Entrevista

Cien años de un diccionario que cambió de nombre para cambiar de mundo

En 1925, la Real Academia Española retiró de la portada de su diccionario el adjetivo “castellana” y lo sustituyó por “española”. El gesto, mucho más que nominal, reconocía por primera vez que el idioma pertenecía también a los países americanos y a las regiones ibéricas que lo habían hecho suyo. Un siglo después, la exposición “Cien años del Diccionario de la lengua española (1925–2025)” —organizada por el Grupo de Investigación en Lengua de la Ciencia y de la Técnica (Neolcyt) de la Universitat Autònoma de Barcelona y cedida generosamente a la Universidad del Valle para su exhibición en Cali— invita a repensar ese hito desde el sur: ¿qué reconoce, qué oficializa y qué sigue dejando fuera un diccionario que dice contener una lengua hablada por cerca de seiscientos millones de personas? Conversamos con la profesora Lirian Astrid Ciro, del Departamento de Lingüística y Filología de Univalle, sobre las implicaciones culturales, pedagógicas y políticas de esta conmemoración.

Por: Alejandro Alzate

Foto: RAE.
Foto: RAE.

Alejandro Alzate (AA): La exposición Cien años del Diccionario de la lengua española (1925-2025) tiene un subtítulo que llama la atención: conmemorando su historia e impacto en América y su oficialización. ¿Qué reivindicaciones dialectales y culturales se plantean al conmemorar su historia? ¿Cuál es el impacto que este diccionario tiene en términos del reconocimiento de las oralidades ancestrales y sus cosmogonías? ¿Cuál es el impacto que tiene en el digital mundo de hoy?

Lirian Astrid Ciro (LAC): La 15.ª edición de 1925 representa, en términos estrictamente lexicográficos, el momento en que la Academia reconoce abiertamente que la lengua no se agota en el mapa peninsular. La propia “Advertencia” de la edición lo expresa con claridad: se decide adoptar el nombre de “lengua española” en vez del de “castellana” como “consecuencia de esta mayor atención consagrada a las múltiples regiones lingüísticas, aragonesa, leonesa e hispanoamericana, que integran nuestra lengua literaria y culta”. En esa edición se incorporan catorce nuevas marcas geográficas americanas y once peninsulares, y el porcentaje de acepciones con marca dialectal llega a rondar el 40% de las incorporaciones. Esa es la primera reivindicación que conmemoramos: el reconocimiento de que el español es un complejo dialectal.

Ahora bien, conmemorar no es celebrar acríticamente. La misma “Advertencia” confiesa que la Academia, “[a] falta de información propia, hubo de atenerse casi sólo a los vocabularios de americanismos que andan impresos”. Eso significa que el diálogo con las voces americanas se estableció de manera indirecta, filtrado por colecciones previas y muchas veces limitado a lo que los lexicógrafos de finales del XIX habían recogido en las capitales letradas. Las oralidades ancestrales —las lenguas indígenas, los afrocolombianismos, las cosmogonías que nombran montes, cantos, plantas medicinales y formas de estar en el mundo— quedaron y siguen quedando, en buena medida, en los márgenes. El diccionario de 1925 es un umbral: abrió la puerta al americanismo léxico, pero la abrió a los animales, plantas y costumbres “peculiares de América”, como objetos curiosos, más que a los sistemas de pensamiento que los sustentan.

En el mundo digital de hoy el reto se desplaza. El diccionario académico ya no es un libro que reposa en un anaquel, sino un recurso consultado millones de veces al mes desde teléfonos inteligentes en toda Hispanoamérica. Esa presencia ubicua amplifica tanto su potencial democratizador como su efecto normativo: lo que el diccionario registra gana visibilidad global; lo que omite corre el riesgo de seguir pareciéndose a una ausencia. Por eso, para quienes investigamos desde el sur —como lo hacemos en el Departamento de Lingüística y Filología de Univalle, en diálogo con redes científicas internacionales—, conmemorar este centenario implica también exigir corpus y proyectos lexicográficos americanos propios.

(AA): ¿Desde qué perspectiva se piensa, asume o entiende aquello de “su oficialización”? ¿Oficialización para qué, para quiénes?

(LAC): Lo que la edición de 1925 hace, al cambiar el título y ampliar su nomenclatura, es validar socialmente un uso: el de entender el español como una lengua pluricéntrica. En ese sentido, oficializa un cambio de mirada hacia dentro de la propia Academia, que por primera vez asume explícitamente —como señala el investigador Cecilio Garriga del grupo Neolcyt— una concepción del español como “complejo dialectal” defendida por Menéndez Pidal y su escuela.

¿Oficialización para qué y para quiénes? Para la Real Academia Española funcionó como carta de navegación interna y como señal diplomática hacia las repúblicas americanas, cuyas academias correspondientes se consolidaban precisamente en aquellos años. Sin embargo, para los hablantes comunes la “oficialización” sigue siendo relativa: todavía hoy, muchas voces usuales en Colombia no aparecen en el diccionario general.

(AA): En un proyecto de este tipo, ¿cómo se asume el proceso de mutación permanente de la lengua y de las dinámicas sociales que la acompañan?

(LAC): La edición de 1925 es un caso privilegiado para pensar esa mutación, porque la propia Academia lo reconoce en su “Advertencia”: admite que “retrasó, a veces con extremada prudencia, la sanción debida al neologismo aceptable”, y declara que esta edición “es más condescendiente con el uso”. Ese reconocimiento es, en sí mismo, un gesto teórico: la lengua va por delante del diccionario. Los estudios de Garriga y Rodríguez Ortiz han demostrado, además, que en 1925 el DRAE incorpora por primera vez el léxico de campos como la electricidad, el ferrocarril, la fotografía o la enología con una densidad sin precedentes. Era la lengua de la modernidad industrial llegándole de golpe a un diccionario que antes se había protegido del cambio.

La exposición que nos ceden para traer a Cali es producto de esa mirada diacrónica: nos ayuda a ver que el diccionario no es un objeto inmutable sino una cadena de decisiones históricas, y eso es, creo, lo más pedagógico que podemos mostrarle a nuestra comunidad universitaria.

Un proyecto lexicográfico honesto asume, entonces, tres cosas. Primero, que cada edición es hija de su época: la de 1925 reflejó la revolución técnica y el debate hispanoamericano; la nuestra debe reflejar la globalización digital, las migraciones, las luchas feministas, la emergencia climática y las voces históricamente silenciadas. Segundo, que el diccionario no puede pretender congelar la lengua; su oficio es documentar con criterio filológico y ofrecer al lector una fotografía razonada del presente. Tercero, que la metodología misma tiene que mutar: los corpus digitales masivos permiten hoy observar el uso en tiempo casi real, y esa posibilidad obliga a repensar los ritmos de actualización.

En esa línea se inscribe el trabajo del grupo Neolcyt, que desde la Universitat Autònoma de Barcelona ha estudiado sistemáticamente cómo entran al diccionario los términos de la ciencia y la técnica. La exposición que nos ceden para traer a Cali es producto de esa mirada diacrónica: nos ayuda a ver que el diccionario no es un objeto inmutable sino una cadena de decisiones históricas, y eso es, creo, lo más pedagógico que podemos mostrarle a nuestra comunidad universitaria.

Biblioteca Mario Carvajal, Univalle. Foto: Danny Jordán.
Biblioteca Mario Carvajal, Univalle. Foto: Danny Jordán.

(AA): En tanto material didáctico, ¿cuál es la utilidad de aula que implica este diccionario?

(LAC): La utilidad de aula del diccionario académico, y muy especialmente de una edición histórica como la de 1925, va mucho más allá de la consulta de significados. En la Licenciatura en Español y Filología de Univalle trabajamos con diccionarios como documentos culturales: cada entrada, cada marca, cada etimología es una huella de decisiones históricas que pueden leerse críticamente. Que un estudiante compare, por ejemplo, la definición de “abogada” en 1884 (“mujer del abogado”) con la de 1925 (“mujer que se halla legalmente autorizada para profesar y ejercer la abogacía”) es ponerlo frente a un cambio social y frente al modo en que el lenguaje lo registra, o se resiste a registrarlo.

La exposición que trae Neolcyt se presta magníficamente para este uso pedagógico. Sus once carteles permiten abordar, desde el primer año de la Licenciatura hasta la formación doctoral, cuestiones como: el paso de “lengua castellana” a “lengua española” y sus implicaciones políticas; la incorporación del léxico científico-técnico como síntoma de modernización; la relación entre el diccionario académico y los diccionarios coetáneos en catalán, gallego y vasco; la huella de las academias americanas. Para un futuro docente de Lenguaje, estos materiales son oro puro: le enseñan que el diccionario no es un tribunal, sino un testimonio; y que su aula puede convertirse en un laboratorio de observación crítica de la lengua.

Además, el diccionario es una herramienta para formar hablantes conscientes. Enseñar a leer las marcas diatópicas, las marcas de uso (“familiar”, “vulgar”, “despectivo”), las etimologías y los ejemplos es enseñar a desmontar el prejuicio de que existe una manera “correcta” única de hablar. Ese gesto crítico es, en mi opinión, la mayor utilidad pedagógica que puede tener hoy un diccionario: no dictar normas, sino educar la mirada.

(AA): En tanto lengua milenaria, ¿cuál es el principal aporte que el diccionario permite para que el español siga siendo una de las lenguas más importantes y habladas en el mundo?

(LAC): El aporte esencial es proporcionar un espacio común de referencia que sostenga, simultáneamente, la unidad y la diversidad de la lengua. Que un hablante de Cali, uno de Cádiz, uno de Buenos Aires y uno de Manila puedan consultar la misma obra y entender las variantes de cada uno es una conquista lingüística y cultural enorme. La 15.ª edición de 1925 inauguró, precisamente, ese principio: abandonar el nombre “castellana” no significaba renegar de Castilla, sino reconocer que la lengua era ya patrimonio compartido de múltiples comunidades.

…el diccionario es una herramienta para formar hablantes conscientes. Enseñar a leer las marcas diatópicas, las marcas de uso (“familiar”, “vulgar”, “despectivo”), las etimologías y los ejemplos es enseñar a desmontar el prejuicio de que existe una manera “correcta” única de hablar. Ese gesto crítico es, en mi opinión, la mayor utilidad pedagógica que puede tener hoy un diccionario: no dictar normas, sino educar la mirada.

Dicho esto, la vitalidad del español no depende del diccionario, sino de sus hablantes. El diccionario ofrece un servicio: registrar, organizar, documentar. Quien mantiene la lengua viva es la madre que le enseña a su hijo el nombre de los árboles del Pacífico, el periodista que elige una palabra precisa, la escritora que inventa una metáfora, el albañil que le pone nombre a una herramienta nueva, la científica que traduce un concepto del inglés. Una lengua milenaria lo es porque cada generación la reinventa sin romperla.

Por eso agradecemos especialmente al Área Cultural de la División de Bibliotecas de Univalle, y al Grupo de Investigación en Lengua de la Ciencia y de la Técnica (Neolcyt), de la Universitat Autònoma de Barcelona, la generosidad de ceder a la Universidad del Valle esta exposición, resultado de años de investigación rigurosa. Recibirla en Cali, después de su paso por Bogotá, no es solo un acto conmemorativo: es una manera de decir que el español de Colombia, y en particular el de nuestra región suroccidental, participa de pleno derecho en la historia de esta lengua. Cien años después de que un diccionario madrileño cambiara de nombre para abrazar a América, una universidad colombiana acoge la conmemoración para recordar que ese abrazo debe seguir ensanchándose.

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