Crítica

Una novela menor para un escritor mayor

Muchas cosas se han dicho sobre Mario Vargas Llosa. Una de ellas, muy certera, es que su obra sintetiza gran parte de la historia y del espíritu de la literatura latinoamericana contemporánea. Durante su extensa carrera, el Nobel (2010) ha incursionado en el cuento, el ensayo, el teatro y la novela; géneros en los cuales ha demostrado su preclaro talento. No obstante, su última novela titulada Le dedico mi silencio no está a la altura de las obras que lo consagraron  en los años 60 y 70, cuando brotaban a raudales sus preocupaciones políticas, estéticas y técnicas.

Por: Alejandro Alzate

Mario Vargas Llosa, escritor peruano. Foto: Gianfranco Tripodo.
Mario Vargas Llosa, escritor peruano.
Foto: Gianfranco Tripodo.

Le dedico mi silencio es una novela menor. Una novela que, asumida y leída como parte de una tradición narrativa, bien puede situarse dentro del conjunto de obras que encontraron, en la música popular latinoamericana, un dispositivo desde dónde ser contadas. Vistos en perspectiva, títulos como La importancia de llamarse Daniel Santos, de Luis Rafael Sánchez; Tres Tristes Tigres, de Guillermo Cabrera Infante; o Celia Cruz: reina rumba; de Umberto Valverde, también apelaron al motivo que hoy Vargas Llosa reactualiza con agridulce resultado; esto es, la profunda relación entre el folclor popular y la construcción de la identidad nacional, de la peruanidad, en este caso.

A lo largo de las 301 páginas que componen el texto, el hilo conductor se centra en el titánico esfuerzo de Toño Azpilcueta por reivindicar, tanto la huachafería, como los valsecitos, huainitos y marineras quecondensan las más sentidas expresiones de la música peruana. En pos de ese objetivo, este personaje ―pobremente concebido, sin mayor profundidad ni complejidad psicológica― recupera el legado del más excelso guitarrista de la nación: Lalo Molfino, quien a la postre se presenta como un desastrado; como alguien que, tras haber sido abandonado en un basural de Puerto Eten, al nacer, se consagra como un artista deslumbrante y particular. Lo primero, a raíz de su virtuosismo; lo segundo, como resultante de su incapacidad para relacionarse con cualquier otro músico, con el entorno y con el mundo.

…la novela exalta una utopía que no es otra que la de la utilidad del arte para recomponer el espíritu roto del Perú, tentativa que se desmorona al interior de la propia trama…

No obstante su carácter, su condición de ídolo es la que redime tanto a las masas de la periferia, como a los alejados de los centros de poder intelectual y económico. Su arte, como sucede con Daniel Santos, o Celia Cruz, deviene en punto de encuentro entre sectores antagónicos: cholos y blanquitos, miraflorinos o marginales. Es en ese sentido que Le dedico mi silencio se funde con el espíritu de la denominada novela bolero de los años 70. Bajo esta denominación, cabe recordar, la crítica literaria agrupó al conjunto de obras que apelaron a la música ―salsa y bolero, en particular― para dar cuenta de los procesos de emergencia barrial y comunitaria en América Latina. Así, pues, la historia novelada deja en claro que Toño Azpilcueta “estaba dejando un libro, Lalo Molfino y la revolución silenciosa, en el que demostraba que la música criolla podía doblegar prejuicios y abrir las mentes y los corazones. Si la música había unido a Tony y a Lala, ¿por qué no iba a hacer lo mismo con los demás compatriotas? Podría parecer una idea excéntrica, pero desde luego no era una ocurrencia. Llevaba toda su vida pensando en ello, y estaba seguro que una vez que se empezara a leer su libro lloverían las demandas de una educación musical en las escuelas que familiarizara a los infantes, desde el inicio de su existencia, con las arterias de la nacionalidad. Se les enseñaría a tocar instrumentos, a cantar el repertorio de los temas clásicos; habría clases de bailes, marineras, valses, polcas, que reconciliaran las diferencias, los abismos sociales, e hicieran que más ricos blanquiñosos como Toni se unieran felices con negras pobretonas como Lala o viceversa, mujeres blancas y ricas cayendo en los brazos de hombres negros, cholos, indios tan pobres como el mismo Toño” (214).

Ecuménica en su carácter, la novela exalta una utopía que no es otra que la de la utilidad del arte para recomponer el espíritu roto del Perú, tentativa que se desmorona al interior de la propia trama; tal como lo deja en claro el Dr. Quispe, psiquiatra que atiende un par de episodios psicóticos de Toño. En diálogo con su ensayo de 2012, La civilización del espectáculo, Vargas Llosa defiende aquella idea de su juventud según la cual las bellas artes portan la clave para transformar, sanar y enderezar sociedades. El punto es que la obra no tiene ni la fuerza ni la consistencia para hacer de Lalo Molfino el eje principal de la narración, para sostenerlo en el mentado propósito reunificador.

Foto: Alfaguara.
Foto: Alfaguara.

La historia se resquebraja cuando lo que predomina, con insistencia, es la anodina lucha vital de Azpilcueta y no la del guitarrista. El primero opaca al segundo y se roba la atención sin mayor transición ni mérito.  Tras vivir una cotidianidad que romantiza la escritura y padecer la precariedad económica y espiritual, Toño Azpilcueta diezma la fuerza de la historia y cambia el foco: su obsesión con las ratas, su enamoramiento cliché de Cecilia Barraza, su forzado ingreso como catedrático a San Marcos y su posterior regreso a la nada, a la constatación de que lo suyo no era la grandeza sino la estrepitosa medianía, (esto constituye el fin de la utopía), frustran el desarrollo de la historia personal de Molfino, quien por demás muere de manera prematura, sin posibilidades de tener un mayor juego narrativo, siquiera un póstumo disfrute de su condición de ídolo.

Pareciera que Vargas Llosa apela a su memoria y elabora un mix de situaciones a veces poco afortunado. Con esto quiere decirse que Toño Azpilcueta vive la escasez que padecieron en Europa los escritores del Boom (empezando por el propio autor peruano) y se presenta como un soñador ad portas de emprender una causa casi imposible: la reivindicación del malogrado Lalo Molfino y, mediante él, de la utopía cultural, reiteramos, gran telón de fondo de la novela. El punto es que esto no se logra de manera cabal, pues el objetivo se diluye. Todo termina, tal como lo menciona  Antenor Cabada, editor del libro de Toño Azpilcueta, en una alusión, en una divagación en torno a tantos temas que, al final, “no se dice nada”. La amplitud, el deseo por contarlo todo del atribulado aprendiz de escritor, da lugar a la divagación y a la subsecuente sanción del texto en los círculos académicos y librescos. La historia de Lalo Molfino desaparece, se esfuma, y conforme se imprimen la segunda y tercera edición del libro, que en un momento inicial se vendió muy bien, la escritura deriva en una armazón temática sin pies ni cabeza que ostenta, eso sí, una pretensión totalizante, con lo cual Vargas Llosa desempolva el manido concepto de la novela total, tan propio de su juventud y de sus años de formación como escritor.

Finalmente, y de manera predecible y aburrida, la historia cierra de manera simplona: Toño Azpilcueta, vencido, retorna a la precariedad, al cansancio y a la derrota. A la constatación de que a veces las utopías son puentes que se quiebran por la mitad. En cada uno de estos procesos, que lo aplastan como losas de concreto, lo acompaña Cecilia Barraza, quien, a la larga, puede leerse como un personaje que evoca, sin mayor lucimiento, a la protagonista de Travesuras de la niña mala, una novela mucho más ágil y convincente, quizás menos pretenciosa y, por lo tanto, más auténtica y efectiva.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba