Un mal que sí dura cien años
El pasado dos de mayo, en el marco de la Temporada de Teatro de Univalle, se presentó A la diestra de Dios padre, una de las obras más emblemáticas de la literatura nacional. Escrita por Tomás Carrasquilla y adaptada por Enrique Buenaventura, este montaje no dejará nunca de ser una contundente denuncia contra el status quo. En esta ocasión fue interpretada por una agrupación de Buenaventura, lo que introdujo nuevos matices al clásico.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Quizá ya no es así, pero hace un par de años la lectura de Tomás Carrasquilla era un imprescindible en la vida de todo estudiante. A la diestra de Dios padre puede ser uno de los cuentos más emblemáticos de toda su obra, ya sea porque es muy gracioso o porque se deja leer con relativa facilidad. Pero esa no parece ser la verdadera razón detrás de su éxito. Aunque sea difícil, escribir algo chistoso no requiere de ninguna habilidad especial; basta con tener sentido del humor y conocer el público al que le apuntas. Lo que diferencia a esta historia de cualquier divertimiento memorable es el enfoque con el que está narrada, de ahí que no se la deje de leer ni de llevar a las tablas. Carrasquilla logró que la realidad campesina se erigiera en protagonista. Catalizada en la figura de Peralta, Buenaventura pudo conservar este arriesgado giro en su adaptación dramática, y Johann Philpp, el director de esta versión, supo imprimir nuevos giros que la acercaran aún más al espectador moderno.
Johann Philpp cuenta con un largo recorrido a nivel cultural: es director y representante legal de la fundación artística y cultural En Obra Negra; también hace parte de la corporación artística y cultural Oxymoron, y de la corporación El Litoral, la primera de Cali y la otra de Buenaventura. Además, desde el 2018, también está adscrito al Departamento de Artes Escénicas de la Universidad del Valle – Sede Pacífico, en la modalidad de profesor contratista.
Quien haya leído el cuento o la versión de Enrique sabrá por dónde van los tiros. Un hombre muy humilde, Peralta, recibe en su casa a dos peregrinos, sin saber que se trata de Jesús y San Pedro. Estos “olvidan” una bolsa de monedas a propósito, y Peralta, en lugar de quedárselas, va en búsqueda de ellos y se las devuelve. Gracias a la honradez de la que hace gala, Jesús le concede cinco deseos, con los que el personaje hará y deshará a lo largo de la obra.
No creemos que sea necesario revelar el desenlace, más bien enfoquémonos en las particularidades que la hacen distinta. La anécdota es casi igual, no hay cambios demasiado perceptibles, los eventos se suceden como en el original, aunque las fronteras impuestas por la física al momento de traducir eventos puramente fantásticos obliguen a buscar salidas menos espectaculares.
El director y el equipo añadieron pequeños guiños a nivel de vestuario, montaje y puesta en escena, celebrados por el público con risas y aplausos. Tal vez el verbo más apropiado no sea “añadir”, porque no se trata de un mero abalorio que suma y ya; los giros “reestructuran” la compresión de la obra e interpelan de manera distinta al espectador. Carrasquilla tomó como punto de partida la realidad de los campesinos antioqueños, Buenaventura lo mantuvo tal cual, o al menos eso lo que creemos, pero Philpp lo trasladó a la cotidianidad de los actores, de ahí su acento, la naturaleza de los chistes y la ruptura que proponen respecto a la cuarta pared. Jesús y San Pedro, como verdaderos peregrinos, vienen vestidos como el típico gringo: camisa floreada, shorts y sandalias. La comparación no es gratuita, en su primera intervención hablan justamente como gringos. Esto puede tener una correlación con el universo planteado, pues la obra parece ambientada en Buenaventura. El disfraz de Jesús y de Pedro no viene dado por la identidad trashumante del peregrino del siglo XIX, que, bajo ese parapeto, no está obligado a revelar quién es o de dónde viene. Lo mismo que ocurre con un gringo que visitara las playas del Pacífico colombiano. El atuendo de turista, el acento y su aparente desconexión ya son garantías suficientes. El espectador promedio ha perdido contacto con la tradición del peregrinaje, pues se trata de una práctica en desuso, mientras que el turismo exótico se erige como parte de un itinerario aspiracional. La vuelta de tuerca apuesta por esto; renuncia a la fidelidad para establecer un vínculo más profundo, sin violar la intención artística de fondo. Gracias a esto logra establecer complicidad, pues el diálogo se nivela. El clásico demuestra que no por serlo es inaccesible y aburrido, e invita al espectador, que puede completar el sentido sin ser un erudito.
La reacción del público fue muy positiva. Las risas no dejaron de oírse a lo largo de toda la obra. El equipo consiguió generar un efecto cómico sin ir en detrimento del mensaje que fundamenta la obra. Peralta lucha con distintas fuerzas durante todo su recorrido, fuerzas que personifican las instituciones de nuestra sociedad capitalista, a veces sin filtro alguno, como en el caso del banco. La denuncia continúa vigente, a más de cien años de que se escribiera el cuanto que le sirve de excusa. Algunos estudiosos afirman que Carrasquilla no se inventó nada, que solo recogió historias de la tradición oral y les dio forma literaria. Sería entonces el pueblo mismo quien en medio de sus privaciones ideó una “cosmogonía” de redención que lo ayudara a vengarse de los más poderosos, si quiera con las armas de la imaginación.

Además de la caracterización de personajes como Jesús y San Pedro, también hubo otra suerte de guiños; algunos personajes hicieron dabs en medio de sus intervenciones, un gesto viral que le dio la vuelta al mundo y que fue muy popular entre el 2013 y el 2017. También realizaron algunos bailes de naturaleza histriónica, o adelantaron “números” que recuerdan al tipo del payaso blanco y el payaso auguste. Con todo, es preciso admitir que no siempre se alcanzó un equilibrio ideal entre cada transición, a veces se notaba la costura. Esto no significa que lo hayan hecho mal, los momentos de ruido, si se los puede denominar así, fueron escasos, y creemos que obedece más a los nervios que a la desconexión. También es preciso echar un ojo al número de gags por escena, o por tiempo, ya que es posible fatigar al espectador. Hay un límite difuso entre el juego y la solemnidad; creemos que la obra se mantuvo ahí y se preservó inteligentemente, pero de cruzar en alguna dirección se echaría a perder la atmósfera. Es probable que todo riesgo desaparezca con un pequeño ajuste, y no es descabellado pensar que ya trabajaron en esto, pues luego de hablar con los actores y el director, uno concluye que son muy autocríticos y perfeccionistas.
A nivel de actuación creemos necesario destacar el trabajo de Peralta (Pedro) y del ciego (Hilary), a quienes tuvimos el gusto de entrevistar al finalizar la presentación. Los otros también hicieron un muy buen trabajo; en general hubo un desempeño sobresaliente por parte de todo el elenco. La mención especial a estos dos viene de lo que pudimos escuchar al salir del auditorio. Oímos a cuatro personas hablar sobre la consistencia en el papel de Peralta, que según ellos “no decayó” ni en los momentos de mayor confusión, —suponemos que se referían a cuando había varios personajes actuando al mismo tiempo—, y que además “sirvió de faro” para sus compañeros. Esto puede interpretarse de muchas maneras: potenciaba el talento del resto; coordinaba el movimiento sobre las tablas, o supo aprovechar las ventajas de ser el protagonista. De Hilary se dijo otro tanto, aunque también oímos a un grupo de mujeres que calificaron su actuación de muy “pulcra”.
El montaje estuvo al nivel de la obra. Al menos, a simple vista, no percibimos ningún malentendido que interrumpiera el ritmo o la fluidez. Los movimientos fueron gráciles y oportunos. Casi todos los personajes interactuaron de manera consistente con el entorno; entraban y salían sin atraer la atención sobre ellos, lo que fortalece la verosimilitud. Sin embargo, no parece que esta fuera uno de los objetivos a perseguir; de ser así, no habrían roto la cuarta pared un par de veces, señalando al público e interactuando con él. Las luces y el sonido también cumplieron un rol destacable: hubo relámpagos y juegos de sombras que solucionaron cuestiones de gran interés, como cuando el rey le narra un sueño profético a Peralta. La solución que proponen al abismo de la imaginación fue de lo mejor. El único aspecto que podría mejorar es la aptitud de los actores al tocar la marimba. Juan Esteban Albán, un asistente, teorizó sobre la naturaleza de este instrumento y de su acompañamiento: la vincula al sentido de la historia. Negativo cuando lo toca la muerte (A peralta le va mal), positivo cuando la toca Jesús (le va bien), y cuando lo toca el protagonista, una señal de que él se ha convertido en el amo del destino. Albán opinó que, en las primeras escenas, la aptitud de los actores no se correspondía con la de su papel cuando tocaban la marimba. Era como si al tomar las baquetas dejaran de ser lo que son para convertirse en un mero arreglista. Nosotros desestimamos esta lectura y oponemos el ejemplo de la discusión musical entre Jesús y Pedro como una prueba de lo contrario.
El montaje estuvo al nivel de la obra. Al menos, a simple vista, no percibimos ningún malentendido que interrumpiera el ritmo o la fluidez. Los movimientos fueron gráciles y oportunos. Casi todos los personajes interactuaron de manera consistente con el entorno; entraban y salían sin atraer la atención sobre ellos, lo que fortalece la verosimilitud.
La obra terminó en un auténtico jolgorio. Ya no recuerdo si los aplausos vinieron antes o después, pero lo cierto es que fueron prolongados y entusiastas; a la gente le encantó lo que vio esa noche. Una vez que terminaron con la mojiganga, los actores rompieron a bailar por todo el escenario, arrastrando a varios de los espectadores de la primera fila, que no se arredraron y bailaron con ellos. Los muchachos —como el director se refiere a los actores— estaban pletóricos de felicidad. Hicieron numerosas reverencias, o bows, como se le conoce a esto en inglés, y aplaudieron al público que los celebraba. A la menor oportunidad fuimos hasta ellos y los entrevistamos.
Pedro (Peralta) fue el primero a quien nos acercamos. Dijo estar nervioso porque era su primera obra con texto, además de sentirse profundamente agradecido con el público, al que calificó de “generoso”, un adjetivo que se repitió en las tres entrevistas. La extensión de la obra fue el principal reto que vivieron, esto en opinión de él, pues hubieron de hacer un trabajo considerable para hallar el ritmo apropiado. A nivel personal tuvo problemas con la memorización de sus fragmentos, aunque en el escenario no lo atormentaran; no falló ninguna línea, y si la falló nadie se dio cuenta, pudo salvarla como se debe. Mientras actuaba lo embargó la nostalgia, las ganas de reír y las ganas de llorar, lo que aún se reflejaba en su rostro. A la pregunta de si se sentía Peralta respondió categóricamente: “Es que yo soy Peralta”. Creo que nadie en el auditorio lo habría dudado.
Hilary (El ciego) fue más bien tímida. Al principio no estaba segura de conceder la entrevista, quizá porque la abordamos de repente o porque se hallaba sobrestimulada. Sea como sea, luego de un par de rodeos, acabó por aceptar. Que sea tímida no implica que haya hablado con menos propiedad ni que fuera parca en sus respuestas. Destacó el impacto de haber actuado en un escenario de estas dimensiones y frente a un público tan grande, al que también calificó de “generoso”. La mayor dificultad con la que se topó como actriz fue la de hallar una voz para su personaje. El ciego es un hombre de voz ronca y aptitud beligerante. La opinión del público le dio el visto bueno a su decisión final. También habló de los problemas que vivió el equipo al momento de preparar el montaje, aunque esto no parece haber escalado, pues no hubo el menor contratiempo. Hilary solo piensa en “gozársela” cuando está en el escenario, y todos lo pudimos notar.

La entrevista con el director hubo de esperar un poco, recién había terminado la presentación y es lógico que tuviera asuntos por atender, aunque no por esto se olvidó de nosotros, nos abrió un espacio en cuanto pudo hacerlo. Johann Philpp se mostró particularmente locuaz. Ya había montado la obra como estudiante, y la mayor diferencia que notó entre una y otra, como estudiante y director, fue que ahora sí la entiende. Se refiere al mensaje de fondo, a la denuncia que entraña, aún vigente, pues los ricos siguen haciéndose más ricos y los pobres más pobres, a los que a falta de dinero solo les queda la posibilidad de unirse para aguantar. Como director tiene una visión estructural de los obstáculos que trae consigo la puesta en escena de cualquier obra. Sin embargo, los problemas más difíciles no vinieron de la obra misma, sino del contexto donde se gestó. Para no dar muchas vueltas, la realidad social de la zona retrasó y boicoteó algunos de los ensayos. Los “dueños de Buenaventura” decidieron pelearse, lo que trajo consigo un toque de queda extraoficial que impedía la circulación de personas después de las cinco de la tarde. Amén de esto, la falta de agua o de comida, deterioró las condiciones de los ensayos. No es lo mismo ir a la universidad sin haber desayunado que ir con la barriga llena. Sin contar que hubo un déficit de actores, al principio eran catorce y solo quedaron once, de ahí que algunos hicieran dos papeles a lo largo de la obra.
A la diestra de Dios padre ha sido presentada en tres escenarios distintos: en un teatro de Buga, otro de Buenaventura y en el auditorio cuatro de Univalle. En los dos primeros —según Philpp— las cosas no salieron muy bien, estaban muy nerviosos, pero esta vez fue diferente. Los actores dieron lo mejor de sí y el público supo valorarlo. Philpp cree que les hacía falta un poco de esto, “un día de reconciliación” que les ayudara a levantar cabeza. No significa que no tenga reconvenciones por hacer, él hizo sus respectivas anotaciones y piensa seguir trabajando con los estudiantes. Parece que es muy riguroso, no por nada los actores le pidieron que no fuera “tan regañón”. Como director sabe lo que su equipo necesita y no va a renunciar a la excelencia; los soltó un poco, pero sigue apretando.



