Editorial Julio 2015

Parecen sospechar aquello que decía Flaubert, que el arte se alimenta sólo de víctimas propiciatorias.
El crecimiento desmesurado de la ciudad, la presencia de las nuevas tecnologías en las dos últimas décadas del siglo pasado y la enardecida actividad del arte comercial, entre ellas la salsa, han conspirado para hacernos pensar que hoy en Cali no existen otras actividades artísticas, como la literatura, la pintura y el estudio de la música elaborada.
Es verdad que después de cuarenta años, no fue la literatura el arte que más evolucionó entre nosotros, que ella no ha tenido el avance que tiene la música en nuestro medio, pues hoy en día en Cali hay estudiosos de la música y de sus diferentes géneros, existen jóvenes dedicados a tocar Jazz, Blues; pianistas, violinistas, guitarristas, de lo que mal llamamos música clásica; bandas conformadas por jóvenes estudiosos, con una gran calidad en su digitación instrumental. En la Universidad Autónoma en días pasados, por ejemplo, debutó una sinfónica compuesta por más de sesenta músicos, todos caleños provenientes de las instituciones donde se imparte este conocimiento, o alumnos que reciben clases de verdaderos maestros y no hay que destacar el sinnúmero de estudiantes de música de la Universidad del Valle.
Cosa paradójica, porque si bien es cierto que la música es el arte más ferviente en nuestro medio, adolece de críticos, intelectuales con una preparación musical capaces de escribir desde el arte sobre el fenómeno musical en Cali, (nunca escuché entre los críticos de la salsa contarnos cuál es la diferencia musical, influencias, instrumental, entre Piper Pimienta y el trabajo de Jairo Varela) les queda difícil porque para eso se necesita los mismos talentos de los músicos: oído, ritmo, conocimiento musical, intenso estudio. Debido a ese vacío, si queremos llamarlo intelectual o artístico, cuando en Cali se habla de la salsa como música, a diferencia de Cuba o Puerto Rico, donde si existen expertos comentadores, formados en la música; aquí hablan del baile o de agradables anécdotas, no tienen otro recurso.
Cosa contraria pasa con la literatura, ya existen en nuestra ciudad intelectuales capaces de hablar sobre la literatura desde las letras, con una buena formación para elaborar la crítica, pero en el campo creativo, no existen escritores que lleven a la literatura de nuestra ciudad a mejores facturas, y es extraño porque existen el deseo y las personas interesadas en ello, ejemplo de esto son los diversos cursos de escritura que a diario se desarrollan en la ciudad con una asistencia nutrida, como los que dictan los escritores José Zuleta, Julio cesar Londoño, Harold Kremer, el banco de la Republica, los cursos de la Universidad del Valle programados por la Escuela de estudios literarios, donde no sólo asisten estudiantes de todas las carreras si no también personas de la ciudad y estudiantes de otras universidades, interesadas en la actividad escritural, jóvenes hombres y mujeres capaces de intensa dedicación, tanto que parecen sospechar aquello que decía Flaubert, que el arte se alimenta sólo de víctimas propiciatorias.



