No te asomes: ansiedad urbana
El pasado once y doce de abril se estrenó una instalación de cine expandido que busca representar una experiencia cotidiana de las clases menos favorecidas: los préstamos con los famosos “gota a gota”. El estudiante de la Universidad Autónoma de Occidente, Juan Esteban Romero, se aventuró a contar su propia historia a través del miedo del público. Aquí, una reseña.
Por: Mayra Alejandra Acevedo Garcia
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

La premisa de la obra, presentada en modalidad de cine expandido, es sencilla, pero no por ello menos profunda y problemática: la mirada de un niño que creció con miedo de su propia casa por los préstamos que su papá hizo con los “gota a gota”, personas que se aprovechan de gente de estrato bajo que necesitan dinero urgente y que no miden las consecuencias de los intereses elevados de este tipo de servicios. Al día, según nos cuenta Romero, llegaban hasta diez “prestamistas” para cobrar, e incluso se asomaban por encima de la puerta para ver si había alguien en casa.
Juan Esteban Romero, estudiante de Cine de la Autónoma, está a punto de graduarse y este es su proyecto de grado. Cuando cursaba quinto semestre tuvo la oportunidad de grabar un cortometraje allí mismo en su casa, titulado Olvídame, con el que realizó un primer acercamiento a esta temática. De las diferentes modalidades de cine que su carrera profesional ofrece, la de cine expandido le pareció la más pertinente para su último proyecto, dada su capacidad para inducir la catarsis y la inmersión.

El día de su estreno asistieron alrededor de ochenta personas, y en su segundo día, aunque acudieron menos, hubo asistentes de todos modos. El trabajo de Romero recibió la aprobación de personas que se acercaron a él para felicitarlo y contarle experiencias parecidas a la suya. De acuerdo con algunas estimaciones, esta modalidad de préstamo ilegal afecta a uno de cada cinco colombianos. Esto demuestra una acogida positiva por parte del público, que no solo se sintió identificado con la obra, sino que también participó de las emociones que buscaba transmitir.
El montaje fue en exceso vistoso. A la entrada te recibe una actriz de reparto que insta al silencio de manera recurrente, lo cual contribuye en la consolidación de una atmósfera cerrada y asfixiante. Las paredes, desde la entrada hasta el fondo, están plagadas de recibos y tarjetas de prestamistas, con la que tal vez se intenta transmitir la vigilancia y la omnipresencia del prestador. Durante los diez minutos que dura la “presentación”, de fondo suena el timbre insistente de una llamada que espera ser atendida. En la sala vemos una batería con uno de sus tambores rotos (dándonos a entender su sueño frustrado de ser músico), y en otro la proyección de un vídeo de Romero acompañado por su padre, con el que no lleva una relación actual por la situación que se vive en la casa. Esta idea también se expresa en cuadros desprovistos de fotografías. Así mismo, al fondo, se ve una habitación con alguien a la espera, quizá un reflejo de su autor, recluido en la zona más apartada de la casa, donde las leyes del silencio se suavizaban ligeramente.
La premisa de la obra, presentada en modalidad de cine expandido, es sencilla, pero no por ello menos profunda y problemática: la mirada de un niño que creció con miedo de su propia casa por los préstamos que su papá hizo con los “gota a gota”, personas que se aprovechan de gente de estrato bajo que necesitan dinero urgente y que no miden las consecuencias de los intereses elevados de este tipo de servicios.
Todo este performance, por llamarlo de alguna manera, funcionó correctamente. Los actores de reparto, que son estudiantes de primeros semestres de Cine de la misma Universidad, desarrollaron bien su papel. Algunos estaban desesperados, otros encerrados a la espera de algo que nunca iba a cambiar. Incluso la madre de Romero, que estaba escondida detrás de una cortina translúcida porque no hacía parte del montaje, estaba cuidosamente integrada al proyecto debido a su condición de testigo y sufriente. Tal vez lo único que hizo falta fue ese giro brusco al que un espectador de cine habitual está acostumbrado. Como en cualquier historia, el espectador se ve en la necesidad de sufrir un cambio inesperado que la redirija en una dirección particular que le confiera un significado único. Debido a la ausencia de este, la impresión general deriva en algo parecido a un performance o una instalación, y no en una producción precisamente cinematográfica o en una historia de cine.
Es importante resaltar el valioso lugar que ocupan esta clase de apuestas en el ecosistema cultural de la ciudad. La propuesta de Romero abre las puertas a una nueva sensibilidad que no se contenta con el consentimiento pasivo de un público modelado por el conformismo y que busca construir espacios de dialogo directo que induzcan a la reflexión inmediata y la toma de medidas.

Lucía Diegó, egresado de la Universidad del Valle y profesor de Romero, fue quien le dio luz verde para la creación de este proyecto. En principio estaba pensado para presentarlo solo ante profesores de la Universidad Autónoma, pero al final se decidió abrir el espectro para el público general.
De acuerdo con las palabras de Romero, “en esta instalación de cine expandido tú no eres espectador, sino deudor, y el silencio no es tranquilidad, es miedo”. Esta frase resume muy bien el contenido y el propósito del proyecto. La adecuación del formato con las expectativas de la experiencia que busca reconstruir posibilita una discusión que no se detiene en la aparente responsabilidad de los que apelan a estos mecanismos, y redirige la atención hacia el drama humano que hay detrás del acoso y el peligro inminente.



