Melancólica remembranza de un Griot Afropacífico. Homenaje a Arnoldo Palacios
Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro. Aurelio Arturo
Por: Jenny Valencia Alzate
Escritora

Durante la noche brillaban millares de estrellas en el firmamento
Las Estrellas son Negras.
Unas titilaban como la verde candelilla entre el verde follaje del bosque
Otras inundaban el cielo azul y la parda noche con el purísimo brillo del diamante Miles casi no
se advertían, sino que navegaban en el universo
Como navega una gota de lágrima sobre la mejilla de una niña
¡Oh, influjo implacable de los astros sobre el alma de los mortales!
¡Oh, Dios! ¿En cuál estrella pusiste mi llave?
Algunos nacemos para morir sin tregua…
Otros nacen para la alegría Son estrellas diferentes
Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante
Y la mía, Señor, es una estrella negra… ¡Negra como mi cara…!
Arnoldo Palacios
El sol penetró en la tierra y de la tierra nació el hombre. El hombre representó el universo con arte, de las artes nacieron las letras y de las letras surgieron los mundos posibles; en cada mundo posible habita el mundo real, llaga y aliento del escritor que lo vive, lo padece, lo recoge y lo transforma como lo hizo Arnoldo Palacios, Griot afro pacífico de la Colombia literaria, cuya alma hoy camina hacia el mundo de sus ancestros, dejando una obra reveladora donde convergen crudeza y poesía; realidad metaforizada, protesta y resistencia, ecos de pueblo reprimido y azotado.
Arnoldo Palacios nació en Cértegui, Chocó, en 1924. Creció luchando contra la poliomelitis que lo aquejó desde los dos años. Era un niño que gateaba aunque estuviera en edad de caminar; arrastrándose en sus cuatro extremidades recorrió con sus padres las poblaciones recónditas del río Atrato buscando una cura mágica para el mal que lo aquejaba. A los 15 años, en 1939, viajó a Quibdó y allí estudió parte de su bachillerato, hasta que en 1943 viajó a Bogotá becado y terminó sus estudios secundarios. En la gélida capital concibió su primera novela: Las estrellas son negras, cuyas páginas ardieron el 9 de abril de 1948 junto con los muros y el asfalto que incendió un país indignado por la muerte de Jorge Eliecer Gaitán. En dos semanas, Arnoldo reescribió su novela de las cenizas y nació la obra más significativas de la literatura de denuncia para el Pacífico Colombiano.

En 1949 el escritor partió a Francia, becado para estudiar Lenguas Clásicas en París, lugar donde encontró parte de la cura a su poliomelitis, se acentuó su conciencia étnica, se fortaleció su pensamiento anticolonial por la corriente liberadora de la “Negritud”, y fue llamado “Monsieur le Compte”, el Señor Conde de una condesa con títulos y sin dinero, mientras se convertía en el “Padre y fundador de la novelística afrocolombiana” como lo llama Gustavo Vasco en el prólogo de Las Estrellas son negras, que al igual que Buscando mimadrededios, su novela autobiográfica, es la radiografía metafórica de la realidad social que las comunidades afrocolombianas sortean día a día.
“La vira no vale un galgajo”… Irra es el personaje. Irra siente el mundo en el estómago. Irra tiene hambre y el mundo le devora las tripas. Irra da tres pasos por la orilla del río Atrato y el mundo también le cabe en la cabeza; planea matar al intendente y redimir a su pueblo de los blancos, Irra no leyó a Dostoievski pero lo hará con un hacha, como Raskolnikov con la vieja agiotista… “Irra sentía su ser reducido a una masa pastosa, gusanosa, bajo el cielo azúl que para él cobijaba sólo hambre y humillación”… Irra es el protagonista de Las Estrellas son negras, tiene 18 años, una madre que lava ropa ajena todo el día en el río. Irra también tiene tres hermanas: Ana, Clara y Aurora, y un hermano: Jesús, que vuelve con la mayoría de cocadas y panes que su mamá le dio para vender.

Irra trasiega las calles de su poblado, el espíritu no le cabe en el cuerpo mallagado por las vicisitudes diarias; la boca se le hace agua ante el olor del pescado que fritan en la plaza. La hermana de Irra se come el cascajo de las paredes y personaliza el hambre que agobia a Irra, quien termina ahuyentándola de una patada en la cabeza o estallándole el plato lleno de arróz frío en la frente. Irra tiene Hambre, Irra tiene Ira, pero Irra ve la luz.
Sin duda alguna, el personaje de Las Estrellas son Negras, tras un trasegar que en términos temporales recoge dos días de su vida, cavila sobre el mundo que le rodea, sus cavilaciones son desesperadas y por su mente atraviesan ansias de matar, o de huir del Chocó y buscar en otra parte la “madrededios”, el pan de cada día que los blancos le arrebatan a las comunidades marginadas. Sin embargo, Irra también tiene tiempo para amar, para recordar las notas del tiple que aprendió a tocar de niño, para sumergirse en el seno de su amiga Nive, hundir su cuerpo en el río y dejar ir la embarcación; el río lo renueva, algo debajo de sus aguas le infunde ánimos para seguir allí, para amar y transformar el mundo, su mundo, el mundo de los suyos desde la entrañas de Nive, para ser boga y tras el ruido de los vientos hacerse Libre.
Arnoldo, ¡espíritu literario! ¡Ancestro metafórico! ¡Hacedor de Mundos posibles sobre este mundo Imposible! Que las estrellas de tu alma brillen como una constelación, para que los cientos de Irras de nuestros Palenques Colombianos reencuentren la fuerza y la esperanza bajo las aguas de los ríos, que se han de tragar algún día las estrellas opacas de la triste fortuna.



