Entrevista

“América Latina goza de buena salud intelectual en cuanto al pensamiento literario”: Norma Angélica Cuevas Velasco

Con el objetivo de profundizar en el vasto tema de la teoría literaria, La Palabra ha dialogado con la Dra. Norma Angélica Cuevas Velasco, Directora del Instituto de Investigaciones Lingüístico Literarias de la Universidad Veracruzana, en México. La Dra. Cuevas Velasco obtuvo en 2004 el premio de la Academia Mexicana de Ciencias a las Mejores Tesis de Doctorado en el área de Humanidades con un proyecto titulado: El espacio poético en la narrativa. De los aportes de Maurice Blanchot a la teoría literaria y de algunas afinidades con la escritura de Salvador Elizondo.

Por: Alejandro Alzate

Norma Angélica Cuevas Velasco, directora del Instituto de Investigaciones Lingüístico Literarias de la Universidad Veracruzana (México).
Foto: uv.mx

En su libro Una introducción a la teoría literaria, Terry Eagleton plantea que Northrop Frye consideraba que la crítica de finales de la década del 50 “se hallaba en un estado de lamentable desbarajuste que nada tenía de científico y que necesitaba ser cuidadosamente puesta en orden. Había tantos juicios de valor subjetivos como garrulería ociosa, y, por consiguiente, se necesitaba con urgencia la disciplina de un sistema objetivo». ¿Cree usted que el carácter científico debe ser una condición inherente y fundamental de la teoría literaria?

Mientras convengamos en reconocer el estatuto teórico de las ideas en torno al estudio de la literatura, independientemente del objetivo que busquen alcanzar, nos apartamos de la pretensión científica. La porosidad de los discursos humanísticos es parte de su riqueza y pretender fijar verdades de carácter científico es una forma de limitarlos a una visión determinada. La ciencia no es la única forma de generar conocimiento ni de validarlo en el decurso de la historia, sin embargo, creo comprender la intención de su pregunta dado el contexto en que la ubica y la referencia directa que hace a un teórico literario. Generar un sistema de pensamiento lógico, procurar argumentos elaborados con hilos entresacados del tejido textual, de la obra que nos interesa comprender, nos ha conducido a un trabajo crítico que se apoya en conceptos teóricos que, cuando se han comprendido en su funcionalidad y alcance, arrojan luz; mientras el discurso teórico literario vaya por un lado y la obra por otro, lo que hay es oscuridad. La teoría literaria debe ser coherente con el objetivo que se plantea, debe ser lo suficientemente amplia para atender la mayor diversidad posible de obras y, en el en el mejor de los casos, debe ser simple, clara. Por eso es que, para mí, no hay mejor teórico que el crítico que ha identificado lo que no ha sido dicho y se empeña en expresarlo dando lugar a un pensamiento literario lo suficientemente valioso como para extraer de él un discurso teórico. No al revés.

¿La pretensión de cientificidad de la teoría literaria podría asumirse como una suerte de complejo ante las metodologías usadas por las denominadas ciencias exactas?

No lo diría así. No se trata de un complejo, pero sí de una irresponsabilidad de acción ante la imposición de un sistema de pensamiento que no cabe en los cajones en que le han acomodado. La confusión más grande a que ha dado lugar esta simulación es la de pretender que el uso de un metalenguaje especializado es igual a hacer ciencia.  

La Nueva Crítica no riñó con el carácter cognoscitivo de la literatura; es más, asumía que mediante ella se podían conocer ciertos aspectos del mundo. En contraposición a esto, Frye consideraba que la literatura era cerrada en sí, algo alejado de cualquier referencia por fuera de ella. ¿Cuál es su posición en relación con estas dos posturas?

Toda postura responde a un contexto histórico, político, ideológico y cultural, a fin de cuentas. Si una teoría se plantea el estudio de la literatura en sí misma, hay que preguntarse por las condiciones cultuales que condujeron a esa urgencia de borrar los anclajes con el mundo de la vida, seguramente detrás de esa decisión hay una visión del mundo y un rechazo o aceptación de algo. Nada es ingenuo o inocente, y las decisiones extremas responden a razones que quizá nos amplíen aquello que se presenta como cerrado.

Nada está fuera del mundo ni se sustrae a lo que somos. Leemos desde un lugar en el mundo y ese lugar implica compromiso estético y ético. Leer y difundir un modo de leer es, no lo olvidemos, un modo de hacer política.

La porosidad de los discursos humanísticos es parte de su riqueza y pretender fijar verdades de carácter científico es una forma de limitarlos a una visión determinada. La ciencia no es la única forma de generar conocimiento ni de validarlo en el decurso de la historia…

Desde su perspectiva, ¿por qué el lenguaje desplazó, para los estructuralistas, la historia y el humanismo como elementos constituyentes de la teoría literaria?

Este es un tema para recuperar más de un siglo de discusiones en torno a la literatura. Únicamente me voy a atrever a señalar un asunto. El estructuralismo centra su atención, predominantemente, en el relato, en la acción, y lo hace así teniendo presente la máxima aristotélica de la mimesis como representación de la acción humana, luego entonces, la teoría estructuralista no se cerró, la cuadratura viene del deseo por traducirlo todo a una metodología con encuadres fijos. Que las propuestas de método y el uso como material de apoyo para el análisis de las obras con base en la cuadratura de estas metodologías hayan dominado la formación disciplinaria en la Academia durante casi todo el siglo XX, no quiere decir que el pensamiento estructuralista dejara a un lado la historia o el humanismo todo. No debemos confundir el discurso teórico con las metodologías que se generan a partir de ese discurso. Lo grave, además, es haber creído o seguir creyendo que el análisis estructural de una obra es igual a su comprensión, a su interpretación en el aquí y el ahora de que se trate.

Desde su perspectiva, ¿qué debe primar para la construcción de una teoría literaria: lo ideológico o lo lingüístico?

Lo único importante debe ser la obra literaria.

La sociocrítica reconoce lo social en el texto  y no rechaza al sujeto como lo hicieron los estructuralistas. ¿Reconoce usted algún valor o progreso en esto?

En los estudios literarios, como en la vida, todo suma. La exigencia es detenerse a pensar en la pertinencia de incorporar o rechazar algo según los objetivos y las metas que se busquen. Si se es congruente, el debate será enriquecedor; de lo contrario, caemos en una alharaca disfrazada de diálogo.

A la luz de lo planteado en las preguntas anteriores, ¿cómo se relaciona, hoy por hoy, América Latina con la teoría literaria gestada en Europa y Norteamérica?

El diálogo continental y el diálogo transatlántico han sido fructíferos de ida y vuelta. Hoy, las tecnologías de la información y de la comunicación imprimen velocidad al intercambio de ideas. América Latina goza de buena salud intelectual en cuanto al pensamiento literario: recuperamos la tradición, generamos la nuestra. Nos movemos con soltura entre lo propio y lo ajeno.

¿Existe, hoy por hoy, una teoría literaria hecha o pensada desde América Latina que obedezca a parámetros conceptuales propios?

Vivimos un mundo globalizado. América Latina no es una isla. Nos pensamos y nos ponemos en relación con los demás, con todo. Hoy es urgente actuar en consciencia de la diferencia: somos una América Latina heterogénea. Hay que hablar nuevamente, siempre, de las Américas.

Desde su perspectiva, ¿cuáles son los nuevos intereses de la teoría literaria?

Los intereses de la teoría literaria son los mismos de siempre: comprender el acontecer de la obra literaria. Los intereses de la academia, de las instituciones, del mercado, ese es otro cantar.

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