Alfonso Valdiri Vanegas: un hechizado por la música
El próximo 18 de abril de este año se conmemora el centenario del nacimiento del músico Alfonso Valdiri Vanegas. Esta entrevista a su hijo Luis Alfonso Valdiri Martínez hace un reconocimiento a la obra de este gran compositor y pedagogo colombiano.
Por: Carlos Fajardo Fajardo
Poeta y ensayista colombiano

Conocí al maestro Alfonso Valdiri Vanegas en 1965 cuando llegó al barrio Casas Blancas, al oeste de Cali. Ese año entregaron las casas y sus pocos habitantes lo fuimos lentamente poblando. El barrio con 51 casas y una calle de sentido único, semejaba a un tren detenido lleno de pájaros mañaneros, con chicharras al mediodía, vientos de verano provenientes de los Farallones, una sola tienda y niñas y niños jugando en sus esquinas. El maestro Valdiri llegó al barrio con su arte y su música. Instaló en el jardín una hermosa escultura de Ernesto Buzzi, que a todos nos causó asombro y maravilla.
En los bazares del barrio, organizados por la Junta comunal para recolectar dinero destinado a ciertas obras, el maestro Valdiri colaboraba trayendo bandas y orquestas que alegraban esas tardes a mediados de los años sesenta. Lo recuerdo con su elegante pinta, con su porte y seriedad saludando cortésmente a esa gallada de muchachos que se paraba en una esquina como vigías de barriada.
Unos años después, hacia 1980, vimos que ubicaba su academia de música en una de las habitaciones de la casa. Más tarde la instaló en un garaje que mandó a construir, rompiendo el muro exterior de su amplia casa con antejardín y sonoro patio. En ese garaje, entre músicas colombianas y universales, estudié y aprendí los primeros acordes y tonalidades de guitarra con el maestro Valdiri, junto a varias amigas y amigos de Casas Blancas. Luego supe que había trasladado su academia al barrio Juanambú, en la cual también me matriculé con el fin de seguir mis caminos musicales y con la intención de mantener contacto con su grata amistad y compañía.
Han pasado varios años de esos primeros encuentros y, sin embargo, conservo su imagen y sus enseñanzas intactas. Hoy recuerdo al que compuso boleros, bambucos, danzas, pasillos, tonadas y alrededor de unas quince composiciones vocales, obras para guitarra solista y para tríos, para estudiantina y triple. Al que compuso “Niebla en los Farallones”, “Las Tres Cruces” y “Brisa del Cañaveral”, ese hermoso tríptico musical para Cali. Al pedagogo que creó magníficos métodos para guitarra, bandola, tiple, bajo electrónico, percusión. Lo recuerdo por sus valiosos libros sobre lectura musical, apreciación musical, historia de la música y guitarra optativa; al que una noche en Cali tocó ante el gran guitarrista español Andrés Segovia y al que fuera amigo de Atahualpa Yupanqui. Invoco al que, ante la presión de sus colegas para que no se jubilara y se quedara dirigiendo el conservatorio de música, pronunció las palabras que todo verdadero artista debe decir ante esas circunstancias: “Más que administrador de instituciones, soy músico y creador de sueños”.
De allí que, para ser fieles a la obra e imagen de este inmenso artista, he querido hacerle un homenaje a través de las reminiscencias y evocaciones de su hijo, el también músico Luis Alfonso Valdiri Martínez, actual director de la Academia Musicales Valdiri, quien muy generosamente nos concedió esta entrevista, la cual es un agradecimiento a su padre por los aportes a la enseñanza musical y al cancionero colombiano y latinoamericano; agradecimiento a un gran maestro que nos enseñó que el arte y la música son cimientos éticos y poéticos, fundamentales para la existencia humana.
Sobre los orígenes
Mi padre Alfonso Valdiri Vanegas, nace en Honda, Tolima, el 18 de abril de 1926. Su padre Gonzalo Valdiri trabajaba con los ferrocarriles del Tolima y lo trasladan a Cali. Mi padre llega a esta ciudad con 9 o 10 años, siendo el mayor de sus hermanos. Creo que en esa época había cuatro o cinco hermanos más pequeños debajo de él, y aproximadamente a los tres años de haber llegado a Cali, muere su padre. Entonces le toca a mi abuela Mercedes Vanegas y a mi papá sostener a todos sus hermanos, que prácticamente ya eran ocho, Allí aprende a hacer de todo, por ejemplo, aprende carpintería, de hecho, tú ves todas estas bancas, las hizo mi papá, era carpintero. En la academia hizo los atriles de madera, los bajo pies para los guitarristas, él diseñó todo eso. Era un tipo supremamente creativo. Aprende a pintar casas. Diseñaba todo. De la academia él tiene unos planos casi perfectos, que uno diría que eran de un arquitecto, porque eran unos planos milimétricos. También, cuando recién comenzó la academia, hizo un equipo de rítmica. Eran cosas que él realizaba para poder pagarse sus estudios de bachillerato. Aquí en Cali alcanzó a hacer parte de su primaria y parte del bachillerato. Termina sus estudios y se casa con mi madre muy joven. Tenía 19 o 20 años y mi madre 15 o 16.
Hechizado por la música
En su infancia ya tenía una inquietud por la música. A mi abuelo le regalaron una guitarra y le encantaba cantar mucho la música de Enrico Caruso, el tenor. Mi papá lo escuchaba y se enamoró de la música. Pero mi abuelo no quería que mi papá estudiara música, pues en esa época el músico tenía fama de bohemio, lo que se convertía en una cosa muy tremenda.
Cuando muere su padre, él toma una guitarra que le regalan don Daniel Otero y doña Transito, una pareja que quería mucho a mi papá y a mi mamá. Doña Tránsito, que rasgueaba la guitarra y acompañaba a Daniel Otero, que era un muy buen cantante, le comenzó a enseñar los primeros acordes, y así fue su inicio en la música. Ellos lo motivaron para que entrara al conservatorio de Cali.
Después conoció a otros maestros, entre ellos a Hernando Madriñán Rusca, un excelente guitarrista, pero desafortunadamente tenía una vida complicada por el alcohol. Sin embargo, mi papá logró absorber mucha de la técnica de don Hernando; aprendió de su método, de sus libros, porque tenía libros y en esa época conseguir el método de Carcassi o el método de Fernando Sor era una cosa muy complicada. Pues este señor los tenía. Entonces mi papá va estudiando en esos libros la técnica preparándose de una manera, digamos, casi que autodidacta, porque él recibía sus clases de un Hernando Madriñán trasnochado, quien casi nunca lo atendía. Esa vida que llevaba el maestro Madriñán le enseñó que por ahí no era la cosa, que el músico tenía que ser diferente.
Cuando se casa con mi madre Ada María Dinorath Martínez y nace mi hermana mayor Piedad, mi papá, aproximadamente en 1948, entra a estudiar al conservatorio y en el 50 lo vinculan como bibliotecario porque vieron que era muy ordenado y tenía muchos conceptos de música, pues ya se le había tragado todos los métodos autodidácticamente y entendía mucho de literatura musical.
Todo ello era bastante complicado porque, según contaba mi padre, le tocaba transportarse de la casa al conservatorio en bus; salir del conservatorio y de la biblioteca a eso de la una de la tarde. A las cuatro se iba a pintar casas y, muy por la mañana, antes de ir a estudiar, vendía periódicos.
Mis padres vivían por el barrio el Camacho Perea. Tenían una piecita. Allí nace mi hermana Piedad. Se trasladan al barrio San Antonio, casi colindando con la quinta. De hecho, la casa se conserva. Allí nace Nancy, mi otra hermana.
Un maestro de la guitarra
El maestro Luis Carlos Figueroa, director del conservatorio, junto a Antonio María Valencia y Carlos Norato, el luthier, le dicen a mi papá: Valdiri prepárate porque viene el maestro Andrés Segovia. Viene en secreto. Segovia quería escuchar a los guitarristas de Cali. El conservatorio, por esa época, era uno de los más importantes de Suramérica. Allí se forjaba mucha cultura musical. Entonces, Carlos Morato le recomienda preparar muy bien lo que tuviera más importante. Claro, estaba muy nervioso. Esa noche él toca unas obras y el maestro Segovia le corrige. Al otro día Segovia se reúne de nuevo con Antonio María Valencia y el maestro Luis Carlos Figueroa. Es cuando el maestro español les dice que desea dejar a Alfonso Valdiri como director de la Catedra de Guitarra. Eso fue, creo, en 1954 o en 1955. Segovia le dio el aval como maestro para que abriera la cátedra de guitarra que en Cali no existía, ni en Colombia. Solamente había cátedras de violín, de canto para ópera, de piano, algo de vientos.
En 1956 mi padre funda la cátedra de guitarra a nivel departamental y a nivel nacional. Desde ese momento se encarrila como docente en el conservatorio y comienza a hacer una carrera muy exitosa como profesor de guitarra – clásica y folclórica- y de solfeo. Él diseña todos los programas. Llama a músicos para que dicten las cátedras de historia de la música, de apreciación musical. En 1978 se jubila. Desde tiempo atrás venía pensando en fundar su propia escuela de música.
Bueno, hay otra cosa que hay que tener muy en cuenta. Mi padre trabajó en lo que se llamaba Instituto Popular de Cultura (IPC) y que hoy se llama Institución Universitaria de las Culturas y las Artes Populares – IPC. Hacia los años 52, 53, 54, llegó a estudiar allí el gran guitarrista Clemente Díaz. Entonces, mi papá le dijo, vete para el conservatorio porque aquí ya no se te puede dar lo que necesitas como guitarrista. Yo te recibo allá. Y Clemente se fue para el conservatorio. Mi padre fundó la escuela de guitarra en el IPC. Henry Rivas y Rafael Navarro también fueron sus alumnos en el conservatorio.
Gran compositor y genial metodólogo
Como compositor, mi padre, inicialmente, enfatizó en la guitarra. Él era un metodólogo de la guitarra, un didáctico tremendo, conocía ese instrumento al pie de la letra, lo aprendió a manejar muy bien. Desde luego, hizo muchas composiciones para guitarra solista y para duetos de guitarra. Después se enamoró de la bandola, que le encantó, tanto que trabajó con su amigo, el maestro Diego Estrada, y con el maestro Álvaro Romero Sánchez, del trío Morales Pino. Obviamente, también hizo composiciones para bandola y para trío típico colombiano.
Él también cantaba muy bien, así que hizo composiciones para canto. Tenía unas canciones hermosísimas. Compuso boleros muy bonitos. De hecho, compuso un bolero al esposo de Nancy, mi cuñado Raúl Valderrama, cuando él fallece en un accidente en el año 89. Le dedicó el bolero que se llama “Siempre Tú”, como si Nancy se lo estuviera dedicando a Raúl. Fue prácticamente una de las últimas composiciones que él hizo.
Compuso bambucos, danzas, pasillos. También una tonada, porque le encantaba la música argentina. Por los años setenta y ochenta llegó una fuerte onda de música argentina y brasilera. Mi papá tenía los discos de los Fronterizos, Los Chalchaleros…Toda esa música le gustaba. Ah, mi papá tenía una gran amistad con Atahualpa Yupanqui.
Yo creo que escribió alrededor de unas quince composiciones vocales. No era un tipo de hacer composiciones a cada rato, porque era supremamente exigente. Por lo tanto, no hacía cualquier cosa, ni a la ligera. Si se analizan esas canciones, todas son diferentes y de muy buena factura. Obras para guitarra solista tiene aproximadamente unas veinte. También estudios fundamentales, obras para dos guitarras, para trío de guitarras, para estudiantina, para triple.
Escribió un tríptico que le dedicó al Valle del Cauca y a Cali. “Niebla en los Farallones”, “Las Tres Cruces” y “Brisa del Cañaveral” se interpretaron en los 450 años de Cali. Compuso seis obras para trío típico colombiano, como “Bambuquito para un Recuerdo”. Obras para estudiantina también hizo unas cuantas. También escribió el ABC de la guitarra, cuya metodología es tremenda, y diseñó métodos para bajo electrónico y un método para percusión.
Así que todas esas composiciones están fundadas en su excelente método de guitarra y de lectura musical, en su método de bandola, de tiple, de apreciación musical, en su libro de historia de la música, en el de guitarra optativa.
Frente a las colinas: en el barrio Casas Blancas
Mi papá llegó al barrio Casas Blancas en 1965. Esa casa se la ganó en un premio con una composición que se llama “Por la llanura”. Es un pasaje llanero muy hermoso. Estaba compitiendo nada menos que con Arnulfo Briceño. Mi papá se ganó el premio fuera de concurso. El primer lugar se lo ganó Arnulfo Briceño con “Ay mi Llanura”.
Por esa composición le dieron un premio en efectivo, creo que cinco mil pesos y se compró la casa en el barrio Casas Blancas. Ese concurso fue en el año sesenta y uno. Nosotros llegamos al barrio en el sesenta y cinco cuando entregaron las casas que construyó el Instituto de Crédito territorial. Yo nazco en el sesenta y seis en ese barrio.
El primer recuerdo, y que tenemos todos los que vivimos en Casas Blancas es la brisa que llegaba en las tardes. Uno salía a la puerta de la casa y desde allí se divisaban los tanques del acueducto, las colinas, el Teatro al aire libre los Cristales; se divisaba la iglesia de San Cayetano perfectamente. Recuerdo los potreros y la cancha que era un peladero donde elevábamos cometas y hacíamos campeonatos de fútbol; recuerdo los siete de diciembre y la guerra con bombas llenas de agua; las presentaciones de cantantes, grupos y orquestas en el Teatro los Cristales; los juegos en la calle y la esquina donde nos parábamos a charlar horas enteras; los antejardines sembrados de veraneras y los amplios patios donde sobresalían limoneros y naranjos; los diciembres cuando las familias se repartían manjarblanco, natilla, buñuelos… Era una gran comunidad. Era algo increíble. Fue una infancia maravillosa. En las kermeses y los bazares que organizaba la junta comunal del barrio, mi papá colaboraba invitando músicos, cantantes, orquestas.
En 1971 instaló en el antejardín una escultura que su amigo Ernesto Buzzi le había obsequiado. Eso fue una sensación en todo el barrio. Es una escultura réplica de la virgen que está en el parque del acueducto. Buzzi es el escultor del Perro que está en el Parque del mismo nombre.
La Academia Musicales Valdiri
Cuando mi papá estaba pronto a jubilarse, pensó en abrir su propia academia de música. Tuvo la fortuna de que en 1978 lo llamaran de Carvajal y Compañía. Allí había una casa de la cultura para los trabajadores, el Centro Educativo Familiar (CEF). Lo contratan para dirigir y organizar el plan de música. Eso era inmenso. Una casa grande donde iban todos los trabajadores y sus hijos a recibir clases de música. En ese trabajo le va económicamente muy bien. Y fue cuando dijo, hasta aquí llego y comenzó el papeleo para jubilarse.
Cuentan que mi papá pasó la carta de jubilación mucho antes, pero no se la aceptaron. Todos deseaban que dirigiera el conservatorio. Él les dijo que no, ya que asumía ante todo su condición de músico creador y no de administrativo. Y eso entre comillas, pues fue él quien administró su academia, pero en ese momento no quería seguir en esas instituciones.
Así que se pensiona en el 79. Tenía ya la idea de fundar su academia apenas se retirará del conservatorio. Y la abre en una piecita en la casa del barrio Casas Blancas. Era 1980. Pero pronto le tocó dictar clases en la sala, porque sus antiguos estudiantes del conservatorio se vinieron para la academia. En 1982 abre un garaje en uno de los muros exteriores de la casa. Se traslada todo lo de la academia a ese garaje. Yo ya enseñaba allí. Hacía mis primeros pasos en la docencia.
En 1986 se trasladó la academia al barrio Juanambú. Entre el 86 y el 90, mi papá abre dos sedes. Una en Junín y otra en la Avenida Sexta con 28. En el 90 nos venimos a San Fernando por la Tribuna Oriental del Estado. Entonces unimos todas las sucursales en una casa bastante amplia. Allí estuvimos casi 10 años, porque en el 2001 nos trasladamos para el barrio Tequendama.
En el 2003 falleció mi padre de cáncer. Pero esa historia es muy interesante porque a mi papá ya le habían diagnosticado el cáncer en el 85. En ese momento, un médico amigo le dijo que le quedaba sólo un mes de vida. Pasa el tiempo y en el 95 vuelve y juega el cáncer. De nuevo en la cínica otro médico le asegura su próxima partida. Lograron operarlo, sobrevive, pero es en el 2003 cuando fallece.
Yo tomo el mando de la academia en el año 2005, con mi hermana Nancy. Después ella me la cede completamente y en el 2009 nos vamos a Puente Palma, detrás de la Universidad Santiago de Cali. Nos quedamos en ese barrio hasta el 2012, cuando nos pasamos al Eucarístico, al frente de las piscinas Panamericanas, donde duramos casi diez años, hasta la pandemia. Desde el 2021 estamos en el barrio San Fernando.
Actualmente trabajamos como Instituto de Academia Musical Valdiri. El proyecto que tenemos es continuar el legado de mi padre, mantener viva su metodología, porque es una metodología muy clara y didáctica donde muchos hemos aprendido y con la que varios maestros se han formado. La idea es conservarla, extenderla, ya que es un patrimonio cultural. Musicales Valdiri se ha convertido en eso, en un patrimonio cultural.
Frente a su casa de veranos
Luego de escuchar a Luis Alfonso Valdiri se multiplica más mi respeto y admiración hacia su padre. Me lo imagino caminando por Casas Blancas, ese barrio de veranos poblado de jardines y de patios, el de mis primeros amores e iniciales aventuras con la palabra. Me parece escucharlo tocar con gallardía su guitarra, enseñándome los primeros tonos y acordes. Lo evoco con su bigotico de actor italiano de los años cincuenta, con su elegante pinta, su porte y seriedad, saludando cortésmente, hablando con pasión sobre la música colombiana que adoraba.
He querido así elevar mi agradecimiento ante su vieja casa, por su obra; un agradecimiento a mi vecino de cuadra, al maestro que con su presencia enseñaba la dignidad de ser artista, la magia de sostener el fuego de la música y de la poesía, necesarias para encender la imaginación contra el tiempo y el olvido.



