Crítica

Yo, el supremo: a medio siglo de su publicación

En América Latina han coexistido los déspotas y los escritores, los populistas y los mártires, los desposeídos y los burócratas, la buena y la mala praxis política. En ese orden de ideas, esta emblemática novela de Augusto Roa Bastos se consolida como un instrumento, como un artefacto, que evidencia, sin enjuiciar, los desmanes de los dictadores que han hecho del ejercicio político no un servicio público, sino una prebenda personal; no un guiño al fortalecimiento democrático, sino un acaparamiento vulgar del Estado y sus aparatos de poder.

Por: Alejandro Alzate

Augusto José Antonio Roa Bastos (1917 – 2005), escritor, periodista y guionista paraguayo.
Ilustración: Xulio Formoso. Tomada de periodistas-es.com

Augusto Roa Bastos sigue siendo el escritor más importante del Paraguay, país en el que también alcanzaron notoriedad autores como Gabriel Casaccia, Elvio Romero, Rubén Bareiro Saguier y Josefina Pla. La obra del nacido en Asunción, en 1917, dio cuenta de la situación política de su país y del tremendismo de conflictos como la Guerra del Chaco. A lo largo de su vida como escritor, Roa Bastos transitó con éxito
―y notable reconocimiento de la crítica― los predios del teatro, la escritura de guiones cinematográficos y la narrativa. Dentro de su producción teatral se destacaron obras como Alma de tradición (1944), El niño del rocío (1945) y Yo, el supremo (1985). En lo atinente a su actividad como escritor para formato cine, se destacaron piezas como Hijo de hombre (1960), Castigo al traidor (1966) y El señor presidente (1966).

Si a su narrativa se alude, dentro de esta despuntan obras como El génesis de los guaraníes. Leyenda de la creación y destrucción del mundo (1948), Hijo de hombre (1994), El trueno entre las hojas (1953), Vigilia del almirante (1992) y, desde luego, Yo, el supremo (1974).  En torno a esta última obra, que saluda el cincuentenario de su publicación, volvemos hoy para reactualizar su contenido y su vigencia literaria.
Lo primero que ha de decirse es que, desde el momento de su aparición, se sumó al conjunto de títulos que, en América Latina, revisaron y cuestionaron las dinámicas caudillistas y dictatoriales revestidas con peligrosos populismos mesiánicos. Asimismo, la novela observa temas como el compromiso político del escritor con el hecho literario en sí.

Yo, el supremo establece un diálogo histórico y político-cultural con novelas como El señor presidente (1945), de Miguel Ángel Asturias; El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier; La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa; o El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez. En todas ellas, el leit motiv gira en torno a la observación crítica del ejercicio político personalista que, en su ejecución, se aleja de los valores democráticos y civilizatorios inherentes a la modernidad. A su manera, cada texto observa el conjunto de vicios, excentricidades, corruptelas, delirios y radicalismos que ensombrecen los nobles ideales de la acción política. En ese sentido, por ejemplo, Yo, el supremo resquebraja el caudillismo intransigente del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó Paraguay durante 26 años. Lo interesante es que la novela, en ese propósito, va hacia atrás, es decir, hacia el siglo XIX, situación que no la convierte en una arenga histórica, pero si en un texto que ahonda en la faceta personal, mental y espiritual del dirigente, quien jugó un papel importante en la gesta independentista del Paraguay en 1811.

Yo, el supremo se erige, medio siglo después de su publicación, como un ejercicio metaliterario y preocupantemente atemporal; esto último en la medida en que nuevos doctores Francia se campean por las pampas y valles de esta América amarga, como la denominó Luis Rafael Sánchez.

Mediante este recurso, es decir, el de la vuelta al pasado nacional, Roa Bastos se aseguró de emplazar un periodo de tiempo suficientemente largo que pudiera dar cuenta de los vicios de la república desde su emancipación del poder español; aspecto que resulta sumamente ambicioso y perspicaz en cuanto explica e indaga los erráticos procedimientos políticos desde el origen de la historia republicana en sí. Conforme lo indican Castellanos y Martínez (1981) Yo, el supremo “rehúye el pasquín político al tiempo que busca retratar y comprender al autócrata en toda su complejidad psíquica”. Lo importante de esta forma de confeccionar la novela es que también retrata y da pistas para comprender el alma nacional, esto es, los conceptos de nación y nacionalidad sobre los cuales se estructuró, al menos en un principio, el proyecto político, cultural y espiritual paraguayo.

Lejos de cualquier tentativa didáctica o moralizante, Roa Bastos se ocupó de analizar al dictador como un confuso reflejo del alma nacional; abstracción errática y huérfana de orientación civil y legalista. Lejos de condenarlo o enjuciarlo, de lo explícitamente punitivo, la pluma del escritor observa al déspota con el firme propósito de evidenciar tanto sus procedimientos políticos como sus delirios por perpetrarse en el poder. En virtud de ello, la técnica empleada es la del flujo de conciencia mediante el cual el Dr. Francia dicta a su amanuense, Policarpo Patino, sus pensamientos y voluntades; siempre inobjetables, desde luego.

Foto: Alfaguara.

Lo anterior permite inferir que, si no hay un enjuiciamiento, si no hay una escritura en clave de diatriba, si no hay un alegato per sé, la novela se plantea, más bien, como una radiografía de lo que el poder despierta en el espíritu de los hombres. A lo largo de la trama, y esto debe tenerlo en cuenta el lector, la obra desvela el poder como un artificio al tiempo que también hace lo propio con la escritura y la literatura. La riqueza del texto no está en el tema, el personaje o la impugnación de su poder absoluto. Por el contrario, lo revelador se haya en el hecho de percibir la literatura como una construcción polifónica que se suma a la reconfiguración de la historia. Los mecanismos de dicho procedimiento se efectúan a través de la re escritura de la escritura literaria monológica y lineal, es decir, la novela despliega disímiles técnicas, voces, archivos, documentos, puntos de vista, secuencias, temporalidades y planos narrativos que confeccionan, en su variabilidad, el espacio literario. Así las cosas, lo literario y lo social se muestran compuestos por una ingobernable heterogeneidad de factores. Dentro de estos, la muerte se erige como el único inevitable y, por ello mismo, preocupante dentro del universo de la ficción novelada.

“Como el Rodin desolado de Mistral, el dictador se acuerda de que es carne de la huesa. El absoluto huele el olor a finitud y se impacienta. Jamás ha tenido la intención de nombrar sucesor alguno. Mi dinastía comienza y acaba en mí. Despacha al médico, a quien le ordena guardar silencio sobre su salud y, atónito por la noticia, no sabe qué hacer. Observa el meteorito que tiene engrillado en su despacho y vuelve a meditar en las posibilidades que tiene de controlar la fortuna: por ahora Dios no me ocupa. Me preocupa dominar el azar”.

Es en este punto donde se establece el choque del cual no hay regreso. Para el dictador, el fin de la vida terrena significa el término de su vanagloria personal; no obstante, para la historia ―y las comunidades que en ella deambulan―, significa la peligrosa imposibilidad de erradicar el despotismo político, evidentemente nefasto. Enorme resulta el desfase entre las dos instancias, como bien podrá colegir el lector que se acerque al texto. En conclusión, entonces, Yo, el supremo se erige, medio siglo después de su publicación, como un ejercicio metaliterario y preocupantemente atemporal; esto último en la medida en que nuevos doctores Francia se campean por las pampas y valles de esta América amarga, como la denominó Luis Rafael Sánchez.

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