¿Barrio? No, vereda La Sirena
La vereda La Sirena evidencia un prematuro envejecimiento. Proceso que inicia desde los setenta con la apertura que se da en el territorio. Ya solo queda describir las causas que ocasionaron su evidente deterioro, entre ellas el abandono estatal y el poco respeto hacia los recursos naturales.
Por: Andrea del Mar Gómez
Estudiante de Estudios Políticos

Aún no logro comprender cómo ese lugar de casas apeñuscadas y a medio hacer, carretera destrozada, con uno que otro rostro miserable, un día fue un valle cruzado por un río de aguas diáfanas, donde hace algunas décadas las familias de Cali pasaban sus fines de semana. Estaba en la escuela Santa Luisa- única escuela pública en la vereda- la primera vez que escuché sobre los años mozos de La Sirena. El profesor Fabio nos decía que la gente se bañaba en el ahora sucio río Cañaveralejo. No podía creerlo. En aquella época como legado de protección del ELN se podía sentir al menos tranquilidad, pero como si el territorio tuviera una enfermedad degenerativa, problemas de drogadicción y pandillas empezaron a sumarse a la decadencia del lugar.
Hacia 1936, cuando el territorio era fértil y verde, La sirena era una sola y legendaria hacienda llamada San Antonio, bautizada así por su propietario Jorge Luis Vargas, dueño de otras cien haciendas
El ocaso del pasado
Hacia 1936, cuando el territorio era fértil y verde, La sirena era una sola y legendaria hacienda llamada San Antonio, bautizada así por su propietario Jorge Luis Vargas, dueño de otras cien haciendas. En uno de sus tantos negocios la hacienda pasó a ser de Pacífico Cubillos, quien vendió unas cuantas hectáreas a los primeros vecinos de la zona. En los años 50 uno de los fundadores del sector, Luis Carlos Cubillos Villamarín, construyó el balneario al que le debe el nombre la vereda. El balneario la Sirena tuvo mucho éxito, tanto que sus rincones se llenaban con personas de todas las clases sociales.

Sus habitantes más antiguos vivenciaron el extraño proceso de población de la zona. Al morir el señor Pacifico, sus dos hijos Memo y Alfredo Cubillos venden y canjean los lotes a veces hasta por licor. Pero como cuando él ya murió, entonces los hijos empezaron a lotiar, a vender por pedazos. Y ellos no hicieron escritura. Tenemos es lote de compraventa, manifiesta Aura Rosa Muñoz. Aún en la memoria de la gente está la imagen de Alfredo Cubillo, loteando la herencia familiar. Doña Aura describe con mucha lucidez lo que encontró al llegar en el 70 con su hijo de dos años. No había sino siete casas que era: Villa Martha, estaba naciendo la escuela, estaba La sirena (balneario), estaba la ferretería, estaba la casa de los Calvos, estaba Santos Egred. Ricardo Echeverry estaba por la subidita de donde Rosa.
Muchas de las casas fueron construidas en las riveras del rio Cañaveralejo y una a una desaguaron sus residuos en él. En 1978, cuando se volvió imposible recolectar agua limpia de fuentes cercanas -ya que la sobrepoblación, su indiferencia para con la naturaleza y el abandono estatal fueron factores que incidieron en la contaminación de los ríos próximos- se empezó la construcción del acueducto en cabeza de la Junta de Acción Comunal
En la altura de su corredor, Manuel Antonio Pastusano sentado eternamente al lado de su esposa Filonila Marmol, relata con voz senil y lagunas en su memoria, cómo desde su pequeña casa- donde toda la vida compré helados caseros de agua- observó la juventud de la vereda y los múltiples cambios que trae consigo el tiempo; Llegue aquí cuando llevaba, ocho, diez años de fundado. Llegamos aquí en el 79. Con su dedo señala el lugar de los dos hogares que recuerda estaban ya en la vereda, Napo era quien vivía más cerca de aquí, y por acá arriba doña Carmen de Trejos. Con la dificultad que se evidencia en su rostro, concluye el listado de los vecinos con un había muy poquita gente aquí. Ya con más fluidez, en medio de la charla y del derretir del helado, confirma que la escuela estaba cuando ellos llegaron y que la iglesia hace veinte años se empezó a construir en un lote comprado por la comunidad. Un piso de tierra, algunas guaduas y un techo de lámina sirvieron a los vecinos de refugio espiritual. Finaliza con un dato, allí donde Pablo, donde venden pollo, allí era una caseta que tenían, pero de baile. Salían a bailar sábados y domingos, rememora y reconstruye en su memoria la discoteca pionera de los muchos bares del sector que intentan hoy en día copiar su éxito.

Abastecimiento de agua
El asentamiento en el sector se dio en el año 1970. Se tomaba agua del rio Cañaveralejo, de la quebrada Gañinazal y las Tres R. Las redes eran de manguera de polietileno y estaban colgadas de los postes, describe José Noé García, que, pese a no vivir en esa época en La Sirena, su buena gestión durante los 17 años que trabajó en el acueducto lo condujeron a conocer la historia de memoria; Fui presidente del acueducto por tres periodos consecutivos.
Muchas de las casas fueron construidas en las riveras del rio Cañaveralejo y una a una desaguaron sus residuos en él. En 1978, cuando se volvió imposible recolectar agua limpia de fuentes cercanas -ya que la sobrepoblación, su indiferencia para con la naturaleza y el abandono estatal fueron factores que incidieron en la contaminación de los ríos próximos- se empezó la construcción del acueducto en cabeza de la Junta de Acción Comunal. Hombres y mujeres de todos los hogares debían trabajar en su construcción. Los domingos en mingas desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, se jalaban y enterraban mangueras de la quebrada de Paminondas hasta La Sirena.
Durante seis años se mantuvo ese sistema artesanal de acueducto, hasta que en 1984 la comunidad recibió apoyo del Instituto de Investigación y Desarrollo en Agua Potable, Saneamiento Básico y Conservación del Recurso Hídrico, (CINARA) de La Universidad del Valle. Se reemplazaron las mangueras por tubería de PVC y se construyó la planta con un sofisticado sistema de filtración lenta en arena.
En esos años la administración del acueducto estuvo a cargo de la Junta de Acción comunal, hasta que en 1998, como dicen algunos, los malos manejos económicos de la presidenta Fabiola Gómez de Manzano hizo necesario la conformación de la Junta Administradora del Acueducto junto con sus estatutos.
Como en muchas otras zonas periféricas del país, a solo 3 km de la Plaza de toros el Estado no tenía presencia. Fue entonces cuando a mediados de los 90 el ELN ocupó ese vacío. Para muchos su presencia no era notoria, ya que la interacción con la comunidad trataba de pasar desapercibida
El Estado
Como en muchas otras zonas periféricas del país, a solo 3 km de la Plaza de toros el Estado no tenía presencia. Fue entonces cuando a mediados de los 90 el ELN ocupó ese vacío. Para muchos su presencia no era notoria, ya que la interacción con la comunidad trataba de pasar desapercibida. Sin embargo, su severidad en la mediación de conflictos se hacía evidente con alguna muerte. Su breve mandato duraría diez años. El Estado saco al ELN de los Farallones en el dos mil, a raíz de lo que paso en la María y el Dieciocho. A ellos lo sacaron de los Farallones, se replegaron en el Cauca, allá en la bota Caucana, explica Raúl Gómez, quien fue durante mucho tiempo líder social en la vereda.
El Estado, con su torpe y destructiva política, fijó su intermitente atención en la vereda en el año 2003. Realizó su contundente aparición en la madrugada apresando como cuota de los falsos positivos a cuatro habitantes de la vereda. Ya no quedaba duda de su presencia. Para muchos, ese momento se sumó al deterioro del lugar. Ya no quedó el ELN, quedó fue el mito. Quedó el mito operando como hasta el 2003. De ahí se fue el mito y La Sirena se volvió un despelote. Entró la policía y se acabó La Sirena, comentan vecinos que extrañan la perdida tranquilidad.

Hoy en día
De sus ya exhaustas luchas, solo queda el anhelo de que la vereda sea considerada un corregimiento. Proyecto que fue emprendido por muchos de sus líderes sociales, mientras La Sirena saltaba de comunas a corregimientos. En algún tiempo fue parte de la comuna veinte, de la diecinueve y hasta de Villa Carmelo. Con cerca de seis mil habitantes y 443.34 hectáreas, La Sirena hoy en día es considerada una vereda del corregimiento la Buitrera.
Así que La Sirena fue alguna vez un hermoso paisaje. Lugar de ocio para la Ciudad. Sitio idóneo para que muchas familias convivieran. Su tierra alentó la lucha de muchas personas que participaron activamente en su construcción. Pero también acogió sin recelo manos demoledoras.
Hoy en día no queda nada de su antiguo esplendor. Con sus calles como solo la corrupción de este país las sabe pavimentar. Un puente, no más triste que el rio que lo cruza, al que muchos llaman Cañoveralejo. Puestos de comidas que tapan los espacios del peatón, ferreterías, cacharritos, una escuela que se quedó pequeña, un pequeño colegio que reemplazó al famoso balneario. La Sirena da la bienvenida con una portada que ya no cautiva a nadie.



