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Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Un canto a la Mujer del Pacífico

Entre el 13 y el 21 de agosto se llevó a cabo el Festival de Música Petronio Álvarez. La Unidad Deportiva Alberto Galindo acogió la ciudadela, homónima del evento, y desde ahí se le rindió homenaje a la mujer del Pacífico, principio de grandes cosas. Este reconocimiento dignifica y exalta toda su la labor como transmisora de la sabiduría y la preservación de la cultura musical de esta región del suroccidente colombiano.

Por: Juan Sebastián Mina
Estudiante de Lic. en Literatura

Foto: Aymer Álvarez
Foto: Aymer Álvarez

Cuenta uno de nuestros mayores que Changó, colérico y vengativo, con su dedo fuego condenó al negro al crujir de las cadenas en barcos de la muerte. En la Diáspora, la Madre tierra lo ampararía entre sus islas dispersas y las acogedoras caderas de sus costas. Y ahí, entre el duro espinazo de sus espaldas que la atraviesa y el susurro del mar, se levantaría alegre, influyente, vivo. Con el gotear de los años, las comunidades negras trabajaron para que no se marchitara su herencia en medio de lo que parece ser la peor de las muertes: el olvido.

German Patiño, el lutier de la memoria, aportó a la visibilización y crecimiento de nuestra cultura con la inauguración del Festival en la Capital del Pacífico un seis de agosto de 1997.

Asimismo, la Mujer del Pacífico, desde tiempos de la colonia, fragua día a día el soporte del destino de una etnia que busca, como un río empeñoso, dónde desembocar y alimentar con sus aguas.

Por esa labor vital, cotidiana, rebelde, y en representación de cuatro mujeres (una por cada departamento: Nariño, Chocó, Cauca y Valle) las mujeres fueron homenajeadas en esta XXI edición del Festival de música Petronio Álvarez.

La gala inaugural contó con las presentaciones de Explosión Negra y el Encuentro de homenajeadas, Eva Pastora Riascos, Julia Estrada, Zully Murillo e Inés Granja, quienes con sus respetivos grupos, lanzaron un puñal de música contra las entrañas de la noche. El Ensamble Pacífico estuvo bajo la marimba armónica del maestro Hugo Candelario, quien a propósito del homenaje hecho a Eva Pastora, dijo que: “aunque no es tan conocida, ella es una columna vertebral de todo el sistema de marimba y sobre todo en Nariño. Mucha fuerza, su carácter muy importante para sostenerse y sostener nuestra ancestralidad y nuestro sonido tradicional original. Merecidísimo su reconocimiento y su homenaje”.

En el conversatorio Cuatro mujeres, cuatro historias, enmarcado dentro de la programación del Quilombo Pedagógico Germàn Patiño, las homenajeadas hablaron de la cocina, la música y la familia. “La familia es el núcleo de la sociedad”, dijo Zully Murillo. “Y todos saben que la madre es quien manda”, concluyó con la picardía que da la experiencia. En la Mujeres del Pacífico reposa una inspiración vital para sostener los saberes ancestrales. Sin embargo, su papel supera el mero acto de conservar tradiciones. La Mujer del Pacífico es una actora social imprescindible para las comunidades. Esto nace de la lógica del Quilombo, ese lugar de reunión que nos legó la costumbre angolana y que con los años se convirtió en un espacio de resistencia y cohesión social; la lógica de este espacio es la colectividad: solo existe lo nuestro.

Foto: Aymer Álvarez
Foto: Aymer Álvarez

Con esa filosofía subiendo en tropel por toda la comunidad, y expresada en nuestras prácticas, la Cantaora nacida en Quibdó exalta el papel de las parteras. “Mi partera era como mi segunda mamá; y a los que ella había ayudao a nacer, eran mis hermanos”. Este Patrimonio Nacional, lejos de ser un medio de ser un medio para ganarse la vida, compila en su quehacer otro elemento del Festival: la espiritualidad. Es un proceso de humanización; una manifestación de riqueza cultural que promueve valores en las familias.

A su vez, Eva Pastora Riascos, vocalista del grupo de música Perlas del Pacífico, el más antiguo de Nariño, agrega otro aspecto que involucra sociedad, familia y legado: la consejería. “Yo soy una consejera”. Además, agregó: “como mujer cantaora transmito mis sueños, anhelos y pensamientos y a través de ellos emito un mensaje a las nuevas generaciones para que la cultura no se pierda”. La ruta que esta mujer ha seguido son las pisadas de sus mayores, el rastro que ha dejado la voz en su comunidad, en su familia, en su vida. A esto se suma Nidia Góngora, otras (embajadoras), quien dice que “cantar es una tradición, es parte de un aprendizaje generacional, a mi mamá le enseñó mi abuela, a mi abuela mi bisabuela y a mí, mi mamá”.

Estas cuatro mujeres homenajeadas seducen con su espiritualidad, y en ellas confluye religiosidad y música. Los sonidos del Pacífico colombiano son ancestrales y las danzas pura espiritualidad. En su transmisión las mujeres son fundamentales en la medida que el primer medio de aprendizaje de estas tradiciones es a través de la observación y replica de los maestros y maestras. Allí las mujeres aparecen como importantes difusoras de la tradición desde el hogar, donde inculcan a hijos y familiares los conocimientos básicos de los sonidos, ritmos e instrumentos.

Acerado de música, el Pacífico es poseedor de una tradición letrista que sólo es comparable con la del Vallenato. Esta puede ser producto de una metamorfosis: hacer música el mundo. Nuestro mundo. En tiempos de la Colonia, por ejemplo, las grandes canciones vienen del dolor, del llanto, del lamento ardoroso de las faenas en minas y sembrados. En el Pacífico la construcciòn de la música es desde la cotidianidad. Muestra fidedigna de esto es Tomasa metiéndole mano a mi birímbí, o la hija que pide consejo a sus padres para porque siente una rasquiñita y como respuesta recibe la fórmula: hombre por aquí, hombre por allá, hombre en el San Juan y hombre en el Atrato; o esa cachaloba que le ha quitado el marido a Teresa, a Carmen y a Maria Luisa.

Una de las influencias grandes del Rock, por nombrar un caso en la música, es africana. Los solos de batería son aullidos que nos ponen en estado de alerta; nos devuelven a un estado puro, primigenio, elemental. El uso de este golpeteo rítmico es una de las herencias negras. El tambor convoca. A su vez, el guasà retiene, arrulla. Guasà y voz confluyen en un abrazo indisoluble y se expresan, generalmente, a través la mujer. La presencia de la mujer otorga dulzura al espacio musical. Su voz sigue el vaivén de las olas en un juego de altas y bajas de las octavas que dotan de vitalidad y contraste las músicas del Pacífico. Ésta, a diferencia de las coristas jamaiquinas que mientras cantan con sus manos tatúan en el aire mantras y concentran su energía en ellos, la voz emite la energía que entra por los oídos y, como si fuera la sombra de un rumor, inunda todos los rincones.

Foto: Oscar Hembert Moreno Leyva
Foto: Oscar Hembert Moreno Leyva

En el mundo llanero las notas crecen, quizás esta sea otro embajador árabe en nuestro país, porque deben abarcar los llanos, el desierto. En el Pacífico esas notas son para mover el mar, que no es otra cosa que una de las vías para transmitir el mensaje. Nuestras canciones se inscriben dentro de la música de la extensión que van a alimentar la inmensidad del mar. Todos los espacios se llenan con los sonidos al tiempo de que son reflejos del habla del negro. Esta fidelidad se refleja en las “pureza” que solo permite la ancestralidad. No contaminan sus letras con el extendido Ay ombe y sus degeneraciones.

Me es muy difícil entender la naturaleza de todas las cosas, en especial la de los seres humanos; sin embargo, esta edición del Festival me reveló que la música puede ser la clave para hacerlo. El murmullo sirimiri del guasá, el galope del tambor, la marcación seca del cununo, el candor de la marimba y las voces ancestrales fueron los encargados de traer el frenesí a los asistentes que presenciaron los 44 grupos en las 4 categorías que premia el Festival: Marimba, Chirimía, Libre y Violines. El Festival dejó de ser el espacio que congregaba a aquellos 5.000 habitantes de diversas comunidades del litoral Pacífico, y se convirtió en una fiesta para negros, blancos, indios, mestizos, pobres y ricos. Es un espacio incluyente.

Herencia erizó los corazones de las casi 60.000 personas que asistieron la noche de las semifinales del Festival. Los timbiquireños cantaron esos temas que se convierten en pangas y nos transportan al Pacífico del que muchos hablan y pocos recorren. “Mi Buenaventura” hizo parte del menú, y casi que en una epifanía colectiva todos fuimos poseídos y entonamos las notas al bello puerto de mar donde se aspira siempre la brisa pura. Esa noche cerraron con otro de los himnos del Festival: ¡Y dele! Esta marca registrada del Petronio esconde, para algunos, el tan anhelado retorno a África, donde tiene sus raíces en el vocablo: Kilele, el grito de rebelión y fiesta. Por su parte, la noche del domingo estuvo fecunda en gaviotas blancas que se agitaban por el cielo tras el galopar de la noche. La música, ese verso alegraba la vía, como dijo Martán Góngora, hizo que los astros se repartieran los vahos que provocaban el viche y el arrechón; esa emoción que dejan las notas de los instrumentos en el alma; esa agitación profunda que producen las letras; el temblor interno que sentimos cuando acompañamos con nuestras voces al que canta.

Este Festival es un elogio hacia un mundo florido que tiene ritmo para vivir, navegar y convertir el sufrimiento en música. Puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer. Y este homenaje es solo el primer paso. Deseo que la organización impecable del evento, se traslade al resto de nuestra sociedad, donde todos podamos bailar a un solo ritmo, el del tambor, el de las sonrisas, el de la música, el del corazón.

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