Juan Rulfo. Relato inventado-real por los cien años de su nacimiento
Juan Rulfo representa una las cumbres de la literatura latinoamericana. Los relatos de El llano en llamas (1953) y su novela Pedro Páramo (1955), así lo evidencian. En el centenario de su nacimiento, este redactor quiso, consciente de la avalancha de texto sobre su figura, y con el mayor respeto, crear un dialogo donde el autor pudiera mostrarse a través de la literatura.
Por: Jorge Sánchez Fernández
Estudiante Lic. En Literatura
“-¿Qué es? -me dijo.
Luvina / Juan Rulfo
-¿Qué es qué? -le pregunté.
-Eso, el ruido ese.
-Es el silencio…”
En una de las tantas fotografías que existen de Juan Rulfo, éste aparece sentado en el marco de una ventana. Su mirada se pierde en el horizonte, su cuerpo en posición de descanso, como el hombre que ha caminado largo tiempo por el llano grande e infértil, y ahora sólo quiere un lugar dónde sentarse. Y es joven, aún es joven y todo en él denota tristeza ¿Qué pensaría Rulfo en ese momento? ¿Acaso la idea para una novela que nunca llegaría a ser? ¿Quizá pensaba en un pueblo donde todos estaban muertos? Un lugar en el cual se respetara su soledad.
Conocí a Rulfo en México. Por ese entonces él era un joven estudiante. Al verlo no me pareció nada especial: otro muchacho bajito, escuálido, con ojeras de tanto leer y un sentido del humor extraño; nunca se sabía si bromeaba o no. La primera vez que lo vi estaba sentado en el marco de una venta, mirando a la lejanía. Parecía no poder apartar los ojos del paisaje, al revisar no vi nada: sólo tierra árida.
−¿Qué mira, compadre? −le pregunté, azarado por el calor.
−Nada −respondió, sin volver la mirada.
La conversación no avanzó más. Dejé a Rulfo con sus pensamientos.
La segunda vez fue más fructífera. Era una tarde oscura, de esas en las que nada se dice, porque nadie tiene ganas de decir algo. Cuando vi a Rulfo, caminando con las manos entre los bolsillos, supe que iba sin rumbo; así que corrí a su encuentro:
−¿Se acuerda de mí, compadre?
−No −respondió.
Caminamos por un rato sin decir nada. Noté que Juan no apartaba los ojos del suelo.
−¿Busca algo, compadre?
−Mi soledad −respondió, aletargado.
Las nubes estaban por estallar, no supe si me tomaba del pelo o no. Su rostro mostraba fuerza y
seriedad. Me incliné por callar, entonces invité a Rulfo a un café.
−Bueno… −fue lo único que dijo y emprendimos camino.
−Usted no habla mucho, verdad, compadre.
−Eso no es cierto −dijo, y continuó−, sólo que la gente no sabe cómo hacerme hablar.
−Hábleme de usted, Juan.
−¿Por qué tiene tanto interés en mí? −preguntó.
−Entonces hablemos de literatura.
−Mejor hablamos de mí, ¿no?
−Ándele.
−Nací un 16 de mayo, por allá en 1917. Aunque nací en Apulco me registraron en Sayula, por ser
una ciudad más grande. Mi madre y mi padre murieron cuando yo era un niño, entonces fui a caer,
por obra de mi familia, a un internado en Guadalajara. Esos tiempos no fueron buenos. Creo que fue
en ese lugar donde conocí la soledad.
Juan se queda en silencio y saca un cigarrillo. Me ofrece uno, pero lo rechazo.
−Las personas son curiosas, ¿no le parece?
−En qué sentido.
−Muchos no son lo que aparentan −dice, mirándome fijo−. Por ejemplo, los hombres de mi pueblo, eran seres que llevaban un demonio adentro. Muchos de ellos pelearon en la revolución, y al parecer les gustó la violencia. Vivian con ella a cada rato, la enjaulaban como si la bondad hiciera barrotes fuertes. Pero de tanto en tanto se les escapaba. Entonces sabía uno de qué estaban hechos realmente.
−¿Usted es así, Juan?
−No.
La lluvia empieza a caer suave. Nos quedamos en silencio. Quería preguntarle sobre su literatura, pero no podía preguntar por algo que aún no existía. Al fin dije:
−¿Cómo va la escritura?
−¿Y usted cómo sabe que escribo?
−Se le nota.
−¿Por lo callado?
−Sí.
−Va bien.
−¿Qué escribe ahora, Juan?
−Unos cuentos.
−¿Y son buenos?
−Más o menos.
−¿De qué tratan?
−De la gente.
−¿Qué de la gente?
−La violencia, más que todo.
Seguimos en silencio durante un buen rato. La lluvia a aminado. El mundo parece recién nacido, como buscando un lugar donde poner cada cosa.
−Juan, ¿cómo cree que será su vida más adelante?
−No lo sé −responde−. Seré viejo, quizá publique mis cuentos y alguna que otra novela. He tenido varias ideas, pero no he comenzado nada. ¿A usted qué tal le suena una novela donde todos estén muertos?
No digo nada por un momento, intento disimular mi emoción.
−¿Como La amortajada de Bombal? −respondo.
−Algo así, pero donde sea todo un pueblo.
−¿Tratará de la violencia?
−Si, pero también sobre el amor…
Luego se queda en silencio; pero es un silencio diferente, fuerte, capaz de arrancarme las preguntas de un tajo. No digo más y esa es la última vez que lo veo. Su imagen siempre estará presente en mi mente. Quisiera decirle en lo que se convertirá, confesarle que sus libros serán la inspiración para cientos de escritores. Pero lo sé: acaso eso le tendría sin cuidado. Entre la última taza de café, y envalentonado por la despedida, me atrevo a preguntarle:
−¿Y el amor, Juan? ¿Qué me dice del amor?
−El amor…−Rulfo medita un momento, como si estuviera midiendo muy bien sus palabras.
Luego dice:
−El amor es una mujer llamada Clara. No hay otra mejor forma de decirlo.



