Los Téllez: De los traumas infantiles a una fosa común. Dos hermanos, un recuerdo, un pasado
En el año 2009 se documentó el hallazgo de dos mil cuerpos en una fosa común del cementerio de La Macarena. En este lugar se encontró el cadáver de César Téllez, uno de los protagonistas de esta historia. Con el relato de Eliana Téllez, su hermana, se reconstruyó parte de la niñez de ambos, sus historias, traumas y anhelos que definieron el destino de ambos. El de ella: una madre protectora; el de él: un desaparecido sepultado en la fosa común de La Macarena.
Por: Jhonedyer Henao Flórez
Estudiante de Lic. en Literatura y Sociología, Univalle

Foto: Jhonedyer Henao Flórez.
Mientras se acomodaba las gafas rosadas, Eliana Téllez me relató la vez cuando La Fiscalía de Bogotá llamó a su hermano Andrés Zuluaga para indagar por el parentesco existente entre él y César Téllez. La llamada protocolaria tenía como finalidad informar a los Téllez el hallazgo de un cadáver identificado con dicho apellido. “Pienso que eso fue algo raro”, dijo Eliana. La razón para ella es clara: Andrés también es su hermano, pero tiene otro apellido anterior al Téllez. La rareza de no ser ella la persona contactada y recibir la noticia del ente investigativo judicial es una de las incógnitas que alimenta una inquietud constante en la vida de Eliana por la muerte de su hermano.
Esta historia me la contó ella en Tuluá el primer domingo de septiembre en su casa. Estaba celebrando su cumpleaños. Era pasado el mediodía y una combustión climática se instaló en la ciudad sin dar oportunidad a algún suspiro de frescor. Cuando la vi, identifiqué en ella un personaje de un cuento escrito por Julio Cortázar. Se mueve, mira, y habla como una Irene de esas que nacieron para no molestar a nadie. En el cuento Casa tomada el hermano de Irene argumenta que “las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias”. Eliana es como Irene. Tiene una labor similar. Aunque no teje tricotas para el invierno, medias, mañanitas o chalecos como el personaje del cuento, sí los puede confeccionar. Entre tejer y confeccionar hay diferencias claras: habilidades motoras, artísticas, creativas y una evolución e instauración de la máquina, además de lógicas industriales.
En Tuluá, Eliana confecciona ropa para dama sobre medida o con modelos en patrones y revistas. De día pone en funcionamiento su máquina plana, la fileteadora, la collarín y la familiar; de noche usa las tijeras, moldes, reglas y mesas para alistar el corte con el que vestirá a sus clientas. Por supuesto, esta labor no es un pretexto para no hacer nada. Es el mecanismo con el cual ha sostenido por mucho tiempo a su familia; con el que ha dado estudio a sus hijos; con el que se ha hecho su casa y con el que ha pagado créditos bancarios.
Mientras me contaba sus labores me fijé mucho en sus gestos, cabello, gafas rosadas, en el movimiento de sus manos y, sobre todo, en la voz, porque en ellos vi una marcada mesura de talante femenino, que posteriormente, supe la causa. Según su historia, fue criada entre familiares hombres en El Overo, corregimiento de Bugalagrande; la única niña en la finca de la abuela Teresa, mujer que fungió como imagen materna buena parte de su niñez. Esto definió una crianza segregada entre ella y su hermano César, en donde el abuso y el maltrato edificaron la sociabilidad primaria con la que un párvulo César construiría, según Eliana, una personalidad que en forma de precepto autoritario definiría el fin de su existencia.
Eliana me pregunta si le entendí lo que me dijo. Por la forma como lo hizo me fue claro comprender la importancia de lo que decía. Se quitó de la cara algunos mechones de cabello que la incomodaban. Su rostro quedó limpio. Los movimientos de sus facciones fueron claros. Las cejas se arquearon y sus ojos se entornaron dejando en su mirada la necesidad de ser comprendida. Cruzó sus piernas y puso la palma de la mano derecha en el codo izquierdo y en el derecho puso la palma de la mano izquierda. Se dispuso rígida, y sin preámbulos, modulando cada palabra, dijo: “Siempre los mantenía muy ocupados, a los que eran los niños, yo era la única niña, porque allá no había ninguna otra niña sino yo. Todos eran puros hombres, puros tíos y mi mamita y yo éramos las únicas mujeres, pero mi mamita conmigo, ella fue como más… no sé… como más comprensiva, sería… no sé si es que yo sería muy melosa con ella o qué, entonces ella a mí no me pegaba, no me ponía a hacer oficio ni nada, pero a los hombres ella sí les daba más… les exigía más… y a mi hermano, me parece a mí que a él le daban como más duro, que si no hacía caso le pegaban, que si se ponía rebelde le pegaban”. Con esto, Eliana fue clara. Esa segregación sexual constituye los recuerdos primarios de una niña, de una hermana y nieta consentida, pero también de una hija rechazada. Si bien los hermanos no compartieron los buenos tratos de su abuela, si compartieron la despreocupación y el abandono maternal.
Hasta la palabra “pegaban”, en el relato anterior, no hubo algún descanso en la postura rígida de ella. Prosiguió la historia y mientas estaba hablando cambió de posición. Más que un descanso, fue un impulso, un desahogo. Su intención era dar un dato que al ser pronunciado pudiera causar en mí, que en ese momento era un transeúnte desprevenido por los caminos ajenos de la memoria, el impacto aturdidor de un carro bomba detonado estratégicamente en alguna calle de la ciudad: “Y de repeso”, continuó, “que él desde el vientre… es donde yo vengo ahora, que uno ya reflexiona un poquito, ¿si me entiende? Yo reflexiono un poquito que… que al niño lo rechazaron desde el vientre”. Eliana no es explícita en expresar que ella misma, en el proceso de gestación, haya sufrido algún rechazo de su madre biológica como lo sufrió su hermano. El abandono por parte de su mamá, Aura Téllez, le sucedió a la edad de 11 años cuando por encargo la dejaron con unas tías en Bugalagrande. Su presencia desequilibraba la relación conyugal que la madre tenía con el padre de sus dos hermanos menores. No guarda reparos al cuestionar la poca responsabilidad de Aura. Ve en ella un grado de maldad que la abruma. Entre lágrimas, ahogada, sintiendo el ardor de una cicatriz que, aunque ya curtida, sangra por las fisuras de la memoria, con valentía dice: “Mi mamá fue muy mala porque nos hizo eso. (…) Yo pienso eso”, lo repite una, dos y tres veces. Se hundió en un silencio. Por su semblante parecía estar meditando en cada palabra que dijo. Tal vez no hayan sido sólo repetidas tres veces. Pudieron ser más, pero no de forma verbal. La frase “mi mamá fue muy mala porque nos hizo eso”, algo le rompió. Su silencio lo comunicaba.
Pensándolo bien, Eliana ya estaba rota. Verbalizar la oración sólo le produjo un eco lacerante por la ignominia del pasado. Ella vuelve a la misma frase: “Mi mamá fue muy mala con nosotros”, y continúa: “Haberlo dejado a él a merced de mi mamita que lo maltrataba”. Su rostro se descompuso. Con un movimiento seco y avergonzado ocultó su rostro. Las gafas rosadas las tomó en una mano y con la otra intentó ocultar lo evidente. Por más que secó sus lágrimas, la voz la delataba. “Ella me abandonó de 11 años”, manifestó entre el ahogo del llanto mientras acomodó su cuerpo. “Recuerdo que íbamos por una carretera. Ella iba con una maleta y yo le decía: ¡Ay, deje a ese señor, déjelo! Porque le pegaba a ella y me pegaba a mí”. Además, cree que el abuso físico que no recibió en la finca de la abuela Teresa, lo recibió en la casa de su madre.

Foto: Tomada del Informe de la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Cementerio de La Macarena, departamento del Meta.
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De Eliana puedo decir muchas cosas: cómo es, calcular su altura y describir su físico. Hasta puedo buscar las similitudes entre ella y el personaje del cuento de Julio Cortázar. Con César no puedo hacer el ejercicio. ¿Qué personaje literario podría comparar con una persona a quien nunca conocí, nunca vi y de quien jamás escuché la voz?
Algo nos ha enseñado la violencia y el conflicto armado de nuestro país: las personas que mueren en sus lógicas, si no las conoces, imagínatelas. Esta enseñanza me facilitó, en gran medida, imaginarme el César relatado por su hermana. El país ha hecho esto con muchas personalidades. Nosotros los jóvenes nos imaginamos a un Gaitán en una plaza pública embriagando con su discurso a una multitud enardecida. Del mismo modo a un Jaramillo, a un Pizarro o a un Galán. Nos imaginamos las penurias y agonías que secuestrados y presos políticos vivieron y viven cuando se convierten en los enemigos. Con el relato de Eliana me imagino a un César. Si bien él no fue un secuestrado, un preso político ni mucho menos un candidato presidencial, sí es uno de los muchos colombianos que engrosan las cifras y estadísticas de muertes de la historia reciente de la violencia colombiana. César, hoy, no es más que una pila de restos óseos esperando una certificación de reconocimiento de La Fiscalía, porque después de casi diez años de muerto su familia no cuenta con una partida de defunción que certifique legalmente su muerte. Su cuerpo, según la llamada que recibió Andrés, fue encontrado en la fosa común de La Macarena.
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En el año 2009 se reportó el hallazgo de una fosa común en Colombia. Una noticia poco ajena a la realidad del país. No tengo recuerdos de los días en que una delegación de congresistas y sindicalistas británicos junto a activistas y políticos colombianos notificaron al mundo de dicho hallazgo. Por la documentación que exploré, la noticia tuvo un fuerte impacto en la sociedad y la política colombiana, al igual que repercusiones internacionales. Según los primeros reportes cerca de dos mil cuerpos fueron encontrados en ese lugar. ¡Dos mil! Para El Espectador la noticia sólo indicaba que para el año 2009 “la desaparición forzada en Colombia sigue ocurriendo de manera sistemática y focalizada a los sectores más vulnerables de la nación”. El cementerio de La Macarena se convirtió en un tema sensible de orden nacional. Los datos de cadáveres enterrados allí varían según quien los cuente. Intereses políticos median datos y estadísticas. Esta fosa común no estuvo exenta de dicha fluctuación.
El 7 de septiembre del 2010 La Oficina del Alto Comisionado Para los Derechos Humanos en Colombia entregó un informe titulado Cementerio de La Macarena, departamento del Meta. En él, la entidad argumentó que: “La deficiencia de los mecanismos judiciales de control, la falta de registros confiables, así como la incompleta información del Ministerio de Defensa Nacional han dificultado, notablemente, la determinación del número de personas reportadas como muertas en combate y enterradas en La Macarena. La cifra de 446 es la más confiable sobre la cantidad de personas reportadas por la fuerza pública como muertas en combate entre marzo de 2002 y junio de 2010 e inhumadas como no identificadas en el cementerio municipal de La Macarena. Estos cadáveres provienen de los municipios donde opera la Fuerza de Tarea Conjunta Omega en los departamentos del Meta, Caquetá y Guaviare”.
El documento es claro en señalar al Ejército colombiano como responsable de asesinatos “sistemáticos” de civiles colombianos. Para el año 2009 la Alta Comisionada argumentó que “las ejecuciones extrajudiciales no son hechos aislados, sino una práctica muy extendida cometida por un importante número de unidades militares a lo largo de todo el país.”
La entidad, en las conclusiones del informe, es clara en señalar que la información recolectada sobre la muerte de las personas no identificadas en ese cementerio es “incompleta”. El Ejército reportó la muerte en combate de 446 personas enterradas allí entre el año 2002 y el 2010. Descartó, de igual manera, que hasta ese momento se tuvieran datos de cuerpos enterrados clandestinamente en ese lugar, y de paso enfatiza que “tampoco ha sido posible hallar elementos de convicción que respalden la posible existencia de aproximadamente 2.000 personas no identificadas enterradas en el cementerio”.
A mediados del año 2010 el entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, realizó una visita al Fuerte Militar de La Macarena en apoyo al Ejército colombiano y en defensa de su política de Seguridad Democrática. En su discurso, el mandatario argumentó: “Aquí vinieron los enemigos de la Seguridad Democrática hace pocos días, a alimentar calumnias contra el Ejército de la Patria (…) El terrorismo, en esa combinación de formas de lucha, mientras a través de algunos voceros propone la paz, a través de otros voceros viene aquí a La Macarena a buscar cómo desacreditar a la fuerza pública y cómo la sindican de violación de Derechos Humanos”.
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De los dos mil cuerpos iniciales, o de los 446 reseñados con información del Ministerio de Defensa Nacional por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), César Téllez es uno de ellos. Cuando la llamada de La Fiscalía alertó a la familia sobre el caso, Eliana se remitió al ente investigativo judicial con sede en Tuluá. Cuando fue a solicitar y a confirmar la información la atendió un fiscal a quien ella le expuso el caso: “Me atendió un fiscal. Entonces él llamó a Bogotá y se metió por el computador y miramos, y sí, dizque efectivamente él aparecía muerto. Inclusive me mostró unas fotos. Pero mirá que yo no tuve como la… como la ésta de decirle a él que yo quería esas fotos, porque él me las mostró en un computador que porque eso está guardado y yo no sé qué”. A esta altura del relato ella me mira fijamente. Mueve su mano izquierda, “¿sí?” me interpela, me cuestiona porque necesita la certidumbre de saberse entendida. Le respondo que sí y continúa: “Entonces él me pidió la fotocopia de la cédula de él. Yo fui a Bugalagrande y le saqué la fotocopia de la cédula, el registro civil y se lo llevé al señor. Entonces él me dice que efectivamente ese es César Téllez y aparece el nombrecito y todo”. Cuando terminó la diligencia se dirigió a su casa. Cuenta que mientras caminaba por las calles de la ciudad se preguntaba si verdaderamente la persona que referenciaba el fiscal era su hermano. Recuerda que las fotos que le mostraron retrataban un cadáver vestido con camuflado, descalzo y con las botas pantaneras dispuestas a un lado. Me describe el cuerpo y sus manos las deja en el aire para emular la posición en la que recuerda vio el cadáver. Miró sus manos y las dejó suspendidas cargando la nada. Observó la nada. En ese momento ella vio y cargó en la nada el recuerdo del posible cadáver de su hermano. Yo, en ese momento, vi una Piedad. Aquella imagen de la escultura de Miguel Ángel asaltó mi pensamiento, pero con la proyección, no de una piadosa y dolida virgen María cargando en los volados del vestido los despojos de Cristo, sino una Eliana cargando la nada del recuerdo fotográfico de lo que pudo ser el último retrato de su hermano. El registro fotográfico evidenciaba un grado alto de descomposición del cuerpo. El rostro estaba hinchado y sus facciones irreconocibles. Cuando Eliana terminó de emular la posición del cuerpo enfatizó lo siguiente: “Pero como yo lo vi tan hinchado, yo quedé muy indecisa de que fuera él. Yo lo vi muy hinchado y no se me pareció a él. Yo me vine toda incrédula, como si no fuera él”. Esto es una incógnita que se suma a la rareza de no ser ella la persona contactada y recibir la noticia de La Fiscalía.

Foto: http://historico.presidencia.gov.co/fotos/2010/julio/25/foto4.html
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¿Cómo alguien nacido en el Valle del Cauca y criado en una vereda cerca de Bugalagrande termina entre los 446 o los 2000 cuerpos encontrados en el cementerio de La Macarena, ubicado a 743 kilómetros de distancia del lugar de nacimiento? La respuesta, según Eliana, es sencilla: “Cuando a uno no le demuestran amor en alguna parte, uno se desprende muy fácil”. La independencia familiar y la rebeldía fueron características del comportamiento de César, según la descripción que ella elabora de su hermano. A la edad de 16 años decidió migrar cerca de Cali para trabajar en una hacienda. La estadía laboral fue de cuatro años, en los que no se supo mucho de él. En aquel lugar trabajaban algunos primos de los Téllez y las noticias llegaban por parte de ellos. Nunca hubo, según la hermana, un impulso manifiesto de César en reportar sus condiciones. Mucho menos el interés de la madre por el bienestar de su hijo. Cuando Eliana tenía 16 años volvió a ver a su hermano. Él regresó a la casa de Aura con 20 años. Trajo una cabeza que le hervía por emprender algo. El pueblo lo agobiaba y la cercanía con un pasado tormentoso le ardía. Tratando de apaciguar fantasmas del pasado embriagó su presente. El alcohol se convirtió en una necesidad para César. Su hermana nunca lo cuestionó. Cuando lo describió justificó cada uno de sus comportamientos. “Razones tuvo”, comenta Eliana.
A César me lo imagino alto, de tez blanca y cabello castaño. Los ojos color miel y de contextura delgada. De labios grandes y de orejas pequeñas. Me lo imagino hablando atravesado, brusco y campesino, comiéndose en lo que decía sílabas de las palabras. Esta descripción no es un capricho mío. Es una construcción imaginaria basada en la descripción de Eliana. Mi imaginación no se alejó mucho de la realidad puesto que el relato hecho por la hermana fue claro e ilustrador. En la única foto familiar que Eliana tiene de él lo confirmé.
Después de volver de la estadía laboral en la hacienda cerca de Cali estuvo seis meses gestionado su próximo desplazamiento. El tiempo que estuvo con su familia fue corto, pero productivo en la búsqueda de herramientas y medios para volver a emprender un viaje que, esta vez, no tendría regreso. El destino elegido fue Miraflores (Guaviare). Los motivos para llegar a ese lugar fueron monetarios. Eliana recuerda que, por ese entonces, la gente hablaba mucho de esos lugares por la explotación de los cultivos cocaleros. “Él recogió una plata” relata ella, “que porque a él le habían contado, pues, que por allá por Miraflores, creo que Arauca… yo no sé… por eso lados, por ahí… que toda esa zona por allá la gente estaba cogiendo muy buena plata que porque estaban raspando coca, que habían muchos laboratorios. Él se quería ir por allá. Recogió una plata y se fue con varios amiguitos. Se fueron como cuatro personas con iniciativa propia. Ni sabíamos a dónde iban a llegar, pero se fueron”. Una de los acompañantes era su pareja. Una mujer que me es difícil describir. Si lo hago sería traicionar no sólo la verdad de la historia, sino también la confianza de Eliana. Con su cuñada tuvo muy poca relación. Lo único que sabe de ella es que vive en España, a donde fue a vivir después de volver de Miraflores con una hija de César. Junto a la novia de él los demás acompañantes volvieron del viaje. Eliana dice no recordar quiénes eran. Lo que sí recuerda es que cuando llegaron expresaron las ventajas económicas que se tiene al estar raspando coca, pero también las desventajas de hacer parte de la cadena de producción del narcotráfico. Éste último fue el motivo determinante para emprender el regreso de los acompañantes de César a sus respectivos hogares. La exigencia de él a su pareja fue que regresara de inmediato a Bugalagrande con su hija, con la condición de que él se haría cargo del sustento de las dos. Eliana nunca supo si esa condición se cumplió. Tiene claro que su hermano no reconoció a su sobrina, por tal motivo no lleva el apellido Téllez. Después del regreso de Miraflores perdió comunicación con su cuñada y con su sobrina. Hoy por hoy no tiene certeza de dónde viven ni de cuáles son sus condiciones actuales, pero se imagina que su cuñada supo de la muerte del padre de su hija. Eliana es franca al referenciar a su hermano como un mal padre por no reconocer a su hija. Intenta encontrar una explicación para ese comportamiento y lo encuentra en los recuerdos: “Así lo trataron a él y eso fue lo que aprendió. Es como un ciclo”, dice, y vuelve a preguntar si le entendí lo que me dijo.

Foto: Archivo familiar.
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Duda, incertidumbre e incredulidad fue lo que Eliana sintió después de la información que le compartió el fiscal. En aquél entonces no creyó en la muerte de su hermano. Tuvo la esperanza de volver a verlo o por lo menos saber si estaba bien. Le pregunté si aún le quedaban esas esperanzas. Descansó los brazos cruzados en el abdomen. Con la espalda dibujó un triángulo entre la base del asiento y el espaldar. Cuando iba a pronunciar bajó la mirada y la dejó en el suelo: “Ya no, ya no la siento”, respondió. “Antes sí la sentía, pero ya no… que sí, que estaba vivo. Ya no lo siento así”. Se quedó en silencio con la mirada aún puesta en suelo. Me contó que ya le es imposible no creer en esa muerte. Ni la llamada de La Fiscalía de Bogotá ni del fiscal de Tuluá pudieron darle la certeza que le dio ver la foto de César enfocada en primer plano en un informe periodístico llamado Así es la fosa más grande del mundo, del reportero Alejandro Tibaduisa emitido en Noticias Caracol.
Cuando me enteré de esta historia, me llamó mucho la atención. Recuerdo que la parte del noticiero fue mi primer acercamiento a ella. Supe de una mujer que, mientras veía un noticiero, se enteró que el Ejército colombiano mató a su hermano y lo sepultó como NN en “la fosa común más grande del mundo”. Después de escuchar a Eliana supe que la noticia no fue una sorpresa. Fue la confirmación de algo que se negaba a aceptar: “Eso salió en las noticias”, me dijo. “Siempre que hablan de por allá del Catatumbo, de Miraflores, del Meta, yo pongo cuidado a esas noticias porque me acuerdo de él. Y yo siempre digo que qué tal que mi viejito esté por allá metido, por allá en esa fosa, pienso yo. Entonces una vez dieron una noticia de unas muertes, de unos NN que encontraron en La Macarena. En el cementerio estaban, entonces pasaron todas las foticos y yo me quedé mirando todas esas foticos y en un instante enfocaron la foto de él”. Contando esta parte de la historia se pone inquieta. Sus movimientos se aceleraron. Mientras relataba se movía en el asiento, sus manos bajaron y subieron. Sus dedos terminaron en la frente y, con un gesto de desconcierto, continuó: “Vea, donde no lo enfoquen yo no veo… yo no veo la foto de él. Ahí mismo la enfocaron. ¡Ay, Bendito! Apenas enfocaron esa foto yo dije: ¡Ay, César! ¡Encontraron a César allá!” Su cuerpo se relajó cuando hizo esa última exclamación. Nuevamente trenzó los dedos sobre su vientre y serena concluyó: “Efectivamente, dizque allá estaba”.
“Allá estaba muerto”, volvió a repetir. Después de un silencio reflexivo le pregunté de qué había muerto. Movió la cabeza. “Que lo mataron. Lo mató el Ejército”, contestó mientras me miraba escrutándome. De un solo impulso me cuestionó: “Bueno, ¿y si él fue guerrillero? ¿Qué pasa? A la pregunta no respondí. Ella debió notar algo de desconcierto en mi reacción. Con una nueva entonación cambió la intención de la pregunta: “No, que digo yo que de pronto él se haya metido en la guerrilla, pienso yo. Porque falso positivo no creo, pero la fiscal de ahora sí me había insinuado que podía ser un falso positivo”. Nuevamente guardó silencio. Parpadeó varias veces a la espera de una reacción mía. Cedí al desafío y pregunté qué motivo tendría su hermano para vincularse a un grupo al margen de la ley. Me respondió: “Yo creo que él estando por allá, de pronto esa gente lo convenció y como él era todo de finca… de pronto César en ellos encontró una familia”. Apretó los labios y empuñó la mano derecha. Cuando soltó la tensión en los labios continuó: “Mirá que mi presentimiento fue ese… que ellos de pronto le mostraron cariño y ¡venga pa’ cá! Y ese afecto que él no tuvo en su casa lo sintió por allá. Yo pienso así, no sé… porque eso de falsos positivos… ¿es cuando van y matan a un campesino y lo hacen pasar por guerrillero?”. Más o menos, le respondí. Cuando terminé la frase acomodó su cuerpo rígido y se puso la mano izquierda debajo de la axila derecha y la mano libre la llevó al cuello. “Yo le hago una pregunta a usted personal”, me dice levantado el mentón. “Yo esto no se lo he contado a la fiscal de ahora, que yo presentía que él estaba metido en la guerrilla, ¡no! Yo no se lo dije. Le conté que él era un campesino y que fue toda la vida de finca. Nosotros fuimos de finca. Él trabajó en eso y todo. Yo esto no se lo he dicho a ella, ¿pero usted qué cree?”, volvió a cuestionarme. “¿Qué es mejor? ¿Qué sea un falso positivo o que sea un guerrillero? Que ella de pronto me diga: Ay, lo que pasa es que él en tal año se metió a la guerrilla y en un enfrentamiento lo mataron”. Hace una pausa para tomar aire y enfatiza: “Para mí, para mí… mi presentimiento es que él se metió a la guerrilla… yo sin hablar con él le puedo leer el pensamiento… para mí él quiso meterse allá… mil veces”.
Guerrillero o falso positivo, hoy Eliana dice comprender la independencia, la rebeldía y el “autoexilio familiar” de César. Lo recuerda con cariño y gratitud. Cuenta que, más allá de lo que le haya sucedido, él hablaba con su lejanía, con su silencio. Ella sintió cada silencio, cada día, cada mes, cada año de lejanía. Aunque él ya no está, siente ese silencio como algo propio porque el vínculo que tienen no es sólo sanguíneo; también los une una niñez traumática que moldeó el futuro de cada uno: el de ella, en una madre comprensiva, responsable, preocupada y protectora de sus hijos; el de él, en un número sumado en las estadísticas de personas arrojadas en fosas comunes cuando pretendían superar un pasado creyendo y persiguiendo un futuro mejor.

Foto: Tomada del informe periodístico Así es la fosa más grande del mundo, del reportero Alejandro Tibaduisa, emitido en Noticias Caracol.



