María, la caprichosa: organización y lucha de las empleadas domésticas en Colombia
Por: María Mercedes Ortiz
Profesora Escuela de Estudios Literarios, Universidad del Valle

Mis conocimientos sobre el Urabá antioqueño eran, hasta hace poco, generales y fragmentarios. Ni siquiera tenía una imagen clara de la geografía de este territorio. Sabía, eso sí, de la violencia que vivió la región a manos de guerrillas y paramilitares, estos últimos financiados en parte por la compañía bananera Chiquita Brands International para eliminar a líderes sindicales. Cuando cursaba mi maestría en literatura en la University of Washington en Seattle, entre 1998 y 2000, asistí a una conferencia de uno de estos dirigentes sindicales, refugiado en Estados Unidos tras recibir amenazas de muerte. No recuerdo su nombre, pero sí la claridad con la que expuso la situación de la región y la responsabilidad de la empresa bananera. También había leído algo sobre la explotación laboral y la discriminación racial que sufría la población afrodescendiente del Urabá en el contexto de la colonización paisa. Y tenía muy presente la valentía de Gloria Cuartas, alcaldesa de Apartadó, quien enfrentó simultáneamente a guerrillas, paramilitares y al propio Estado en su búsqueda de la paz para la región.
Cuando empecé a ver la serie María la Caprichosa, estrenada en Netflix el 5 de enero de 2026 y producida por Caracol Televisión, lo primero que me impactó fueron las inmensas extensiones de banano que aparecen en la pantalla. No imaginaba plantaciones de tal magnitud. La serie gira en torno a la vida de Pérxides María Roa Borja, lideresa afrodescendiente nacida en Apartadó, fundadora del primer sindicato de empleadas domésticas del país y una de las principales impulsoras de la Ley 1788 de 2016, que reconoció a las trabajadoras del servicio doméstico el derecho a la prima de servicios. A través de su historia personal y familiar, la serie introduce al espectador en la compleja realidad social y política del Urabá antioqueño.
La serie fue creada para televisión, y se basa en gran parte en el libro de Paula Moreno (ministra afrodescendiente de educación entre 2007 y 2010) titulado Soñar lo imposible (2022). Vi mis escasos conocimientos recreados y notablemente expandidos en esta historia que cuenta con un muy importante elenco de actrices y actores afrodescendientes, algo inusual en las series colombianas, entre los que cabe destacar a Karent Hinestrosa— licenciada en Arte Dramático de la Universidad del Valle—, actriz que ha recibido importantes premios y que desempeña admirablemente el papel de María. Me parecieron notables, asimismo, las actuaciones de Indhira Serrano como Pérxides Borja, la madre de María; de Julián Diaz como don Manuel, su padre; Paola Valencia como Marlene, su hermana, y Bryan Mina como Fernando, su marido. Destaco, también, la actuación del grupo de amigas de María, unidas por una fuerte relación de sororidad, y quienes la acompañan a lo largo de toda su lucha.
El racismo que domina la sociedad antioqueña—y en general la colombiana—aparece aquí con toda su fuerza, encarnado en Doña Sonia, rica propietaria de una extensa finca en las cercanías de Apartadó, y en las dueñas de casa de Medellín que someten a María, sus amigas y otras empleadas domésticas a un trato indigno, humillante y explotador, recreado de manera aguda y detallada. Las intersecciones entre clase, raza y género están muy bien desarrolladas y constituyen uno de los logros más importantes de la serie. Así mismo, los aspectos culturales de las comunidades afrodescendientes del Urabá están bien tratados y están presentes a lo largo de los episodios: la música y el baile, la gastronomía, las relaciones familiares etc., lo cual le da carácter y especificidad a la serie y a los personajes.

Esta nos lleva paso a paso por la vida de María, desde su adolescencia, cuando soñaba con ser maestra y cuyos sueños quedan cortados por un embrazo prematuro, que la obliga a trabajar como empleada de doña Sonia, en cuyo casino trabajan también su madre y hermana preparando comida para los trabajadores, aguantando todas a una patrona insoportable que impide que María siga estudiando. Se muestra, asimismo, la violencia que sufre su familia cuando su hermana mayor es asesinada equivocadamente por guerrilleros—en realidad buscaban liquidar a su hermano que estaba en el ejército— y su migración a Medellín en busca de un futuro mejor para ella y su pequeño hijo, a quien tiene que dejar con sus padres. Su padre, miembro de uno de los sindicatos de los trabajadores de las bananeras, es amenazado por paramilitares y migra también junto con su esposa a Medellín, pero no soportan por mucho tiempo la urbe y regresan a Apartado.
María lucha obstinadamente día a día por cumplir sus caprichos—que no son simples veleidades sino deseos de mejorar y avanzar en su vida personal y colectiva. Su padre fue una figura que la animó desde pequeña a lograr sus “caprichos”. Aquí la palabra capricho implica una resignificación: luchar por una vida mejor para las empleadas domésticas en contra del racismo y el clasismo. Uno de los mayores obstáculos que tiene que enfrentar María es su pareja, Fernando, hombre profundamente sexista, violento e incapaz de contribuir al sustento de su familia y opuesto al desarrollo personal de María y a sus luchas a favor de las mujeres empleadas en el servicio doméstico. Se muestra así, claramente, cómo las inequidades de género están presentes dentro de las comunidades afrodescendientes, lo que me lleva a recordar una película que trata este tema muy acertadamente titulada Chocó (2012) dirigida por Jhonny Hendrix Hinestrosa, protagonizada también por Karent Hinestrosa.
María la caprichosa nos sumerge en la vida de una mujer admirable desde todo punto de vista por su fuerza, coraje, tesón e inteligencia, y constituye una radiografía acertada de un país racista, clasista y sexista, signado por la violencia.
María va encontrando distintos aliados y aliadas, así como feroces opositores en su búsqueda de unas mejores condiciones de trabajo para las empleadas domésticas, lo cual implica aprender a moverse dentro de la maquinaria del poder. Adquiere reconocimiento cuando es invitada a dar una conferencia sobre estas problemáticas en una prestigiosa universidad estadounidense y es elegida en el 2015 por la revista Semana entre los y las diez líderes y lideresas afrodescendientes más destacados, además de otras menciones y premios. Todo esto la visibilizó a nivel nacional y contribuyó a la aprobación de la Ley 1788 del 2016, de la cual fue ponente, y en la que se reglamentó el derecho de las empleadas domésticas a la prima de servicios. Este arduo camino de luchas, derrotas y conquistas está ilustrado en detalle en la serie.
También se muestra a María cumpliendo el sueño de su vida, estudiar en una universidad, y su obtención del título de trabajadora social en la Corporación Universitaria Minuto de Dios.
María la caprichosa nos sumerge en la vida de una mujer admirable desde todo punto de vista por su fuerza, coraje, tesón e inteligencia, y constituye una radiografía acertada de un país racista, clasista y sexista, signado por la violencia. La historia, sin embargo, no escapa a los trucos a los que se apela para mantener la atención de los televidentes y hay historias secundarias que resultan superfluas y triviales, y muchos de los episodios se podrían eliminar, lo que le daría mayor calidad y fuerza. Con todo, vale la pena ver los 64 episodios para conocer la vida de Pérxides María Roa Borja, infatigable lideresa afrodescendiente quien con su lucha y la de sus compañeras del sindicato ha logrado mejorar las condiciones de vida de las empleadas domésticas en Colombia. Sus derechos, sin embargo, están lejos de ser totalmente reconocidos en la realidad laboral y, además, muchas de ellas ignoran que los tienen. Falta todavía un gran trabajo organizativo y cultural para que se conviertan en una realidad efectiva.

Para finalizar, quiero señalar algunos detalles de esta problemática en Cali, una ciudad con un 25% estimado de población afrodescendiente, de la cual hay muchas mujeres que trabajan como empleadas domésticas, aunque no conozco cifras exactas. La revista española Hola publicó en diciembre de 2011 una foto de cuatro mujeres blancas de la poderosa familia Zarzur en Cali con dos empleadas domésticas al fondo, como otros objetos más del entorno. La foto causó una ola de indignación y, como respuesta, la revista Soho en el 2012 puso una foto con cuatro modelos afro desnudas y dos empleadas blancas detrás. Evidentemente, atacar el racismo no consiste en una simple inversión y la foto contribuye a mostrar a las mujeres negras como un objeto sexual, cosificado, lo cual constituye a una reafirmación del legado colonial.
Además del caso de las mujeres negras, quiero destacar el de las mujeres indígenas. Cuando llegué a Cali en el 2010 para iniciar mis labores como profesora de Literatura en la Universidad del Valle, me llamó la atención ver en algunas calles letreros pegados en los árboles que decían “Se necesitan empleadas caucanas”. Al principio no entendí el mensaje, después caí en cuenta que se refería a mujeres indígenas, a las que se les pagan salarios mucho más bajos y ninguna prestación, mujeres que tienen que migrar de sus territorios por la pobreza y la violencia. No conozco estudios que se hayan hecho al respecto en Cali, pero sí situaciones particulares de exestudiantes mías de Univalle. Una de ellas escribió como trabajo de grado su historia de vida, relatando situaciones de discriminación racial por parte de algunas de sus empleadoras.
El pueblo nasa es el pueblo indígena más numeroso del Cauca y el segundo de Colombia, con una milenaria tradición de lucha y resistencia con una poderosa organización: CRIC (Comité Regional Indígena del Cauca), fundada en 1970, en el auge de las luchas indígenas. Aida Quilcué, quien ha sido consejera mayor del CRIC y es senadora de la República, luchadora incansable, acaba de ser escogida como fórmula vicepresidencial por Iván Cepeda. Admirable elección en mi opinión. Inmediatamente empezaron los comentarios racistas, una usuaria de la plataforma X, identificada como Juliana Palacio, escribió: “Después de Francia Marqués creo que sí podemos caer más bajo”. No deja de ser saludable, sin embargo, que el racismo de Colombia se manifieste abiertamente cuando mujeres como Préxides María Roa Borja y Aida Quilcué son reconocidas y valoradas; así lo podremos combatir mejor.



