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El cartógrafo del infierno

Editorial Seix Barral
149 páginas

Por: Alejandro Alzate

Foto: planetadelibrosco2.cdnstatics.com

Harold Kremer es reconocido por ser uno de los pioneros de la narración hiperbreve en Colombia. En ese terreno, el nacido en Guadalajara de Buga es no solo una autoridad sino un referente de calidad y creatividad inagotable. En su condición de escritor, compilador y editor son muchas las antologías de minificción que ha hecho durante más de 30 años. Si bien El cartógrafo del infierno no es una de ellas -pues es una novela, un texto de mediano aliento-, tiene esa impronta de escritura tan propia, tan suya.Con esto nos referimos a una prosa cuidada y sin eufemismos, básica pero efectiva, y directa pero económica.

La novela en cuestión se inserta dentro de lo que he denominado nuevas voces para un viejo tema: la violencia en Colombia. Sí, una vez más se vuelve sobre el mismo asunto. Una vez más se vuelca la mirada sobre nuestra barbarie brutal. En un país como el nuestro, con su historia  en circular repetición, la ficción tiene mucho material al cual recurrir. Basta ver un diario para constatar que seguimos en la misma dinámica de muerte que advirtiera, hace más de 50 años, el Padre Germán Guzmán Campos en su ya clásico texto
La violencia en Colombia.

La historia de El cartógrafo del infierno es contada por un niño llamado Pedrito. Con esto, Kremer se anota un acierto que pasa por no emplear el foco narrativo usual en este tipo de novelas: la voz adulta; la voz de la víctima o el victimario que  habla desde la miseria, la rabia irracional, el sectarismo político o el miedo superlativo. La novela no declara inventarios de muertos, ni cifras ni datos estadísticos fríos que elaboren ese desgastante aspecto de documento oficial. Kremer tiene cuidado de no caer en ello y hábilmente entreteje historias, cruzadas sí, cómo no, por la violencia de los años 40 y 50.

Es esta, en síntesis, una novela que cuenta la historia que también vivió, en la gardeazabalesca Tuluá, el mentado León María Lozano y tantos habitantes del país que se acostaron una noche sin saber si volvería a brillar el sol para ellos.

Pedrito es, en consecuencia, la metáfora de la inocencia perdida. No solo porque descubre los placeres carnales con Ruth, la bibliotecaria que lo inicia en el descubrimiento de Dante, los atlas y las artes amatorias, sino porque es quien tiene, aún, una mirada inocente que se ve obligada a coexistir con la guerra partidista. Pedrito, hijo de un sórdido y flemático conservador llamado Pedro, rápidamente experimenta los rigores de pertenecer a la familia a la cual pertenece. En esta, la rudeza del progenitor, el machismo altisonante, el sometimiento de las mujeres, la doble moral y la defensa a ultranza del catolicismo, son los aspectos que, en realidad, hacen que Pedrito pierda la inocencia.

El descubrimiento de la sexualidad es un hecho que reivindica la belleza de la vida en medio de lo grotesco de los asesinatos políticos. En tanto contrapunto, el sexo es la vida que antagoniza con la muerte que se campea por las páginas de la obra. El recurso es no sólo lícito, sino bien pensado por parte del escritor. La perspectiva adolescente lo hace mórbidamente inocente, pero le permite desarrollarse como experiencia primeriza. Mientras la violencia partidista tiene un arraigo fuerte y de vieja data, las experiencias de Pedrito y Ruth consolidan algo nuevo que, desde cero, forja y construye identidades. En ese sentido, el descubrimiento de la lujuria rivaliza, en tiempo y vigor, con la muerte que se escuda tras el sectarismo político.

En medio de la adultez temprana de Pedrito, y lo que ello supone en términos de sucesos, el lector asistirá a otras experiencias traumáticas que viven, con total crudeza, Mario, Paulina, Niñodios, Luis, Jorge, el propio Pedro -padre del narrador- y otros personajes que no tienen la fortuna de empezar, desde cero, una historia propia que los defienda del monstruo violento que por herencia histórica abraza a lugareños y extraños. Es esta, en síntesis, una novela que cuenta la historia que también vivió, en la gardeazabalesca Tuluá, el mentado León María Lozano y tantos habitantes del país que se acostaron una noche sin saber si volvería a brillar el sol para ellos.

Harold Kremer (1955), escritor colombiano oriundo de Buga (Valle del Cauca).
Foto: ntc-narrativa.blogspot.com

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