Un escritor entre la poesía y la ciencia
El pasado viernes 14 de noviembre, en ceremonia solemne, la Universidad del Valle le otorgó el Doctorado Honoris Causa en Literatura al escritor vallecaucano Julio César Londoño, máxima distinción otorgada por la institución a quienes se destacan por haber creado una obra significativa en la ciencia, el desarrollo tecnológico, las artes, las humanidades, la educación o las ciencias sociales. A continuación, reproducimos el discurso que pronunció durante la ceremonia el profesor Darío Henao Restrepo, director de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.
Por: Darío Henao Restrepo
Director de la Escuela de Estudios Literarios, Universidad del Valle
Es miserable nuestra condición: a plena luz caminamos a ciegas.
Francisco Sánches, Quod nihil scitur (1581)

Comienzo estas palabras para hablar de la obra de Julio César Londoño que le ha merecido el otorgamiento del título de Doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad del Valle, con la cita del médico-filosofo gallego Francisco Sánchez, autor de la obra Nada se sabe (1581). He llegado a este libro por la lectura de otro filósofo (ha venido varias veces a nuestra Escuela a dictar seminarios), el catalán Eduardo Subirats. En su más reciente libro, A plena luz caminamos a ciegas (2025), titulo tomado de la obra de Sánchez, Subirats, 500 años después, hace su crítica de la conciencia escindida postmoderna, impuesta en estos tiempos en los que impera una racionalidad tecnológica, industrial y militar cuyo último significado, según sus propias palabras, es sacrificial – el holocausto de toda la humanidad como sangriento espíritu de la historia universal. Asistimos a una guerra global descentrada e híbrida, a una guerra mundial no-declarada e indefinida. Junto a los pavorosos genocidios, como el de Gaza perpetrado por el sionismo israelí, las ruinas de esas guerras multiplican las disrupciones y las crisis ecológicas y sociales con intensidad creciente. Y se desintegran comunidades y culturas milenarias.
Este breve contexto, hoy como hace cinco siglos, se encara inevitablemente tomando fundamentos del escepticismo, entremezclado a veces con diversas formas y visiones del mundo. En el caso de Francisco Sánchez, su visión escéptica se propuso acabar con la hegemonía de la escolástica aristotélica imperante en el panorama intelectual de su época y que dominaba de manera asfixiante la mayoría de los ámbitos educativos, de forma que ningún estudiante podía sustraerse a esta influencia que para Sánchez se ofrecía perniciosa. Así, el recurso al escepticismo se constituye una manera de encarar el pensamiento imperante en una época. Para nuestra época lo hace en su descarnado análisis del filósofo Eduardo Subirats.
Convengamos que este breve contexto inicial sirve para caracterizar, de algún modo (incompleto, provisional, soy lector de su obra y he escrito sobre ella), la visión que, en muchos de sus ensayos, cuentos y columnas periodísticas, con refinadísima prosa, Julio César ofrece a los lectores. Frente a este mundo que alimenta la desesperanza, él lo enfrenta, a veces con escepticismo, con humor e ironía, con ternura y asombro, compartiendo con el lector su viaje intelectual por mundos maravillosos, y por la vidas y obras de hombres y mujeres de todas la épocas y culturas que nos siguen interpelando y mostrándonos cómo tratar de entender este mundo. Leer sus textos es un efectivo antídoto contra esa realidad artificial vaciada de vínculos existenciales con el mundo natural y humano. Por ejemplo, sus versiones de cuentos de Lion Miller, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, L’Isle Adam y Gottfried August Bürger. O de los físicos y el destino en sus relatos de La ecuación del azar, dedicado a Galileo, Kepler, Newton y Einstein. O los relatos que él mismo bautiza Zigzag, en la antología personal que lleva ese título, escogido, según nos dice, por su variedad y por asociación con un letrero que ha desaparecido del paisaje urbano: “Se hacen ojales, alforzas y zigzag”, y en homenaje a las modistas, mujeres que dominan esa geometría glamorosa de la que nunca supo nada Euclides, mientras parlotean incansables con la boca llena de alfileres. Muchos lectores volverán en estos relatos al recuerdo de sus mamás en la máquina de coser, como en mi caso, y seguramente en el del propio Julio César al escribir estos ejercicios literarios, como los llama. Tal vez, sea en sus enjundiosas y bien fundamentadas columnas periodísticas donde mejor podríamos medir el grado de su mirada crítica de hechos, situaciones y conflictos de nuestra sociedad, su visión de la política y de la complejidad de las tensiones y contradicciones en el caso colombiano.
Frente a este mundo que alimenta la desesperanza, él lo enfrenta, a veces con escepticismo, con humor e ironía, con ternura y asombro, compartiendo con el lector su viaje intelectual por mundos maravillosos, y por la vidas y obras de hombres y mujeres de todas la épocas y culturas que nos siguen interpelando y mostrándonos cómo tratar de entender este mundo. Leer sus textos es un efectivo antídoto contra esa realidad artificial vaciada de vínculos existenciales con el mundo natural y humano.
En la manera como aborda sin distinción variados temas, sea de la ciencia, la cultura, la política, la tecnología o la vastedad de la llamada actualidad que nos agobia — la producción artificial de realidad que se expande a los cuatros vientos bajo la revolución tecnológica de las comunicaciones —, nuestro autor ofrece tratamientos originales, como por el ejemplo, El último día del dramaturgo, el balance de los últimos momentos del maestro Enrique Buenaventura, el amanecer del 31 de diciembre de 2003, en la sala de cuidados intensivos de la Clínica Los Remedios de Cali. Sobrecoge la síntesis poética de este relato, como el recuerdo de su compañera de vida, Jacqueline Vidal:
Se acuerda de Jacqueline, la francesita alcohólica que le robó el corazón. Más de una vez quiso ahorcarla, como todos, pero ahora la extraña. “Amiga mía, ¿cómo está París? ¿Están ya desnudos los arces? ¿Hace tanto frío como acá? Yo pienso en vos mi dulce amiga. Es domingo y abren en mí sus flores los recuerdos.
O la mención a su iniciación en el candomblé para hacer un perfil de su vida:
Recuerda una ceremonia en Brasil. Tiene la cabeza bañada de sangre. Es la ceremonia de la entrega de su alma a Changó. En adelante está condenado a gozar. Será payaso, poeta, cuentero, pintor, galán. Está renunciando al cielo. Su vida será dura pero sabrosa, como la panela. La sangre del gallo sacrificado chorrea por su cuerpo y riega la tierra. “Todo vuelve a la tierra”, recuerda que pensó.
El maestro Buenaventura también recibió el Doctorado Honoris Causa en Literatura de la Universidad del Valle, junto a Manuel Mejía Vallejo, Fernando Cruz Kronfly, Óscar Collazos, Juan Manuel Roca, Manuel Zapata Olivella, Gustavo Álvarez Gardeazabal y Carmiña Navia. A quienes tuve la fortuna de conocer y con algunos compartir, como el caso de Fernando Cruz y Carmiña Navia, o de Enrique y Gustavo, mis profesores en el antiguo Departamento de Letras de la Facultad de Humanidades. Y, por supuesto, Manuel Zapata Olivella, el autor de esa genial epopeya de la diáspora africana a las Américas, Changó, el gran putas, a quien tuve la fortuna de conocer en 1978 en Santa Marta, recién egresado de Literatura y al cual le debo la comprensión cabal de la identidad colombiana con su acertada formulación de la trietnicidad como fundamento de nuestra nacionalidad. Siguiendo los caminos abiertos por Manuel, fundamos en la Facultad de Humanidades el primer doctorado en Colombia — Estudios Afro latinoamericanos —; celebramos los cien años de su nacimiento; publicamos toda su obra digital en el Centro Virtual Isaacs, y, volvimos cincuenta años después del viaje de Manuel a Dakar, Senegal, a realizar el XIV Simposio Internacional Jorge Isaacs: Manuel Zapata Olivella vuelve a África.

La obra de Julio, con sobrados méritos, entra a formar parte de esta pléyade de destacadas figuras de la literatura colombiana que con acierto ha reconocido la Universidad del Valle y su Escuela de Estudios Literarios.
La singularidad que devela la lectura de los relatos y ensayos de Julio César Londoño nos sumerge en ese grato vaivén de su límpida prosa entre la ciencia y la ficción, entre los números y la poesía, entre la historia y la imaginación. Este es un sendero poco transitado en la literatura colombiana, quizás por la separación en estos tiempos entre las humanidades y las llamadas ciencias exactas. Con una consciente pretensión holística, Julio César explora la conjunción de los saberes en su dimensión poética. En su obra se entremezclan, en una creativa alquimia: la computadora, el azar, el destino, la seducción, lo lúdico y lo erótico, la gramática, la lotería, el ajedrez, la biblioteca, los grandes inventos, la vida y obra de científicos y escritores, la historia de América, las mitologías y las religiones, la filosofía y la literatura de todos los tiempos. Estos arcanos son la materia vertiente que alimenta su variado quehacer literario.
La poética que anima la obra de Julio César está, quizás, contenida en el breve ensayo homenaje dedicado a Juan Rulfo, “El arte de tachar”. Una especie de preceptiva que el autor profesa, pues es un convencido de que tachar es tan importante como escribir. El resultado final de un texto depende tanto de las palabras que se salvaron como de las que se tacharon. Una palabra desafortunada puede contaminar todo el texto. Rulfo era un maestro en el arte de tachar, a tal extremo, nos lo recuerda en su ensayo al hablar de la novela que seguiría a Pedro Páramo, que: “La cordillera, el libro más esperado de la literatura moderna, no alcanzó a ver la luz porque para entonces ya había perfeccionado su método y lo tachó todo”.
La singularidad que devela la lectura de los relatos y ensayos de Julio César Londoño nos sumerge en ese grato vaivén de su límpida prosa entre la ciencia y la ficción, entre los números y la poesía, entre la historia y la imaginación. Este es un sendero poco transitado en la literatura colombiana, quizás por la separación en estos tiempos entre las humanidades y las llamadas ciencias exactas.
Sus ensayos son el producto de muchísimas lecturas, de muchos libros, para llegar a unas pocas páginas. La ecuación del azar, libro de divulgación científica dedicado a Galileo, Kepler, Newton y Einstein, está escrito con una prosa poética que se alimenta de sus lecturas favoritas: Carl Sagan, Borges, Valery, Horacio, Asimov, Bronosky, Rulfo, la Gramática Castellana de Andrés Bello, los diccionarios y los atlas, entre muchas de una lista inacabable.

“La pesadilla en el hipotálamo” le mereció el premio Juan Rulfo de cuento, quizás de los más importantes en lengua española para este género. El cuento conjuga todas las características que hemos señalado en la narrativa de Julio César. Una vieja obsesión de la especie humana, la pérdida de la memoria, es el tema que el autor desarrolla a través de la ingeniosa anécdota de un gusano que se instala en el hipotálamo de un humanista erudito. Los estragos selectivos que el bicho ocasiona en su memoria sirven de mediación para referirse a los más disímiles saberes e informaciones que almacena un hombre de la ciencia y la cultura de nuestro tiempo. Que pueden ser las del propio autor, una clave posible si se mira el texto como una autobiografía intelectual cifrada, pues de esta manera puede expresar ciertas ideas o verdades antipáticas. Como la muy ingeniosa: “Si el psiquiatra es un Quijote despedazado por los molinos de viento, el psicólogo es Sancho tropezando con la sombra de esos molinos”. Una mirada humorística, nada trágica de la dialéctica memoria/olvido, nos ofrece con mucha inteligencia este cuento. Al final, el preocupado erudito acaba por convivir con el bicho, consciente de que el olvido es la forma más elevada de la libertad.
Con una consciente pretensión holística, Julio César explora la conjunción de los saberes en su dimensión poética. En su obra se entremezclan, en una creativa alquimia: la computadora, el azar, el destino, la seducción, lo lúdico y lo erótico, la gramática, la lotería, el ajedrez, la biblioteca, los grandes inventos, la vida y obra de científicos y escritores, la historia de América, las mitologías y las religiones, la filosofía y la literatura de todos los tiempos.
Como su maestro Borges, Julio César sabe resolver con lucidez las innúmeras disyuntivas que enfrenta el hombre moderno. Por ejemplo, en materia religiosa, esa dimensión tan importante para todo ser humano, las creencias, afirma que cree en Dios en los días pares y descree de él en los impares. Lo que me recuerda a João Guimarães Rosa en su monumental novela Gran sertón veredas: “El diablo no existe, por eso es tan fuerte”, o el dictado popular: “Yo no creo en brujas, pero que la hay, la hay”. En la obra de Julio César no encontramos una visión trascendental ni acento trágico; sí mucha irreverencia, tal vez, porque la relatividad de su humanismo científico le da la posibilidad de mostrar el mundo como un juego, con neutralidad multifacética, llena de perspectivas, que antes que enjuiciar, está por captar la sabiduría de la vida. En la buena estirpe de Cervantes, la literatura que con pasos seguros oficia Julio César no persigue otra finalidad que la de proporcionar a quien la lee un “honesto entretenimiento”, al tiempo que lo sumerge en la apasionante infinidad de facetas de la condición humana.
Vamos a tratar de su obra en el XV Simposio Internacional Jorge Isaacs que organiza la Escuela de Estudios Literarios y el Centro Virtual Isaacs – Colombia Literaria. Una(s) historia(s) posible(s), un proyecto de nación, la semana del 24 al 28 de noviembre.
Como la de tantísimos escritores y poetas, estamos ante una obra que nos adentra en la vastedad de la condición humana con la pretensión que Julio César siempre reitera: llevar algo de felicidad al lector, que tengan el raro poder de dibujar una sonrisa en sus labios.
Felicito, en nombre de la Escuela de Estudios Literarios, al nuevo doctor Honoris Causa.
Gracias.
Palabras pronunciadas en el acto de entrega del Doctorado Honoris Causa en Literatura por la Universidad del Valle. Cali, Biblioteca Departamental, 14 de noviembre de 2025



