Ekelequa: testimonio de identidad y resistencia a través del jazz
Por: Mariana López Valenzuela
Estudiante de Español y Filología, Univalle

Foto: @leodelaparca
Se dice que la música alimenta el alma y nos ayuda a tener equilibrio. La melodía, el ritmo, el tono y las letras de las canciones pueden ser la inspiración y refugio de muchas personas que se identifican con el mensaje que transmiten. Algunas personas nacen con talentos y otras tienen que trabajar para desarrollarlos; el caso de Raúl Rizo fue un punto intermedio: nació con el don de una voz hipnotizante y trabajó mucho para desarrollar la habilidad que tiene con los instrumentos, como los tambores batá. Los primeros acercamientos con la música fueron desde su cuna, en la cual escuchaba la melodiosa voz de su madre, quien tenía una voz digna de una gran cantante, pero fue forzada a guardar esa voz para sus hijos, porque la sociedad en ese momento no toleraba que una negra cantara a la luz del público; por ello, la dejaban detrás del telón mientras la blanca salía delante. Además, al crecer en el barrio Cayó Hueso de La Habana (Cuba), Raúl Rizo fue testigo del crecimiento de varios músicos, como Chano Pozo y Pedrito Martínez, referentes que, a través de su música, dan a conocer al mundo la cultura cubana, llena de sabor y alegría.
A los siete años, su madre le hizo la gran pregunta: “¿Quieres estudiar música?”. Él respondió negativamente, ya que su pasión por la música no fue amor a primera vista, porque creció viendo cómo su hermano mayor sacrificaba el tiempo del juego por el estudio de la música. No cualquiera puede tener la dedicación y disciplina para estudiar música; es por ello que, cuando lo castigaban en su casa, las palmas de sus manos se convertían en el metrónomo de su hermano mayor. Entonces, de forma inconsciente, fue teniendo un mayor acercamiento a la música, y esa molestia inicial por su castigo se fue convirtiendo en entusiasmo de forma natural, aprendiendo y sintiendo una conexión con ella. Comenzó a estudiar formalmente en el internado en 2006, cuando tenía 16 años, donde formó amistades que, al día de hoy, siguen vigentes. Gracias a esas amistades creció musicalmente y, en 2012, obtuvo el título de Licenciado en Educación Musical.
Algunas personas nacen con talentos y otras tienen que trabajar para desarrollarlos; el caso de Raúl Rizo fue un punto intermedio: nació con el don de una voz hipnotizante y trabajó mucho para desarrollar la habilidad que tiene con los instrumentos, como los tambores batá.
Una noche, mientras tocaba, le llegó una invitación que sería el inicio de muchos viajes. La cantante cubana Laritza Bacallao lo invitó a su gira en Brasil. A pesar de no tener un buen acceso a la información por falta de internet, había escuchado que los instrumentos de percusión tenían una gran presencia en la música del país sudamericano, y eso lo emocionó mucho. Durante las dos semanas de gira pudo experimentar un remolino de emociones y quedó admirado al observar cómo valoraban y escuchaban la música local con alegría y disfrute; los músicos podían vivir realmente haciendo lo que amaban. La música toca sentimientos, y, a pesar de que no entendía el idioma, sabía que lo que estaban tocando era pura alegría. Aún tiene el deseo de visitar esa tierra nuevamente. Aunque no sabía el idioma, Raúl Rizo entendía el sentimiento que transmitían sus canciones. Fue su primera gira fuera del país y coincidió con su cumpleaños; dio todo de sí. Después realizó una gira por Europa, durante la cual vivió diversas hazañas y experimentó sentimientos encontrados. En esos momentos reflexionó sobre todo su recorrido hasta llegar a ese preciso instante. Al contemplar un paisaje en Suiza, que antes solo podía admirar a través de cuadros en su país, recordó cómo las barreras del idioma casi lo hacen perder un vuelo. Sin embargo, contemplar esas montañas y valles en persona despertó una sensación completamente distinta, una mezcla de plenitud y felicidad. Fue en ese momento cuando las dificultades del viaje quedaron en segundo plano, permitiéndose disfrutar y valorar todo. Gracias a esas experiencias se transformó en un maestro de la teletransportación de hoy en día. Además de ser una persona auténtica, alegre, orgullosa de sus raíces y ancestros africanos, es un contador de historias y conecta con su público, algo que no cualquiera hace.

Después de compartir escenario con personalidades como el reconocido guitarrista Slash, la cantante cubana Laritza Bacallao, el saxofonista estadounidense Victor Goines y el trompetista estadounidense Wynton Marsalis, entre otras personalidades, aprendió muchas cosas. Al terminar su gira por Estados Unidos decidió formar su propio proyecto, quería realizar algo diferente y crear su propio ritmo. Lastimosamente, en la mayoría de los casos, los músicos no tienen una buena remuneración económica, algo que no está alejado de la realidad de los músicos caleños. Su proyecto lo llamó Ekelequa, y lo inició junto a sus dos grandes amigos.
Hace poco tuve la fortuna de ver a Ekelequa en vivo. Al final del concierto, mientras el último acorde se desvanecía en el aire, sentí que algo en mí había cambiado. Ellos no solo habían interpretado jazz; lo vivieron, lo transmitieron, y nos hicieron parte de su legado. Esta experiencia en vivo sucedió en el Festival Ajazzgo, un escenario que parecía hecho a la medida de su energía y pasión. Fue allí donde entendí que el jazz es mucho más que un género musical: es una forma de conectar con el pasado, de narrar historias y de expresar emociones que trascienden el tiempo.
Mientras salía del recinto, aún con los ecos de sus melodías grabados en mi mente, reflexioné sobre la fuerza de su mensaje. Cada canción no solo era una obra musical, sino un testimonio de identidad y resistencia, un recordatorio de que la música tiene el poder de preservar lo que somos y de dejar huellas profundas.



