Entrevista

Suicidio en la U: ¿quiénes son los responsables?

El último suicidio ocurrido en la Universidad del Valle, el pasado mes de febrero, re abrió la conversación en torno a la salud mental de los estudiantes, y si el suicidio puede evitarse o no con una adecuada atención preventiva. Hablamos con Adriana Banguero, jefa de la Sección del Servicio Psicológico y coordinadora del Servicio de Salud Estudiantil, para que nos explicara la responsabilidad de la Universidad en casos como este.

Por: Sofia Londoño Galeano
Comunicadora Social y Periodista
Estudiante de Licenciatura en Lenguas Extranjeras, Univalle

El Servicio Psicológico de Univalle recibe entre dos o tres casos semanalmente de estudiantes que llegan a consulta por ideación suicida.
Foto: saludconlupa.com

Cuando el 7 de febrero empezó a circular la noticia del suicidio de la estudiante Dayana Stefanía Sarria en el edificio de Artes Integradas de la Universidad del Valle, distintos estamentos empezaron a pronunciarse en torno a este doloroso hecho. Los estudiantes hicieron un llamado a las directivas para construir una política de salud mental que tenga en cuenta la transversalidad de la misma con la vida universitaria. Por su parte, las directivas lamentaron el hecho en un comunicado en el que instaban a fortalecer los lazos solidarios entre los miembros de la comunidad educativa. De este, quedan varios interrogantes abiertos y una inconformidad generalizada en las representaciones estudiantiles acerca del papel que debe jugar la Universidad como garante de la salud mental.

El suicidio, catalogado como un problema de salud pública por la Organización Mundial de la Salud, debido a las altas cifras que presenta a nivel mundial, es a menudo relegado en los diálogos familiares. Carga con el estigma de la vergüenza y la incapacidad de ser socializado como un padecimiento real. El sufrimiento acumulativo que forja la ideación suicida en una persona, es una amalgama de variables bastante difíciles de predecir. Pueden ser determinantes, por ejemplo, las patologías de base (depresión, trastorno limítrofe de la personalidad u otras enfermedades que causen dolor físico o mental); el consumo de alcohol o sustancias alucinógenas; el ambiente familiar y las condiciones de vivienda, entre otras.

Adriana Banguero, jefa de la Sección del Servicio Psicológico y coordinadora del Servicio de Salud Estudiantil, es egresada univalluna, magíster en Psicología con Énfasis Cultural y doctora en Psicopedagogía. Hablamos con ella para situarnos en torno a esta problemática que acecha en silencio, pero que llega de forma vertiginosa.

Banguero nos explica que las dinámicas del entorno universitario, per sé, son beneficiosas para la integridad del estudiante. “La universidad es un factor protector, es decir, el hecho de que tú estés en un entorno universitario y una universidad como la nuestra. Hay muchas oportunidades para hacer deporte, para hacer actividades artísticas, para conocer gente, para relacionarse de muchas formas. Eso es grandísimo”. No obstante, esta regla no deja de tener su buen número de excepciones. Banguero también señala que, a pesar de contar con las posibilidades ya mencionadas, muchos estudiantes llegan permeados de situaciones de riesgo que se han instalado desde la niñez o la adolescencia y que pueden potencializarse cuando afrontan los desafíos de una ciudad capital. Este cambio y la adaptación a la vida universitaria pueden significar un quiebre positivo o negativo, dependiendo de las condiciones previas del estudiante y los mecanismos adaptativos con los que cuente.

El estado de un joven que es propenso a ideación suicida está determinado por lo que él o ella percibe como detonante. “Dependiendo de la situación de las personas y de lo que están viviendo internamente, un detonante puede ser cualquier cosa. Puede ser lo que coloquialmente llamamos la gota que derramó el vaso, eso que me faltaba para explotar, para estallar, esa situación que de entrada no es necesariamente la causa”, afirma Banguero. Es decir, este es completamente subjetivo a la experiencia de la persona y puede ir desde cualquier hecho común, hasta un trauma. La clave está, entonces, en diferenciar entre quienes cuentan con la capacidad de recomponerse y aquellos cuyo detonante puede significar el fin de su vida.

En el entorno estudiantil, un detonante puede estar asociado con el rendimiento académico. Es aquí donde entra la pregunta por lo que debe hacer la Universidad en términos de prevención para evitar los casos de muerte por suicidio.

¿Qué hace la Universidad en pro de la salud mental de la comunidad educativa?

Tratando de solventar, precisamente, situaciones de riesgo en los estudiantes, la intervención del Servicio Psicológico se realiza desde dos áreas: la atención psicológica y el área de promoción y prevención. Sobre esta última, Banguero señala que se cuenta con una gran oferta de talleres, cuyos objetivos se basan en los motivos de consulta más frecuentes. “Revisamos qué es lo que más está doliendo, y tratamos de que las personas puedan desarrollar estrategias, crear herramientas, fortalecer habilidades para poder identificar y prevenir”, comenta la psicóloga.

El horario de los talleres se envía semanalmente a los correos institucionales y pueden llevarse a cabo de manera virtual o presencial, lo que facilita en muchos casos la asistencia. Están diseñados para encontrar alivio mediante el reflejo del otro. Si veo que alguien está pasando por una situación similar a la mía, es más probable que encuentre mecanismos que me permitan solucionar aquello que me aqueja emocionalmente y lograr entender que no es un problema atípico.

El estado de un joven que es propenso a ideación suicida está determinado por lo que él o ella percibe como detonante. “Dependiendo de la situación de las personas y de lo que están viviendo internamente, un detonante puede ser cualquier cosa. Puede ser lo que coloquialmente llamamos la gota que derramó el vaso, eso que me faltaba para explotar, para estallar, esa situación que de entrada no es necesariamente la causa”, afirma Banguero.

Por su parte, la ruta de atención se maneja de acuerdo a los casos que se presentan. Los más graves son remitidos directamente al Hospital Psiquiátrico Departamental o, en su defecto, a las urgencias psiquiátricas de la EPS del estudiante. Según Banguero, tanto el Servicio Médico como el Psicológico son de nivel primario. “Nosotros no somos la EPS respondiente de los estudiantes, pero sí podemos darles citas y hacer seguimiento”, afirma la psicóloga. Sobre el monitoreo que se realiza, Banguero comenta: “Un psiquiatra puede decir: no creemos conveniente que este estudiante tenga tanta carga académica, es mejor aliviar; entonces, se orienta para el proceso de cancelación de matrícula, se mira si se puede hacer un aplazamiento de parciales, se hacen los ajustes razonables desde lo académico”.

Solo el mismo estudiante o su familiar pueden notificar al programa académico que está atravesando un malestar emocional severo. Esto, debido al tratamiento cauteloso que por ley el Servicio Psicológico le debe dar al historial médico del alumno. Sin embargo, el programa sí puede solicitar guía en función de las recomendaciones académicas que la EPS haya hecho. Además, el Servicio puede notificar a la Secretaría de Salud para que se haga vigilancia a la EPS en los casos en los que no se registra adherencia al tratamiento.

Ahora bien, en la atención primaria también recae la incapacidad para medicar a quienes se encuentren en un estado grave. Por esta razón, es necesario gestionar el traslado de manera rápida y segura a las instituciones ya mencionadas. Pese a ello, una crisis no siempre es identificada dentro de las instalaciones del Servicio, sino en cualquier área del campus. Para estos casos se cuenta con el protocolo de Área Protegida, que puede activar cualquier vigilante y que cobija a quienes se encuentren en estado de urgencia física o psicológica.

En la mayoría de los casos podemos hacer algo: instar a la persona a ir al psicólogo, acompañarlo, brindarle apoyo, e invitarlo a actividades de recreación. Sin embargo, en otros casos no hay nada que hacer.
Foto: saludconlupa.com

¿Qué tan comunes son los casos relacionados con suicidio en las consultas del Servicio Psicológico?

Según Banguero, el Servicio Psicológico recibe entre dos o tres casos semanalmente de estudiantes que llegan a consulta por ideación suicida. Esta cifra es preocupante. Después de la ideación, el siguiente paso de alarma es el intento de suicidio, aunque no siempre se llega hasta ese punto. “Muchísimas personas pueden tener ideación en algún momento de su vida, pero hay unas barreras psicológicas que dicen: ‘No, pues, yo lo pienso, pero pues no’. Otras personas hacen intentos”, asegura la psicóloga. Estos intentos pueden ir desde acciones más tímidas de auto aflicción, hasta actos más drásticos que pueden terminar en suicidio.

El suicidio es complejo en su valoración y seguimiento; además, como en otras patologías psicológicas o psiquiátricas, es imposible en algunos casos reconocer la probabilidad de que suceda solo con una sesión de consulta. Esto implica la constancia del paciente con el proceso psicológico, su voluntad por buscar ayuda y el apoyo que su red de amigos y familiares le puedan brindar.

¿Cómo interpretamos entonces el hecho de que se presenten dos o tres casos semanales por ideación suicida en el Servicio Psicológico? Una forma de verlo puede ser que a nivel social hay un incremento de casos por suicidio, y que el campus es solo un reflejo de lo que pasa localmente. Otra interpretación puede ser que en la Universidad se previenen de dos a tres suicidios semanales. De igual forma, se podría decir que la institución promueve los detonantes en los estudiantes. Cualquiera de estas interpretaciones ―u otras que puedan surgir― solo dejan claro un mismo hecho: la salud mental va en declive. Y esto no debería ser sorpresa cuando nos encontramos en la era de la ansiedad, potencializada por las redes sociales y la necesidad constante de rendir bajo el esquema de trabajo capitalista. No estamos viviendo plenamente, los gustos están siendo relegados por el deber. Es así como la felicidad no logra permear nada de lo que hacemos. Sin felicidad, perdemos el propósito; y sin propósito, nunca hay sentido.

¿Podemos prevenir los casos de suicidio?

Cuando una persona se suicida, empiezan a aflorar en sus allegados sentimientos de culpa relacionados con lo que se pudo haber notado o hecho para evitarlo. Según Banguero, en la mayoría de los casos podemos hacer algo: instar a la persona a ir al psicólogo, acompañarlo, brindarle apoyo, e invitarlo a actividades de recreación. Sin embargo, en otros casos no hay nada que hacer. Sí podemos tener en cuenta algunas señales de alerta, como las relacionadas a trastornos del sueño: insomnio o, por el contrario, que la persona duerma por más de diez horas todos los días y tenga pesadillas; otras señales son el llorar sin un motivo aparente, depresión, cambios abruptos en los hábitos y consumo de drogas. Todos estos son síntomas de que algo va mal y de que la persona en cuestión necesita intervención psicológica.

Por supuesto, no podemos prevenir todos los casos. Según Banguero, “hay situaciones en las que ya no hay ni forma de intervenir, tarde o temprano la persona lo va a hacer y lo hace”. También está la cuestión del libre albedrío de los pacientes, es decir, su poder de elección para tomar o no un tratamiento o, a fin de cuentas, para decidir o no vivir.

Entonces, la culpa no es coherente con la dinámica del suicidio. No siempre habrá señales perceptibles que brinden un indicador de que la persona se suicidará. Son precisamente estos casos los que dejan más preguntas abiertas. La culpa, curiosamente sin ser razonable, se convierte en el resultado esperado entre quienes deben lidiar con este tipo de situaciones.

…el Servicio Psicológico recibe entre dos o tres casos semanalmente de estudiantes que llegan a consulta por ideación suicida. Esta cifra es preocupante. Después de la ideación, el siguiente paso de alarma es el intento de suicidio, aunque no siempre se llega hasta ese punto. “Muchísimas personas pueden tener ideación en algún momento de su vida, pero hay unas barreras psicológicas que dicen: ‘No, pues, yo lo pienso, pero pues no’. Otras personas hacen intentos”, asegura la psicóloga. Estos intentos pueden ir desde acciones más tímidas de auto aflicción, hasta actos más drásticos que pueden terminar en suicidio.

Aquí es donde entra en juego la autopsia psicológica para develar los comportamientos de la persona fallecida y esbozar posibles razones. De la misma forma, se puede indagar acerca de la premeditación del caso (si hubo), o la elección del lugar y la fecha. Según Banguero, los suicidios que tienen lugar dentro del campus pueden relacionarse, en mayor medida, con el hecho de que este espacio es el de más permanencia para algunos estudiantes. “Nos hemos dado cuenta de que realmente la elección de sitio puede haber sido porque se vive la universidad como parte de su sistema cotidiano más cercano, y porque, en muchas ocasiones, no se concibe que los familiares sean testigos”, afirma la psicóloga. De la misma forma, se ha notado que la escogencia del campus también puede ser reflejo de una intención por agredir a la Universidad; sin embargo, estos casos son los que menos se presentan.

¿Cuáles son las limitantes de la Universidad?

Las problemáticas relacionadas con salud mental son, a fin de cuentas, cuestiones que debe garantizar el gobierno a través de las instituciones dedicadas para ello. Banguero explica que esto “implica un límite grande. Nosotros no podemos disponer de muchos recursos para la atención e intervención; por ejemplo, de tener psiquiatras acá, tener más salas. La idea es que cada estudiante tenga su aseguramiento, porque hay recursos para el sector salud. Si la Universidad destina del sector educación recursos para salud, la Procuraduría y todos estos entes de control van a hacer cuestionamientos”.

Así pues, el Servicio de Salud es incapaz, por sí solo, de ser garante del estado mental de un estudiante a nivel integral. A esto se le añade un alza exponencial en el número de consultas solicitadas desde que terminó la pandemia.

La constancia del paciente con el proceso psicológico, su voluntad por buscar ayuda y el apoyo que su red de amigos y familiares le puedan brindar: factores vitales para prevenir el suicidio.
Foto: unicef.org

Y finalmente: ¿de quién es la culpa?

La respuesta es completamente subjetiva a las especificaciones de cada caso. Aunque la Universidad, al final de cuentas, sea un ente institucional, no se la puede despojar de toda responsabilidad. La atención psicológica debe adaptarse a las nuevas necesidades que se van presentando, como el ya mencionado incremento en las consultas. Banguero comenta, entonces, que se espera implementar estrategias más focalizadas, como la integración de psicólogos en cada facultad y la caracterización emocional de la comunidad universitaria.

Para mitigar la situación, se han empezado a ejecutar pequeñas acciones, como la vinculación de 17 practicantes del programa de Psicología, que están en constante supervisión. Dentro de algunas unidades académicas se nota la voluntad de posicionar la salud mental como parte de la vida universitaria. Ejemplo de esto es la atención psicosocial ofrecida por la Escuela de Ciencias del Lenguaje, que cuenta con practicantes del programa de Trabajo Social para atender las necesidades psicológicas de los estudiantes. Estrategias como estas pueden hacer la diferencia, especialmente cuando las percepciones sobre la atención del Servicio Psicológico son bastante deficientes.

La comunidad estudiantil manifiesta constantemente que la atención del Servicio es defectuosa. Estas opiniones no son solo una creencia de pasillo; en redes sociales se evidencia claramente la inconformidad.

Finalmente, hay dos hechos innegables. El primero es que la Universidad cuenta con un historial amplio de estudiantes que han decidido quitarse la vida. Ejemplo de esto son los cuatro alumnos del programa de Medicina que se suicidaron en el 2017. El segundo hecho es que los casos por suicidio, dentro y fuera del campus, son el resultado de problemas de base que se gestan antes de vincularse a la institución y que se pueden acrecentar con la dificultad que conlleva la vida académica.

Es necesario, entonces, crear puentes con los estudiantes, escuchar sus quejas en cuanto al Servicio Psicológico brindado; solo así se logrará una mejora efectiva del mismo. De la misma forma, es importante entender que los mecanismos de respuesta ante una situación de crisis, usualmente, se forjan en la época preuniversitaria. Así pues, la garantía por la vida del otro, desde la institución, sigue siendo un territorio de matices que debe cuestionarse con el objetivo de resguardar las vidas de la comunidad universitaria.

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