Tom Tom de Pipper’s Son: “no me dejes llorar solo”
El pasado cuatro de marzo se representó esta afamada obra de Santiago Merchant en el auditorio cuatro de la Universidad del Valle como parte de la temporada especial de Teatro. Esta es la primera de las cinco obras seleccionadas que conforman el programa del Festival Internacional de Artes Vivas. A continuación, una reseña.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Además de director, Santiago Merchant se ha desempeñado como actor y dramaturgo. Ha trabajado como maestro de la Academia Superior de Artes de Bogotá y realizó una especialización en Escritura para la escena en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Ha recibido múltiples distinciones a lo largo del tiempo. Mucho antes de ganar la Beca de Creación en Teatro de Sala 2025 del Ministerio de las Culturas y el Premio a la Creación en Dramaturgia 2024 de la Secretaría de Cultura de Cali (ambos por la obra reseñada), recibió el premio Fanny Mikey al teatro colombiano del año 2012 por su proyecto Granujas, además del premio Distrital de Dramaturgia Teatro en Estudio y la Beca de creación de larga trayectoria en Teatro por su obra Nujv (Perro). También es autor y director de la obra Komodo Loco, que ha sido representada en distintos escenarios, entre los que destaca el Teatro del Presagio.
La premisa de la obra es más bien modesta. Un par de niños inician un recorrido que tiene como propósito avistar a las sirenas que habitan en un lago cercano; la inocencia y la imaginación les impide reconocer que esas “sirenas” no son más que los cadáveres anónimos que regurgita la violencia del país. La vuelta de tuerca reside en la función que cumplen cada uno de los personajes, dispuestos en atención a un plan que pretende establecer entre ellos determinados vínculos a nivel simbólico. El prócer, que encarna los ideales de la nación, se enfrenta con la piedad de la madre patria. El vagabundo perturbado y oprobioso se las ve con la inocencia transparente de los niños, particularmente de Tom, el protagonista, mientras que la feriante, de características demoníacas, se enfrenta a nosotros, el público, y es la responsable de romper la cuarta pared o ejecutar el “efecto de distanciamiento” del que hablaba Bertolt Brecht.

La obra es una suerte de híbrido entre dramaturgia tradicional y cine. La austeridad escénica se ve compensada por la incorporación de elementos audiovisuales que tienen el objetivo de fundamentar la prehistoria de la obra o, dicho de otra manera, prologar lo que veremos sobre las tablas. Pese a la innovación que esto supone, por lo menos en la escena local, el vínculo entre ambos puede no resultar necesariamente beneficioso. La calidad de la actuación y la solvencia del guion fueron suficientes para traducir o catalizar la intención de Merchant, incluso sin los hiatos audiovisuales, y persiste la duda de si no habrían brillado aún más sin ellos.
La distribución de las escenas sigue un patrón tradicional. Los ciclos se desvanecen progresivamente de acuerdo con la resolución de la temática propuesta, y los ritmos de entrada y salida son decretados a través de recursos físicos: las luces se apagan, la música se interrumpe o se le superpone otra, etc. Los diálogos son voluminosos, ingentes y producen una sensación de musicalidad atropellada. La inteligencia corporal de los actores y su manera de ocupar posiciones estratégicas del espacio completan o resignifican el contenido de estos diálogos, que por momentos parecen rozar el absurdo. La elaboración de metáforas o el uso de fórmulas poéticas delimita y asegura la solemnidad de la obra, lo cual, dada su persistencia, puede generar agotamiento, aunque esto está cuidadosamente neutralizado por algunos destellos de comedia que fueron recibidos con éxito por parte del público.
La obra es una suerte de híbrido entre dramaturgia tradicional y cine. La austeridad escénica se ve compensada por la incorporación de elementos audiovisuales que tienen el objetivo de fundamentar la prehistoria de la obra o, dicho de otra manera, prologar lo que veremos sobre las tablas. Pese a la innovación que esto supone, por lo menos en la escena local, el vínculo entre ambos puede no resultar necesariamente beneficioso. La calidad de la actuación y la solvencia del guion fueron suficientes para traducir o catalizar la intención de Merchant, incluso sin los hiatos audiovisuales, y persiste la duda de si no habrían brillado aún más sin ellos.
La conclusión a la que nos empuja Merchant no deja de ser moral aunque, este no sea su verdadero propósito. Su compromiso con la realidad nacional no está orientado por una lectura plana de la violencia. Esto nos recuerda que no hace falta eludir los asuntos “fáciles” o renunciar a la función pedagógica del arte para lograr un resultado destacable. Tomás o Tom no es solo un niño con una propensión innata por la fantasía que se niega a reconocer la crudeza del mundo que lo rodea, también fue un niño real (según se puede deducir de los cortometrajes y de la intervención de la feriante) que huyó de su lugar de origen a causa de la violencia, y que por el camino perdió todos sus referentes, y con ellos su capacidad de vencer las fronteras del “no sé” y del “nada”. El niño que cierra los ojos y grita para no oír la verdad, también es un reflejo de un país que prefiere ver sirenas donde hay cadáveres, o simplemente no ver, porque ese lado de la verdad resulta incómodo o imposible. Tomás, al igual que nosotros, comprende muy bien lo que dice su amiga Betty o lo que tiene enfrente, por mucho que se empeñe en negarlo, y es esta negación donde reside su último intento por conservar la inocencia, pues aunque la ha perdido (sabe muy bien que esos cuerpos no son sirenas), la sostiene voluntariamente, oponiendo sus manos entre el mundo y él.




