Reseñas

Un testimonio de obstinación y ternura

En Historia oficial del amor, el escritor bogotano Ricardo Silva Romero vuelve la mirada al pasado de sus padres, entregándonos así el retrato de una familia que ha sabido llevar con dignidad el lastre de la política en Colombia.

Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social

Portada del libro “Historia oficial del amor” – Foto: cerosetenta.uniandes. edu.co
Portada del libro “Historia oficial del amor” – Foto: cerosetenta.uniandes. edu.co

Escrita desde la perspectiva de un hijo que quiere dar “las gracias a sus padres, de cierto modo un par de huérfanos, narrándoles la suerte y las trampas a las que se sobrepusieron por el bien de su propia familia”, según confiesa, esta novela comienza por situar al lector en el final de la historia, ofreciéndole en adelante detallar con precisión de escultor las situaciones que la conformarán.

Estas, a su vez, constituirán sus ejes centrales: por un lado, la familia, descrita por medio de la lectura de un tarot, el entierro en un hospital psiquiátrico y la brujería de un enemigo desconocido. Y, por el otro, la política, abundante en fechas, crímenes, duelos y persecuciones.

Silva Romero, en la primera de muchas muestras de devoción que dará a sus padres, no dudará en adjudicarse el rótulo de personaje secundario en este relato, pues sabe que los protagonistas son ellos. Eduardo Silva, profesor universitario e hijo de un linotipista de El Tiempo, quien decidió brindarle a sus hijos lo que a él no le fue dado; y Marcela Romero Buj, abogada, hermana del activista Alfonso Romero Buj e hija del exsenador Alfonso Romero Aguirre, quien ha sufrido en carne propia los vejámenes de la política y se ha negado, sin importar el monto de la propuesta, a entregar su trabajo a la corrupción.

Historia oficial del amor revela un tono que oscila entre el cariño y la indignación, abundante en fuerza este y en ternura aquel, conforme avanzan los capítulos. A su autor, queda claro, poco le preocupa pasar del reconocimiento y el afecto con el que se refiere a sus seres queridos, a hablar de Colombia como “un país sin otoños”, en donde “la hostilidad cierra las puertas”, pues ha tenido por dirigentes a personajes cuyos esfuerzos se reducen a la obtención del dinero y la perpetuación del poder.

De igual manera, en este libro se reconoce a un Silva Romero diestro en el oficio. Concebida con base en una estructura que pretende “llegar a la semilla del árbol genealógico”, esta novela impondrá su irrev ocable desaparición como personaje que narra la historia. El verdadero propósito ha sido, desde el inicio, retroceder en el tiempo hasta la niñez de los protagonistas. Uno de sus mayores logros es, entonces, el acierto de un tono que será verosímil tanto en la adultez del escritor como en la niñez del hijo menor. Y con la certeza, tardía o temprana, de esta desaparición, el relato empezará a oscilar con mayor frecuencia entre la primera y la tercera persona. Será entonces cuando, desnudada su familia de los detalles que caracterizarán su intimidad, como el gusto por los juegos, las películas y la pizza hawaiana con anchoas, el escritor concentrará sus esfuerzos en reconstruir la vida de su madre.

Pese a que la incidencia del tiempo sobresale con anterioridad en episodios como el exterminio de la UP, el asesinato de Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán, y la toma al Palacio de Justicia, no será sino hasta este punto del relato cuando empiece a representar un escollo considerable para Silva Romero: el uso recurrente de fechas y la constante búsqueda de exactitud ante hechos pasados implicará una separación entre los elementos dramáticos expuestos al inicio, necesarios para la lectura de más de 500 páginas y aquello que es ofrecido.

Sin embargo, y el lector tendrá que permitirle algunas concesiones a este escritor, esto se entendería como el precio a pagar por ser fiel a un propósito y no como un declive, dado que la irrupción de una realidad excesiva en datos y de un análisis político en desmedro de la calidad literaria en la novela parecieran deberse a la estrecha relación que existió entre los Romero, entiéndase hijo y padre, y esta actividad. Romero es consciente de que la familia que describió con tanto apego ha quedado en el lejano futuro. Su historia, ahora, se ha volcado sobre su madre y, para celebrar la determinación con la que ella se sobrepuso a las angustias e impotencias de aquel entonces, tendrá que hacer hincapié en la Colombia que, entre otros, dio muerte a Camilo Torres y Jorge Eliécer Gaitán y, con ello, motivó el Bogotazo.

“… me temo que voy a cometer el lujo de morirme de viejo aquí en Colombia”, ironizará al respecto Romero Aguirre.

Ricardo Silva Romero sin duda sabe, para regocijo poético, que la mayor belleza de su libro recae en aquella familia que conformaron sus padres, esa que ha visto todos los vaivenes de este país desde la calidez de su hogar y ha sabido sobreponerse a rencores y envidias, mientras se mantiene al margen de cualquier fanatismo. Se ocupará, con esta certeza, de describir el inicio de sus vidas en los últimos capítulos del libro. El lector encontrará, tras muchas páginas, el nacimiento de una obra enternecedora.

Historia oficial del amor revela un tono que oscila entre el cariño y la indignación, abundante en fuerza este y en ternura aquel, conforme avanzan los capítulos. A su autor, queda claro, poco le preocupa pasar del reconocimiento y el afecto con el que se refiere a sus seres queridos, a hablar de Colombia como ‘un país sin otoños’, en donde ‘la hostilidad cierra las puertas’

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