Sonido de libertad: la cruzada manipuladora de un super héroe gringo
Sonido de libertad se estrenó el 4 de julio en salas de cine de los Estados Unidos. Desde antes de ese día, la película no ha dejado de ser tema de conversación, puesto que su temática, la forma en que es tratada y quienes la han realizado y distribuido, han implementado una estrategia de marketing manipuladora, usando el fenómeno del tráfico sexual de niños y niñas para hacer dinero, imponer una visión y proponer una solución religiosa de un delito. Pero ¿en qué consiste dicha manipulación?
Por: Jhonedyer Henao Flórez
Sociólogo y estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Título: Sonido de libertad (Sound of freedom).
Director: Alejandro Gómez Monteverde.
Nacionalidad: Estados Unidos.
Año: 2023
Duración: 131 minutos.
Sonido de libertad es una película básica y manipuladora. Aunque el director (Alejandro Gómez Monteverde) y sus productores (Jim Caviezel, Eduardo Verástegui, Leo Severino y John Paul DeJoria), desde teorías cristianas-conspirativas, se han puesto en la tarea de desligarse del mundo hollywoodense, siguen el mismo modelo y dinámicas del marketing usados por la industria americana cinematográfica.
En la cultura estadounidense no es difícil advertir la obsesión por la creación y representación de los súper héroes. El cómic y el cine de esa nación han expuesto una visión del ideal de hombre, una materialización artística que, antropológicamente, proyecta valores e ideales de esa sociedad. La reproducción de estas lógicas es la vertebra que articula, desde los valores de la religión cristiana, la narrativa de la película, contando, exaltando y proponiendo soluciones a un delito cuyo fenómeno tiene análisis, reflexiones y mecanismos de acción socio-culturales serios y profundos, de los cuales la cinta falta a ellos.
Sonido de libertad es la historia de Tim Ballard, interpretado por Jim Caviezel, un agente especial del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, que, en busca de una niña raptada por una red de trata de personas, emprende una cruzada para salvarla en la profundidad de una selva colombiana. Lo que se escenifica es basado en acontecimientos reales. Ballard existe. La operación existió. Y el tráfico sexual de niños y niñas también existe. Negarlo sería contribuir un poco a una desafortunada realidad que viven personas en todo el mundo.

Foto: mubi.com
El delito de la trata de personas, en especial de niños, la violación y la pederastia, son delitos repudiables. Creo que es una postura que no se debate. Es un punto que le valoro a la cinta, cuyo propósito es escenificar una problemática social a partir de una cruzada, por supuesto religiosa, de un ser cualquiera que siente el llamado divino de salvar a niños que pertenecen a familias disfuncionales (que no reproducen el esquema familiar nuclear, además de ser pobres) necesitados de la ayuda de un ungido de Dios para salvarlos de la oscuridad del mal, tratando, según la idea de la película, de concienciar. Es desde ese punto donde la cinta se desbarata, dado que es de las películas que anteponen el mensaje antes que la realización técnica o artística. Si bien es una obra de bajo valor cinematográfico, su planteamiento no es torpe según los intereses que, al finalizar el propio productor, Eduardo Verástegui, propone.
Sonido de libertad es la historia de Tim Ballard, interpretado por Jim Caviezel, un agente especial del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, que, en busca de una niña raptada por una red de trata de personas, emprende una cruzada para salvarla en la profundidad de una selva colombiana.
La idea es, palabras más, palabras menos: dado los problemas de distribución que tuvo la película, los tropiezos y rechazos, no ha llegado a distribuirse de forma masiva debido a unas fuerzas poderosas y malignas que no les interesa que se difunda porque afecta directamente los intereses de ese grupo, y la respuesta de todo aquel que esté en contra del delito de tráfico sexual de niños y niñas deberá ser escanear un código QR que sale en la pantalla, esto los direcciona a un lugar donde usted comprará dos entradas y se las regalará a alguien, y de esta forma usted combate el crimen sexual contra los menores. Un marketing sin pudor ni respeto.
Es así como el director, haciendo uso abusivo de un tema doloroso y repudiable, bombardea constantemente al espectador con imágenes, conduciéndolo sin disimulo a una lucha ética de un superhéroe que, impulsado por sus valores religiosos, adopta como principio de vida recuperar, en el nombre de Dios, niños raptados por la maldad mundana, además de amedrantar al espectador con una acusación implícita: si no compartes, haces parte del mal. Esta manipulación se logra gracias a la inteligencia con la que se hila el argumento narrativo, que, en ultimas, arrincona y tienta a entrar en la dinámica planteada: comprar boletos para que otras personas puedan ver la película, es contribuir contra la lucha del tráfico sexual de niños, y así, con la misión ficticia de un superhéroe gringo y cristiano: salvar al mundo de las tinieblas malignas.



