Entrevista

“Realismo Atroz”: álbum familiar de La Violencia en Colombia

Alberto Valencia Gutiérrez, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle, nos habla en esta entrevista, a propósito de la exposición que se exhibe en la Biblioteca Mario Carvajal titulada “Realismo Atroz”, sobre un fenómeno que parece estar enquistado en la historia de Colombia: la violencia.

Por: Alejandro Alzate

Una de las fotos de la exposición “Realismo Atroz”, exhibida en la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle. Foto: La Palabra.
Una de las fotos de la exposición “Realismo Atroz”, exhibida en la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle.
Foto: La Palabra.

Alejando Alzate (AA): El Frente Nacional fue un proyecto político fallido. Con su implementación se instó – y obligó- a no hablar sobre la Violencia en Colombia. El Padre Germán Guzmán Campos contrarió el sistema y habló. ¿Qué valor tiene para usted su libro La violencia en Colombia?

Alberto Valencia Gutiérrez (AVG): El Frente Nacional no puede ser considerado de manera simple como un proyecto político fallido. El asunto es más complejo. De hecho, logró detener para siempre el enfrentamiento entre liberales y conservadores. El problema es que lo hizo a un elevado costo. Cerró las posibilidades de participación política a grupos distintos a los partidos tradicionales. Y se podría decir que, por esta vía, “congeló” el ejercicio de la política durante 16 años. Durante los años 1960, el país entró en un proceso de modernización, volvieron a aparecer los conflictos sociales y se presentó la gran “revolución cultural”; una revolución silenciosa, como son las verdaderas revoluciones. Y la fórmula política del Frente Nacional no estuvo a la altura de las nuevas circunstancias.

Durante los primeros cuatro años del Pacto se mantuvo una tensión entre una política de rehabilitación y una política de pacificación para las zonas donde aún había violencia, pero en 1962, con el presidente Guillermo León Valencia, la pacificación ahogó la rehabilitación. Y este fue un factor muy grave para que la violencia continuara. Los bombardeos a las llamadas “repúblicas independientes” fueron un acto supremo de intolerancia y de tratamiento inadecuado de un conflicto.

El Frente Nacional también se montó sobre la base de la impunidad frente a lo sucedido en los años 1950, durante los cuales las élites políticas tuvieron una gran responsabilidad en la promoción de los enfrentamientos entre los partidos, con algunas excepciones notables. Se podría decir que su política fue buscar la forma de “hacer ininteligible para las nuevas generaciones” lo sucedido durante esa época. Allí se inscribe, entonces, el significado de libro La violencia en Colombia, que fue un libro que habló de lo que no se debía hablar y, por consiguiente, se convirtió en una transgresión del pacto político, proveniente de sectores académicos, pero con una participación muy notable del presidente Alberto Lleras Camargo, el gran ideador del Frente Nacional. Aunque parezca paradójico, Lleras Camargo tenía un gran interés en que este país entendiera lo que había sucedido.

(AA): Las fotografías de la exposición dan cuenta de una violencia bárbara, animal y mezquina. Desde su perspectiva, ¿seguimos en la premodernidad espiritual y política en Colombia?

(AVG): No sé si podamos hablar de una “premodernidad espiritual y política”, porque formas extremas de violencia muy similares estamos viendo hoy en día, en lo que algunos denominan “posmodernidad”. Lo que sí es cierto es que el “crimen atroz” sigue siendo una constante en la vida política colombiana. Y no solo en la vida política. La violencia en Colombia no es simplemente de carácter instrumental. Entiendo por carácter instrumental un acto de violencia que se promueve para obtener un fin, de tal manera que, si el fin se puede obtener sin violencia, por otra vía, no se opta por ella. La violencia colombiana de ayer y de hoy tiene un carácter expresivo; es decir, el asesinato del adversario se convierte en un fin en sí mismo: despedazamiento del cuerpo, rituales para hacer sufrir a la víctima, crímenes sexuales de toda índole, ultrajes de todo tipo, etc. Ahí tenemos las violencias que suceden en la vida cotidiana, por parte de autores individuales, de la delincuencia común, del narcotráfico, de los grupos armados sin excepción alguna. La antología del horror es nuestro aporte a la “historia universal de la infamia”.

El Frente Nacional no puede ser considerado de manera simple como un proyecto político fallido. El asunto es más complejo. De hecho, logró detener para siempre el enfrentamiento entre liberales y conservadores. El problema es que lo hizo a un elevado costo.

(AA): En una carta dirigida a Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes señalaba que “no sabemos nada en América Latina, estamos en la fosa, todo es repetir las más viejas y enterradas ideas”. ¿Cree usted que la continuación de la violencia y la barbarie en Colombia ratifican lo dicho por el escritor mexicano?

(AVG): La representación común que se tiene de la violencia en este país es que se trata de la eterna repetición de lo mismo. Ahora que mencionas a Gabriel García Márquez, habría que decir que Cien años de soledad, el “poema épico” que mejor describe nuestra idiosincrasia, es un verdadero “canto a la desesperanza”. La desaparición de Macondo, que en la última página del libro es arrasada por una nube de polvo, es algo que estaba previsto en los pergaminos de Melquiades desde el principio. El día cuando estos fueran descifrados, llegaría el apocalipsis y el pueblo desaparecería de la “memoria de los hombres”, como efectivamente ocurrió. Un sociólogo tan importante como Orlando Fals Borda dice, en un prólogo al libro La violencia en Colombia, que la violencia es como una especie de “hidra de siete cabezas”, que viene y se va de manera periódica. Los relatos de Alfredo Molano corroboran que para el campesino la violencia es algo que llegó sin que él se diera cuenta y apareció de un día para otro debajo de la almohada. Los relatos de los desplazados de los años 1990 o 2000 corroboran este tipo de representación: de un momento a otro se encuentran en otro sitio y no saben qué fue lo que pasó. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta representación imaginaria de la violencia es algo que se debe poner en cuestión para construir un verdadero relato donde haya intereses concretos, autores definidos, temporalidades precisas, es decir, donde se elabore el verdadero significado de lo sucedido, más allá de esa “memoria mítica”.

Alberto Valencia Gutiérrez, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle. Foto: La Palabra.
Alberto Valencia Gutiérrez, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle.
Foto: La Palabra.

(AA): ¿Qué sentido tiene hoy exponer fotos de hace sesenta años? ¿Para qué? ¿Cuál es el objetivo? ¿Hay una suerte de interés pedagógico?

(AVG): La exposición de fotos de hace más de sesenta años tiene, efectivamente, un sentido pedagógico, como tu bien lo dices. Este objetivo se puede definir en dos aspectos. En primer lugar, en un nivel primario, perceptivo, emotivo; se trata de reavivar en el espectador la indignación frente a lo sucedido. Partimos de la idea de que las emociones son primarias con respecto a la manera como se racionalizan los sucesos. Hemos perdido la sensibilidad frente a los hechos atroces que hemos vivido. Y se trata de ir en contravía con esta tendencia. Muchas de las personas que han visitado la exposición nos deja mensajes en un cuaderno y corroboran que este objetivo lo hemos logrado. El visitante de la exposición no sale muy reconfortado. Pero tenemos antecedentes. Francisco de Goya pintó “Los desastres de la guerra” durante la invasión napoleónica a España a comienzos del siglo XIX, y sus grabados han quedado como testimonio. Mucha gente visita, hoy en día, los restos del campo de concentración nazi de Auschwitz, donde murieron millones de judíos. En esta tendencia nos inscribimos. No queremos que “el horror sea mitigado”, utilizando una frase de Borges. Ser consciente de ese horror es un punto de partida muy importante para que los sucesos no se repitan. Como dice el cura De Roux: “¡Cómo fue que nos atrevimos a tanto!”.

En segundo lugar, en un nivel racional, queremos promover el interés por comprender lo que ha sucedido. Invitamos al visitante a que, al llegar a la sala donde se encuentran las fotos de las atrocidades, no entre si le parece muy crudo el espectáculo. Pero que no olvide que, si queremos comprender lo que ha sucedido en Colombia en los últimos 75 años, tenemos que partir de entender por qué la gente se mata de esa manera atroz. A la entrada de esta sala hemos puesto dos versos que Dante puso a la entrada del infierno: “Aquí se debe dejar cualquier recelo /toda cobardía debe morir aquí” (Canto III).

(AA): Las fotografías impactan, y mucho. Pero más que en sí mismas, calan en el espectador por la conciencia que se despierta en torno a los proyectos individuales y comunitarios que se truncaron por la Violencia. ¿Cree usted en la reconciliación política en Colombia?

(AVG): Creo y que creeré siempre en que en algún momento será posible la reconciliación política entre los colombianos. Hasta el momento, los esfuerzos de paz, como se puede ver por la lectura de los informes de la Comisión de la Verdad, parecen la crónica de una “paz imposible”. Escribí un artículo que presenté en Popayán hace poco con este nombre, para demostrar que en Colombia “fracasamos al triunfar”, como decía Freud. Cuando estamos a punto de lograr la paz, o de dar pasos muy significativos como en el 2016, desde muy diversos lugares se sabotea el proceso, y en lugar de paz, lo que tenemos es incremento de la guerra. Así pasó con Rojas Pinilla en 1953, con el Frente Nacional, con la paz de Belisario Betancur, con la Asamblea Nacional Constituyente, que era considerada un “pacto de paz”. Así pasó en el Caguán. Y así puede volver a pasar ahora con la Paz Total.

La violencia colombiana de ayer y de hoy tiene un carácter expresivo; es decir, el asesinato del adversario se convierte en un fin en sí mismo: despedazamiento del cuerpo, rituales para hacer sufrir a la víctima, crímenes sexuales de toda índole, ultrajes de todo tipo, etc.

(AA): ¿Sirve para algo seguir estudiando la violencia en Colombia?

(AVG): La comprensión de lo que sucede no es condición suficiente para que la situación se transforme. Pero es un paso adelante supremamente importante. Las ciencias sociales en sus diversas versiones desde comienzos de los años 1960, han contribuido significativamente a la comprensión de los conflictos que nos atraviesan. Pero le respondo mejor con una frase de Freud que se cita al final de la exposición de fotos que hay en la biblioteca: “Lo que permanece incomprendido retorna una y otra vez sin descanso como un alma en pena hasta hallar comprensión y redención”. La comprensión es un paso adelante con respecto a la no repetición de lo mismo, así no sea suficiente.

(AA): Las masacres continúan hoy en Colombia, y veces la teoría se queda corta para dar una explicación sociológica de las mismas. Desde su perspectiva, ¿se necesitan más explicaciones o más acciones para frenarlas?

(AVG): Todas las anteriores, como decimos en la Universidad. La mayor parte de los analistas de la violencia en Colombia están de acuerdo en considerar que el balance final de los estudios que se han realizado nos lleva a la conclusión de que “algo falta” en la explicación del fenómeno. Pero, también, se necesitan muchas acciones para frenarlas. En primer lugar, la recuperación del Estado como instancia simbólica sobre la sociedad, que contribuye a regular los conflictos, no solo como aparato militar. Pero también es muy importante que haya cambios de mentalidad en la población. En las redes sociales aparecen unas expresiones extremadamente primarias e insensatas con respecto a la interpretación del conflicto y a las propuestas de su superación que “me hielan el corazón”, como dice el Doktor Faustus.

Exposición “Realismo Atroz”, exhibida en la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle. Foto: La Palabra.
Exposición “Realismo Atroz”, exhibida en la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle.
Foto: La Palabra.

(AA): Las ciencias sociales se han preocupado por estudiar la formación de la memoria histórica de los pueblos. En ese sentido, por ejemplo, Stuart Hall se pregunta: “¿Quién necesita identidad?”. Si lo parafraseamos y decimos: ¿quién necesita memoria histórica y para qué?, ¿qué diría usted, profesor Valencia?

(AVG): El tema de la identidad ha sido muy descuidado en los estudios de la violencia, a pesar de la inmensa importancia que tiene. La identidad debe ser considerada en el primer peldaño de la conformación de una colectividad o de un individuo. No solo necesitamos comer, vestirnos, abrigarnos, reproducirnos, como decía Marx. También necesitamos tener una identidad. Gracias a la identidad se vive, por la identidad se muere. A Marx “se le pasó” este “pequeño detalle”. La identidad está profundamente asociada a la autoestima. La precaria conformación de la identidad, y la baja autoestima, está en la base de nuestros sectores populares, como se demostró en el “estallido social” de 2021. La lucha por la identidad, por defenderla o por conseguirla, está en el telón de fondo de todas las guerras, empezando por las guerras colombianas. No solo los factores políticos o económicos. El problema de la memoria está profundamente asociado al tema de la identidad. La memoria es la dimensión temporal de la identidad.

Creo y que creeré siempre en que en algún momento será posible la reconciliación política entre los colombianos. Hasta el momento, los esfuerzos de paz, como se puede ver por la lectura de los informes de la Comisión de la Verdad, parecen la crónica de una “paz imposible”. Escribí un artículo que presenté en Popayán hace poco con este nombre, para demostrar que en Colombia “fracasamos al triunfar”, como decía Freud.

(AA): En un país como el nuestro, la violencia ha dado para libros (buenos y mediocres), enlatados televisivos (todos malos), exposiciones que requieren “nervios de acero”, como la que usted lidera, y películas bien logradas como las de Víctor Gaviria. ¿Cómo evalúa usted el potencial artístico que estimula la violencia hoy en Colombia?

(AVG): En términos audiovisuales se produce de todo. Pero no todos los “enlatados televisivos” son malos. “El Patrón del Mal”, por ejemplo, me parece que es lo mejor que se ha hecho sobre Pablo Escobar, a pesar de que lo interrumpieron en el momento cuando se produce la caída del capo, con el argumento falso de que estaban enalteciendo el crimen. Sobre Pablo Escobar se cuentan muchas anécdotas, pero hay pocos análisis. Estoy escribiendo un ensayo sobre este personaje.

El trabajo artístico desempeña un papel fundamental en la construcción del sentido de lo que nos ocurre. Sin embargo, a veces los directores de producciones audiovisuales no son suficientemente conscientes e ilustrados con respecto a lo que representa la violencia en Colombia. Lo primero que hay que entender es que hay diferentes niveles en la construcción de la memoria; desde la experiencia inmediata, hasta la elaboración racional, con todas las exigencias de la investigación. Cada producción audiovisual debe tener claro en qué nivel se ubica.

(AA): Volviendo de nuevo a Carlos Fuentes, ¿la exposición busca “sacudir” Las buenas conciencias?

(AVG): Con respecto al conflicto, hay tres posiciones. En primer lugar, los negacionistas, que consideran que aquí no ha pasado nada. Los hay de muchos estilos y con diversas orientaciones políticas. En segundo lugar, los que consideran que buena parte de lo que ha sucedido no es otra cosa que la legítima reacción de la sociedad frente a una agresión proveniente de los grupos guerrilleros. Aquí se encuentran, por ejemplo, los que justifican el paramilitarismo. Y no tienen en cuenta que la responsabilidad por las atrocidades es la cosa “mejor distribuida” que hay en Colombia. Este tipo de personas promueven una “impunidad selectiva”, basada en una supuesta noción de legítima defensa, sin tener en cuenta que en esta figura jurídica, la reacción debe ser proporcional a la agresión. En tercer lugar, los que consideramos que de nada vale tapar lo sucedido y promovemos el estudio y el análisis de nuestra sociedad. Y todo ello teniendo en cuenta que la responsabilidad proviene de todos los lados del espectro político. Y, además, que hay que escucharlos a todos: a víctimas y victimarios.

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