Tras los pasos perdidos de una mujer incómoda: Feliza Bursztyn
Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) vuelve al panorama literario nacional con Los nombres de Feliza, una novela a medio camino entre la biografía y la ficción. A lo largo de la trama, el escritor elabora un sentido y justiciero relato que rememora la historia vital, plástica y política de la escultora colombiana exiliada y fallecida en extrañas circunstancias en Francia, en 1982.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Tomada de galeriaelviramoreno.com
Si algo se destaca de esta novela es la pulcritud de su escritura y su sólido trabajo de investigación. Salta a la vista el meticuloso esfuerzo que realizó su autor para recuperar los datos más relevantes de quien fuera una de las más emblemáticas artistas del siglo pasado en Colombia. Lo primero que cabe preguntarse es quién fue Feliza Bursztyn; lo segundo, cómo no, es por qué murió de tristeza.
En relación con el primer interrogante, cabe decir que Bursztyn fue hija de un matrimonio judío exiliado en Colombia. Adicionalmente, y esto lo recupera bien el texto, es importante referir que tuvo un carácter inquieto, rebelde y, a la larga, incómodo para el país pacato y consagrado a la Iglesia y al conservadurismo político, moral y cultural. Prueba de ello se encuentra en un compilado de las entrevistas que dio entre 1958 y 1981. En una de las páginas del documento se le pregunta lo siguiente:
– ¿Nunca tuvo temor, cuando se inició, de que pensaran que sus innovaciones no se debían a la búsqueda de un nuevo lenguaje escultórico, sino, simplemente, a que estaba loca?
– “No. Todo lo contrario. Aproveché lo de loca, e insistí en ello, para hacer realmente lo que quería. Porque yo sí creo que vivimos en un mundo machista. Y ser escultor y no ser hombre, es muy difícil. Para que la gente me tomara en serio, recurrí a ese truco, porque pensaban: “A lo mejor esa loca hace cosas interesantes”. Y creo que esto funcionó.
Si algo se destaca de esta novela es la pulcritud de su escritura y su sólido trabajo de investigación. Salta a la vista el meticuloso esfuerzo que realizó su autor para recuperar los datos más relevantes de quien fuera una de las más emblemáticas artistas del siglo pasado en Colombia.
Y sí, funcionó tanto que Juan Gabriel Vásquez no tuvo la menor necesidad de falsear ni maquillar el carácter de la escultora, sus intereses y obsesiones. El escritor no pretende lo apologético, siempre tan peligroso, ni se va por las tintas medias, actitud siempre tan mediocre y acomodaticia. Sin perder la perspectiva de lo que hace, literatura, el bogotano reconstruye una vida en la complejidad insondable que la determinó. Fina es la exposición del personaje cuando se alude a su carácter político, a su actitud política, siempre presente. Parte de la pregunta sobre quién fue Feliza Bursztyn pasa por decir que fue una incomodidad a la cual se le endilgaban, entre otras cosas, el establecimiento de contactos entre el M-19 y Cuba. En esta parte, la novela de Vásquez es sugerente. No toma partido, pero tampoco deja de plantear que el gobierno ―el de Turbay Ayala― se empeñó en perseguirla, aunque, en últimas, sabía que no le hacía daño a nadie. Aparejado a eso, el novelista da cuenta de las paranoias del poder y los poderosos. Asimismo, la nostalgia, clave fundamental de la novela, también se asoma de manera contundente. El exilio, en ese sentido, se constituye en una presencia, o lastre, del que no se puede escapar y encuadra la melancolía de la narración.
“El exilio, se consigna en el prefacio de la obra, es un tiempo de angustia e incertidumbre, y a su vez, una forma desafortunada de continuar con una historia familiar llena de éxodos, viajes transatlánticos y familias atomizadas por las circunstancias históricas. Y también de casualidades, aquellas que llevan a Feliza a preguntarse sobre las posibilidades que no se dieron: una especulación que, tarde o temprano, ronda a todos, pero que en el caso de esta mujer de origen judío cobra un sentido más concreto: el del azar vuelto línea divisoria entre la muerte más brutal y la supervivencia. Para alguien que lleva el desarraigo inscrito en su genealogía, pensarse bogotana y echar raíces en la casa taller es un modo de contrarrestar un legado de itinerancia que, sin embargo, está destinado a continuar su curso, con sus hijas viviendo en otro hogar y otro país, su madre y hermana emigrando a Israel, y luego a Estados Unidos, y ella, finalmente, exiliándose en París, donde la idea de no poder volver nunca a Colombia se cruza, estremecedora, como una posibilidad”.

Conforme lo señalan estas líneas, Feliza Bursztyn encarnó, en primera persona, una amalgama de desaveniencias que fueron de lo político a lo personal, de la paranoia estatal a la búsqueda de un lugar en el mundo. Estos factores se entrecruzan como piezas de rompecabeza sin que se logre una radiografía emocional y situacional capaz de esclarecer las muchísimas dudas en torno a la inclasificable figura de la artista. Desde esa perspectiva, por ejemplo, quedan en punta inquietudes en torno a los vínculos de amistad con los intelectuales colombianos de izquierda, en torno a las intenciones de sabotaje al stato quo político nacional y, no menos importante, en torno a la concepción de la vida como un acto auténtico no sujeto a constricciones ideológicas.
La independencia de acción y pensamiento, en consecuencia, se consolida como algo sumamente importante dentro de lo que reconstruye Vásquez. El novelista entiende y expone la importancia que tuvo para Feliza Bursztyn vivir su vida siendo dueña de sus decisiones. La posibilidad de ser, sin más, es, quizás, el principal interés de la novela; esto en la medida en que desde ahí se logra, o intenta, franquear el complejo mundo interior de la artista. En tanto complementos, los desafíos al estatuto artístico nacional, y las ideas políticas disidentes, configuran una parte de la vida de la artista; no obstante, su lucha era personal en la medida en que pretendía reivindicar el derecho al libre desarrollo de la personalidad, el pensamiento y las problemáticas configuraciones en torno a lo debido y lo indebido en el contexto de un país como Colombia, inauténtico y seguidor de los dictámenes de la política internacional.
La segunda pregunta que se enuncia al principio de este texto, quizás, sea más fácil de responder: Feliza Bursztyn muere de tristeza una vez constata que no podrá regresar nunca a la casa taller, espacio en el que no solamente hubiera podido reconciliarse con Colombia, sino con su biografía familiar y espiritual. Cuando la posibilidad de volver a ese “útero” capitalino y paterno le es negada, queda condenada a un desarraigo no solo indeseado sino constante y eficazmente aniquilador.

Foto: Laura Morales. Tomada de forbes.co



