el dedo índice. Apoya seis trastes abajo, una pulsada y un silencio (muteo) y lo repite dos veces. Cambia al quinto traste, luego al segundo y finalmente al tercero; todos con el mismo acorde en E (Mi).

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Hay un set de grabación al frente de La Ermita. Parece un performance por los trajes, los tacones, el maquillaje y los bailes. Las 15 mujeres bailan con su tumba’o sobre el banco y los camarógrafos con el logo del canal Telepacífico las graban. Tres, dos, uno, ¡acción! Are you ready? Here we go, y suena la canción “Fashionista” de Jimmy James. La gente fisgonea.

—El vestido de la negra de rosado está precioso. Mirále ese porte y la actitud. Muy lindas—señala la señora de blusa roja y pelo castaño, mientras mira a su hijo.

—A mí también me encantan todas—responde el chico de manos entrecruzadas y talante estirado.

—Esa es la más lámpara—, dice risueño el hombre de blanco, mientras un reciclador se infiltra en el set y dos cuidadores le alertan.

—Oiga, señor. Estamos grabando, no puede estar acá.

—El de allá es trans—, murmura el de rojo y brazos tatuados, y continúa —Ella no, ella sí es una hembra—apunta.

—La única que se ve bien, sea lo que sea, es la de la esquina… —señala el muchacho de camiseta blanca y cabello lacio brillante—Claro, respetando los gustos de todos—añade cuando volteo a mirarle.

—La de blanco y chaqueta de animal print sí es mujer —asegura el alto de ojos claros.




Café Boulevard.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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Al caer la noche, y con la ausencia de luz en los rincones, algunas parejas se esconden en el parque de Los Poetas, cerca de la retreta del paseo Bolívar y en las escaleras de la calle Sexta Norte; se masturban y se besan, y en la esquina del puente Ortiz, hombres que bordean los 40 años de edad coquetean con otros más jóvenes. Cuando llueve, las juntanzas se dispersan, y en un abrir y cerrar de ojos, los senderos quedan despoblados y la estación del MIO La Ermita colapsa.

¿Quién los mató?, se preguntan en la calle Once y Diez

La corriente del río Cali, nacido en el Alto del Buey, en los Farallones de Cali, fluye lenta y se frena con las piedras. Así se priorice el paisaje y la naturaleza, la urbe, las actividades humanas y los niveles de mercurio en los sedimentos, han llevado al río a “una muerte silenciosa”. Con los años se acabaron los paseos en canoa y las afluencias. Un grupito de jóvenes viene cantando a capella y con el güiro desde el puente La Cervecería (por la cuadra de Bellas Artes) la canción “La Banda” de Willie Colón y Héctor Lavoe:

—Llegó la banda…—cantan dos.
—Tocando salsa—responden.

Huele a café y el viento se desliza en el camisón del señor de al frente, levanta el vestido amarillo de la morena y ventea de lado y lado el afro de la negra de la esquina del puente España, donde hay imágenes de personas con botas negras. “¡NOS ESTÁN MATANDO!”, se lee en el cartel. “Volvió el monstruo que acecha, el que despoja las tierras y pudre las cosechas”, dice la canción. Las clases de pedagogía son gratuitas.

“Este país volvió a ocupar el primer lugar con más líderes sociales asesinados, y uno se pregunta: ¿qué está haciendo el gobierno de Iván Duque?”, concluye Viviana con su cabello afro envuelto en un turbante azul, mientras los transeúntes forman un círculo para escuchar.

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Las encargadas del aseo de la ciudad, conocidas como “Las escobitas”, limpian el Bulevar desde muy temprano. Los habitantes de calle o recicladores merodean, algunos descalzos, sucios y con los dientes amarillentos, por los espacios y las basuras. Primero piden plata, luego comida y después latas, plástico y cartón.

“En esas ocasiones es cuando debemos masajearlos y les damos palo”, recalca el vigilante C., caleño, 53 años de edad y quien lleva cuatro meses trabajando acá; contratado por Fondecol, “una empresa de vigilancia, logística y atención al cliente”, explica, donde trabaja hace tres años. El Bulevar tiene aproximadamente once guardas. Son cuatro días laborales de doce horas y dos de descanso con rotación diaria. C. tiene la piel bronceada, el cabello teñido de negro y estatura mediana. Desconoce la historia del Bulevar del Río, pero lo considera patrimonio y orgullo de la ciudad.

— ¿Es legal que los traten así?

—Si no lo hacemos, los que tienen los locales acá, o los mismos clientes, reportan a la Alcaldía que no estamos haciendo nada y nos terminan el contrato. En estos días me tocó afinar a uno, le dije por las buenas: “Hacéme el favor y vas saliendo”, y no atendió. Desde lejos le dije: “Mano, ¿usted por qué es tan bobito? ¿Por qué se deja casquear?” Y se fue. Hay gente que se rebota, pero cuando uno ya les dice el porqué, pues como que “comprenden”.

The lovecats on 9th Street

A inicios de la pandemia, cuando se prohibió el baile y el trago, el Bulevar permanecía vacío, y quienes llegaban no se quitaban el tapabocas mientras conversaban. El contacto, los cuerpos y la experiencia vital estuvo en pausa. Los días más concurridos son los viernes y sábados. Los gatos independientes merodean sobre los pastos y con frecuencia reciben alimento de los visitantes. Getting bigger and sleeker and wider and brighter. Los guardas merodean con sus tonfas y sus radios cerca de las esculturas y por los lugares donde se empieza a concentrar la gente; a veces toman fotos, solicitadas por algún visitante, y otras veces llaman la atención a los transeúntes acostados en las bancas; prohíben las ventas ambulantes y vigilan a los habitantes de calle.

“Aquí hay que controlar a los vendedores porque si no, se toman el territorio. A mucha gente tampoco le gusta. Es que el Bulevar no es para eso, es para turismo. A mí en lo personal no me gusta decirles nada, pero cuando el supervisor está cerca, con solo mirarlos, ellos se cambian de carril”, explica el vigilante C. dirigiendo la mirada hacia todos lados.

“Soy partidaria de que prohíban las ventas ambulantes en el Bulevar del Río. Me da mucho pesar por quienes viven de eso, pero las ventas ambulantes siempre generan desorden, a menos que se establezcan sitios estáticos como los que ya se tiene. Además, aquí no tienen estética, por lo general son feas, sucias o venden chucherías. El Bulevar perdería su encanto y sentido de paseo, de conversación y de contemplación”, enfatiza Burckhardt.




Parque de Los poetas. Al fondo el Teatro Jorge Isaacs.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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Las máquinas de reciclaje son nuevas. Quienes son generosos (pocos) llevan sus botellas y reciben cupones de descuentos. Después de las 5 de la tarde los locales se llenan. Todos están sectorizados según el tipo de ambiente. Al pasar la calle Novena en los días de fútbol, se aprecia el ambiente de fiesta y cerveza. Los pequeños cerveceros, bares y restaurantes encienden sus pantallas, y la gente va llegando de una en una, mientras la música suena al fondo. Un muchacho de negro, cabello castaño y suave lee La Orgía Perpetua de Mario Vargas Llosa y subraya con resaltador, mientras se endereza del ángulo encorvado. La muchacha de amarillo y cabello esponjoso se levanta de la banca hacia el local Flying Dogs (perros voladores), pide agua y luego se sienta; tiene ojeras y las retinas dilatadas. Está temblando.

—A la de amarillo le pasa algo o está bien trabada—me dice Fido, el muchacho de negro. De repente el de al lado interrumpe:

— ¿De casualidad conocen algún evento cultural que esté realizando Bellas Artes en este momento? Me llamo Daniel — Tiene la piel pálida y el cabello marrón. Inicia la tertulia. Un vendedor ambulante se acerca a ofrecer unas bananas. Huele a sudor. Se disculpa reiteradas veces:

—Qué pena con ustedes, la verdad es que nunca en mi vida pensé hacer esto, perdón, estos días han sido muy difíciles.

— Tranquilo, tranquilo —agrega Fido.

—Estoy vendiendo…—y nos ofrece. Se esfumó el hilo de la conversación.

Fido cuenta lo que escucha al pie del Café Boulevard:

—Estaban allí conversando, ¿no? Entonces un man les decía:

—No, es que yo cuando me enamoro, me pierdo.

—Ah, sí. Eso pasa— contesta otro. Y llega el otro y dice:

—Yo me encontré con este mancito y le dije: “Bueno, abra pues ese culo. Abra ese culito puej, mijo”. Entonces el man me dijo dizque: “No, es que es mi primera vez”.

—¡Nah, cómo así!—le dicen los demás.

Ana Milena interrumpe para ofrecer manillas de colores:

—No quiero volver a un andén y decidí que no se puede tapar el sol con un dedo. La marginación social es lo más puerco, cochino y degradante que he podido conocer, entre otras cosas, en todo este proceso. Pago una habitación a diario y no sé de qué manera les puedo ayudar, pero quizás mostrando un espejo que yo no quiero repetir. Si me desean apoyar, para mí sería una bendición—dice. Viste una blusa de flores y un escote en cada lado de los hombros; tiene sombra rosada en los parpados, una línea de gato en cada ojo y rímel en las pestañas, y sigue. —Antes me inyectaba hasta por la vagina. Mira, anoche me azoté —señala la cabeza y continúa—Yo tomo alcohol de droguería para evitar la ansiedad. He estado en iglesias, rehabilitaciones, y allí es donde está mi peor problema: la recaída—completa mientras su cabello negro pálido se ventea, y finaliza—Chicos, espero que hayan visto un espejo que no quieran repetir— se escabulle de más preguntas y se aleja a pasos largos por la carrera Primera del puente Ortiz.

Si por la Octava vas pasando… ¿Qué se escucha?

Al pasar la calle Octava del puente de La Cervecería se produce una mística de diferentes interpretaciones ancestrales, celebraciones y tendencias. Los raperos hablan sobre música y escuchan hip hop, salsa choque y los remixes. “Si hoy muero en pie de lucha, mami no me traigan flores, rendan todo en fuego”, cantan. Su propia medicina de Métricas Frías & Deejohend. Llevan gorras y pantalones anchos, fuman porros de marihuana y beben cerveza, cura’o y ron. Alrededor los adolescentes y jóvenes montan en Skate. Hay cortes de pelo largo en el centro de la cabeza con figuras, cabellos lisos y afros. Bailan sentados y asienten la cabeza con las pausas de la música.

Después de las 6 p.m hay menos restricciones para el comercio ambulante y el guaguancó y el bugalú suenan desde cualquier local del paseo de la Avenida Colombia. Dos mujeres se besan y se abrazan, mientras los niños juegan a las carreras. El parlante de la esquina resuena con la canción 571 C.U.B.A de los Orishas. “Se prendió esto”, dice la señora que está sentada en el estanco, mientras desliza las manos suavemente al son de la canción. Son las 8:40 p. m. El timbal y el piano de fondo tocan uno, dos, tres, y pausa… La parranda se forma en medio de la brisa y las voces cantan felices. Las mujeres contonean sus cuerpos suavemente y los demás aplauden.




Iglesia La Ermita.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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En la otra esquina huele a trago y a marihuana. Las mujeres tienen los labiales desgastados y las líneas de gato regadas. Suena la canción “Te estoy mirando” de Caifanes. La mayoría viste de negro, Converce y botas. Los outsiders, sucios o no, hablan solos por la calle.

—Empecemos con este… —dice el de camiseta negra, piel pálida y estampado de Converse, muestra el Jägermeister y termina—… porque luego nos quedamos pailas muy temprano.

—Espere, no se la tome todavía. Vamos a hacer un brindis —dice el de camiseta negra y corte al estilo punk, mientras terminan de servir en las copas de plástico.

—Parce, ¿usted puso? —pregunta al de camiseta café que acaba de recibir su copa, mientras este se inmoviliza. Van llegando más personas, saludan de puño y palmadas de espalda. Se escucha a Gondwana. Los hombres hablan de memes, cantan canciones y las mujeres los escuchan, fuman y cantan.

—Oiga, parce. Ya dejó el vicio del tapabocas, ¿no? ¿Ya se vacunó o qué? —añade en tono de burla. Suena “Somebody to Love” de Jym Carrey. El del corte de pelo al estilo punk canta: “Don’t you want somebody to love”, mientras mira a la muchacha de botas negras que está al frente, le toca la espalda baja e intenta bajar la mano hacia la nalga, y ella lo aleja con la mano. “Wouldn’t you love somebody to love…”, cantan en coro. Vuelve el de camiseta negra con el símbolo de Converse y sudadera militar, mete el palito a la bolsa transparente y lo introduce a la nariz. Luego lo aspira con un breve suspiro y besa a la muchacha de botas negras. Tres, dos, uno, respira, y luego se frota con las manos. “¿Un plom, o qué? ¿Un plom?”, ofrece el del estampado, mientras suena la canción “Ligth my fire” de la banda The doors y cantan en coro con los puños hacia arriba y el cigarro en la mano izquierda.

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“A los consumidores les digo: ‘Córteme, por favor el bareto”, y me dicen: ‘Ah, listo, nos fumamos este y ya’. Si los veo con otro, doy radio para controlarlo. No es que no esté permitido, pero esto se llena de tanto rockero, puckero, raperos, y ellos son muy consumidores, fuera de eso vienen acompañados de jíbaros que les vende la droga. Ya nos han amenazado y todo, pero a mí no me da miedo”, dice C., cuando una mujer interrumpe para que le ayude a tomar un retrato familiar en el Monumento de Alexandre Petión.

— ¿Cree que lo dicen “por charlar”?

—Sí, porque si una persona lo amenaza a uno no necesita decir: “Te voy a matar”, a voz pública, como ya me lo han dicho: “Ya tenés la lápida marcada en tu cara”. Yo solamente les digo: “No se vaya a dejar ver después de la 1 a.m—explica, y recuerda—Ya tengo cazado uno por ahí—suavizando la voz— … Porque ya me siento amenazado y en peligro, ¿me entendés? Hasta ahora no he visto a ninguno. Después de que lo desarme o corre o se queda allí—concluye, mientras camina y me mira de reojo.

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Dos prostitutas fuman en la esquina del puente España. Son mujeres entre los veinte y los treinta años, llevan blusas y faldas cortas. Coquetean y cobran besos. A las 12 de la madrugada es el horario de las posibles discordias entre los transeúntes, del desorden y el reguero de latas y plásticos. Lo habitan las tribus urbanas, los trabajadores sexuales y los borrachos. A la 1 a. m. los vigilantes y la Policía empiezan a sacarlos a todos, y cuando no atienden se ponen comparendos, me cuenta C.

—A la 1:30 a. m ya estamos más “relajados”, porque tenemos que estar pendientes de que no se vayan a robar los grifos, las esculturas, que hagan un grafiti o vayan a degollar algún compañero y se le lleven el celular —señala C.

— ¿Degollar? ¿Han vivido esa escena?

—No, pero por lo regular el delincuente siempre obra así— completa. —Aquí se han decomisado arma blanca y hasta revolver, la mayoría son venezolanos. ¿La verdad? —pregunta con un silencio para enfatizar, —… nos tiene más respeto la gente de aquí. Puede ser paisa, rolo, pastuso, pereirano, cualquier lugar. Nada más con decirles: ¿Cuántos años tiene usted viviendo acá?”. “Que yo llevo tres añoj, que no sé qué…” —dice imitando el acento. — “… Bueno, yo he vivido toda la hijueputa vida acá. Esta es mi ciudad, es mi país y lo haré respetar. Amenáceme ahora, pero que no me lo vaya a encontrar por allá que le llego y le doy con toda—termina la anécdota y continúa —Lo tiro al río y allá se lo lleva la corriente—dice mientras apunta en dirección al río. Respira, cambia el tono de voz y sigue con picardía—Ahora háblame de ti.

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Oiga, mire, vea, Cali no solo se adorna para la fiesta, aquí no solo se sabe gozar. En medio de las polarizaciones, la comunidad se encuentra en la fiesta. Se reviven ritmos, arte, culturas y lenguaje. Una Cali distinta al rostro del Paro Nacional, cuando el Bulevar del Río concentró varios escenarios de protesta popular e inconformidad por los más ricos.

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“Yo no quisiera que se acabara nunca el Bulevar del Río. Ya se ha demostrado que a la gente le gusta y siente placer al caminar por ahí. Hace días estoy diciéndole al chofer que vamos a ir, pero por puro descuido no hemos ido. La gente me dice: ‘Reíte de la cantidad de gente en el Bulevar’, y eso es lo bueno. Eso era lo que quería”, concluye Burckhardt y sonríe por la nostalgia que le produce recordar.




Puente Ortiz.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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