Crítica

El infierno de Dante en el trópico

La ópera prima de Gala del Sol irrumpe en las salas de cine de todo el país y demuestra, como ya lo hizo Simón Meza, que en Colombia aún quedan historias por contar. Esta Cali “retro-futurista trópico-punk” se enrosca sobre sus propios excesos para echar una mirada al corazón de la rumba. A continuación, una reseña.

Por: Mayra Alejandra Acevedo Garcia
Estudiante de Licenciatura en Literatura

Gala del Sol o Natalia Hermida (1996) es una directora, guionista y consultora creativa colombo-española. Estudió Producción de Cine en la Chapman University en Estados Unidos. Pasajeros en trance (2018), un corto con el que aseguró su titulación, fue una de sus primeras obras, pero no fue sino hasta Llueve sobre Babel (2025), su trabajo más reciente, que se estrenó plenamente como directora. Gracias a esto ha ganado reconocimiento nacional e internacional. La premier de la película se llevó a cabo en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam. El público colombiano tuvo que esperar hasta el mes de abril para su estreno. Ha participado en más de cincuenta festivales y ha ganado distintos premios, también internacionales, aunque de relevancia menor.

La película fue grabada en Cali con participación mayoritaria de actores colombianos. Gala reúne a varios personajes, principales si se quiere, en el club nocturno Babel, donde se enfrentan a distintos problemas y tienen una relación directa con la Muerte (Saray Rebolledo), con quien intentan desafiar su destino. El Boticario (Santiago Pineda), aparente narrador —aunque limitado—, se encarga de romper la cuarta pared casi desde el principio. Es el responsable de jugar con las sombras, un artefacto mineral que simboliza el alma de los habitantes de esta Cali alternativa, por lo que no resulta descabellado concluir que su rol es equiparable al de una divinidad. De ahí que se autodenominen como Guardianes. Junto a él hay otra guardiana (Sofía Buenaventura), una poeta muda que visita a los personajes y se apiada de ellos.

La definición de “retrofuturista”, acuñada por la propia directora, no parece tener una relación consistente con la película. La coexistencia entre el pasado y el futuro se queda como un simple adorno. En los interiores, como el motel o el mismo club nocturno Babel, el trabajo a nivel de montaje es significativo, quizá demasiado —la intencionalidad de la disposición roza por momentos con el videoclip —, pero cuando los personajes salen a la calle Cali sigue siendo Cali, sin ningún distintivo que remita a esa temporalidad exótica con la que se promociona.

Tal vez lo verdaderamente innovador de la película sea que haya sido grabada en Cali; lo demás es poco memorable. Llueve sobre Babel parece la realización de una fantasía personal sin propósito definido que solo puede resolverse de manera efectista.

En lo que respecta a lo “trópico punk”, la adecuación también es cuestionable. Esta no parece superar el nivel de la bisutería. Por momentos está presente en la aptitud de algunos personajes, pero los destellos son fugaces y la mayoría de las veces, embarazosos. La Flaca, a saber, la Muerte, utiliza un nutrido set de anillos de ese estilo que pueden ser fácilmente adquiridos en cualquier aplicación extranjera de compras “por un buen precio”. Quizá haya logrado un acierto modesto en lo que a trópico se refiere, pero esto ya le venía dado del contexto en el que fue rodada. 

La actuación es deficiente. Dante (Felipe Aguilar Rodríguez) es el único que saca la cara por la película, y solo de manera ocasional, sobre todo en momentos de ruptura o desborde. Los que hacen de guardianes, los drags y los actores de relleno actúan como si hubieran sido contratados para la publicidad de algún negocio de comida rápida con temática caleña. No expresan el enojo con fuerza, la tristeza parece fingida y la felicidad queda reducida a esbozar una sonrisa y poco más. Uma, la gitana (Celina Biurrun), también hizo un trabajo medianamente notable; además, es la que tiene una de las historias menos insignificantes. En momentos de tensión o incluso de peleas, ella consiguió destacar gracias a la autenticidad de sus emociones.

Por otro lado, la película presenta una serie de inconsistencias notables, además de un atolondramiento en su ejecución que repele al espectador. No se entiende la implementación de la iconografía católica en una iglesia cristiana, y aún más, en la casa del pastor. La redundancia temática de la que hablábamos antes alcanza su punto más alto aquí. La verosimilitud de los personajes se inmola en frases grandilocuentes que deterioran la poca confianza que habían cosechado hasta entonces. Está el ejemplo de “a veces es mejor lanzarse al vacío y que arda lo que tenga que arder”. Además de ser fácil, sencilla y pretenciosa, apela a la sensibilidad esnob de un público en particular para adquirir mayor impacto.

Gala introduce el germen de una crítica que es incapaz de asumir. Antes del show de drags, una de sus integrantes expresa su desacuerdo con que siempre utilice la salsa musical para representar a Cali, motivada por la interpretación de su competencia. La discusión en torno a una identidad eminentemente salsera de la ciudad desaparece bajo la arrolladora presencia del Callegüeso, quien viene a restituir a la salsa como principal elemento aglutinador de la sociedad caleña.

Quizá el número de elementos destacables sea significativamente inferior a lo que uno esperaría de una película que intenta romper paradigmas. La manera en la que se comporta la cámara recuerda, lamentablemente, a las producciones de Caracol o RCN, por mucho que a nivel de fotografía haya un intento honesto por construir una estética propia. Las salidas cómicas dejan mucho que desear y apenas trascienden el mero sketch, lo que termina por emparentarla con sagas como El Paseo. Tal vez lo verdaderamente innovador de la película sea que haya sido grabada en Cali; lo demás es poco memorable. Llueve sobre Babel parece la realización de una fantasía personal sin propósito definido que solo puede resolverse de manera efectista.

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