Crítica

El buen mal: el libro del millón de euros de Samanta Schweblin

La escritora argentina se llevó el primer lugar en los sustanciosos premios Aena, en el que se enfrentó a otros grandes nombres como Abad Faciolince, Nona Fernández o Enrique Vila-Matas. Esta refrescante colección de cuentos demuestra, una vez más, que no hace falta irse muy lejos de casa para encontrarse con el “enemigo” o que la anormalidad guarda un inquietante parecido con su contraria. A continuación, una reseña.

Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Samanta Schweblin (1978), escritora argentina. Foto: Alejandra López. BBC.
Samanta Schweblin (1978), escritora argentina. Foto: Alejandra López. BBC.

Samanta Schweblin (1978) es tal vez uno de los rostros más conocidos de lo que los críticos han bautizado “el nuevo gótico latinoamericano” o el weird fiction. Sus obras se han publicado en más de cuarenta idiomas, y este nuevo reconocimiento, el de mayor recompensa económica, solo viene a sumarse a la veintena de premios internacionales que ha recibido a lo largo de su carrera, entre los que se encuentra el prestigioso premio Casa de las Américas por su libro Pájaros en la boca (2009), con el que empezó a cosechar su fama.

Este es su cuarto libro de cuentos. Las incursiones en otros géneros como la novela son más bien escasos, dos en total, y hasta donde se tiene noticia no han generado el mismo revuelo, aunque esto no implique que sean de calidad inferior. Quizá haya un vínculo discreto entre su visión desencantada del mundo y el género del cuento, sensible a la condensación de perspectivas poderosas y magnéticas en unas cuantas palabras. De ahí viene, tal vez, su afirmación: “Nada que sea prescindible merece ser contado”.

El buen mal (2025) es una obra pequeña y, si tiene algún sentido esta comparación, de voz discreta o callada. Tal como se puede apreciar hacia el final del libro, todos los cuentos parten, en su mayoría, de una premisa autobiográfica, lo cual explicaría ese principio anodino o casi superficial con el que empiezan y la necesidad de apuntalarse en el mundo de los sentidos para adquirir solidez. Nada de lo que ocurre en los seis relatos que lo componen es verdaderamente extraordinario y, sin embargo, lo es. La sucesión de acontecimientos se encuentra viciada por algún eslabón inesperado que parece desajustar los engranajes que mantienen a la realidad en su sitio. ¿Qué puede haber de “raro” en un suicidio? Que no salga bien, tal vez, pero hay algo peor: que salga bien y que, de cualquier manera, uno siga vivo. De esto va el primer cuento “Bienvenida a la comunidad”, de donde sale el conejo que da vida a la portada que diseñó Penguin Random House.

La aparente llaneza con la que discurren las páginas es directamente proporcional al extrañamiento que experimentamos frente a los pequeños destinos que Schweblin ha construido para nosotros. Por momentos parece como si recuperáramos la penetración pulverizadora de la mirada infantil, solo que con la memoria de un adulto, capaz de registrar la amargura que subyace a un mundo desprovisto de magia auténtica.

La deformación progresiva y calculada de eventos aparentemente normales justifica o explica por qué cada cuento es de lectura obligada, a saber, que una vez se empiezan no hay manera de no terminarlos. Es como participar de una maldición que solo puede ser conjurada con su propio final. Schweblin entiende la tensión de manera distinta. Para ella, esta no viene necesariamente de una torsión argumental sino, más bien, de un asalto a la curiosidad del lector desde algún rincón insospechado. En “La mujer de Atlántida”, por ejemplo, la audacia infantil o adolescente no se ve precisamente censurada o boicoteada por el muro institucional de la mirada adulta; por el contrario, parecen que son estos, los guardianes de la normalidad, quienes terminan por empujarlas a un torbellino de situaciones atípicas que deberían haber colapsado bajo su propio peso desde el inicio. El lector espera que esa poeta alcohólica, Pitis, se rebele contra la tiranía de una adolescente alucinada que decidió autodenominarse como su inspiración, pero esto no solo no ocurre, sino que la mujer se deja conducir dócilmente hacia donde sea que la adolescente quiera llevarla. Lo extraño viene de la absoluta libertad con la que ambas niñas pueden transgredir los códigos morales, sin recibir ningún castigo manifiesto por ello.

Foto: Penguin Random House.
Foto: Penguin Random House.

La innegable popularidad que el género cuento ha adquirido en los últimos años no se explica solo debido a la calidad de los autores que lo cultivan, aunque de allí venga su principal interés. La simplificación de todos los formatos, producto quizá de las nuevas prácticas de consumo promovidas por los algoritmos, ha derivado en una segunda revitalización del cuento gracias a su capacidad para abarcar grandes universos en muy poco espacio. El de El buen mal es lo suficientemente familiar como para no despertar las sospechas del lector promedio, y tal vez este sea uno de los mayores atractivos. La aparente llaneza con la que discurren las páginas es directamente proporcional al extrañamiento que experimentamos frente a los pequeños destinos que Schweblin ha construido para nosotros. Por momentos parece como si recuperáramos la penetración pulverizadora de la mirada infantil, solo que con la memoria de un adulto, capaz de registrar la amargura que subyace a un mundo desprovisto de magia auténtica.

El premio Aena es más que una mera retribución al talento de una autora que ha sabido establecer unos linderos propios en una cultura agotada y profanada; es la ratificación de una tendencia que ha determinado el curso de la literatura global y del arte mismo: los tiempos de consumo se han reducido a mínimos históricos y ya no nos queda de otra que ajustarnos a las estrecheces de un horario controlado por la dopamina. Schweblin ha sabido cómo triunfar bajo estas condiciones o, más bien, ha hecho que la literatura triunfe en este nuevo mundo, más estrecho y menos diverso que ayer.

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