“Este infierno nuestro, el que amamos, gozamos y sufrimos” Entrevista al poeta Julián Malatesta
En Este infierno mío, novela recientemente publicada por Random House, el poeta Julián Malatesta incursiona por primera vez en el género novela y ajusta cuentas con la Cali de su generación: la del tango, el malevaje, las luchas populares y la guerra como telón de fondo.
Por: Redacción La Palabra

¿Por qué decidió titular su primera novela Este infierno mío?
Por muchas razones. Escribí un listado de posibles títulos, y como vengo del universo poético, mi lucha era principalmente evitar caer en una especie de título lírico que terminara por marcar mi novela como modernista, y evitar situarla en una época a la que ya no pertenecemos. En un ensayo que escribí sobre Pedro Alcántara Herrán en el que analizo su obra, planteo que Alcántara pinta en el infierno, es decir, que el infierno es esta realidad; pero es el nuestro, el que queremos, el que amamos, el que gozamos y el que sufrimos. No hay tierra prometida, no hay promesa. Hay que ser capaz de estar aquí, de permanecer aquí, de hacer las grandes luchas aquí.
Hemos vivido mucho tiempo en la ciudad de Andrés Caicedo, una Cali que nunca fue mi ciudad, es decir, la de las luchas obreras, campesinas, sindicales. Aquella es la ciudad de los hijos de la burguesía, de unos muchachos inteligentes y brillantes angustiados por el futuro que les deparaba el destino: ser gerentes empresariales
En la novela hay una relación entre literatura y música popular. ¿A qué se debe esto?
Creo que la novela le pertenece a la ciudad, y esta se funda desde un punto de vista, desde una concepción. Hemos vivido mucho tiempo en la ciudad de Andrés Caicedo, una Cali que nunca fue mi ciudad, es decir, la de las luchas obreras, campesinas, sindicales. Aquella es la ciudad de los hijos de la burguesía, de unos muchachos inteligentes y brillantes angustiados por el futuro que les deparaba el destino: ser gerentes empresariales. Estos jóvenes, que ya traían consigo unas tradiciones culturales de la literatura en nuestro país como el rock, el cine norteamericano y anglosajón, de la generación beatnik, se rebelaron contra ese destino. Nosotros nos reuníamos con estos jóvenes en el cine club de Andrés, un lugar de encuentro. A los que éramos de izquierda, de origen marxista, nos ironiza en ¡Que viva la música! Obreros bien peluqueados con el libro debajo del brazo.
Nosotros veníamos de otros barrios, barrios duros, de malevaje, actividad clandestina, de la lucha política. Yo era una mezcla de todo eso, un personaje activo en la vida cultural de la ciudad. Entonces lo que yo busco es narrar esa ciudad, la de finales de los 70 y la década de los 80. No es la ciudad del rock y solamente de la salsa, sino la ciudad del tango, de la bohemia, del baile, no la de Andrés. La música que nombra la novela pertenece a unos autores muy significativos de la bohemia que me permite construir mi ciudad. Sin embargo, muchos de los artistas son invención literaria.
Hay una intención de ocultar o disfrazar la ciudad llamándola, por ejemplo, la ciudad de los siete ríos, pero nunca por su nombre. Las plazas se llaman diferente, cambia toda la toponimia. ¿Con esto busca eludir el realismo?
Cali no merece ser nombrada, y lo digo con mucha sinceridad. Es una ciudad que no termina de tener fisionomía, de hacerse, de concretarse, aunque probablemente así sean todas las ciudades. Me tocaba pelearme un espacio, un lugar en la literatura; no sé si eso sea un acierto.
Busco diferenciarme del facilismo periodístico de cierta literatura que nombra lo que ya todo el mundo sabe y le hace concesiones fáciles al lector. Pero sí opto por nombrarla a través de lo que escasea, de lo que le está haciendo daño a la ciudad, como la destrucción de sus ríos, por ejemplo. Nombrarla por esos valores universales me permitió ficcionar, inventar cosas que, de haberme amarrado a la ciudad, no me hubiera permitido crear un imaginario propio de los personajes en detrimento del que posee el lector, quien debe sacrificar el suyo para entrar en el de aquellos, aunque presienta, presuma, o sospeche que esa es una ciudad que conoció.
¿Por qué siendo poeta se dedica a escribir novela?
Pertenezco a una generación con deudas qué pagar. Hay una copla que dice: “Quien se hace al destino con una deuda en la espalda, sabe bien que el destino pone el cobro en la distancia”. Tarde o temprano las deudas hay que pagarlas. Tengo un amigo que se inventó la idea de que era una especie de navegante, de viajero que se perdió treinta años en el Caribe.
Entonces lo que yo busco es narrar esa ciudad, la de finales de los 70 y la década de los 80. No es la ciudad del rock ni de la salsa, sino la ciudad del tango, de la bohemia, del baile, no la de Andrés Caicedo. La música que hay en la novela pertenece a unos autores muy significativos de la bohemia que me permiten construir otra Cali
Todos creímos que había perdido la memoria en esos largos viajes, pero volvió con una novela escrita sobre esa ciudad que lo gestó todo, no la contemporánea, con el tono de Lawrence Durrell, es decir, de alguien que se aísla de su aldea natal, la observa desde la distancia y la escribe.
Este amigo es Edgard Collazos y la novela es El Demonio en la proa. La consideramos un triunfo de todos nosotros porque era decirles a los escritores que no es el documento histórico el que determina la novela histórica, sino que es la literatura la que moldea los rasgos históricos. Collazos propone una novela que trabaja con epifanías, con pequeños fragmentos de acontecimientos históricos que no terminan de ser, que no están completos, que no son totales porque eso no es lo que le interesa a la obra. Edgard empezó a provocarme y darme ánimos para que escribiera novela. Yo ya contaba con unos antecedentes. Tenía unos poemas en prosa.
Cuando uno tiene ciertas destrezas poéticas, al escribir novela uno se ve tentado por hacer la fácil: escribirlo todo en dos renglones. Lo difícil es construir todo lo que pasa por las acciones que realizan los personajes: lo que piensan, sus motivaciones, sus miedos, etc
Luego apareció Álvaro Suescún, poeta y escritor barranquillero que armó un proyecto para construir una especie de memoria de barrio donde cada escritor contaba la historia de la vuelta a la manzana. De una tirada escribí diez páginas y ahí descubrí que podía. Entonces un día le dije a Edgard que ya tenía la primera frase: “¡El que le toque el culo a mi mamá lo mato!”. Siempre me ha pasado así: no puedo escribir un poema si no logro descubrir la primera frase, y de ahí en adelante, ya no sé para dónde voy. Al tiempo le mostré unas páginas. Ustedes creerán que se trata de una frase efectista, pero no: lo que yo necesitaba era una frase que, si bien podría tener ese carácter, tuviera el poder de edificar el contexto, la geografía, el lenguaje, la chabacanería, la cosa soez. A medida que avanzaba me devolvía a mirar la frase para ver si todavía aguantaba, y siempre tuve la disposición de eliminarla, porque la literatura exige, aunque suene moralista, una dimensión de honestidad. Al final la frase se pudo sostener.
En la poesía se utilizan las palabras para construir imágenes, mientras que en la novela, además de esto, para describir, narrar acciones, dialogar. ¿Cuáles fueron los retos que se le presentaron al pasar de poesía a novela?
Cuando uno tiene ciertas destrezas poéticas, al escribir novela uno se ve tentado por hacer la fácil: escribirlo todo en dos renglones. Lo difícil es construir todo lo que pasa por las acciones que realizan los personajes: lo que piensan, sus motivaciones, sus miedos, etc. En poesía no se cruza una puerta, pero en la novela hay que poner al personaje a cruzar una puerta que puede ser de hierro, de madera, puede estar carcomida, agobiada por el tiempo, en fin, es una cosa muy complicada la descripción. Lo otro es que los personajes cobran vida propia; llega un momento en que empiezan a hacer lo que se les da la gana, y uno no sabe qué hacer.
El escritor tiene que aprender de alguna manera a negociar con ellos, a tranzar sus itinerarios. La poesía pura es libertad, y la novela es una especie de esclavitud; el novelista es un operario, un labriego.

En su novela hay un suceso histórico: la guerra; pero también hay una constante: a los personajes les ha pasado algo en la vida a parte de la guerra. ¿Le preocupa más la historia de la guerra o los dramas de los personajes?
Me interesó más mostrar las cargas individuales de los personajes, pues son las que los diferencian en la semejanza. El orden militar y guerrillero es cerrado, colectivo, nadie conoce su historia; incluso es parte de su seguridad tenerla oculta. Uno puede llegar a viejo sin conocer realmente a las personas que te rodean. Por eso me parece importante narrar esas historias de ese modo. Lo otro es que no es una guerra de una sola fuerza. En la novela hay una organización que se llama La Fuerza, que es la guerrilla, enfrentándose a la fuerza nacional. En ambos bandos hay personajes semejantes y parecidos. Yo intento también contar la vida en la zona militar. Pongo un gran esfuerzo en que los narradores no sean agentes de una ideología, de una doctrina, pues sería ingenuo utilizar un narrador que de entrada tenga un discurso y conduzca a todos sus personajes al cumplimiento de unos preceptos ideológicos.
En la novela usted no desarrolla odios ni se excede en reproches contra el estamento militar del Estado. Hay justicia en los dos bandos, no hay un desequilibrio. ¿Cómo logra eso?
La vida me ha alcanzado para muchas cosas. En el mundo de los esotéricos, el dios de la guerra, llámese Ares o Marte, no es concebido como dios de la guerra sino como ministro del karma. Eso explica por qué un día Ares estaba con los aqueos y al otro estaba con los troyanos. Yo concibo la guerra en términos espirituales, como algo karmático. En el mundo de las armas, por encima de la ideología y la política, lo que cuenta y lo que se respeta es el valor, el heroísmo en la guerra, no importa de cuál bando provenga. En la novela narro la historia de dos personajes que se persiguen: un coronel y un comandante guerrillero. El uno es de la tierra de la cebolla roja y el otro es de la tierra del bocadillo y la jalea real. Ambos se vienen dando bala desde el Carare, y donde se encuentran, pelean. Son historias que muestran ese valor al que me refiero. Eso me ayuda a no caer en polarizaciones. En literatura las enseñanzas nos la da Homero: la pasión por la guerra implica la comprensión de todos los seres humanos involucrados. Los cantos para los troyanos y aqueos son impresionantes. Las críticas que hace de los conflictos internos son para un lado y para el otro. Yo intento hacer eso: resaltar la enseñanza ética que se plantea de la condición humana en tiempos de guerra.
Yo concibo la guerra en términos espirituales, como algo karmático. En el mundo de las armas, por encima de la ideología y la política, lo que cuenta y lo que se respeta es el valor, el heroísmo en la guerra, no importa de qué bando provenga



