Ulises, Avant garde de 1922
A cien años de su publicación, la novela Ulyses del escritor irlandés James Joyce se mantiene vigente ante el juicio implacable de la posteridad y los embates del tiempo, y se gradúa de clásico de la literatura mundial.
Por: Edgard Collazos Córdoba
Escritor y profesor de literatura, Univalle

Foto: buscalibre.com
En una edición del New Yorker de febrero de 1922 apareció una divertida caricatura, mostrando a una suspicaz matrona norteamericana que pregunta a un marchante de libros parisino: “¿Avez – vous Ulysses?”. Se refería a la novela de James Agustine Joyce, un autor hasta en ese momento desconocido para los lectores norteamericanos. Ese mismo mes, el 2 de febrero de 1922, cuando cumplía cuarenta años, el autor, quien por insistencia de Ezra Pund se había trasladado de Trieste a Paris, pudo acariciar el primer ejemplar de su inmortal novela.
Ante la renuencia de los editores ingleses y norteamericanos, quienes se negaron a publicarla, esa primera edición que sería señalada inicialmente como una obra pornográfica, corrió a cargo de Sylvia Beach, la dueña de una librería llamada Shakespeare and Company, una norteamericana, expatriada en París, como lo estuvieron por aquellos años los escritores de la generación perdida.
Pese a que los lectores de novelas estaban desconcertados por la difícil lectura, el “Ulyses de Joyce”, como se le empezó a llamar, causó furor en poco tiempo, tanto así que, en pocos días, mientras se discutía si la novela era o no pornográfica y el juez Woolsey dictaminara que se podía vender sin temor a lacerar la moral de los lectores, una inescrupulosa edición pirata invadió el mercado y opacó la edición de Sylvia Beach.
En un inicio, quizás por las novedades técnicas y la estructura, Ulises fue difícil de digerir, su lectura causó desconcierto en el mundo literario de Europa, pensaron que se trataba de una colección de imágenes e historias divertidas, un sottisier cómico, pero, como había recibido la admiración y los elogios de Ezra Pound y T.S. Eliot, al final se inclinaron, sospechando que se trataba de una nueva forma de escribir y de abordar las historias, y no tardaron en descubrir que uno de los logros literarios de Joyce fue el haber demostrado la plenitud continuada de la vida mental de un individuo, y lo complejo del pensamiento a medida que transcurren los hechos.
La pareja conformada por el señor Bloom, de treinta y ocho años, y Stephen, emerge en la literatura universal como emergieron Virgilio y Dante, o como Don Quijote y Sancho Panza: como antítesis. Son el espíritu y la carne, o la realidad y la ficción, representando Bloom la figura del padre destronado por la presencia de los amantes de su esposa Molly y Stephen como el hijo perdido en las brumas de la culpa.
James Agustine Joyce era irlandés. Nació a la inmortalidad en Dublín, hacia el año de 1882. Fue el mayor de los diez hijos que tuvieron Mary Jane y John Stanislaus Joyce, un empleado gris de las oficinas del Recaudador de Impuestos, quien hizo esfuerzos para matricular a su hijo en Clongowes Wood College, en ese tiempo una institución de gran prestigio. Hacia 1898, Joyce se graduó en el University College en lenguas modernas. Por ese entonces, ya se destacaba entre sus contemporáneos por la controvertida manera de opinar, por haber escrito decenas de poemas y cortas narraciones apuntadas en sus cuadernos y por haber tenido la osadía de escribir a Ibsen una carta donde elogiaba los logros dramáticos del autor.
Se sabe que luego se trasladó a Paris y dio comienzo a sus estudios de medicina, aventura equívoca que se vio suspendida por la sorpresiva y mortal enfermedad de su madre que lo obligó a regresar a su patria. En Dublin, su tiempo lo gastó escribiendo nuevos relatos y se dedicó al canto, haciéndose merecedor de una medalla de bronce en un festival nacional de música.
Corría el año de 1904, cuando el exitoso cantante conoció en Galway, a una joven y bella camarera que trabajaba en el hotel Finn’s, con quien tuvo una cita un 16 de junio de 1904, día y año que luego escogió para que transcurriera la futura novela. Se llamaba Nora Bernacle, tenía veinte años y una innata disposición para acompañar a su futuro esposo en la aventura literaria más audaz de los últimos siglos: la escritura del Ulises.
Fatigado del conventillo local, Joyce decidió dejar ese mundo insular y trasladarse al continente, a Pola, sobre el Adriático, donde ejerció el oficio de profesor, y un año después, en la primavera, se fueron a vivir a Roma, donde laboró como empleado bancario y luego a Trieste, donde el matrimonio estableció su hogar por los siguientes diez años. Ahí acarició parte de su felicidad, ahí nacieron Lucia y Giorgio, sus dos hijos, y ahí con frecuencia los visitaba Stanilaus, su hermano, el único irlandés con quien tenía comunicación.
En ese hogar, Joyce seguía trabajando unos relatos que había iniciado en Irlanda, una narración autobiográfica titulada Stephen Hero, abandonada eventualmente, y también una colección de cuentos: Dubliners, que intentaba continuar con desconfianza.
Por fin se aplicó a ellas y las dos obras tuvieron continuidad. Hacia 1905 las presentó a un editor, pero fueron rechazadas y solo vieron la luz editorial hacia 1914 , después de largos contratiempos que lo mortificaron y lo sumieron en la tristeza a causa de las malintencionadas declaraciones de un amigo, quien juraba haber tenido aventuras amorosas con Nora, motivo por el cual, desde 1909 no regresó jamás a Irlanda.
En Paris, para el avant –garde, el Ulises había convertido a Joyce en un iluminado, un héroe de la literatura. Los escritores le hacían reverencia a su paso, y los jóvenes intelectuales le presentaban sus respetos cuando paseaba por los bulevares y solo la escritora norteamericana, Djuna Barnes, tenía el privilegio de acompañarlo en sus caminatas por la ciudad luz. Pero como los dioses también sufren tribulaciones, se sabía que desde 1923 se batía con la escritura de una intrincada obra titulada Work in Progress, y con la amenaza de una posible ceguera que lo había sometido desde sus veinte años a una serie de intervenciones oftalmológicas.

James Joyce y Nora Barnacle sentados en un muro en Zurich.
Foto: theparisreview.org
No bastando con esos sufrimientos, en la década de los años treinta, la salud mental de Lucia ensombreció aún más la vida de Joyce, quien luchó para mantener el optimismo, negando que su hija tuviera una deformación básica, pero el comportamiento de Lucia fue cada vez más extraño, hasta que, derrotado y casi postrado por la realidad de su destino, en 1936 la internó en una maison de santé.
Consumido, con el ánimo derrotado, le quedaron todavía fuerzas para seguir escribiendo Work in Progress y empezó a publicar algunas páginas en periódicos y en revistas, en especial en la revista Transition ante un público estupefacto que no entendía de qué se trataba esa nueva obra y que, cuando fue publicada en 1938 con el nombre de Finnegans Wake, desconcertó del todo a los círculos literarios, menos a un grupo de jóvenes discípulos, entre quienes se destacaba Samuel Beckett.
Despechado por la poco o nada recepción de su nuevo trabajo y sintiendo hostilidad hacia él, padeciendo la casi total ceguera, la literatura y la ficción le devolvían el aliento que la hostil realidad le negaba, y así, juntó fuerzas para emprender una campaña en defensa de John Sullivan, un tenor de ópera irlandés maltratado injustamente por los gremios teatrales.
Joyce fue un hombre detenido y absorto en los secretos de una metrópoli. Seguramente estuvo abismado por la cantidad innombrable de voces que escuchaba en las calles y en el destino de los transeúntes que encontraba en el camino, y entre esa “épica” de voces, buscó un héroe anónimo, encargado de cargar el peso de la cultura. En el Ulises vemos ese mundo caótico de la ciudad, donde no se conocen las causas misteriosas del destino humano, y donde tienen un encuentro accidental dos hombres que han pasado el día dando vueltas por calles y recovecos y que no son dueños de las repercusiones que ese encuentro genera en la vida de cada uno. Stephen Dedalus es uno de ellos, un escritor joven en el límite de alcanzar una crisis personal, que camina con un sentimiento de culpa cada que piensa en su madre muerta y se conmueve por la enemistad que ha tenido con su padre. Joyce nos hace pensar que solo la providencia espiritual puede salvarlo, y esta, sin sospecharlo, se le presenta cuando en ese marasmo de caras y de destinos conoce a Leopold Bloom, un marido cornudo, “emasculado”, y este patético hombre ve en Dedalus al hijo mayor que tendría en esos momentos, de no haber muerto cuando apenas tenía unos días de nacido. El encuentro fortuito nos hace pensar en la posibilidad de una reconvención espiritual en la vida de Stephen Dedalus y la posibilidad que sea él el escritor del Ulises.
A semejanza del destino de sus personajes, el destino de la vida de James Joyce estuvo marcada por causas ajenas a su voluntad. A comienzos de la Segunda Guerra, en las navidades de 1939, emigró hacia St. Gérand – Puy, un pueblo cerca de Vichy, y un año después se fue a vivir a Zurich, donde cuatro semanas después, el 13 de enero de 1941, murió a causa de una operación de úlcera perforada. Nora siguió viviendo en Zurich, y lo sobrevivió diez años.



