Las travesías: voz nueva para un viejo tema
Editorial: Penguin Random House
429 páginas
Por: Alejandro Alzate

Foto: Julián Gaviria. Tomada de: vivirenelpoblado.com
Gilmer Mesa es una voz relativamente nueva en el panorama literario colombiano. Su primera novela, La Cuadra, vio la luz en 2016 y obtuvo el premio de la Cámara de Comercio de Medellín. Desde entonces, el autor antioqueño empezó a perfilarse como un escritor no solo con oficio, sino como uno con algo muy potente por contar: la historia de sus muertos. Al decir esto es preciso puntualizar que Mesa, al tiempo que habla de aquellos que habiendo sido de su estirpe cayeron abatidos por las balas que en este país van y vienen por doquier, habla, además, de nuestros muertos en común, de nuestros paisanos y conciudadanos que un día, porque sí o porque no, aquí o allá, se encontraron envueltos en medio de conflictos ajenos e intereses mezquinos; ora del Estado, ora de la guerrilla o los paramilitares.
Desde esa perspectiva, su voz nueva entra y sale con soltura, rigor y profundidad de un viejo tema en Colombia: la violencia. Leer al antioqueño es revisitar la novelística de los conflictivos años 30 o 40, tan cundida de pájaros, chulavitas y chusmeros. Sin duda su voz tampoco escapa de la realidad asfixiante de muertos y fanatismo político que continúa, hasta hoy, ensombreciendo el presente nacional. Si en La Cuadra la violencia era urbana y se entretejía con los hilos del narcotráfico y los deseos juveniles de emergencia social, en Las travesías, una novela mucho más ambiciosa y compleja, el eje narrativo va y viene por los campos de nuestro país dando cuenta de una degradación moral y política delirante. En calidad de complemento perverso se halla el desprecio por la vida. De esta, justamente, puede decirse que se malogra porque no se descubrió nunca un propósito elevado que la hiciera digna de ser vivida. Página tras página se aprecia cómo se arrebata a los otros porque los victimarios, sin importar el bando, jamás entendieron que ella, a secas, implicaba en sí la condición de bien máximo.
Leer al antioqueño es revisitar la novelística de los conflictivos años 30 o 40, tan cundida de pájaros, chulavitas y chusmeros. Sin duda su voz tampoco escapa de la realidad asfixiante de muertos y fanatismo político que continúa, hasta hoy, ensombreciendo el presente nacional.
Siete capítulos, cada uno más estremecedor que el otro, son los encargados de poner sobre la mesa no una violencia unitaria o cerrada sobre sí, sino las múltiples formas de violencia que el hombre es capaz de acometer envilecido por la maldad, el odio y la ambición. Así las cosas, la familia se presenta como algo nefando, como un escenario prolijo para el sufrimiento y el arraigo de la desgracia. Las relaciones interpersonales se muestran viciadas a más no poder y la mala vida y la miseria acosadora y el hambre y la locura surgen para mostrar panoramas no solo tristes, sino desoladores e inquietantes. El matrimonio se evidencia como algo despreciable y la masculinidad se testimonia asociada a las formas del poder brutal e incuestionable. La feminidad, a su vez, se liga a las tradiciones del sufrimiento, de la obligación, de la negación de la alegría y del hastío que conduce a la muerte en vida.
Es de resaltar que esta novela, en medio de cierto efectismo, propone un recorrido que va desde la Violencia -con mayúscula- liberal y conservadora, hasta la más actual en la que hay falsos positivos, paramilitares y extensos sembradíos de coca. Ese es uno de los grandes aportes y méritos de esta extensa obra que no se guarda nada porque lo expele todo, lo salpica todo -y a todos los que la leen- con la sangre maltrecha de nuestra historia entera. Las travesías es una reconstrucción de la memoria nacional que tiene en sí las claves para recomponer un camino históricamente extraviado. La trama que se elabora insta a que nos reconozcamos de alguna forma, y en menor o mayor grado, con Mercedes, Carmela, Abraham, Fidel, Ismael, Carolina o Gavino; seres oscuros y crípticos en los cuales, no obstante, algún rayo de luz destelló para desaparecer las sombras de la tragedia siempre al acecho, para mostrar cómo de la sevicia y la brutalidad se puede transitar hacia los predios de la legalidad y la vida justa y digna.




