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Mark Twain. Entre el humor y la epopeya; las aventuras en el Misisipí y el Oeste americano

Por: Edgard Collazos Córdoba
Escritor y profesor de la Escuela de Estudios Literarios, Univalle

Mark Twain (1835- 1910), escritor norteamericano.
Foto: https://bit.ly/3gwD610

El compromiso de dos hombres

Es curioso que el desarrollo la literatura norteamericana, a diferencia de las literaturas europeas, y la de Latino América, se desarrolló en contrastes, en reacciones tanto temáticas como de apreciación entre un escritor y otro, como si cada uno de ellos fuera dueño de una preocupación diferente, indiferente a las preocupaciones de su país, o como si cada uno quisiera eludir el compromiso de la intertextualidad, como lo podemos apreciar en los contrastes que hay entre el mundo ilustrado de Franklin al mundo alucinado de Poe; del trascendentalismo intelectual de Emerson al mundo de Hawthorne; de la desobediencia civil de Thoreau a las aventuras simbólicas Melville y de la épica de Whitman a la lírica iluminada de Emily Dickinson.

En las últimas décadas del siglo XIX, siguiendo esa tradición, se presentan dos autores importantes para la historia de la literatura de ese país: Henry James y Mark Twain, dos hombres contemporáneos, dos espíritus indagadores de las causas y resultados de la migración europea en tierras de América, los dos inicios de una misma epopeya en la vasta tierra de Whitman y en la solitaria creación de Dickinson.

La geografía de una gran literatura

Entre el Golfo de México y la frontera con el Canadá, a mitad de camino, nos encontramos con el centro geográfico de Norteamérica, que, a su vez, se halla a mitad de camino entre la costa atlántica al Este y la costa del Pacífico al Oeste. St. Louis es la ciudad más grande de esa región, llamada Misuri. En época de la colonización, allí, en busca de tierras sanas y proclives a la agricultura y ganadería, arribaban los viajeros llamados pioneers, pues casi todos los caminos del Este convergían en esa región. Desde St. Louis se organizaban las expediciones hacia las grandes llanuras, a las Montañas Rocosas y hacia el Pacífico. Para acceder a esos viajes a través del desierto, se precisaba ser un arrojado e intrépido explorador, como lo fueron los mormones en su peregrina migración al mítico Gran Desierto de Utah. Dos inevitables encrucijadas se presentaban en el camino, la de Oregón, que en su vastedad conducía los carromatos hacia el noroeste, y la de Santa Fe, que llegaba hasta la conflictiva frontera de México y California. Por esos agrestes caminos transitaron millares de hombres, mujeres y niños; allí vivían y morían con el anhelo de encontrar una tierra de promisión, allí, se gestó, sin proponérselos, la epopeya de la conquista del Oeste.

Misuri era también una encrucijada de ríos, del Ohio, que corre enormes caudales hacia el Oeste desde los Montes Apalaches, dividiendo el Norte y el Sur de ese enorme continente, constituyéndose en una ruta navegable, una alternativa de transporte desde el Atlántico hacia el centro del país. El otro río que conforma la encrucijada es el Misuri. Este se desprende desde las Montañas Rocosas y corre hacia el sudeste; es un río de largos torrentes, profundos meandros y cañones solitarios. El privilegio de esa región se basa en que los dos ríos, que provienen de lugares opuestos, el uno del Este y el otro del Oeste, son tributarios de otro río aún más grande: el Misisipí. Este, hace su recorrido hacia el Sur, y en ese largo recorrido separa el estado de Minesota de Wisconsin, también separa a Iowa de Illionis, y a Misuri de Kentucky y al final, vierte su enorme caudal, formado por sus tributarios, en el Golfo de México. En el siglo XIX fue ruta de millares de comerciantes pionners, inmigrantes de distintas nacionalidades, aventureros y gente de toda laya que fueron conquistando paso a paso la tierra americana. Es entre todos los ríos del nuevo continente, el segundo, el primero, es el Amazonas. Lo aborígenes le llamaban: “Padre de los ríos”.

No solo de agua está compuesto el gran caudal del Misisipi, también hay un flujo interminable de literatura, compuesto de historias, crónicas, tradiciones populares y leyendas escritas desde el tiempo de los primeros colonizadores y desde los días de las misiones de los jesuitas hasta los relatos de los novelistas de nuestro tiempo. El más célebre de todos, se llamó Samuel Clemens, a quien la posteridad recuerda con el seudónimo de Mark Twain.

Nación en el año de 1835, en la ciudad de Florida. Para la fortuna de la literatura, sus días de infancia sucedieron en Hannibal, a donde llegó cuando apenas cumplió los cuatro años. En ese entonces Hannibal era una aldea situada en las estribaciones del río. La aldea era un conjunto ruinoso de mal terminadas casas de ladrillo sin revocar y madera, que se alzaban sobre el fango de las calles, donde los niños pasaban su infancia divirtiéndose a la orilla del río, construyendo toscos barquitos o almadías de madera imitadas de las embarcaciones que transitaban el río, ya que era la época cuando navegaban por el Misisipí enormes vapores movidos por ruedas en forma de palas.

La gran imaginación y la diestra pluma de Twain, enlució esa lacónica aldea con relatos míticos, e hizo de ella uno de los lugares más nombrados en el mundo occidental. Para realizar su proyecto literario, Mark Twain partió de una controvertida creación, imagino un par de personajes, que llegaron a convertirse en los favoritos de la epopeya de Estados Unidos; la creación de dos niños inmortales: Tom Sawyer y Huckleberry Finn, dos dioses infantiles, dueños de una traviesa inocencia que representó el heroísmo infantil y primitivo de Norteamérica. Ellos forman parte de un tiempo alejado de la vulgaridad y la insolencia de la modernidad gringa, ellos conservan la espiritualidad del mundo épico y por eso, antes que El gran Gatsbi de Fitzgerad y que Holden Caulfield de Salinger, ocupan el trono de la mitología de un país que, por fortuna, no pudo olvidarlos y sigue creando nuevos mitos a partir de sus vidas imaginarias, porque siempre recordaremos que Mark Twain aceptó la misión que le fue otorgada, la de ser el Homero de una incipiente tradición que se independizaba del antiguo mundo de donde vinieron sus padres.

Es licito imaginar que en el inicio de su proyecto como narrador, ha debido entrever la diferencia entre los dos universos, ver que la geografía, la moralidad y las intenciones políticas del mundo que habitaba diferían de la vieja Europa, y aunque tuvo en cuenta que aún se conservaban los antiguos lazos idiomáticos, no dedicó su vida a la investigación de ese tema, esa intrincada labor sería encomendada a otro inolvidable artista, otro espíritu de características épicas, contemporáneo suyo, llamado a Henry james.

Publicada entre 1876 y 1878, considerada como una obra maestra de la literatura universal.
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Morton Dauwen, uno de los más inteligentes historiadores de la literatura norteamericana dejó dicho que James y Twain pueden ser llamados, sin temor a equivocarnos, los dos padres de la moderna literatura de su país. A Mark Twain le tocó en suerte narrar el desplazamiento de los pioneers hacia el legendario Oeste, una dramática labor que se le complicaría al empezar por la infancia de su país.

Como en el infinito universo de causas y efectos que habitamos nadie sabe cuál es su destino, antes de que Mark Twain iniciara su escritura, época en que firmaba sus escritos con el seudónimo “ Thomas Jefferson Snodgrass, ya era dueño de una importante tradición creada por Whitman, Emerson, Melville, Hawthorne, Emily Dickinson, Cooper e Irving, tradición que lo instó a narrar la aventura infantil del hombre nuevo, ese ausente elemento de la formación del nuevo país, y cuando falleció en 1910, su obra incluía todas las experiencias físicas que Whitamn hubiera deseado vivir, y las iluminaciones espirituales de Emily Dickinson. Su historia, como la de los Estados Unidos, es una aventura unida al desarrollo y a la desilusión, a la grandeza y al triunfo.

Su origen no difiere mucho del de los otros escritores norteamericanos. John Marshall, el padre de Mark Twain, como tantos otros viajeros, sufrió de joven la atracción del Oeste. Se sabe que hacia el inicio del siglo XIX emprendió un viaje, y al pasar frente a las montañas de Cumberland hizo un largo descanso en la frontera de Kentucky, donde conoció a una chica llamada Jane Lampton, descendiente de colonos emigrantes venidos del Este, quien sería la madre se Samuel Clemens. Después de contraer matrimonio, la joven pareja prosiguió el viaje en busca de la fortuna que John anhelaba, sin llegar jamás a conseguirla. Murió pobre y arruinado a la edad de cuarenta y nueve años, atormentado por su fracaso económico y por la fiebre, su hijo recordó siempre sus últimas palabras: “ Quedáos en Tennesse, os hará a todos ricos”.

La infancia de Twain transcurrió viajando a Florida cada año, donde pasaba largas vacaciones, en casa de John Quarles, un amable tío, propietario de un almacén de vituallas y una granja en las afueras de la ciudad, en donde Samuel solía pasar sus mejores días y corría aventuras que luego incorporó en sus libros. Ahí, inmerso en los juegos que compartía con los hijos de los esclavos, un día escuchó narrar las mejores historias que jamás conoció. El narrador se llamaba “Uncle Dan’l “, un esclavo de edad madura, de gran corazón y buena moral, que hacía alucinar a los niños con sus relatos. Esas historias y sus correrías, serían integradas a sus novelas con destreza y verosimilitud.

Mark Twain creció viendo ante él un mundo deprimente y sin ley. En las calles se hacinaba gente de toda baja ralea, viajeros, jugadores, aventureros, comandos de hombres armados en busca de esclavos fugitivos, y todo el cúmulo de personajes que viajaban al Oeste, instados por la fiebre del oro. Allí, a la orilla del río, se cometían asesinatos y el deprimente espectáculo de la barbarie.

Era un universo deleznable a la orilla de un río que tenía más de una milla de ancho, donde los vapores llegaban a diario, y volvían a salir, sin detenerse mucho tiempo en las orillas de la aldea. Esta atmosfera infrenable de acontecimientos vividos por hombres y mujeres que marchaban en pos de mejores oportunidades, excitó al niño y agitó su imaginación. Mark Twain, que en idioma del río quiere decir “dos brazas de profundidad” abrazó desde su infancia la idea de ser piloto de vapor, y así fue como a los nueve años se coló a bordo de uno de esos vapores, con tan mala suerte, que el pequeño polizón fue descubierto y arrojado al río. En esa época, se navegaba de noche y sin luz, debido a que los barcos estaban construidos de madera inflamable y eso obligaba a contratar diestros capitanes, pues el Misisipi formaba enormes bancos de arena donde era factible encallar.

Cuando el padre murió, Mark Twain asistía a la escuela de la aldea ribereña de Hannibal, pero después de que este muriera, abandonó sus aspiraciones, suspendió su instrucción y aceptó su primer empleo como impresor de “The Missouri Courier”, un diario local, trabajo con el que, según él, “inició su profesión literaria”. Pese a tanto aprendizaje del periodismo, durante los cuatro años que ejerció como impresor, no se pudo desprender de la imagen del río, esta lo persiguió y, en 1857 decidió volver. Años después escribiría:

Cuando yo era niño, solo había una ambición permanente entre mis camaradas de nuestra aldea situada en la margen occidental del río Misisipí. Era la de ser tripulante de un vapor. Teníamos ambiciones pasajeras de otras clases, pero eran solamente pasajeras. Cuando un circo llegaba y se iba nos dejaba a todos ansiosos por hacernos payasos: la primera compañía de misntrels negros que vino a nuestra ciudad nos dejó a todos sufriendo por probar esa clase de vida; de vez en cuando teníamos la esperanza de que si vivíamos y éramos buenos, Dios nos permitiría hacernos piratas. Estas ambiciones se desvanecían cada una a su turno; pero la ambición de ser tripulante de vapor subsistía siempre.

Botes planos (Flat boats), río Misisipi, siglo XIX.
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De Samuel Clemens a Mark Twain

En los cuatro años que vivió dedicado al periodismo, frecuentó diversas ciudades del Este, Cincinnati, Nueva York, Filadelfia, Washington. Luego firmó un contrato con el director del Evening Post, donde se comprometía surtir a este periódico de reportajes realizados en sus correrías, sin abandonar la idea que le carcomía todo su ser: volver al río. Así que, impulsado por esa imagen, tuvo la idea de embarcarse desde Nueva Orleans y navegar hacia América del Sur, a Brasil por el río Amazonas y posiblemente el Orinoco, pero, quiso la suerte que por esos días conociera al capitán Bixby, dueño de uno de los barcos fluviales más destacados, y este, le dio la oportunidad que andaba buscando: fue alistado como “cachorro” y fue ahí, donde aprendió los secretos del río. Ahí aprendió a conocer las mil trescientas millas del caudal del Misisipí, fueron dieciocho meses de estudio y luego tres años dedicado a transitar las aguas. en ese devenir de experiencias, dejó el nombre de Samuel Clemens y adoptó el de Mark Twain, nombre que lo acompañó hasta el día de su muerte.

La historia del nuevo nombre está ligada al humor literario de Samuel Clemens. Mark Twain era un grito que lanzaba el sondador de aguas cuando la profundidad era de dos brazas, medida peligrosa para el calado de los enormes vapores. Por aquel entonces, existía un viejo capitán llamado Sellers, que tenía la costumbre de enviar textos de información sobre el río al Picayune de Nueva Orleans y los firmaba con las dos palabras Mark Twain (dos brazas de profundidad). Los textos del capitán Sellers estaban atiborrados de innecesaria erudición, cosa que irritaba a otros capitanes, que en respuesta hacían mofa de los textos. Se cuenta que cierto día el joven Samuel Clemens, afiló su pluma y su fino humor contra el capitán Sellers, y publicó un artículo en un periódico de Nueva Orleans, donde hería al viejo capitán con sus burlas. Días después se arrepintió y en una página de su Old times in the Misissipi dice:

Fue una verdadera pena porque no hizo ningún bien a nadie y llenó de zozobra el corazón de un hombre bueno. Aquella mamarrachada mía carecía de malicia; pero se burlaba del capitán. Se burlaba de un hombre para quien aquello era algo nuevo y extraño y horroroso. Si bien ahora me doy cuenta, entonces yo no sabía que no hay sufrimiento comparable al que una persona siente la primera vez que se le expone a un vejamen en la página impresa.

El capitán Sellers no volvió a firmar con el nombre de Mark Twain y jamás supo del joven Clemens quien andaba en correrías por el Oeste escribiendo crónicas. En sus andanzas periodísticas, un día, le llegó la noticia de que el viejo había muerto, y entonces decidió tomar el nombre y enaltecerlo en honor a ese viejo marino.

Luego volvió al río hasta que ese ejercicio de navegante se vio interrumpido por la Guerra Civil en 1861, pues el conflicto terminó con el tráfico del río y Twain tuvo que probar otros oficios: se alistó de soldado y llegó a ser desertor del ejército confederado. Imitando a los pionners, viajó al Oeste entre montañas hasta las lejanas tierras de Nevada. Su intrépida audacia e imaginación le permitieron participar en esa leyenda que fue la Conquista del Oeste, confundiéndose con las frenéticas colonias de mineros de ciudades como Carson y Virginia. Allí la vida le brindó el rostro de la lucha humana por la supervivencia en las minas de oro y plata: la Cosmotock Lode, la Gould and Curry, la Ophir, la Amanda Smith, la Bald Eagle que ocultaban sus inmensas riquezas ante el ejercicio de la violencia, frecuentada por expertos pistoleros y tahúres que ambicionaban ganar en las mesas de juego el oro que otros extraían con sudor y sangre en los socavones.

Sin proponérselo, la vida lo había regresado al periodismo, y al providencial ejercicio del humor que era innato en él. Clemens estaba dotado de una gran agilidad escritural y un humor que había acompañado a los americanos desde los tiempos de la Nueva Inglaterra y que en tiempos de Twain revivió como tradición de artes burlescas. Mark tuvo la oportunidad de escuchar y ver en Virginia al más famoso de los cómicos, a Artemus Ward, quien en su peregrinar por el Oeste, haciendo reír a los colonos, se detuvo en Virginia y dictó dos charlas humorísticas y conoció al futuro escritor. Solo le bastó oírlo hablar para descubrir al mejor, al humorista y novelista que sería para la posteridad; el hombre de las dos brazas de profundidad narrativa. Artemus Ward lo instó a que abandonara Virginia y así, Twain probó suerte y fortuna en un escenario más generoso como San Francisco de California.

San Francisco era por ese entonces una ciudad con más posibilidades para el desarrollo que buscaba MarK Twain. Allí tocó la puerta del The Morning Call, un diario de reputación, y ahí, perseguido por la fortuna, conoció al verdadero espíritu poético y literario que influiría definitivamente en su carrera, al insigne Bret Harte que por ese entonces andaba por California. Harte ya era una celebridad, sus Bocetos Californianos, una colección de relatos sobre la Epopeya del Oeste, le habían abonado la fama de buen escritor y esa literatura y la vida de Harte, fueron para Mark Twain un modelo a seguir, porque como escribió Jorge Luis Borges:

“Como todos los escritores de su país, Francis Bret harte nació en el Este. El hecho ocurrió en Albany, capital del Estado de Nueva York, el día 25 de agosto de 1836. Dieciocho años tenía cunado emprendió su viaje a California, donde alcanzó la fama que hoy está ligada a su nombre. Ensayó las tareas del minero y del periodista. Parodió a poetas hoy olvidados y redactó los cuentos que componen Bocetos Californianos y que no superaría después. Apadrinó a Mark Twain que olvidaría pronto su bondad. Fue cónsul de los Estados Unidos en Krefelf, Prusia, en Glasgow y en escocia. Murió pobre y arruinado en Londres en 1902”.

Harte ya era un narrador de carrera. Como suele suceder, sus consejos fueron modelando la indisciplina y el talento del discípulo. Gracias a Bret Harte el nuevo escritor se transformó y así, sus patrones lo enviaron a diferentes lugares del Océano Pacifico en busca de crónicas. En esos viajes conoció las islas Sandwich y Hawai, donde escribió cartas que fueron publicadas en The Morning Call; viajó en barco a Panamá, luego atravesó el istmo montado en una mula. Después regresó a San Francisco, allí, entre una y otra reunión, descubrió que tenía un talento especial para dictar conferencias y entonces se aplicó un tiempo a este oficio, solo que, amobló sus conferencias con un corrosivo humor que muy pronto lo elevó al podio de los grandes humoristas de América. Aún se recuerda que en la publicidad de su primera conferencia en Nueva York, se le mostraba en el anca de su ya legendaria “Rana saltarina del condado de Calaveras” narración que lo había hecho popular entre el público neoyorkino.

Publicada en 1884, representa una de las primeras grandes novelas estadounidenses.
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Así, con su figura delgada, baja estatura, cabello desordenado, mal vestido, con su pronunciación de hombre crecido en la rivera, fue como Mark Twain se acercó poco a poco a la literatura, así fue como el salvaje humorista de la vertiente del Pacífico cosechó su éxito. Su carácter atrayente, la inteligencia de sus frases unidas a su talento, hicieron sentir al americano de todas las capas sociales que él era el hombre que el nuevo país estaba esperando y quizás también Europa, pues aureolado de fama, se embarcó en el Quaker City, un navío del Atlántico, rumbo al Viejo Continente y Tierra Santa. Regresó a su patria en 1869 y publicó su primer libro, Innocents Abroad (inocentes en el exterior) En 1871, publicó su segunda obra, Roughing (Pasando trabajos). Estos dos primeros libros le abrieron el camino en los cerrados cenáculos de la literatura.

Dueño de una amplia gama de lectores, en adelante, exploró dos temas: La aventura fronteriza y el escepticismo histórico, alcanzando la consagración entre los años de 1876 y 1884, tiempo en el que su inspiración fue más productiva y profunda. Por esos años, escribió tres obras inmortales: The Aventures of Tom Sawyer de 1876(Las aventuras de Tom Sawyer), The Aventures of Huckleberry Finn de 1884 (Las aventuras de Huckleverry Finn) y Life of the Missisipi (la vida en el Misisipí). Tal vez por la sinceridad de la prosa, por el filudo bisturí que uso para ver el carácter de su época, esas obras aún conservan el encanto que despertaron en su tiempo, cuando logró transmitir el sentimiento de la infancia ligado a la vida del río, armonizando la ficción con la realidad y la alegría con el peligro.

Tom Sawyer es un relato constituido por aventuras infantiles. Transcurre entre la ciudad de Misuri y el río Misisipí. Sus personajes ( tal vez influenciados por los niños creados por Charles Dickens) son niños traviesos, escapados de sus casas. El personaje central es Tom, quien acompañado de su pandilla vive aventuras maravillosas, intrigas, son picaros y piratas, son perseguidos a través de las caudalosas aguas del Misisipí y asisten a sus propios funerales cuando los dan por ahogados. Pero quizás la aventura que más recuerda el lector, es aquella cuando participan en la captura del villano Injun Joe. La obra, aparte del humor y la delicada narración sobre los niños, logra atrapar el espíritu del río y de la ciudad. Se sabe que no quedó conforme con el final de la narración, estimaba que esta debía de continuar y fue así, como gastó ocho años en continuarla bajo el nombre de The Adventures of Huckleberry Finn. En esta narración, Twain cambió el punto de vista, pues si Tom Sawyer estaba escrita en tercera persona, Huckleberry Finn inicia con estas palabras:

“No me conocéis, a menos que hayáis leído las Aventuras de Tom Sawyer. Poco importa. A mí se me conoce fácilmente, y soy de los que forman amistades indestructibles. No me olvidareis os lo aseguro. Y querréis constantemente noticias mías. El libro de las Aventuras de Tom Sawyer es la obra de un caballero llamado Mark Twain. En general, se atuvo a la verdad para escribir ese libro. Lo adornó un poco, pero, no hay por qué negarlo; porque en el fondo es exacto”.

Descubrimos con rapidez que es la voz de Mark Twain y de inmediato el relato adquiere un realismo y un encanto superior al de la primera parte, ya que Huck adquiere una insólita dimensión humana; respira a nuestro lado, con sus ojos vemos aquel mundo poblado de sensaciones.

Muchos críticos han postulado que, en Tom Sawyer, el escritor utilizó la prosa de la juventud, pero que en esta segunda parte, entramos al encanto de la niñez por medio del reino de la poesía.

La historia es muy sencilla. Una viuda, Douglas, desea por iniciativa suya, adoptar a Uck, porque desea hacer de él un hombre civilizado, pero su proyecto se ve traumado por los deseos del padre de Huck, un borracho desalmado de siete suelas, proscrito de la ciudad, quien empieza a inducirlo hacia una vida menos digna. Huck no se deja seducir por ninguno de los dos; ni por la respetabilidad ni por el crimen y una noche huye hacia su hogar, el gran río, la fuente de la vida. Allí tiene balsa propia, tiene a su amigo, el negro Jim ( que no es otro que Uncle Dan’l. En esas condiciones inicia sus aventuras que fluyen como el río a lo largo de la costa, corre peligros, su libertad se ve en aprietos, en una tierra, en una suerte de universo que no le pertenece del todo.

Mark Twain en el Oeste preindustrial empleó las narraciones como medio expresivo de una época. Sus mejores novelas nacieron del deseo de narrarle a la posteridad algo divertido y a la vez testimonial. Tuvo como los juglares de la Edad Media una afinidad con los elementos heroicos de una sociedad que necesitaba escucharse a sí misma. En una comunidad donde la literatura y su estudio no existía, este pequeño hombre, de baja estatura, débil de cuerpo, debió escuchar los miles de relatos que salían de los labios de tanto viajero y frecuentar de niño las llamadas “Wilkcat literatura”o las historias exageradas que los hombres de oficios rudos narraban para disipar el tedio, o los momentos que no dedicaban a la pendencia y al alcohol.

Antes que ser un contador de historias, Mark Twain fue un muchacho atento a escuchar narraciones. En uno de sus mejores libros: Old times on the Misisippi, nos cuenta que cierta vez, cuando era un joven de más de veintiún años, estaba a bordo del Paul Jones, y que se dejó embrujar por el relato del serviola nocturno, quien le contó la triste historia de cómo había fracasado en la vida. La historia tenía tantos incidentes y aventuras, que el joven Twain los aceptó, embrujado por la voz narradora, uno a uno como hechos reales. Luego descubriría que era ficción y decidió no pasar por alto esa lección y ser uno de los contadores de historias.

Este hombre de las dos brasas de profundidad, fue hábil en lograr interesantes epigramas, o composiciones de pensamientos ingeniosos y satíricos. La destreza y la enorme producción hicieron que muchos críticos lo compararán con el genio de Marco Valerio Marcial, solo que los epigramas de Twain rebosan de sátira y humorismo destinados a mostrar la hipocresía, la mentira, la superchería como forma de los defectos de la vida. Aquí algunos de sus mejores epigramas:

Es mejor mantener la boca cerrada y parecer estúpido, que abrirla y confirmarlo.
Una media verdad es la más cobarde de las mentiras.
Todo el mundo es como la luna: tiene un lado oscuro que no muestra a nadie.
El problema no está en morir por un amigo, sino en la búsqueda de un a amigo por el cual valga la pena morir.
Pocas cosas son más difíciles de soportar que la molestia de un buen ejemplo.
Nunca discutas con gente estúpida, te arrastrarán a su nivel y entonces te ganarán con su experiencia.
Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que han sido engañadas.
Nunca permití que la escuela entorpeciera mi educación.
El banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover.
Si no lees periódico, estás mal informado. Si lees el periódico, estás mal informado.
Nunca le digas la verdad a la gente que no es digna de ella.
Todo lo que necesitas en esta vida es ignorancia y confianza, entonces el éxito está asegurado.
Si tomas un perro hambriento y lo haces próspero, no te morderá. Esta es la principal diferencia entre un perro y un hombre.
He vivido algunas cosas terribles en mi vida, muchas de las cuales nunca ocurrieron.
De todas las criaturas de Dios solo hay uno que no puede hacerse esclavo de la correa. Ese es el gato. Si el hombre pudiera cruzarse con el gato, mejoraría el hombre, pero se deterioraría el gato.
Una conciencia clara es la señal segura de una mala memoria.
Cualquier emoción, si es sincera, es involuntaria.
La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena, que a cualquier cosa sobre la que se vierta.
La peor soledad es no estar a gusto con uno mismo.
Dios creó la guerra para que los estadounidenses aprendieran geografía.
La lealtad al país siempre. la lealtad al gobierno, cuando lo merece.
Las arrugas se limitan a indicar dónde estaban las sonrisas.

A diferencia de Poe, de Melville, de Hawthorne y de Emily Dickinson, Mark Twain acarició en vida el éxito y la fama. Era una celebridad que ni los americanos ni el mundo estaban preparados para permitir que se extinguiera, pero como muchas veces el futuro no depende de nosotros, tampoco Twain pudo planear los días por venir de su país. Se estaba haciendo viejo y la guerra había transformado la sociedad, la frontera había desaparecido llevándose con ella su cosmos, y las fuentes inspiradoras de su arte, enterrando el heroísmo, el coraje y el individualismo, y en adelante solo fue festejado como el cantor de un mundo y una época eclipsada por la modernidad. Twain observó ese nuevo tiempo y no pudo dejar de presentir los nuevos conflictos que se abovedaban sobre la vida de los norteamericanos, y entonces le sobrevino la depresión, se dejó arrinconar por la realidad y la desolación de Norteamérica, de alguna manera presintió esa tierra baldía que años después nos refiriera T.S. Eliot y se dedicó a vivir la ancianidad como un iluminado de la literatura pasada.

En 1901, recibió el título de Doctor por la Universidad de Yale y en 1907, la Universidad de Oxford lo vistió con la toga, graduándolo como Doctor de Literatura honorario de esa prestigiosa institución. Aun así, era inevitable que le sobreviniera la depresión, se dejó mermar por la realidad y la desolación de su país y se dedicó a vivir la ancianidad como un héroe iluminado de la literatura. Se dice que se paseaba por las calles de Nueva York, como una celebridad vestido de blanco. Murió en 1910. Norteamérica e Inglaterra lo despidieron con llanto, su historia se comentó en el orbe entero del habla inglesa porque sintieron que habían perdido a un dios, al hombre más querido, al bufón más histriónico que la literatura jamás ha producido. Le guardaron luto, lo publicaron con honores, el novelista británico Sir Walter Besan lo comparó con Cervantes, Moliere y Swift y la posteridad se encargó de elevarlo al cielo de los poetas, al lado de Walt Whitma y Emily Dickinson.

La vida en el río Misisipi de Mark Twain.
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