Entrevista

Melba Escobar: “La maternidad es un amor profundo, pero también denso y oscuro como una caverna”

Con Las huérfanas, su nueva novela, la autora caleña se adentra en la escritura que recupera las memorias: la familiar y la propia. Ficción y autobiografía se entrecruzan para dar a conocer una historia en la que no hay concesiones fáciles, pero tampoco dramatismos injustificados. La Palabra ha conversado con Melba Escobar, quien reside en España, para conocer las motivaciones y pormenores que la llevaron a la escritura de esta novela.

Por: Alejandro Alzate

Melba Escobar, escritora caleña. Foto: iconoeditorial.com
Melba Escobar, escritora caleña. Foto: iconoeditorial.com

Alejandro Alzate (AA): La historia que se le propone al lector alude a una orfandad que no siempre es literal. Conforme se lee se advierte un abandono sentimental, una sensación de desamparo que no necesariamente proviene de la ausencia de la madre, pero sí se le parece. ¿Qué tipo de orfandad o desamparo te interesaba narrar en Las huérfanas?

Melba Escobar (ME): Creo que la maternidad es algo así como un amor platónico. Todas tenemos la idea de cómo debe ser una madre. Es alguien que nunca claudica, que renuncia a todo, que está siempre dispuesto a más. En ese sentido siento que, especialmente, la relación entre madres e hijas es tensa, dura. Porque nos conecta la condena a repetir ese rol que es tan poderoso y tan feroz al mismo tiempo. Es un amor profundo, pero también denso y oscuro como una caverna. La orfandad es, quizá, tener siempre una mamá de verdad, no esa mamá perfecta platónica que existe en el imaginario colectivo.

(AA): La trama de la novela llega hasta el vencimiento físico del cuerpo (materno) que envejece, aspecto muchas veces pasado por alto en la narrativa latinoamericana contemporánea. ¿Por qué te resultó ineludible evidenciar el paso del tiempo sobre el cuerpo?

(ME): Porque somos un cuerpo. Y el cuerpo sano, el cuerpo bello, suele estar sobrevalorado. En el caso de mi mamá su salud mental, su bienestar y su bonhomía fueron inversamente proporcionales a su salud física y a su juventud. Ella se hizo libre y se hizo sana después de vieja.

(AA): Muchos lectores advierten en la novela los ecos de la autobiografía, aunque esta nunca se declara explícitamente. ¿Cómo negocias y equilibras las cargas que suponen la experiencia personal y la construcción literaria? ¿Cómo se logra ser un escritor que conmueve, pero no cae en el patetismo?

(ME): Esta es una novela basada en hechos reales, pero no es una novela donde un yo exhibicionista expone sus desgracias, sus aventuras o sus rabias. Aquí el trabajo de la estructura y el lenguaje están muy calculados. También los silencios vienen medidos. ¿Qué contar, qué callar? Fueron preguntas que estuvieron tensando la cuerda narrativa a lo largo de todo el proceso.

…la maternidad es algo así como un amor platónico. Todas tenemos la idea de cómo debe ser una madre. Es alguien que nunca claudica, que renuncia a todo, que está siempre dispuesto a más. En ese sentido siento que, especialmente, la relación entre madres e hijas es tensa, dura.

(AA): En los últimos años muchos escritores han asumido abiertamente la escritura autobiográfica. No obstante, Las huérfanas parece mantenerse en una zona ambigua entre la experiencia personal y la ficción. ¿Esa ambigüedad aparente es una decisión estética o una forma de proteger algo íntimo que la literatura no debería revelar en su totalidad?

(ME): Creo que dentro de la llamada autoficción hay una explotación del narcisismo propio de la época. Sin embargo, intento desmarcarme de esa práctica y lo hago narrando en primera persona, pero haciéndolo para mostrar quiénes son los demás, mi madre, en primer plano, mi tía Melba, mi padre, mis hermanas. Es una novela de personajes entrañables, profundos, complejos, no es una novela sobre mí, o no únicamente.

(AA): En la novela es apreciable la diferencia de clases, incluso dentro de las relaciones afectivas que parecen más íntimas. ¿Te interesaba mostrar que, en América Latina, las distancias sociales atraviesan y desestructuran los vínculos más personales? ¿Por qué?

(ME): No es una decisión que haya tomado de forma consciente, supongo que es la forma como siento las relaciones. Cuando escribo busco desentrañar obsesiones del lenguaje, de los gestos y de la realidad que me marcan. Seguramente este “desestructurar los vínculos más personales” en un país clasista y terriblemente desigual es algo que siento en la dinámica cotidiana y por eso he querido representarlo.

(AA): En América Latina suele ser difícil escribir sobre vínculos íntimos sin que asome la desigualdad social. En Las huérfanas esa tensión está presente, pero nunca se vuelve un discurso explícito. ¿Fue una decisión premeditada evitar una lectura politizada del conflicto de clases, o crees que la literatura debe sugerir esas fracturas sin convertirlas en tesis, proclama o credo?

(ME): Creo que, por desgracia, en Colombia la clase social es como un ente invisible que siempre está presente en nuestras vidas. La fortuna para mí del primer mundo es que pueden ser individuos libres, abiertos, con sus gustos y sus miedos, sin que todo esté necesariamente atravesado por unos cajones sociales que, en el caso de Colombia, nos marcan de formas exageradamente obvias en nuestra percepción propia y en la de los demás. En mi caso personal, esa conciencia de clase ha sido siempre una presencia. No sabría escribir desde otro lugar. Pero, por supuesto, no creo que haya que hacer proclamas al respecto, ni en cuanto a tema ninguno. Creo que la literatura, como el arte en general, es un territorio libre de proclamas.

Foto: Planeta.
Foto: Planeta.

(AA): En la tradición cultural latinoamericana la figura de la madre suele aparecer magnificada en términos de lo sagrado-virtuoso, lo protector, lo sacrificado y lo incuestionable. En Las huérfanas, no obstante, la relación materna aparece atravesada por silencios, reproches y zonas de incomodidad que la bajan del pedestal de la perfección imaginada. ¿Tu novela pone en tensión ese imaginario cultural de la madre intocable, o simplemente intenta atestiguar la fractura de lo sagrado que, de alguna manera, todavía se suele evitar o resistir?

(ME): Sin duda, sigue siendo un tabú hablar mal de la mamá. Y eso que yo lo que hago en mi novela es un sentido homenaje a doña Myriam de Nogales, mi querida madre. Una mujer fuerte, temperamental, brillante, irónica, áspera, divertida, lúcida, exquisita, muy sensual. Una mujer que se negó al mandato de ser una dulce madre o una tierna abuelita. Creo que todavía nos cuesta mucho trabajo, demasiado, pensar en otras formas de ejercer la maternidad y de ser mujer después de ser madres. Mi mamá se atrevió a romper el molde.

(AA): Cierto es que las llamadas “escrituras del yo” están en boga. En ese sentido, ¿Las huérfanas dialoga con esa tradición contemporánea o rehúye esa etiqueta?

(ME): Diría que es una historia narrada en primera persona, pero no una “escritura del yo”.

(AA): Después de leer la historia que se cuenta, que no es otra que la del cansancio que resulta tras sostener vínculos complejos que atormentan a los personajes, qué termina siendo más importante al interior de la novela: ¿la memoria que se sostiene a pesar de los dolores del pasado, la escritura que permite la expiación o alguna forma de reconciliación con los ancestros?

(ME): Diría que las tres cosas. La memoria es una herramienta que nos permite volver al pasado para entender que este siempre se reescribe, adquiere nuevos matices, cambia, crece, se transforma. El pasado no está quieto así como nosotros no lo estamos. Y sí, volver a vivir momentos de la infancia o la adolescencia con mayor información, madurez o contexto, nos permite ampliar el foco, ver con mayor profundidad, con mejor luz, algo que, en casos como el mío, permite, como dices, una expiación y una reconciliación.

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