Río Falémé del Pacífico colombiano: Acerca de la Trilogía del Pacífico de Enrique Buenaventura
Por: Dalia Velasco
Estudiante de Lic. en Literatura

Foto: revistapuroteatro.com
Ante el auge por reconocer las diversas manifestaciones culturales provenientes del Pacífico colombiano, la industria cultural de la ciudad y los artistas comprometidos con el panorama actual se han apresurado a producir un sinnúmero de piezas en las cuales predominan dos o tres elementos que todos distinguimos como parte de la identidad del Pacífico colombiano: los trajes vistosos, la marimba de chonta y el frenético guasá. No es extraño que el público caleño, tan ignorante como yo en la materia, reduzca una región heredera de una amplia tradición a una vistosa fotografía extraída de Google. El exitoso Festival Petronio Álvarez, como un ejemplo de ello, ha fortalecido la ingenua pretensión que el caleño promedio ha asimilado con orgullo: todos creen saber qué es el Pacífico (aunque con dificultad logren explicar qué es un palafito, describir la apariencia de la piangua y distinguir un currulao de un abozao), todos creen ser negros y todos aman escuchar su música tan sonora y alegre. Enrique Buenaventura, lejos de ese apreciado teatral lugar común que ilustra la máscara africana con rasgos semejantes a una pintura de Basquiat, revela a través de los textos dramáticos y la puesta en escena de la Trilogía del Pacífico una pretensión más honrosa: trasladar los mitos, leyendas y relatos de tradición oral africana a la región del Pacífico. De esta manera el autor indaga casi inadvertidamente en la pregunta que a su vez provoca: ¿cuáles podrían ser los rasgos culturales que definen al Pacífico colombiano?
Basada en Antología Negra (1921) del escritor francés Blaise Cendrars, la Trilogía del Pacífico se compone por Ntotoatsana, El guinnaru y El maravilloso viaje de la mentira y la verdad, obra que —a diferencia del resto— dirigió Enrique Buenaventura y escribió Helios Fernández en compañía de Nicolás Buenaventura. Las tres se caracterizan por abordar relatos de tradición oral a través de una puesta en escena que incorpora en su escenografía y composición musical elementos estéticos característicos de África y del Pacífico colombiano. Las telas que revisten los cuerpos de los actores, el detalle minucioso de los objetos manipulados y la sonoridad de los diversos dialectos, confirman el interés de Buenaventura por sustraer lo primordial; el autor elige en la construcción de dicha dramaturgia lo esencial y a su vez universal: la cosmogonía africana.

Foto: enriquebuenaventura. org
En Ntotoatsana Buenaventura presenta dos comunidades de apariencia opuestas: por un lado los Basuto, conformada por seres completos y hábiles con el ganado; por otro los Matebeles, conformada por seres incompletos a causa de una antigua maldición. La obra se desenvuelve en torno al rapto de Ntotoatsana, hija del jefe de los Basuto, a quien el jefe de los Matebeles decide tomar por mujer con el propósito de liberar a su especie de la maldición y de este modo traer al mundo un niño completo. Después de varios intentos, Ntotoatsana logra huir y emprender un camino de regreso a su hogar, donde es recibida con gozo y bendiciones. El texto dramático se caracteriza por la sencillez aplicada al desarrollo dramático de la obra y al desenlace de la fábula; los personajes a su vez, por medio de una sobriedad poética que les otorga hermosura y grandeza, obedecen a esa misma sencillez de la dramaturgia. A causa del final festivo, en el cual se anuncia la adhesión de dichos sucesos a las fiestas tradicionales de Lesotho y Botswana, la obra es susceptible de ser leída como apología a la idi sincrasia: finalmente los Matebeles, al igual que los Basuto, festejan el nacimiento de su hijo. Visto desde un espectro más amplio, y tal vez especulativo, Ntotoatsana sugiere que, en su incompletud, todo ser humano puede ser percibido como un ser completo.
Enrique Buenaventura, lejos de ese apreciado teatral lugar común que ilustra la máscara africana con rasgos semejantes a una pintura de Basquiat, revela a través de los textos dramáticos y la puesta en escena de la Trilogía del Pacífico una pretensión más honrosa: trasladar los mitos, leyendas y relatos de tradición oral africana a la región del Pacífico. De esta manera el autor indaga casi inadvertidamente en la pregunta que a su vez provoca: ¿cuáles podrían ser los rasgos culturales que definen al Pacífico colombiano?
El guinnaru, por su parte, está conformada por dos obras: la primera, titulada con el nombre de la misma; la segunda, titulada El munu Falémé. En la primera parte es evidente la intención del autor por enfatizar la dominación de la civilización, denominada en la obra “blanca”, sobre la estirpe africana llamada Fan. A través del encuentro entre un misionero cristiano y un hechicero africano, se expone la confrontación entre dos versiones sobre el nacimiento del ser humano, con la diferencia de que la versión africana es la que finalmente prevalece. Esta versión, aunque predomina sobre la cristiana, ilustra la muerte del primogénito de los Fan: los explotadores de ébano y marfil asesinan a Bongo, hijo del dios Nzamé y Mboya. En esta versión la figura del dios adquiere rasgos más próximos a los del ser humano: preña por lujuria, mata por celos y destruye su creación a causa de la ira. La magia, resinificada a través de la figura del hechicero que relata el mito de creación, se presenta como móvil de la historia. Tal vez el rasgo más relevante se encuentra en la sutil crítica política, religiosa y ética manifestada en el acto inicial: el misionero entrega a Otoyom, por pedido de Smithson —negrero que asesinó a Bongo—, la piedra verde que les permitirá vislumbrar el pasado y el futuro. Otoyom cuenta el mito de creación con el único propósito de señalar al asesino del fundador de los Fan.

Foto: flickr.com
En la segunda parte de la obra, el autor aborda la contradicción de un personaje con ascendencia africana que convive en un contexto ideológico, económico y social regido por terratenientes de procedencia extranjera. Una conversación en torno a la aparición de criaturas provenientes del río, dejará en evidencia el sistema de creencias de dos culturas poseedoras de móviles distintos: mientras Umar Fano, barbero con estatus de negro libre, cree en la existencia de las extrañas criaturas llamadas guinnaru —incluso adora a su esposa, quien surgió de ese conjunto de seres—, los hombres representantes del pensamiento occidental consideran su existencia un producto de la superstición. El acmé del texto dramático se desarrollará cuando Umar Fano decida cuál línea de pensamiento seguir, si la gestada en su experiencia y tradición, o la promovida por el pensamiento extranjero. Una enseñanza es evidente: para evitar asimilar el comentario inocuo como verdad, el interlocutor deberá confiar en la experiencia adquirida y la sabiduría proveniente de su instinto de conservación.
Por último, El maravilloso viaje de la mentira y la verdad enfatiza en la relación entre dos personajes conocidos como opuestos irreconciliables. Durante el viaje que ambos deberán emprender juntos, La Mentira y La Verdad exponen la irremediable naturaleza de las relaciones humanas: la necesaria intervención de ambas, en proporciones iguales o incluso en predominio de La Mentira sobre La Verdad, para conservar el equilibrio de las mismas.
La Trilogía del Pacífico de Enrique Buenaventura expone a través de historias aparentemente dispares, al menos en lo que respecta a sus fábulas, el antiguo encuentro de opuestos; ya sea ideológico, físico o cultural. En esta línea Ntotoatsana podría percibirse como el encuentro entre dos especies biológicamente distintas, El guinnaru como la confrontación de dos visiones adversas de mundo y El maravilloso viaje de la mentira y la verdad como la relación sostenida entre dos seres de naturaleza incompatible
La Trilogía del Pacífico de Enrique Buenaventura expone a través de historias aparentemente dispares, al menos en lo que respecta a sus fábulas, el antiguo encuentro de opuestos; ya sea ideológico, físico o cultural. En esta línea Ntotoatsana podría percibirse como el encuentro entre dos especies biológicamente distintas, El guinnaru como la confrontación de dos visiones adversas de mundo y El maravilloso viaje de la mentira y la verdad como la relación sostenida entre dos seres de naturaleza incompatible.
Ante esa predilección del autor, apoyada por supuesto en la recopilación de relatos africanos realizada por Cendrars, es inevitable pensar en la visión que desea construir del Pacífico colombiano. El retorno hacia algunos rasgos de la cultura africana, lejos del sentimentalismo ingenuo o el elogio fundamentado en la nostalgia del pasado (de acuerdo al mal dicho “todo pasado fue mejor” o la idea adolescente que defiende lo “distinto porque es mejor”), obedece a un interés por resaltar, y por ende recordarle al lector o espectador, la tradición mítica y narrativa de un continente poco visibilizado en América Latina o estudiado monocromáticamente. La unión de una dramaturgia construida a partir de relatos orales africanos y la elaboración de una escenografía y puesta en escena en consonancia con elementos estéticos de la región del Pacífico, suscita una doble lectura en la relación con la visión del turista (que asocio a una visión de extrañamiento, aunque no lo sea necesariamente): por un lado, al igual que África, la cultura del Pacífico ha sido diseñada y reforzada desde una visión exótica y vendible; por otro, esa visión de extrañamiento, que nace del encuentro con otra cultura, es tal vez la más apropiada para aproximarse al Pacífico. A través de la inserción de elementos visuales y sonoros propios de África —dialectos desconocidos, personajes con nombres de difícil pronunciación, telas con diseños inusuales—, el autor representa una región desconocida; y es en esa deliberada extrañeza donde radica la grandeza y genuinidad de su trilogía.



