Sobre piel y papel. Ensayos de Mayra Santos-Febres
Por: Alejandro Alzate

Este libro, que en realidad no es uno sino dos, es el resultado de muchos años de investigación y escritura. Los textos aquí reunidos empezaron a ser publicados desde 1986, año en el que acaecía la muerte de Borges, en Suiza, y los mexicanos realizaban el mundial de fútbol. Como bien lo plantea la autora, en Piel se aborda “el tema de la raza y de su construcción social”. En Papel, a su vez, se examina el no menos interesante asunto de la “relación entre la literatura puertorriqueña actual, la memoria y la literatura”. En ese orden de ideas, es preciso destacar el interés de Santos-Febres por estudiar la compleja relación femenina con el heteropatriarcado que, si bien se analiza tomando como eje el Caribe urbano, es común a todo el entorno hispanoamericano. La mujer lucía -que podría asumirse como una mujer lucida y, por qué no, lúcida- es el summum de las discusiones de género que se vienen originando desde 1960.
La mujer lucía está en las antípodas del arquetipo mariano inherente al siglo XIX. La discusión que plantea Santos-Febres no pasa por la reivindicación del deber ser y la fundación demográfica de las repúblicas, sino por lo elusivo. La nueva mujer que textualiza la autora, y que podría ser heredera de la tradición victoriana, se evade, se aleja, se desmarca, se desliga o se desprende del lastre y la tradición opresora, para emprender un nuevo camino: su camino. Este, como es esperable, la consolida como un sujeto problemático y la convierte “en el mundo post-industrial, [como un] anatema. Ella va en contra de las aspiraciones que todas debemos albergar”.
El asunto resulta aún más problemático cuando esa mujer lucía- que no es Lucía- se vuelve, dentro del mundo intelectual, “un insulto a la capacidad teórica de vanguardia”, con lo cual desestabiliza la historia de un sistema de pensamiento no solo masculino sino abiertamente masculinizante. A pie juntillas, Santos-Febres se ocupa de temas tan álgidos como la sexualidad, el goce, el cuerpo y su significado político y cultural. In extenso, la académica puertorriqueña reflexiona sobre la mujerilidad y lo que implica en términos de la construcción de sociedades realmente modernas y justas… de las cuales estamos muy lejos.
Como bien lo plantea la autora, en Piel se aborda “el tema de la raza y de su construcción social”. En Papel, a su vez, se examina el no menos interesante asunto de la “relación entre la literatura puertorriqueña actual, la memoria y la literatura”.
Cambiando de tercio, porque sobre las lecturas de la feminidad aquí expuestas podría hacerse un trabajo de largo aliento, es importante resaltar la reflexión que Santos-Febres plantea sobre la piel. De acuerdo con el texto, la piel negra, mulata, antillana y caribeña, han sido – y son aún- asumidas a las lógicas del exotismo, de la hipersexualización, de la bestialidad, del desborde y de la fractura del orden social y moral occidental. La piel negra es sancionada por tradición, pero convenientemente incluida al sistema “cuando toca”.
Es satanizada y tratada con distante simpatía cuando la ocasión, pública o social, lo exige. De la condena se pasa sin mediación a su valoración y reconocimiento civil. En el juego de lo políticamente correcto se pregonan discursos integradores que no logran enmascarar el espíritu de conveniencia, ese tener que generar empatía cuando, en realidad, no se quiere, y menos aún, se anhela. Sobre piel y papel es contundente en el llamado, que no es denuncia ni diatriba, que insta a entender las cosas como son -y han sido para no ir muy lejos- desde la fundación de las repúblicas en el siglo XIX. Desde esa perspectiva, resulta pertinente entender el desmonte que de dichas nociones de lo conveniente brinda el libro. Baste, para tal fin, compartir un breve pero contundente latigazo crítico: “uno puede fácilmente convertirse en token, ese negro o negra que invitan a todas las actividades públicas para dar la ilusión de una total inclusión, igualdad y pluralismo. Quizás ya me haya convertido en ese token. Y quizás convertirse en ese token, en mero símbolo y representación desprovista de todo contexto o complejidad humana sea tan inescapable para un negro público como el color de su piel. Pero quizás no. Quizás esa presencia en el espacio público sea también una presencia alimentadora del complejo tejido que forma una sociedad con sus discursos”.

Dicho esto, pues, es correcto pensar que palabras como color, piel, espacio público, políticas públicas, nación, discursos, masculinidad, feminidad, folklor y demás que se mencionan en el libro, conviven con nosotros y nosotros con ellas. No como accidente retórico o asunto enciclopédico, sino como movilizadores de pensamiento y acción social colectiva, lo cual termina siendo, en últimas, lo más importante.
Antes de finalizar, vale la pena hacer alusión a una expresión artística poco esperable en un libro que, como este, se centra principalmente en las discusiones en torno a la legitimación social y racial de sectores marginados por el poder blanco occidental. Se trata de la música. Se trata del rap como expresión estética y política de las comunidades populares y jóvenes en Puerto Rico. Resulta digna de análisis la problematización que plantea Santos-Febres al relacionar el rap con el poder estatal concentrado en la Policía, institución que reprime y castiga en representación de un poder superior que se ve interpelado y no puede asumirlo ni aceptarlo. Esto dialoga, en el mismo sentido, con la confrontación que el Estado sostiene con la diáspora, con la cuantiosa presencia afro en la isla. El texto evidencia el malestar que genera esta expresión musical en sí. Su carga expresiva, su densidad discursiva, su reclamo constante y su fuerza en términos de aglutinación comunitaria, no es admitida por una política que se sabe, así las estadísticas insistan en negarlo, en deuda con la sociedad más vulnerable.
Sobre piel y papel es contundente en el llamado, que no es denuncia ni diatriba, que insta a entender las cosas como son -y han sido para no ir muy lejos- desde la fundación de las repúblicas en el siglo XIX.
Quizás por esto, por su poder masivo, la oficialidad ha hecho todo cuanto ha sido posible para desterrar el rap del panorama socio-cultural boricua. El asunto es que esta empresa no ha sido posible porque las poblaciones lo defienden a sangre y fuego, y lo usan, en últimas, como el único medio realmente potente para expresar su reclamos y requiebros históricos. Al igual que la salsa, a la que también alude con solvencia epistemológica la autora, el rap tiene la impronta de la contracultura, de aquello que desafía al establecimiento mientras aguza a las comunidades a reclamar lo suyo, a exigir del Estado la atención que debe brindar de acuerdo con el concepto teórico de las democracias modernas. Valiosa la mirada del libro al captar, con gran sensibilidad, el conjunto de expresiones que se ocupan de dignificar las comunidades. Pero, más allá de eso, resulta valioso que el texto mismo sea una expresión que, como la música, se sume a la causa, al reclamo inteligente e intelectual que realiza el enorme cuerpo comunitario puertorriqueño. Rap, piel, feminismo, líricas, reivindicación, lucha, conciencia e integración, son algunos de los mecanismos de los que se vale este libro para explicar nuestra relación con el poder, la historia y los territorios.
En síntesis, este texto constituye una magnífica oportunidad para meterle el gol a los prejuicios, a la ignorancia y a la sugestión que, como pregona Rubén Blades, insiste en que los modelos importados son la solución.



