Tragedia y solidaridad
Por: Germán Patiño
Publicado en El País de Cali, 6 de agosto del 2006

En la madrugada del 7 de agosto de 1956, una explosión atronadora despertó a los habitantes de Cali, una ciudad mediana que por entonces apenas si superaba el medio millón de habitantes. Seis camiones cargados de dinamita habían volado, destruyendo 49 manzanas del centro de la ciudad, matando alrededor de cuatro mil personas y dejando cerca de veinte mil afectadas.
Este drama de hace cincuenta años lo vivió toda la ciudad y se sintió en los municipios vecinos. Es la más grande tragedia que ha sufrido la Cali moderna. De hecho, para cualquier ciudad del tamaño que esta tenía entonces, perder esa cantidad de su población en un instante de terror significa una pérdida mayor, un desangre colectivo que es casi imposible de reparar y cuyas heridas dejan estigmas sociales por largo tiempo. De hecho, aún hoy la recordamos conmovidos.

Pero también deja lecciones que no debiéramos olvidar. La más significativa de todas, por sus alcances, es sin duda el despertar del espíritu de solidaridad que se adueñó de la población sobreviviente como un todo. Aún en medio de las llamas, en la oscuridad de la madrugada, caleñas y caleños de variada condición social comenzaron a llegar al epicentro del drama para auxiliar heridos, remover escombros, recoger cuerpos y brindar consuelo a los miles de personas afectadas.
Rememorar el drama y conmemorar la memoria de las víctimas, solo tiene sentido si también nos recuerda los valores que nos hicieron pujantes como ciudad y que se han ido diluyendo con el tiempo. Que no necesitemos de otra tragedia para ponerlos en práctica.
Al día siguiente, brigadas voluntarias de médicos, arquitectos e ingenieros se encontraban trabajando al lado de la Cruz Roja, de sacerdotes, militares, bomberos, autoridades y multitud de ciudadanos corrientes, dispuestos a superar la tragedia y brindar una nueva oportunidad a los supervivientes. A nadie se le ocurrió entonces indagar por contratos para la reconstrucción, o para la remoción de escombros o para la atención a los pacientes. Por el contrario, los pocos hospitales existentes, lo mismo que las clínicas privadas, abrieron sus puertas y aun el hospital universitario, que no estaba culminado, se inauguró forzosamente, con la noble actividad de aliviar las penas y salvar las vidas.
Hasta los clubes sociales olvidaron sus actividades particulares para recibir y atender a centenares de damnificados, y gran cantidad de familias dieron albergue a otros. En medio del dolor y del drama, la ciudadanía caleña brindó un inolvidable espectáculo de amor por el prójimo, de desprendimiento personal y de generosidad con los que lo habían perdido todo. Nunca la ciudad ha alcanzado tan altas cotas de grandeza.

Allí, en esa reacción colectiva, debiéramos situar el momento en el que el principio de solidaridad se reveló como parte de un modo de ser propio de la ciudad. La Cali cívica, la que es respetuosa de los derechos de los demás y capaz de emprender grandes obras de beneficio colectivo, se comenzó a fraguar en aquella aciaga madrugada del 7 de agosto de 1956.
Rememorar el drama y conmemorar la memoria de las víctimas, solo tiene sentido si también nos recuerda los valores que nos hicieron pujantes como ciudad y que se han ido diluyendo con el tiempo. Que no necesitemos de otra tragedia para ponerlos en práctica.



