Manuel Zapata Olivella, al encuentro de la diáspora y su visión de nación incluyente

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Hace cuarenta años, Manuel Zapata Olivella organizó en Cali el primer Congreso de la Cultura Negra de las Américas. Este evento, realizado con el mayor de los éxitos, puso a prueba una vez más su extraordinaria capacidad y su relacionamiento con lo más granado de la inteligencia africana y afroamericana. La significación de esta iniciativa no tiene precedentes en este continente en la brega por la valoración del aporte de los africanos a las naciones de las Américas. El espíritu que convocó este Congreso tenía como objetivo central el reencuentro de la diáspora con su continente de origen, para volver a revivir, en otra época y con la frente erguida, el malungaje, aquella solidaridad tejida entre malungos, como llamaban los hablantes bantúes a quienes hicieron la brutal e infame travesía atlántica en los barcos negreros con la protección de los orichas, los dioses como Changó, Yemayá, Obatalá, Elegua, Ochún, Ogún, Obá, y Agayú entre más de cuatrocientas deidades de los cultos africanos que llegaron a las Américas.
Como muchos de los asistentes al Congreso de 1977 – Wole Soyinka, Nicomedes Santacruz, Abdías do Nascimento, Vivaldo Costa Lima, Sheila Walker, Toni Morrison, Gerardo Maloney, Aquiles Escalante, entre otros – Zapata Olivella sabía que para rescatar el legado africano, el pasado de los esclavizados, era necesario visibilizar la negredumbre, noción que retomara de su amigo Rogerio Velásquez para nominar esa permanencia en el inconsciente colectivo del aporte de África a las Américas. El código de su novela Changó, el gran putas surge de poetizar la negredumbre y su marca más profunda: la religiosidad, junto con la historia de la diáspora, la memoria, la libertad, la resistencia, la trietnicidad y la tradición oral, elementos constitutivos de esa gran saga de los africanos en las Américas.
Este primer Congreso, en el marco del mes de la Afrocolombianidad y del Decenio Internacional de los Afrodescendientes, fue el punto de llegada de uno de los proyectos más queridos por Zapata Olivella: hacer de Colombia el escenario de un gran foro de reflexión sobre uno de los componentes claves de su espiritualidad: la cultura de los afrodecendientes. Por supuesto, negada y menospreciada por sus viejas élites aristocráticas.
A Manuel le debemos eso y mucho más. Desde los años cuarenta, fue un incansable batallador por la dignidad y el lugar central de las expresiones culturales de los pueblos afrocolombianos en la vida nacional. Nadie, en lo corrido del siglo XX, tuvo en este país la lucidez, el talento, la formación y el entusiasmo con los que él contó para insistir en la incorporación de estos temas para el continente y el mundo. Baste sólo mirar a los dramas que viven hoy las comunidades de Tumaco, Quibdó y Buenaventura, en su mayoría afros, mestizos, mulatos e indios, para comprender la vigencia del legado de Zapata Olivella. La ignominia del pasado colonial pervive en otras terribles y perversas condiciones.



