El pájaro maravilloso: cuentos populares chinos
En el marco de la celebración del Mes Cultural China en Cali, que se llevó a cabo hasta el pasado 30 de septiembre en la Universidad del Valle, La Palabra comparte con sus lectores una muestra de la narrativa del país asiático. Publicado en 1984, El pájaro maravilloso resalta la sabiduría oriental y sumerge al lector en un disfrute similar al que se experimenta cuando se lee Las mil y una noches. En sus páginas, China se presenta como un lugar sugerente y precapitalista donde subyace la pulsión humana por seguir la luz o la sombra; o lo que es lo mismo: la virtud o el vicio.
Por: Alejandro Alzate

Para los hombres y mujeres de mi generación, surgida en torno a los años ochenta, la Guerra Fría y la cultura pop, China sigue siendo un misterio atractivo y vigente. Desde aquel lejano tiempo cuando los colombianos aprendíamos del universo y sus confines con El mundo al vuelo, de Héctor Mora, este gigante asiático ha despertado todo tipo de fascinaciones. Una de ellas, desde luego, tiene que ver con su literatura.
Es por eso que iniciamos el presente artículo indicando que el encantamiento feliz con la narrativa y la poesía procedentes de China no ha surgido a raíz de mercadotécnicas rarezas editoriales. Es por su calidad y poder de evocación que la producción libresca del país oriental se considera hoy una de las más importantes y sólidas del mundo. Así lo ratifica la consecución del premio Nobel de Literatura por parte del escritor Mo Yan, en 2012.
En relación con este galardón, la Academia Sueca dijo en su momento: “muestra [la obra del autor], con cuentos populares de un realismo alucinatorio, la historia actual y contemporánea de China”.
Las palabras expresadas en aquel 2012 mantienen hoy una vigencia asombrosa. Es por ello que introducen a la perfección el libro que hoy presentamos. Volver la mirada sobre El pájaro maravilloso implica reconocer, en primer lugar, el carácter cíclico de la crítica literaria, es decir, en el estudio de una tradición cultural se descubren claves, temas y pistas que son atemporales y por eso mismo valiosas para dar testimonio de la condición humana, la vida y las situaciones que en ella se suceden unas tras otras. En segundo lugar, las palabras proferidas por la entidad que fundara en 1895 el célebre químico, inventor y escritor sueco Alfred Nobel, atinan al relacionar a Mo Yan con la milenaria tradición que lo precede. De acuerdo con esto, se destaca su interés primerísimo por mantener vivos aquellos elementos de la cotidianidad popular que definen en sí el espíritu cultural de su país. En el libro que nos convoca sucede lo mismo. Como se verá a continuación, los temas, lugares, prácticas y personajes comunes crean un mundo complejo y enrevesado, pero profundamente ético al mismo tiempo. La probidad moral es un valor sagrado; su afrenta, la muerte y el diálogo con la tradición un deber.

Foto: um.es
Lejos de ser un mito, en la literatura china -o al menos en gran parte de ella- el carácter apólogo y didáctico es esencial. Es por eso que la ecuanimidad moral de los personajes de distintas épocas y géneros es trazable con cierta facilidad. Mo Yan obtuvo el Nobel tras reacomodar y revigorizar la tradición literaria a la cual estaba adscrito. Su mérito fue reactualizar el pasado para poner en tensión el presente caótico y vacío.
Acometida la mención de este necesario contexto, el primer cuento que se revisitará es
“Li Bao y Cui Cui”. Originario de la nacionalidad Han, este relato crea una atmósfera lastimera que por demás es connatural a todo el libro. Adicionalmente, y en franca intertextualidad con Hansel & Gretel, de los hermanos Jacob y Wilhem Grimm -quienes también fueron estudiosos del folclor popular alemán del siglo XVIII-, el texto involucra en su disposición situacional a una desalmada madrastra que repele con maneras hostiles al indefenso Li Bao. Siguiendo el ejemplo clásico del sentimentalismo europeo, el niño es expulsado de su casa so pretexto de hacer crecer las cabezas de ganado que en esta había.
El nudo de la historia acontece cuando al menor se le prohíbe regresar sin tener en su poder cien crías nuevas. A pesar de la perversidad de la acción en sí, el mozalbete acata la orden y se marcha al destierro; tema sobre el cual otro premio Nobel chino, Gao Xingyian, profundiza en su novela El libro de un hombre solo (1999). Una vez en el ostracismo, se produce una extraordinaria combinación de elementos fantásticos y aparecen, en consecuencia, el bien y el mal en los personajes que encarnan Bai-Bai y Qing- Qing. El primero de estos simboliza la templanza y el empeño en lo justo. El segundo, a su vez, reivindica el conjunto de comportamientos que son desdeñables en una sociedad que se precie de ser civilizada y moderna; razón por la cual se dispone como un ser envidioso, tramposo y conocedor de toda suerte de ardides para realizar el mal al prójimo. Consciente de esto, Cui-Cui, hermana menor de Bai-Bai, y quien a la postre constituye el motivo de la discordia, decide unirse en matrimonio a Li Bao, el narrador protagonista. De este, a modo de coda, se textualiza su condición de hombre con buen corazón y dado a servir al prójimo. Así lo establecen las marcas textuales de la historia: “Es mi obligación ayudar a los demás a salir de las dificultades. Ya he recibido un buen banquete y una gran muestra de afecto, ¿qué más puedo pedir?”.
…el encantamiento feliz con la narrativa y la poesía procedentes de China no ha surgido a raíz de mercadotécnicas rarezas editoriales. Es por su calidad y poder de evocación que la producción libresca del país oriental se considera hoy una de las más importantes y sólidas del mundo.
Si se tiene en cuenta el año en que se editó el libro (1984), no resulta extraño que la caracterización de los personajes sirva como estrategia simbólica para mantener, en la memoria colectiva, el espíritu pastoril y campesino del país. Desde esa perspectiva, el perfil del sujeto nacional que promueve el texto es justamente el del pastor de ganado que descansa en extensas llanuras. Tranquilo y apacible. El peligro que le acecha emerge desde la propia tierra, es decir, de las bestias feroces que pueden, si acaso, ser las únicas que rompan la tranquilidad de un escenario a todas luces pródigo. En contraposición a estos hechos literarios, la historia y la economía marcaban afanosamente otro derrotero, otro ritmo. En este, y desde finales de la década de los años setenta, se habían iniciado reformas que incluían tanto la descolectivización de la agricultura, como la apertura del país a inversores extranjeros. Estos, ahora desde afuera, serían las nuevas bestias salvajes que atacarían tanto las formas de producción de bienes y servicios, como las tradiciones nacionales y el sistema de valores inherentes a ellas.
En la misma línea del relato que acabamos de referir, “El muchacho de cabellos dorados”, cuento de la nacionalidad Uigur, propone también la historia de un joven que sufre. Esta vez el protagonista es huérfano y su nombre es Xianiyazi. A él, como a Li Bao, también le es connatural el exilio, como se evidencia en las primeras acciones que la trama permite conocer: “así que, intentando hallar a la adorable muchacha de su sueño, abandonó el pueblo natal y se fue por el mundo”.
Al igual que acontece con Li Bao, a este buen hombre también le sonríe la suerte cuando está a punto de colapsar, como se aprecia a continuación: “No, yo no tengo padres, soy huérfano y he llegado aquí buscando un trabajo. Pero no conozco a nadie y el sitio me resulta desconocido. ¿Qué voy a hacer? Es por eso que estoy tan preocupado. Hijo, no pienses más, ¿para qué vas a buscar más penas? Acepta ser hijo mío y de hoy en adelante seré tu madre”. Este leitmotiv, es decir, la siempre viva presencia de alguien que a punto de sucumbir encuentra la redención, es visible en los trece relatos que conforman el volumen. A partir de este hallazgo se develan tanto la uniformidad narrativa, como el objetivo con el que está hecho el libro, que no es otro que establecer relaciones sociales ideales e idealizadas. Si bien la riqueza anecdótica es inagotable, queda en evidencia la existencia de un uso técnico, más o menos similar, desde donde se construyen las historias. El artificio es simple, casi trivial, mas el poder de lo anecdótico y lo sugerido no. No prima la forma sobre el contenido, sino el segundo sobre el primero. Es ahí donde este libro se engrandece y halla su más loable mérito.
…el volumen completo constituye un libro que merece ser leído con ojos de niño. Y no lo decimos porque sea inocente o cosa similar; lo decimos porque quizás la carencia de prejuicios, algo propio de la primera infancia, sea la mejor manera de internalizar el conjunto de valores que deberíamos reaprender en las tan malogradas sociedades occidentales actuales.
Lo cierto es que en el conjunto de relaciones que deben modificarse para dar paso a la sociedad ideal, Xianiyazi, pobre, pretende casarse con la rica Nuerbaowa; lo cual desata la ira del padre de esta: “soy un rico famoso en toda la ciudad, ¿dónde se ha visto que un pobretón pretenda la mano de mi hija?”. Si en un principio este hecho da cuenta de la pugna de clases -que se agudizó con el enraizamiento del capitalismo-, también pone sobre la mesa el fortalecimiento de las voluntades individuales que configuraron destinos propios. El temor ante la autoridad no es mayor que la fascinación que despierta la libertad.
Así las cosas, y después de sortear interminables peripecias y peligros, los jóvenes inician una nueva vida juntos. Lo interesante de este relato es que vence el aislamiento social para posibilitar el encuentro de clases sociales antagónicas. Esta situación es significativa dada la conjunción civil que se requería para hacer de China una potencia económica. Si se considera que el país, en 1980, estaba convirtiéndose en un foco de desarrollo que superaba aceleradamente el legado de pobreza que imperaba en 1949, cuando Mao Zedong llegó al poder, la articulación de clases que se propone permite inferir el recorte de brechas y la sumatoria de fuerzas que hubo para consolidar el auge industrial.
Finalmente, “La muchacha caracol” termina por cerrar la figura programática de la ficción en torno a la construcción de relaciones y contextos idealizados. En esta historia, el objetivo de acortar las distancias sociales se reitera con singular potencia. Si bien las hermanas Oro, Plata y Caracol se presentan como “inteligentes, laboriosas y bellas como los crisantemos de la montaña”, será la última quien logre imponerse a los prejuicios de su clase para sumarse, simbólicamente, al proyecto de unificación nacional chino.

Foto: um.es
El dispositivo que moviliza las acciones es simple pero eficaz. Es durante el tiempo de recolección del agua que se empleará en los usos domésticos del día, que cada una de las tres hermanas tendrá un encuentro con un hombre aparentemente viejo que simula ser un vagabundo. La primera que se topa con él es Oro, quien lo desprecia de inmediato diciéndole: “apártate, apártate, déjame pasar que voy a buscar agua”. La segunda hermana que sostiene un encuentro con el hombre es Plata. Su comportamiento se presenta idéntico al de la primera joven. No obstante, la situación cambia cuando, al tercer día, es Caracol quien debe ir a recolectar el líquido.
Fiel a sus maneras educadas, la joven le pide el favor al hombre de que la deje pasar para ir por el encargo que sus padres le han mandado traer. Al observar sus buenas formas, el mendigo advierte algo cálido y diferente en la muchacha y decide acompañarla. Como es apenas esperable, surge entonces un conflicto que posibilita la necesaria inflexión de la trama. Pasado este, que no es otro que la reparación mágica del recipiente en el que se debía recolectar el agua, la chica advierte que no está con una persona cualquiera. Es así como la novedad alcanza el estatuto de deslumbramiento y se empieza a sellar la buena suerte de la hermana Caracol. Antes de concluir, y mediante una resolución propia de los cuentos apólogos, el hombre se presenta como quien realmente es: el joven, apuesto y rico rey Gongzela; el mismo que contraerá nupcias con la joven y desinteresada mujer.
De este texto se destacan varias cosas. En primer lugar, la virtud que supone el desinterés. Esto se traduce en la medida en que la chica, siendo rica también, jamás abusó de su condición y no tuvo miramientos para con el aparente mendicante. Su desapego se reitera aún más hacia la mitad del relato. En este punto ella expresa querer casarse con un hombre bueno y sobre todo laborioso. Contrarias a ella, sus hermanas querían casarse con reyes: “Yo quiero casarme con el rey de la India, dijo la hermana Oro. Y yo quiero casarme con el rey de aquí, dijo la hermana Plata”. En segundo lugar, este cuento plantea la construcción de un sujeto nacional sabio que se concede poca importancia a sí mismo, pues la gran virtud es servir a los demás. Finalmente, puede señalarse que “La muchacha caracol” es una exhortación a ser diferentes; algo que, hoy por hoy, lamentablemente, resulta complejo, pues todos los caminos conducen a una peligrosa y reduccionista homogeneidad.
Por su parte, el volumen completo constituye un libro que merece ser leído con ojos de niño. Y no lo decimos porque sea inocente o cosa similar; lo decimos porque quizás la carencia de prejuicios, algo propio de la primera infancia, sea la mejor manera de internalizar el conjunto de valores que deberíamos reaprender en las tan malogradas sociedades occidentales actuales.

Foto: um.es



