Arnoldo Palacios. La humilde alegría de vivir de un chocoano universal
Por: Darío Henao Restrepo
Director Periódico La Palabra

“A mama Fide, así le decíamos a mi abuela Fidelina, no le gustaba tocar el tema de su pasado como esclava” nos contó una tarde Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera cuando participó como invitado especial en uno de mis cursos de literatura afroamericana en la Universidad del Valle.
El tema de la noche oscura de la esclavitud – memoria traumática, común a todos los hijos de la diáspora africana en América -, sirvió de punto de partida para las inolvidables reflexiones y experiencias relatadas por Arnoldo, a la manera de un Griot africano, ante una veintena de jóvenes que lo escucharon embelesados durante más de tres horas. Su mundo encarnaba las historias de sus ancestros africanos, los aportes del África a la humanidad resonaban en el Chocó profundo de sus libros, continente varias veces visitado por Arnoldo, “allá siempre me sentía como en el Chocó”. Sus libros – Las estrellas son negras, La selva y la lluvia y Buscando mi madredediós -, dignos de la mejor literatura contemporánea, los habíamos leído junto a los de su entrañable amigo Manuel Zapata Olivella – Changó, el gran putas, El fusilamiento del diablo, Chambacú, corral de negros, En Chimá nace un santo -; Jorge Artel – Los tambores de la noche -; Rogerio Velásquez – Memorias del odio -; Helcías Martán Góngora – Humano litoral-; Carlos Arturo Truque – Que vivan los compañeros -; Richard Wright – Hijo nativo -; Toni Morrison -Beloved -; Alex Haley – Raíces -; Mayra Santos – Fe en disfraz -; Maryse Condé – Yo Tituba -; Ana María Gonçalvez – Um defeito de cor -; Aimé Césaire – Cuaderno de retorno a un país natal -; Nicolás Guillén – Motivos del son y Sóngoro cosongo -; Frantz Fanon – Los condenados de la tierra -; Edouard Glissant – El discurso antillano -; Derek Walcott – Omeros -; Abdías do Nascimento – O quilombismo -. Estos escritores tenían algo en común, eran nietos, bisnietos o tataranietos de los negro-africanos llegados durante la horrible travesía del Atlántico, prisioneros en los barcos negreros; en fin, eran artistas preocupados por desentrañar la intimidad de los seres que habían vívido esa Historia, sus grandes y pequeñas luchas desde adentro del mundo espiritual que fueron configurando lejos del continente africano en tierras extrañas.

Arnoldo hizo parte dela gran corriente intelectual de escritores afro-americanos del siglo XX, tuvo la fortuna de trabar amistad con muchos de ellos, compartió la ambiciosa y justa empresa artística para rescatar y aprender de la Historia del mayor desplazamiento forzado de la historia de la humanidad; emprendimiento abordado con ternura poética para ir más allá de la vieja cicatriz, mostrando todas las facetas de la humanidad de los negros en el mundo moderno al que tanto contribuyeron. De niño había presenciado el saqueo del oro y el platino de las grandes multinacionales gringas en el Chocó, la corrupción de las élites locales, y la estela de miseria y abandono que dejaban el saqueo y la voracidad de estas compañías. La vida de sus personajes sucede en ese universo, la intimidad se despliega, inmensa y estremecedora, esperanzada y creativa ante la adversidad.
Lecciones aprendidas, como cuenta en su relato autobiográfico, Buscando mi madredediós, en Cértequi, el pueblito de mineros y agricultores donde nació en 1924. De las pepitas de oro sacadas de los ríos con batea se originó la expresión madredediós Arnoldo forja una visión poética de la humilde alegría de vivir del pueblo chocoano, expresada en el lenguaje, la música, la cotidianidad, la religiosidad, dimensiones hondamente captadas en sus relatos.
Cuando comenzó a bosquejar Las estrellas son negras, Arnoldo leyó al escritor afro-norteamericano Richard Wright, autor de Sangre negra (Native son), la historia de un negro que se ve obligado a matar a la hija de un blanco. “Ese Richard Wright fue como el maestro que me indicaba en ese momento que yo no me equivocaba al querer hablar de los negros y presentar personajes negros”. Luego fue entendiendo todo el entramado socio-racial del Chocó, aunque la mayoría era compuesta de negros, también había indios, mulatos, mestizom zambos y blancos, y esto alimentó su obra.

Ir a estudiar a Francia le permitió viajar mucho y ser un activista de los movimientos de las negritudes que emergían en los Estados Unidos, el Caribe, Brasil y la propia África. Cuando fue al continente de sus ancestros, lo primero que sintió, lo decía con el himor que siempre tuvo, “que había mucho negro”, negros por todas partes y todos muy amables, y cuando salió del aeropuerto, siguió encontrando negros, el chofer del taxi que lo llevó al hotel, después salió a caminar por la playa y más negros que lo saludaban con gentileza y amabilidad “niños que se acercaban y me decían papá dándome la mano, esos negros pasaban mil veces, los mismos y me seguían saludando”.
Esto fue en Dakar, la capital de Senegal, como dominaba el francés no tenía que buscar a otros para hacerse entender, entonces comprendió que ellos lo trataban como a un africano y no como extranjero. Se sintió africano ahí.
En Francia, donde vivió más de 50 años, con viajes esporádicos a Colombia, conoció a gran parte de la elite intelectual negra del mundo, alternó con muchos de ellos en foros, debates y Congresos. Fue con Manuel Zapata Olivella el embajador de la cultura afro-colombiana en muchos escenarios del mundo. Una labor desconocida que merece ser mejor conocida y divulgada. Su amistad con Sedar Senghor, Carlos Moore, Richard Wright, Frantz Fanon, Aimé Césaire, Nicolás Guillén, Chinua Achebe y el sabio africano Cheik Anta Diop alimentó su carrera y le dio una dimensión universal a su obra.



