Alberto Salcedo Ramos. Cuentos de un costeño que reflejan la verdad
El arte de la crónica consiste en un rehacer literario, así como la reconstrucción de una casa cuyos ladrillos no son de arcilla ni cerámica, sino de hechos cocidos por los hilos del tiempo, y donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas. Ahí, en medio de vidas por repellar, frases en obra negra, y utilizando los recursos que pueden, se debaten los cronistas, haciendo la mezcla justa, tratando de no ceder antes las frías lenguas del periodismo apático, pero tampoco ante el ingenio desbordante de la ficción.
Por: Juan Sebastián
Estudiante de Lic. en Literatura

La oralidad es un árbol
José Víctor Martínez Gil
con las raíces al aire
Alberto Salcedo Ramos, uno de esos constructores de la palabra, nació en Barranquilla, pero se crio en Arenal, un pueblito en el que, como en la gran mayoría de pueblos colombianos, el rumor invade casas, tiendas, es vaho que sale de la tierra y se impregna en las ropas, ¡es pan diario! Y fue gracias al placer que sintió, como dice él, al transportar la noticia de que mi tía estaba embarazaa a la casa de mi abuela, un lugar donde no se sabía, ¡además de que era el primero en llevársela!, es que hoy podemos disfrutar de sus historias, pues encontró un quehacer. Su anécdota concluye con un sentir, no sólo suyo, sino de la gran mayoría de lectores que apreciamos su pluma: Siempre me ha gustao echar cuentos, por eso quiero estar vivo, pa` echar el cuento.
Uno de los principios fundamentales del ser y la vida es su necesidad de narrar. Contamos historia para divertirnos, también para informar y, sin duda, para crear memoria. Esto lo aprendió, dice el escritor, en la finca con sus abuelos. En ese lugar donde, veía cómo los trabajadores se sentaban a la mesa con su abuelo, mientras las retahílas de la matrona de la casa no se hacían esperar: ¡Óyeme, cómo sientas a esos tipos ahí con esas botas sucias!; sin embargo, el festín continuaba.
Uno de los principios fundamentales del ser y la vida es su necesidad de narrar. Contamos historia para divertirnos, también para informar y, sin duda, para crear memoria
Siempre he creído que el crecer viendo eso fue fundamental para mí, porque, por un lado, entendí el puro principio de que todos cabemos en la misma mesa; y también, que es posible hablar con todos, pues tienen algo que decir. Porque esos campesinos, sin estudio, sin instrucción académica, siempre me dejaban alelao. Yo me quedaba al lado de la mesa oyéndolos. Ahí tenía el ejemplo de la cercanía natural, no la postiza –en la imagen de su abuelo junto a sus trabajadores-, que también fue fundamental en mi formación porque ahora puedo hablar con cualquiera, hasta con Uribe. Nos dice el escritor.

Salcedo Ramos creció oyendo, no leyendo historias. Arenal era un pueblo pequeño, segregado, abandonado, como cualquier otro pueblo, y era impensable leer a los grandes como Orson Welles o Mark Twain, pero sí contaban con una gran tradición oral. Una cultura cimentada en los relatos del señor de la esquina, de las mamás y las abuelas, mientras los habitantes sobrevivían con la superstición que evoca el cuento echao en las noches, cuando el único brillo es el de los ojos, y el fuego intenta iluminar las casas sin energía. Aquí la oralidad no es un ornamento, es una forma de crear memoria, de existir, de perdurar, pues en ella es posible encontrar la esencia de la realidad.
Mi condición es la vida y mi camino cantar.
Facundo Cabral
Cantar y contar la vida, es mi manera de vivir
La crónica es un género donde aún se comente muchos dislates de la interpretación. Cuando hablamos de crónica, nos referimos, inevitablemente, a periodismo, pues no solo narra, sino que también informa. Como dijo Gabo, “literatura y periodismo son como primos hermanos”. Salcedo Ramos se refiere a esa dualidad de la crónica como una mixtura entre la visión personal y los datos que se deben dar para que tenga un soporte. Informar de manera interpretativa, informar a través de detalles, de cierta subjetividad.
Con todo, el informar bien no excluye, de ninguna manera, la posibilidad de hacerlo con encanto. Lo literario embellece el periodismo. Es claro que existe literatura de ficción, como Pedro páramo, y otra de no ficción, como Hiroshima, de John Hersey, pero en esta última hay tanto arte en la construcción del texto, ésta tan bien escrita, que sencillamente es literatura. En este punto el bolivarense es bastante crítico. Parece que hay una concepción servil del periodismo, y más concretamente de la actitud del periodista, pues éste es rehén del síndrome del entrecomillado.
Cuando hablamos de crónica, nos referimos, inevitablemente, a periodismo, pues no solo narra, sino que también informa. Como dijo Gabo, literatura y periodismo son como primos hermanos
*Texto resultante del Ciclo Diálogos, correspondiente al evento Viernes de letras organizado por la Escuela de Estudios literarios de la Universidad del Valle, la cual hizo la invitación al cronista Alberto Salcedo Ramos para el lanzamiento del IV Numero de la revista estudiantil Lexikalia.




