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Cervantes y la tradición

Es la forma de nuestro caos, el orden de nuestro desorden, y la revelación, a lo largo de los siglos, de que esto que llamamos experiencia puede, a fin de cuentas, tener un sentido.

Viajes con un mapa en blanco
Juan Gabriel Vásquez
Alfaguara, 2017.
216 páginas

Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Juan Gabriel Vázquez, escritor. - Foto: http://www.cdn.com.do
Juan Gabriel Vázquez, escritor.
Foto: http://www.cdn.com.do

¿Quién se detiene, en nuestros tiempos convulsos, a cavilar sobre el arte de la novela?, ¿quién se impide sucumbir a la tentación de escribir una y prefiere, en cambio, encontrarle sentido a sus descubrimientos por medio del ensayo?, ¿quién, sobre todo, comparte sus reflexiones acerca de un género que suele ser tan egoísta y solitario? Juan Gabriel Vásquez parece ser uno de aquellos que alza la diestra y pasa al frente, presentando Viajes con un mapa en blanco, libro que agrupa una serie de textos escritos durante los últimos diez años, y que tienen como fin dar cuenta de las transformaciones históricas que han configurado aquello que hoy conocemos como el género por excelencia de la literatura.

En esta reseña, que por extensión me impide mayor profundidad, haré énfasis en lo que el autor expone en los dos primeros capítulos que conforman el libro, “A partir de Cervantes” y “El escritor latinoamericano y la tradición”, pues me parecen los más ilustrativos a la hora de pensar en el Quijote y de entender lo que nació con él.

(…) Viajes con un mapa en blanco” agrupa una serie de textos escritos durante los últimos diez años, y que tienen como fin dar cuenta de las transformaciones históricas que han configurado aquello que hoy conocemos como el género por excelencia de la literatura

Así pues, en “Viajes con un mapa en blanco”, el primero de estos ensayos, Vásquez tomará como referencia aquella obra para emprender la resuelta tarea de señalar el cambio que significó su lectura para la humanidad, demostrando cuánta gratitud le vendría a adeudar con el tiempo la literatura universal al genio de Cervantes, debido a que tal cambio sería capital.

El autor lo describe en el texto como ese que les confirió a las personas la facultad de entenderse como individuos, con la autonomía y propiedad que ello significa, incitando en éstas la curiosidad ante los sentimientos, pensamientos y comportamientos ajenos. Un logro que sería posible por medio de lo que vendrá a llamar la “imaginación moral”, y que consiste, someramente, en dejar de lado toda abstracción, sea política, religiosa o filosófica, para adentrarnos en la experiencia del ser humano –“el caso humano”, se lee en alguna página–, de su dicha y sufrimiento.

Cambio que, en su momento, habría de ser una forma renovadora del género y que luego vendría a aceptarse como el inicio de la novela moderna, prefigurando –explica Vásquez– las bases a las cuales acudirían posteriores clásicos como Flaubert, Stendhal, Dostoievski, Conrad y Fuentes, buscando con ellas retratar las turbaciones y los dramas de su tiempo y respondiendo, en la marcha, a los interrogantes que seguirían aquejando a la ficción.

Viajes con un mapa en blanco, de Juan Gabriel Vázquez. Alfaguara, 2017. Foto: https://www.megustaleer.com
Viajes con un mapa en blanco, de Juan Gabriel Vázquez. Alfaguara, 2017.
Foto: https://www.megustaleer.com

En este punto creo prudente mencionar los ensayos “Multiplicar las perspectivas” y “El espíritu trágico de la novela”, aquellos en lo que Vásquez determina los puntos del Quijote en que se hizo evidente la maestría de su autor, al apostarle toda su intuición como novelista a las inexploradas posibilidades que se le presentaron al género, y logra, a través de tal legado, establecer otro diálogo con su historia:

Se trata de la tragedia, aquella forma de la literatura que el autor examinará desde sus inicios, pasando por Shakespeare y llegando al siglo XIX, sosteniendo la idea de que las lecciones de Cervantes habrían de perdurar hasta cuando una nueva noción de la tragedia, la “tragedia en prosa”, esa que proponía la vida de las personas del común como escenario digno de ser contado, se viera explorada por Flaubert, quien la llevaría a un eminente logro poético con su Madame Bovary.

Es así como, en los ensayos que componen el primer capítulo, el autor dilata con fortuna el alcance de su ejercicio como ensayista, llevándolo a un punto de encuentro que, me parece, más que hablar del arte de la novela y sus principales exponentes, termina por poner de manifiesto la necesidad, en la actualidad tan subestimada, de asumir con buenos ojos la existencia de una tradición literaria a la cual adscribirse.

Y, siendo consciente de ello, tal importancia vendrá a hacerse patente de inmediato: En “Todas las manchas la Mancha: España y América en sus relatos”, ensayo con el que da inicio a la segunda parte del libro, el autor supera el lamento de que la conjura entre la política y la religión impidieron por más de dos siglos que las mencionadas lecciones del Quijote –y con ello la tradición literaria que traía a sus espaldas– fueran atendidas por los habitantes del territorio descubierto por Colón, y celebrará que, de una u otra forma, escritores como Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez supieran aceptar la lengua que les había dejado España, –esa “tradición en que apoyarse”, como dice el autor– llevándola a un alto fin con novelas como La casa verde y Cien años de soledad, aquellas que contaron los vértigos y las equivocaciones de sus patrias, alejando a Latinoamérica del silencio en el que se ocultaba.

Si bien desconozco lo suficiente la obra narrativa de Juan Gabriel Vásquez, la distante e interesante lectura que hizo en 2007 de Cien años de soledad en “El arte de la distorsión” y el conjunto de textos aquí reseñados me dan un cierto grado de certidumbre que me lleva a decir, sin ánimos de servilismo inútil, que este es un escritor que ha asumido con misticismo el hábito de la lectura y con decoro la tarea de ensayista

Si bien desconozco lo suficiente la obra narrativa de Juan Gabriel Vásquez, la distante e interesante lectura que hizo en 2007 de Cien años de soledad en “El arte de la distorsión” y el conjunto de textos aquí reseñados me dan un cierto grado de certidumbre que me lleva a decir, sin ánimos de servilismo inútil, que este es un escritor que ha asumido con misticismo el hábito de la lectura y con decoro la tarea de ensayista.

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