Rostros masculinos: espíritus femeninos. Ser autora trans en América Latina y el Caribe
Una conversación sobre los umbrales del cuerpo, identidad y memoria en la creación del ser trans. Cinco rostros difuminando fronteras: Argentina, Brasil, México y República Dominicana.
Por: Daniela Parra Quiroga
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: sumedico.com
Ser en soledad y ser en compañía son dos rostros intercambiables. Ser mujer-ser hombre obliga a depender el rostro de la mirada ajena. Sus rostros no son máscaras aunque perfilen otro nombre. Ellas mudan de rostro, un artefacto externo y permanecen dentro. Por eso hay furia y se exhiben; miran la sombrilla y se dicen: ¿acaso eso nos define?
Pensarse autora trans es nacer con la lupa y el desinfectante encima. Ciencias médicas como la psiquiatría, endocrinología y epidemiología han puesto su lente en ellas. A propósito de los cincuenta años de la creación del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge, escritoras, académicas, artistas y activistas con experiencia de vida trans en América Latina y el Caribe dialogaron a través de la red sobre su ‘ser autoras’.
El Centro de Estudios Latinoamericanos y QTI Coalition of Colour de la Universidad de Cambridge han centrado su reflexión en epistemologías ‘nuestroamericanas’ a través de un descentramiento en clave feminista. Han estudiado la dependencia y desarticulación de las sociedades colonizadas, donde la teoría está en el norte, y en el sur los cuerpos trans son datos o reportes de prensa amarillista. También contó con el apoyo de la Universidad del Valle en Colombia, a través del Centro de Estudios de Género, Mujer y Sociedad, el Grupo de Estudios étnico-raciales y del trabajo y el Centro de Investigaciones Socioeconómicas (CIDSE).
Una de las autoras trans invitadas fue María Belén Correa, activista y cofundadora del Archivo de la Memoria Trans en Argentina. Compartió su participación en la revisión histórica Esta se fue, a esta la mataron, esta murió (2012), un libro colectivo que mezcla relatos, fotografías y objetos sobrevivientes al exterminio trans durante las dictaduras y la militarización del Plan Condor en Latinoamérica.
La revisión histórica de María Belén encuentra a los cabin boys, servidores o novios del capitán durante las travesías de conquista. Los documentos entrelazan a Uruguay, Chile, Argentina y Brasil para revelar los albores de la comunidad trans. Se documentó el caso de Francisco del Puerto, primera mujer trans en el Nuevo Mundo. Huyó de Europa para cambiar de identidad; diez años después, el navío que la trajo regresó por ella y su ‘no’ fue rotundo. Aquí era ya querida y reconocida como la Pancha.
“…la sexualidad indígena es exotizada, infantilizada; relegada al museo de rarezas, reconocida por conveniencia, no por respeto profundo de su existencia”
La bella Otero, nombre inspirado en una actriz famosa de Europa, aprovechó la barrera del idioma para izar junto a un comisario como su compañera sentimental. Es recordada como la primera mujer trans en desfilar tomada del brazo de un hombre en salones de alta sociedad.
Durante las dictaduras militares, María Belén registra aproximadamente 3.400 mujeres trans desaparecidas. Alienta la necesidad de trabajar en la revisión de archivos policiales, prensa amarillista y la morgue; muchas de ellas fueron perseguidas, asesinadas y enterradas como N.N. No tenían una familia reclamante.
María Clara Araújo dos Passos, pedagoga y socióloga de la Universidad de São Paulo, teoriza su experiencia como un proceso de cura para entenderse, lejos de una idea interior de sí deshumanizada. Trabaja en una praxis de acción y reflexión en pro de educar el rechazo hacia la diversidad. Siente el respaldo de un logro: la irrupción de la corporalidad trans en las universidades mostró que la calle y el estilismo no son el único destino posible para una mujer trans.

Foto: Archivo de la memoria trans.
Amaranta Gómez Regalado, activista y antropóloga social mexicana, ha indagado las relaciones erótico-afectivas de la comunidad muxe en el istmo de Tehuantepec. Para ella, ser muxe es construir una identidad indígena desde el espíritu femenino habitando un cuerpo masculino.
Ha estudiado y conectado su ser muxe con otras identidades similares, como la Berdache en los Navajos del Norte de Estados Unidos, los Tow Spirit de Cananá, las Hisras de la India, los omeguid de Panamá y los Fáafafines de la Polinesia Francesa. El patrón se repite: la sexualidad indígena es exotizada, infantilizada; relegada al museo de rarezas, reconocida por conveniencia, no por respeto profundo de su existencia.
Amaranta entiende su autoría desde la lengua; se apoya en la idea del activista argentino Mauro Cabral para pensar la deconstrucción del castellano esquizofrénico. Este limita a nombrar a un ser a través de dos únicos pronombres: ‘la’ y ‘el’. La lengua zapoteca usa el ‘ti’ en vez de estas dos casillas. Suena así: ti gùna (una mujer), ti nguiu (un hombre), ti yoo (una casa), ti bìcu (un perro). Así, las fronteras entre géneros se difuminan.
“…el movimiento trans abraza una paradoja: busca recolonizar el cuerpo y la identidad sin márgenes que influyan; entonces, negar los referentes es invalidarse a sí mismas y su puesto en la discusión”
Para ella, la autoría es crear identidad sin depender de hitos históricos como Stonewall o nombrar América como Abya Yala sin profundizar en sus raíces. Según Amaranta, el movimiento trans abraza una paradoja: busca recolonizar el cuerpo y la identidad sin márgenes que influyan; entonces, negar los referentes es invalidarse a sí mismas y su puesto en la discusión.
Para Johan Mijail, escritora y performence negra dominicana, crear es desdibujar el concepto de autoría hacia escrituras colectivas. Inflamadas de retórica. Escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad (2016), escrito en coautoría, trasciende el yo individual-egoísta y se funde en la corporalidad ancestral de un ser que no es hombre ni mujer.
A propósito del giro antirracista en América Latina –dice Mijail–, República Dominicana, un país blanco escondiendo un pueblo negro, es crucial para convocar procesos estético-políticos. En estos, el cuerpo travesti es continuidad a la rebeldía cimarrona que reveló el género como una invención colonial. Propone el trabajo en un archivo que reivindique ‘las negricias’ como cuerpos de espaldas a la heteronormatividad del régimen civilizatorio. Aquel que impuso la “blanquedad” como paso estructural de toda persona no blanca para ser legitimada como ser y persona en este país.
Leticia Carolina Nascimento es activista y docente de la Universidad Federal de Piauí en Brasil. Sitúa su ser autora desde el concepto de interseccionalidad planteado por Kimberlé Crenshaw; este nombra las múltiples vulnerabilidades de una persona en la ampliación de sus derechos. Trae al debate la idea parcelaria de profesionalización difundida en los 80 que abrogó un “feminismo general” y mostró la realidad de miles de feminismos al interior. Ahora el extremo de la parcelación aumentó –dice Leticia–, nadie abre la puerta de su huerto para mostrar qué cultiva, las puertas están cerradas en el ‘yo soy, yo hago, esto es lo mío’.
Su aspiración es transitar de una interseccionalidad descriptiva –ante el Estado– a una colaborativa que muestra, por ejemplo, cómo el movimiento con discapacidad se acerca a un negro para entender su problemática y dialogar sin negación mutua de realidades.
El gran desafío de la comunidad diversa es trascender la historia de las vulnerabilidades y de la queja: el yo pobrecita. Pensarse cómo cada vulnerabilidad dialoga entre sí, para construir un lenguaje común que fortalezca, amplíe el debate y el espectro de sus derechos.

Foto: Archivo de la memoria trans.



