Qué pasó en mi barrio

Barrio San Cayetano. Un altar de antigüedad

La magia que conserva este antiguo barrio de Cali, despierta en sus fundadores los más nostálgicos recuerdos y el deseo permanente de transitar otra vez los caminos de su niñez.

Por: Andrea del Mar Gómez Carvajal
Estudiante de Estudios Políticos

Parroquia San Cayetano. Foto: Juan B. Díaz. Tomada de: http://images.cdn-eltiempo.com
Parroquia San Cayetano. Foto: Juan B. Díaz. Tomada de: http://images.cdn-eltiempo.com

Las colinas de San Cayetano ya no eran los lotes llenos de carboneros y resucitados donde Raúl jugaba cojín de guerra o a esquivar lluvias de piedras con sus amigos. Los juegos ya no eran lo mismo, tampoco lo era ya el lugar.

Las antiguas casas de ladrillo con solares, esparcidas cuidadosamente por el terreno fueron reemplazadas algunas y muchas otras alineadas con viviendas de diferentes estilos. De sus antiguos habitantes quedan pocos y sí, mucho más de sus descendientes.

De todos modos, el transcurrir del tiempo y todo lo que lleva consigo, no le impidió a Raúl Gómez Brand sentir bajo sus botas el mismo palpitar de la chorrera que sentía correr desde su niñez. Y mucho menos, que la brisa que le secaba el sudor cuando niño lo acompañara por el sendero ya conocido de su pasado.

José Dima Prado Guerrero. Foto: Tux
José Dima Prado Guerrero. Foto: Tux

Reliquias de San Cayetano

En 1938 la familia Gómez Cabezas ya habitaba ese antiguo terreno de Cali, cuando la quebrada La Chanca atravesaba sin encierros San Cayetano, y el barrio llevaba el nombre de la quebrada. Severiano Brand, un campesino que llegó del corregimiento de los Andes con sus nueve hijos, se pasó poco después. Ercilia y Angélica Brand juntaron para siempre el destino de ambas familias al contraer matrimonio con Heriberto y Cenen Gómez Cabezas en la iglesia de San Cayetano, construida el 7 de agosto de 1943, y llamada así en honor al santo que muere el día de su creación. A partir de ese momento el barrio empieza a llevar el mismo nombre del templo.

Al lado derecho de la iglesia, en la hilera de viviendas debajo del andén, se camufla una de esas casas resabiadas donde el tiempo se detuvo para que las nuevas generaciones palparan la magia del Cali viejo. En la cálida sala, decorada con un televisor anticuado y barrigón y fotos de Cali -en una de ellas, a blanco y negro, se destaca la compleja estructura de la iglesia antes del terremoto de 1979; una planta central cuadrada con cuatro portones a los lados y una cúpula en el medio- José Leonardo Gómez Cabezas, ayudado por los pertinentes aportes de su esposa Ana Ludivia, recrea ese San Cayetano que siguió el paso a paso de su vida, hasta la vejez. “Por aquí había como quince casas de bahareque no más” comenta con la tranquilidad propia de quien ha alcanzado la sabiduría. “Allá arriba tenían la carbonera. Vendían chuspitas de carbón y las repartían en una mula” dice, señalando un lugar sin dirección.

“En 1943 también se empezó con la Junta de Acción Comunal. Entre sus creadores estaba el papá de él”, dijo señalando a Raúl. “Mejor dicho fueron tres hermanos míos que comenzaron con la junta de San Cayetano: Cenen, Antonio y Heriberto”. En ocasiones, el tío Leonardo se quedaba pensativo y como si quisiera rescatar algo del pasado, así fuera entre los descendientes. Agrega: “uno de los hijos de Teresa tiene la ferretería en toda la esquina”. “¡Alvaro Jimenez!”, completa desde la cocina doña Ludivia.

Raúl Gómez Brand y Jose Dima Prado Guerrero. Foto: Tux
Raúl Gómez Brand y Jose Dima Prado Guerrero. Foto: Tux

A José Dima Prado Guerrero le sobró tiempo de su descanso del mediodía del trabajo en la tienda de don Hernando, lugar donde encontró refugio de su jubilación, para narrar con palabras concisas el pasado remoto de San Cayetano: “Llegue aquí a este barrio en el mes de junio de 1947”. Su casa se la compró a Lola Males de Muñoz por tres mil pesos. En la esquina contraria de su vivienda, “había una fábrica de vidrios. Eso lo compro Carvajal y compañía para sus obreros. Todos tres ya murieron esos dueños: Heriberto, Bernardo y Cenen”.

José Dima nos cuenta paisajes de calles despavimentadas, plantaciones de ají, personas cercanas, vecinos que improvisaban puentes con guaduas para cruzar la quebrada y llegar a sus casas. De días donde salía con su familia a bañar a la Chanca. Y como si pensara en ello a diario, relata los cambios que para él fueron más notorios. “La familia Ramírez compró toda esa loma, hicieron los cordones y vendieron”. Continúa, señalando algún punto del barrio: “Esa casa que está ahí la hizo el señor Celin Monsaño, después se la vendió a un señor Guillermo Escobar, y ahora la compró una señora que se llama Luz Mila con el esposo. Y así ha ido, todo ha ido cambiando”.

Con resignación más que con tristeza, reitera que el cambio más significativo está en las personas, en la ausencia de muchas de ellas. “El dueño de esa casa murió. El dueño de esa casa de ahí murió. Los dueños de esa casa de ahí para arriba también murieron. Con sus palabras demuestra el alto precio de ser longevo. Por donde quiera que pasaba el dedo algún vecino del barrio había muerto: Víctor Cárdenas, Moisés Astudillo y Cesar Plaza.

Una niñez esplendorosa

Para Raúl Gómez sus 23 primeros años de vida en San Cayetano fueron memorables. Un tiempo suficiente para que creara lazos permanentes con ese territorio. “San Antonio, San Cayetano, Nacional y Libertadores, eran como un solo conjunto donde jugaba. Todos esos barrios eran los patios de juego”. Su niñez y adolescencia la vivió -junto a sus doce hermanas y hermanos y sus dos papás- en la calle 1 # 13- 2 3 , un lugar central para Cali, no solo por pertenecer a la comuna tres, la más antigua de la ciudad, sino también por los mitos y actividades que cruzaron el barrio; El monstruo de los Mangones, Vampiro – así le decían al enfermero que trabajaba para Aristizábal- Jovita, Pacho Ríos, Micaela, Ziro el Zapatero y Algatiro, fueron algunos de los personajes que encararon la mitología caleña.

En esa época las casas eran de ladrillos, la quebrada ya estaba tapada y por donde quiera que se mirara había más lotes y árboles que viviendas. Los árboles que más recuerda, fueron aquellos que bautizaron: “Había un árbol que nosotros le llamábamos “Miaos de bruja”, de una flor zapote. A los resucitados les decíamos “Pinochito” y nos lo poníamos en la nariz”. Tiendas sólo había tres. “La tienda de la esquina, la del paisa y la de Don Hernando Viáfara”. El bus Gris roja pasaba por la segunda y el Alameda ruta dos pasaba por libertadores.

Sus calles empinadas lo sintieron crecer. Cambiar el fútbol inclinado y las correteadas maratónicas subiendo la loma, por fiestas en el sótano y el boom del hippismo. Transformar el tradicional corte del totumo por la rebeldía del pelo largo rizado. Pasar de ser el chaperón de sus hermanas al dueño de su propio destino. Abrazar con firmeza, al igual que su papá, sus convicciones políticas y sociales. Amar por montones en sus relaciones furtivas y forjar amistades que le durarían toda la vida.

José Leonardo Gómez Cabezas. Foto: Tux
José Leonardo Gómez Cabezas. Foto: Tux

En 1970, unos años antes del traslado de la familia Gómez Brand a una vereda, debido a la muerte de Cenen Gómez, su papá, pavimentaron las calles de San Cayetano por la celebración de los Juegos Panamericanos. Y se fueron antes, o después los vecinos que lo habitaron inicialmente. El terremoto de 1970 obligó al barrio a trasladar su imponente iglesia a la loma más alta del barrio, por una un poco más simple, que recibe discreta a los fieles creyentes de los alrededores.

Sin importar que ni él, ni el barrio son los mismos, sienten algo de consuelo al reencontrarse y confirmar que aún siguen unidos. Que todavía queda mucho de esplendor en ellos dos, que han sabido sortear las dificultades y los estragos de los años. “Es como un imán, yo siempre pasó por ahí. Cuando estamos en el centro yo arrimo, y me estoy un rato, ahí donde venden los jugos, en la trece con primera”, lo dice con una sonrisa serena, característica de las personas satisfechas con su vida.

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