Como polvo en el viento
Título de la novela: Como polvo en el viento
Autor: Leonardo Padura
TusQuets Editores, 2020
669 páginas

Foto: https://cutt.ly/3k50nnx
Hacia el final de la década de los años setenta del siglo XX, el poeta y músico estadounidense Kerry Allen Livgren, estremeció al mundo del rock y a los lectores de poesía con su mejor composición musical, titulada Dust in the wind (polvo en el viento).
La canción, dueña de una fina lírica afincada en el melancólico violín de Robby Steinhardt, haciendo dúo con la voz de Steve Walsh, y acompañada con los preciosistas arpegios de las guitarras de la banda Kansas, triunfa por la unidad que Kerry Allen logró entre la música y una letra que habla sobre la condición efímera de nuestros sueños y de nuestra vida: I close my eyes/ only for a moment/ and the moment gone/ all my dreams/ pass before my eyes, a curiosity/ Dust in the wind/ all they are is dust in the wind (cierro mis ojos/ solo un momento/ y el momento pasa/ todos mis sueños pasan por delante de mis ojos/ una curiosidad/ polvo en el viento/ todo lo que son mis sueños/ es polvo en el viento).
El concepto de que nuestros sueños y nuestra vida son polvo en el viento, era quizás un tardío influjo retomado por Kerry de la ideología de los poetas de la generación beat, quienes años atrás habían pregonado en su fe poética el incierto destino del ser, como lo dice el poema – canción de Bob Dylan, Like Rolling Stone (como una piedra rodadora).
Cuarenta años después, esta idea la vuelve a retomar el escritor habanero Leonardo Padura para profundizar en el tema de su última y voluminosa novela de 669 páginas, titulada, “Como polvo en el viento”. Padura, con una sintaxis diáfana y de excelente ritmo, espontánea, accesible al lector, vincula a su invención novelística el mensaje de la canción mediante una de sus artes más poderosas: la evocación.
La historia inicia con la narración de la vida de Adela Fitzberg, una joven neoyorquina, hija de un sicoanalista argentino, de ascendencia judía. El narrador, siempre en tercera persona, tiene el mismo tono del narrador de su mejor novela: El hombre que amaba los perros. En un tono confidencial y elocuente, logra hacernos sentir que nos está contando la historia solo a cada uno de nosotros, nos relata las largas y continuas discusiones que Adela sostiene con Loreta, su madre, de origen cubano, quien se opone a la relación que su hija ha entablado con Marcos Martínez Chaple, (el Lince) un joven habanero recién recalado en Estados Unidos. Loreta desea advertir a su hija el desatino que está cometiendo al relacionarse con el destino de Marcos, pero la intensidad de la seducción que Marcos ejerce sobre Adela es tan fuerte, que ella acepta dejar New York y trasladarse a Miami, al deprimido gueto de Hialeah.
El tiempo histórico de la novela, que en este caso es el mismo tiempo literario, inicia en 1914. Padura, hábil narrador, lo delata con una frase exigida por la historia de amor de la pareja: “A partir de la conmoción hormonal del 18 de agosto de 2014, Adela y Marcos empezaron a hacer el amor como desesperados”.
He de confesar que las primeras ochenta páginas pueden incitar al acucioso lector que busca giros dramáticos a abandonar la obra, no al lector estudioso, que busca las causalidades del arte. Puede incitar al abandono de la lectura debido a la proliferación de situaciones casi innecesarias de la vida conyugal de la pareja, pero, en la página ochenta y dos, en una escena de realismo cotidiano, la novela se convulsiona, hace un giro literario de 360 grados, y como por arte de prestidigitación, el arte dramático entra en escena y Padura muestra por qué es uno de los más prestigiosos narradores de la literatura universal.
La escena sucede una noche en que Marcos chequeaba su Facebook, buscando comunicarse con Clara, su madre, quien, como portada de su muro, había ilustrado con una imagen de la casa cubana en Fontamar, y, una vieja foto de 1990, donde posa con su grupo de amigos al que llamaban el Clan.
Mientras marcos manipula su computadora, Adela alcanza a observar la foto, y entre los personajes del Clan, detiene la mirada en una joven embarazada. Marcos le dice que se llama Elisa Correa, y Adela descubre que es su madre, Loreta, y que la criatura que está pronto a nacer es ella.
Como en las obras Shakespeare, donde un pañuelo o un anillo son el motor para convulsionar lo dramático, la foto de Padura nos remite, por efectos de la analepsis, al pasado, a la historia de cada uno de los personajes del Clan. Nos atrapa porque nadie como él es tan hábil para construir mediante la evocación, la arquitectura del relato.
Una de las virtudes de esta novela, está, en lograr mediante la voz de los personajes, que todas las escenas tengan una pátina temporal ligada al pasado; su técnica es tan depurada, que no hay una sola escena experimental, ni artificios literarios engañosos, cuando vincula dramas humanos con la historia universal, en este caso la historia de su Cuba natal. Otra, es hacer que a medida que el lector avanza en sus páginas, se pregunte cómo se unirán el pasado y el presente, y cómo afectará este lejano pasado el destino de Adela. La tercera, tal vez de carácter moral, donde no hay una sola página indigna de Padura, está, en que la trama no precisa de la aprobación de la historia.
No está por demás agregar que, en esta novela de tramas, donde los personajes del Clan ven desaparecer sus sueños como polvo en el viento, no hay un ostentoso pesimismo y no supera en complejidad ni en invención literaria a El hombre que amaba los perros y tampoco a La neblina del ayer. Que la estructura no lineal del relato utilizada una y otra vez por el ingenio y talento de Padura, parece decirnos que aún el arte de la novela no ha logrado superar las intrincadas propuestas de Joyce, Faulkner y Rulfo y que estamos destinados a repetir las estructuras de siempre.
Por último, deseo recordar al lector, que no basta con leer estas historias sin pensar, que inmerso en una casa habanera hasta donde llega la brisa marina, hay un hombre fantástico, meditabundo, rodeado de libros, acechado por contradicciones políticas, corpulento, con una cabeza calva poblada de sueños que con obstinación cada tres o cuatro años, tiene la delicadeza de compartirlos, con nosotros, sus lectores, para que no sean polvo en el viento.

Foto: https://lecturafilia.com/2015/07/07/pasado-perfecto-pasado-imperfecto/libros_padura_princesasturias/



