Crítica

Yo, Gustave Flaubert: tras los rastros de una amistad ilusoria

Hay libros que nacen del azar y otros que parecen aguardar siglos para ser leídos. Yo, Gustave Flaubert, es decir, la correspondencia Flaubert-Merizalde, pertenece a ambas categorías. Este singular volumen, editado por Juan José Delgado y publicado por la Universidad de La Laguna, recoge un ejercicio de imaginación literaria que trasciende el tiempo; con esto aludimos al diálogo ficticio, pero profundamente verosímil, entre Gustave Flaubert y Alfonso Merizalde, un personaje que bien podría ser un heterónimo, una máscara, o una presencia interpuesta entre el escritor y el lector.

Por: Alejandro Alzate

Gustave Flaubert (1821 – 1880), escritor francés. Foto: Tomada de es.martincid.com
Gustave Flaubert (1821 – 1880), escritor francés.
Foto: Tomada de es.martincid.com

Este libro es más que un mero experimento literario. Es un juego intelectual, un homenaje a lo epistolar como forma de conocimiento, una punzante meditación sobre la escritura, la lectura, la soledad y el lugar del autor en el mundo. Lejos de constituirse en una reconstrucción histórica con tintes de erudición, Yo, Gustave Flaubert, propone una correspondencia imposible pero lúcida, hecha de anacronismos conscientes y reflexiones que dialogan con nuestra contemporaneidad desde el siglo XIX.

Una amistad literaria

A través de las cartas que componen el volumen, se dibuja una relación de complicidad e ironía entre los dos corresponsales. Flaubert se presenta con la voz áspera, apasionada y lúcida que conocemos por su correspondencia real con Louise Colet o George Sand. Es un Flaubert fiel a sí mismo: solitario hasta el hartazgo, exigente y defensor del estilo como una forma de moral. Merizalde, por su parte, es un lector devoto, un interlocutor que no se deja intimidar y cuestiona al autor con inteligencia y humor.

El diálogo apócrifo entre los dos no pretende engañar al lector, sino seducirlo desde la invención. Las cartas de Merizalde son también reflexiones sobre la condición del lector contemporáneo, sobre lo que significa dialogar con un autor muerto, y sobre el acto íntimo de la lectura. En ese cruce de voces, Delgado traza un puente entre dos siglos y, al mismo tiempo, entre la figura autoritaria del escritor y la libertad del lector para reescribir lo que lee.

La carta como forma de resistencia

Una de las virtudes del libro es la reivindicación de la correspondencia como género literario en sí mismo. En tiempos de comunicación instantánea y efímera, leer estas cartas —reales en su forma, imaginadas en su contenido— nos recuerda que escribir es un acto de resistencia. Las misivas de Flaubert son lúcidas, densas y a veces crueles. Hablan del oficio literario como una forma de sufrimiento, pero también como un destino irrenunciable.

En los tantísimos intercambios de correspondencia, el escritor francés reflexiona sobre su obra, sobre la recepción de sus libros y sobre los sacrificios que impone la vocación. Se burla del sentimentalismo al tiempo que se muestra vulnerable. Esa tensión entre la altivez del artista y la fragilidad del hombre es uno de los ejes que sostienen la intensidad de la lectura.

Quizá, lo más fascinante del libro sea la manera como Flaubert se convierte en un espejo para nuestras propias preguntas sobre la literatura. ¿Para quién escribimos y para qué? ¿Tiene sentido dedicarse a la ficción en un mundo cada vez más hostil al pensamiento? ¿Escribir es una forma de salvarse o de hundirse más profundamente?

Un libro para lectores activos

Yo, Gustave Flaubert no es un libro para consumidores pasivos. Su lector ideal con todos los debates y suspicacias que esto pueda generares aquel que disfruta los matices, que acepta la incertidumbre del género, que no teme preguntarse qué es verdad y qué es invención. En ese sentido, la obra juega con los límites entre autor y personaje, entre documento y ficción. Es un texto que exige, pero también recompensa, porque cada carta contiene una joya: una imagen, una idea, una herida expuesta.

En una época en la que se prefiere la velocidad y no la profundidad, y en la que el acto de decir es más importante que lo dicho, este libro propone una lectura lenta, una conversación aplazada que el lector puede retomar en cualquier momento. Es también una invitación a escribir cartas, a pensar en lo epistolar no como una nostalgia, sino como una forma vigente de comunicación con lo esencial.

Foto: Tomada de silaba.com.co
Foto: Tomada de silaba.com.co

Flaubert en nuestro espejo

Quizá, y al menos para quien estas líneas escribe, lo más fascinante del libro sea la manera como Flaubert —este Flaubert inventado y fiel a su espíritu— se convierte en un espejo para nuestras propias preguntas sobre la literatura. ¿Para quién escribimos y para qué? ¿Tiene sentido dedicarse a la ficción en un mundo cada vez más hostil al pensamiento? ¿Escribir es una forma de salvarse o de hundirse más profundamente?

A través de Merizalde, Delgado nos propone también un retrato del lector como corresponsal, como coautor, como figura activa en el fluir de los libros. Así, Yo, Gustave Flaubert no es sólo una correspondencia ilusoria: es una declaración de amor por la literatura, una forma de reencuentro con el sentido profundo de las palabras.

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