Crónica

Mentir o confesar: he ahí el dilema

Para que nuestra sociedad funcione es necesaria cierta dosis de mentira. Sería imposible tener relaciones sociales sanas si se dice todo lo que se piensa. Sin embargo, cuando se contrata a alguien cuya función es manejar recursos o información sensible de una empresa, es indispensable confiar en su integridad, y en ese aspecto, las pruebas poligráficas son de gran ayuda.

Por: Jessica Lorena Hurtado Carvajal
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Sala de poligrafía.
Foto: Archivo de la empresa Central Truth SAS.

Nos pasamos la vida buscando la verdad, a pesar de no creer en ella. La verdad es siempre subjetiva y está mediada por el contexto particular de cada individuo, tanto de quien la dice, como de quien la escucha. La mentira, por el contrario, abunda. Escuchamos mentiras a diario. Algunas las justificamos, otras están tan arraigadas en los cimientos de nuestra sociedad que las pasamos por alto, a veces ni siquiera recordamos su origen.

Cada uno de nosotros, estoy segura, dice varias mentiras al día. Existen las piadosas, esas que se dicen para no hacer daño; están las que nos ayudan a conseguir lo que queremos y las que sirven para evitar un castigo. Son tantas y tan variadas las formas como engañamos, que sería imposible enumerarlas en estas páginas.

Una de las formas más comunes de mentir es cuando se busca un trabajo. En un país como Colombia, encontrar trabajo se convierte en una odisea. No hablemos ya de uno bien remunerado. Es por eso que muchos maquillan las hojas de vida, ocultan los datos menos favorecedores y hasta mienten de forma descarada en el afán de conseguir empleo. En este escenario aparece la poligrafía.

Hace más de veinte años se hizo la primera prueba poligráfica en nuestro país. Para ello se utilizó un equipo análogo, en el que las gráficas se registraban utilizando plumas de tinta líquida. En nuestros días, la prueba ha cambiado sustancialmente. Para empezar, el equipo es computarizado, lo cual mejora no solo la precisión, sino la eficacia de la prueba.

Sin embargo, no me interesa llenar este texto de explicaciones científicas para entender cómo se producen las reacciones a la mentira y en qué forma el polígrafo las capta. Es mejor centrarnos en otra parte crucial de la ecuación: la humana. En toda prueba poligráfica intervienen dos personas: el poligrafista, quien es el profesional que maneja el equipo, y el examinado, quien es la persona entrevistada.

Que la prueba alcance un alto porcentaje de efectividad depende, en gran medida, de cumplir con una serie de requisitos. Ellos van desde la idoneidad de la sala en la que se realiza la prueba, sin distractores visuales o auditivos, hasta la preparación del poligrafista.

Con el fin de compartir experiencias, he decidido hablar con una persona que conozco desde hace muchos años. Su nombre es Rubén Darío Perlaza, empresario joven, ex agente del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), propietario de la empresa Central Truth, mi jefe. Fui a su casa hace un par de días para hablar sobre el tema, pero cuando estaba esperándolo, nos llegó una noticia de esas que abundan en este país, pero que solo les pasa a los demás, nunca a nosotros. Mientras tomábamos el café con pan de la merienda, sonó el teléfono de la empleada doméstica y era el aviso del asesinato de su hijo. Sé que ese es otro tema muy distinto al que nos ocupa, pero lo menciono porque nos vimos en la necesidad de aplazar las preguntas para un momento más oportuno.

Hace más de veinte años se hizo la primera prueba poligráfica en nuestro país. Para ello se utilizó un equipo análogo, en el que las gráficas se registraban utilizando plumas de tinta líquida. En nuestros días, la prueba ha cambiado sustancialmente. Para empezar, el equipo es computarizado, lo cual mejora no solo la precisión, sino la eficacia de la prueba.

Cuando por fin pudimos hablar, me contó de sus inicios. Según me dijo, en este mercado se necesitan conexiones en las altas esferas de la política y del mundillo militar. Él no tenía ni lo uno ni lo otro, pero le sobraba simpatía y había hecho algunos amigos importantes en los años de servicio, que le procuraron sus primeros clientes.

Haciendo memoria, recordó a un par de candidatos. Uno de ellos, descartado por derecha por hablar de su pertenencia a una banda criminal y un larguísimo historial de delitos. Al final de la entrevista, preocupado por su propia seguridad, le dijo al joven que no sería contratado, porque aparte de ser sicario y extorsionista, tenía el diploma de bachiller falso.

Hace pocos días celebramos todos juntos los diez años de la compañía en el mercado, y me entregaron una placa por llevar casi siete trabajando para ellos. Pero, ¿qué significa este tiempo en palabras castizas? Más o menos unas seis mil pruebas poligráficas. Seis mil pruebas son seis mil personas. Cada una de esas personas me ha contado algo de su vida y me ha permitido, por espacio de hora y media, ingresar en su intimidad para averiguar todo aquello que nunca diría de otro modo.

Foto: Archivo de la empresa Central Truth SAS.

Las personas estamos hechas de historias, y lo que somos depende de la forma en la que elegimos relatarnos. En estos años, he conocido a algunos con los que he conectado desde el principio. He estado tentada a veces a seguir en contacto, a un café y una segunda charla —menos formal—, pero me abstengo siempre por ética. Muchos se me confunden ahora en un mar de rostros, imposibles de identificar. Otros, para mi fortuna muy pocos, se me quedaron en la memoria. Fueron personas que estaban predispuestas de mala manera para la prueba; dos o tres que después de empezar se arrepintieron; uno que fue ofensivo y hasta violento, por lo que me vi obligada a pedirle que se retirara de la oficina.

Por lo general, los examinados suelen ser como la mayoría de colombianos: personas honestas que dicen “no importa, doctora, pregunte lo que sea, que el que nada debe, nada teme”. Confieso que mis pruebas favoritas son con ese tipo de personas. Muchos de esos candidatos son campesinos, obreras, amas de casa, estudiantes. Responden siempre con un “sí, señora”, “no, doctora”, y yo no puedo hacer otra cosa que obviar el sentirme vieja con esos calificativos, porque para ellos, decirme de otra forma sería irrespetuoso; como si llamarlo a uno por el nombre fuera faltarle al respeto, como si no hubiera ya demasiados “doctores” en este país, o demasiados a los que les encanta que les llamen así, sin merecerlo.

Recuerdo a un señor en Armenia que, al terminar la prueba, suspiró y dijo: “Doctora, usted sabe más de mí que mi esposa, con la que llevo veinte años”. Otro, creo que en Pereira, me dijo que se había sentido como en el confesionario y que le gustaba la sensación de haberlo dicho todo, de no quedarse con nada.

Hay otros relatos menos agradables. Como el de un joven que confesó haber intentado abusar sexualmente de su prima de seis años. El de padres que han perdido a sus hijos. El de mujeres que lloran recordando un aborto. El de personas que confiesan con vergüenza sufrir de alguna enfermedad, por la que, de antemano, se saben descalificados

Este oficio llegó a mi vida cuando necesitaba cambiar de rumbo y ahora me sirve como insumo para crear historias. Reconozco que no soy yo quien las crea, sino ellas las que me buscan a mí, y cuando estoy a punto de felicitarme por una buena idea, recuerdo que ya la había escuchado antes, de labios de un examinado. Como la señora que hace pocos días me contó que tanto ella como su madre fueron desplazadas por un grupo paramilitar en la Costa, y a pesar de odiarlos, terminó viviendo con un hombre que primero fue paraco y después prestamista, para terminar siendo asesinado, sin que se llegara a saber, cuál de sus compinches o enemigos fue el responsable.

Viene a mi memoria la historia de un hombre, albañil de profesión, que a sus 18 años conoció a una señora que se acercaba a los sesenta; aun así, se enamoraron. Se casaron por lo civil y vivieron juntos cerca de tres años, en un estado de adolescencia que en su caso no era tan lejana y en la señora fue como la primera, porque en su tiempo no pudo disfrutarla. Se quisieron, viajaron, bailaron y muchas otras cosas que no pudo contarme por el asunto de la brevedad. Al cabo del tercer año, él consiguió un empleo en Puerto Rico y ella prometió seguirlo cuando arreglara sus asuntos. Nunca llegó, tampoco contestó el teléfono. Él dejó de llamar cuando la que llegó a buscarlo fue la noviecita ocasional con varios meses de embarazo. Hace algunos años se enteró de que era viudo, pero desistió de la herencia porque, como me dijo, ella le dio en vida todo lo que necesitaba. 

Hay otros relatos menos agradables. Como el de un joven que confesó haber intentado abusar sexualmente de su prima de seis años. El de padres que han perdido a sus hijos. El de mujeres que lloran recordando un aborto. El de personas que confiesan con vergüenza sufrir de alguna enfermedad, por la que, de antemano, se saben descalificados. Se necesita temple para no compartir las propias tristezas y tacto para obviar admisiones que la empresa agradecería, pero que la consciencia no permite revelar.

He sentido siempre mi trabajo como una puesta en escena. Para ser un buen poligrafista, es importante sentir curiosidad por la intimidad de lo que ocurre tras la puerta ajena —curiosidad, no ganas de chisme—. Hay que aprender a escuchar y crear un espacio de confianza para que el otro olvide que le están haciendo una prueba y pueda abrirse con un desconocido. A veces es más fácil ser sincero con alguien que no te juzga ni te conoce. Por último, hay que armarse de paciencia, porque no siempre amanece uno con ganas de que alguien le hurgue hasta en los pensamientos.

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