Por amor a María
Por: Juan José Hoyos
Periodista y escritor

Foto: elpais.com.co
Llegaron a Colombia en 1929, desde una tierra lejana y desconocida. Eran veintiocho personas. El 7 de octubre, abordaron en el puerto de Yokohama el barco de bandera japonesa Rakuyo Maru y se aventuraron a atravesar el océano Pacífico. El 18 de noviembre, el barco ancló en la bahía de Buenaventura, a más de mil metros de la orilla. Entonces no había muelles. Por eso los bogas debieron llevarlos en canoas hasta la playa. Allí, varios negros corpulentos los alzaron uno a uno como si fueran niños y los depositaron sobre la arena.
Al frente del grupo iba el hombre que los había convencido de hacer ese largo viaje. Se llamaba Yuzo Takeshima Yagamata. Era un estudiante de Idiomas y Economía de Tokio. El motivo del viaje parece una historia de novela: Takeshima había leído “María”, el libro del escritor colombiano Jorge Isaacs publicado en Bogotá, en 1867, y se había enamorado de los personajes y del paisaje del Valle del Cauca largamente descritos en sus páginas.
Takeshima tradujo al japonés la obra de Isaacs y publicó algunos capítulos en la “Revista Universitaria” de Tokio. En un país como Japón donde la gente es educada para no llorar, “María” descubrió para miles de lectores el consuelo de las lágrimas.
Después de leer “María”, Takeshima gestionó con los gobiernos de Japón y Colombia un proyecto de inmigración. El proyecto fue tan exitoso que el 14 de marzo de 1930, en el mismo barco, salió el segundo grupo, formado por cinco familias que atracaron en Buenaventura 36 días después. En 1935 arribó el tercer grupo.
Ryoko Teshima, entonces una joven mujer que también se aventuró a ese viaje, todavía recuerda su llegada a Buenaventura: “Subimos a un tren que atravesó la cordillera Occidental hasta llegar a Cali, y luego a un bus escalera que corcoveó a lo largo de una carretera que se acabó en Corinto. Continuamos a pie por un camino de herradura, atravesando ríos, montañas, selvas y quebradas durante dos horas de penoso caminar, exhaustos pero vigilantes de que los equipajes que iban a lomo de mula no se fueran a desplomar. Hasta que allá, a unos seis metros del río El Jagual, divisamos el campamento y a nuestros 58 paisanos inmigrantes”.

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Luego se dieron a la tarea de talar árboles, construir sus casas y empezar a sembrar. Las primeras noches durmieron en una barraca con techo de iraca, mientras construían las casas con horcones de guadua, techos de zinc y paredes de esterilla sobre pisos de tierra. “Dormíamos mirando por entre las rendijas la luna y las estrellas, muertos de cansancio, luego de un día de brega con las siembras de arroz secano, de maíz y de fríjol” dice Ryoko Teshima. Primero sembraban a mano y lograban recoger hasta dos cosechas por año. Después inventaron una sembradora y luego una cámara de fumigación cerrada con láminas de zinc que les permitía conservar el fríjol intacto y libre del ataque del gorgojo durante todo el año. Unos años más tarde, importaron tractores, arados, discos de rastrillo, cultivadoras, fumigadoras y moto niveladoras. Cuando las cosechas empezaron a desmejorar, emigraron hacia Florida, Candelaria y Palmira.
Ryoko Teshima todavía recuerda cómo los campos del centro del Valle del Cauca se convirtieron en pocos años en grandes extensiones de tierra llenas de tractores y rastrillos y de figuras diminutas que se movían como gacelas en un inmenso mar de sombreros y cultivos. Así empezó la agricultura mecanizada en el Valle.
El testimonio de la señora Teshima fue recogido por Ximena Yuriko Tanaka, una descendiente de japoneses nacida en Colombia y miembro del Taller de Crónica de la Universidad ICESI, de Cali. Su relato fue publicado por la universidad en el libro “Una botella de ron p’al flaco”, que reúne 23 crónicas sobre personajes e historias del Valle del Cauca escritas por alumnos del Taller, dirigido por el escritor Harold Kremer.
El objetivo inicial del grupo del señor Takeshima era producir fríjol para el mercado japonés. Sin embargo, el éxito logrado en el mercado colombiano por el fríjol rayado blanco y rojo, una variedad del shiro-kintoki, los hizo cambiar de planes. Cuando el precio del fríjol se fue abajo a fines de 1951, se unieron y fundaron la Sociedad de Agricultores Japoneses. Luego se expandieron por las fértiles tierras del Valle del Cauca alquilando haciendas que habían sido convertidas en pastizales para el ganado por sus dueños. Ellos las transformaron con rapidez en tierras de labranza gracias a la introducción de la mecanización. A través de la Sociedad de Agricultores, compraron tractores, trilladoras y camiones para modernizar no sólo sus cultivos sino toda la cadena productiva y de comercialización. La expansión por el Valle del Cauca les permitió tener educación para sus hijos, fundar un club social, viajar a Japón, decorar sus casas con jarrones, cuadros y biombos de su país, sembrar las huertas caseras con semillas importadas y tener jardines de estilo japonés.

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Una canción compuesta por algunos de sus descendientes, llamada “La canción del Jagual”, resume buena parte de esta historia: “Mirad la resplandeciente aldea, nuestra segunda patria, nuestro terreno cultivado… Aunque el tiempo para la gente cambia, el ideal permanece en nuestros corazones. Mirando la luna y las estrellas, explotamos esta tierra, y alabamos el nombre de nuestro terreno cultivado: ¡Valle del Cauca, Valle del Cauca, Valle del Cauca!”.
Según la Embajada de Colombia en Tokio, los japoneses han trabajado en nuestro país como barberos en Barranquilla, agricultores en Corinto y Palmira, comerciantes en Cali y jardineros en Bogotá. En los últimos años se han dedicado a cultivar en gran escala soya, maíz y algodón no sólo en el Valle del Cauca sino también en los valles del río Magdalena.
Hoy en día, la mayoría de los japoneses que llegaron en el barco Rakuyo Maru ya han sobrepasado la edad de los ochenta años y los jóvenes Nikkeis son san-seis o yon-seis, es decir, inmigrantes de tercera o cuarta generación. En total, son más de dos mil quinientos. Son japoneses, pero ahora Colombia es su segunda patria. Algunos sólo saben hablar en idioma español. Y todos ellos son hijos de una novela de amor.
“Juan José Hoyos: Premio Simón Bolívar a la vida y obra”
“García Márquez definió el periodismo como una pasión insaciable. “Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida” dijo. “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.
También citó la frase del escritor francés Albert Camus cuando era redactor jefe de Combate, el diario clandestino de la resistencia francesa durante la época de la ocupación nazi, en la Segunda Guerra Mundial.
Cuentan sus compañeros que una noche, después de una larga jornada, cuando estaban tomándose unas copas luego de dejar la edición del día siguiente en los talleres de impresión, Camus gritó entusiasmado. “¡El periodismo es el oficio más bello del mundo!”. Y los invitó a brindar.

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Camus empezó a trabajar en el periodismo desde los 25 años, cuando vivía en un barrio popular de Argelia habitado por trabajadores árabes y franceses. Entonces era un joven escritor desconocido y estaba enfermo de tuberculosis.
Años más tarde, cuando estalló la guerra y ya vivía en París, se vinculó a Combate, y luchó desde sus páginas contra la barbarie nazi. Combate, una palabra cavada en mi vida como un abismo desde que mi padre la eligió para darle nombre a su periódico.
En sus artículos publicados en Combate, Camus decía que la misión del periodismo es ayudar al público a “comprender” —y no solo a conocer— lo que está ocurriendo. ¿Instantaneidad o exactitud? Ante esta pregunta, respondía: “Poco importa ser el primero, lo importante es ser el mejor”.
Para Camus el periodista es, ante todo, un ser humano, dotado de ideas y sentimientos y comprometido con los hombres: es la voz de la humanidad que no puede hablar en voz alta.
¿No es esta una razón suficiente para decir que este es el oficio más bello del mundo?”
Juan José Hoyos: Premio Simón Bolívar a la vida y obra



