Crítica

Sobre Abuelo Macedonio de Fabio Rodríguez Amaya

Por: César Valencia Solanilla

Fabio Rodríguez Amaya, autor de Abuelo Macedonio, en el XIII Simposio Internacional Jorge Isaacs La Patria Literaria. Foto: Centro Virtual Isaacs.
Fabio Rodríguez Amaya, autor de Abuelo Macedonio, en el XIII Simposio Internacional Jorge Isaacs La Patria Literaria.
Foto: Centro Virtual Isaacs.

Desde el comienzo se declara la condición singular y esencialmente literaria de esta gran novela de Fabio Rodríguez Amaya, en una especie de hipotexto implícito que estructura toda la narración y que proviene de una sabia y deslumbrante frase de Rulfo: “La literatura es una mentira que dice la verdad”. En la primera página de la novela se dice sugestivamente: “Esta es una historia real. Nada de esto sucedió realmente”, de modo que nos encontramos en las fronteras del diálogo entre la historia y la ficción que Noé Jitrik denomina un oxímoron en el sentido de relato subjetivo sobre algo, y por eso todos los referentes historiográficos de la obra son pretextos para armar una especie de supremo tribunal de justicia popular para acercarnos a la verdad de lo que no se ha dicho o apenas se ha balbuceado, para tratar de dilucidar cuál ha sido la verdadera historia de nuestro pasado en este territorio que se nombra en la obra como el Nuevo Reino. Es una poderosa recusación frente a las nociones relativamente consolidadas del “descubrimiento”, “encuentro de dos culturas”, conquista, colonia, república, patria boba, modernidad y otras tantas sandeces relacionadas con nuestra historia, que la novela aborda de manera enfática para recordar una y otra vez, con insistencia mordaz, que todo eso no ha sido otra cosa que el sojuzgamiento y el olvido expreso de los vencidos, de los olvidados, los pobres, los negros, los indígenas, millones de seres invisibilizados de hoy y siempre.

La novela se estructura en la creación de un personaje principal muy singular ―Abuelo Macedonio― que tiene el don de la clarividencia, se reconoce como un rezago de la pretendida clase alta criolla de la Colonia, científico e intelectual autodidacta con ínfulas de ajedrecista y quien fuera un joven general condecorado con siete soles por el Libertador Simón Bolívar, que funciona como alter ego histórico contemporáneo del héroe novelístico de carne y hueso. Su clarividencia y la concurrencia alterna y paralela de un narrador omnisciente lo hace vidente-visionario de lo que fue el pasado oscuro de la dominación española simbolizada en la cruz y la espada, las triquiñuelas sistemáticas por detentar el poder en las recién fundadas republiquetas del siglo XIX, las traiciones, guerras, trapacerías propias de la época, y también de lo que va a ser el futuro, incluido el tránsito a la “modernidad” correspondiente al siglo XX, como también al momento mismo de la lectura del texto; es decir, de la realidad inmediata que conocemos en el llamado “país del sagrado corazón”. En este sentido, la propuesta literaria es ambiciosa, pues intenta decirlo todo desde la perspectiva de la historia real con el desparpajo de la ficción en una novela que fluye torrencialmente con infinidad de guiños intertextuales, indicios culturales identificables, humor e ironía explosivos, innovaciones tipográficas eficaces y reiteraciones desbordantes que una y otra vez cuentan, recuentan y descuentan la invisibilidad de los humillados y ofendidos en la faz de esa ficción de nación que es el Nuevo Reino, el espacio real de lo imaginariamente acontecido.

La novela se estructura en la creación de un personaje principal muy singular ―Abuelo Macedonio― que tiene el don de la clarividencia, se reconoce como un rezago de la pretendida clase alta criolla de la Colonia, científico e intelectual autodidacta con ínfulas de ajedrecista y quien fuera un joven general condecorado con siete soles por el Libertador Simón Bolívar, que funciona como alter ego histórico contemporáneo del héroe novelístico de carne y hueso.

Como es evidente, la voluntad de transgredirlo todo para la creación de sentido y génesis de la virtualidad artística, la apropiación del universo narrativo se hace recurriendo a una infinidad de recursos formales: el principal, la polifonía textual, que se evidencia por la presencia de géneros narrativos menores como la sentencia, el sermón, la diatriba, la farsa, el melodrama, la fábula, en formas simplificadas con mordacidad e ironía; los encabalgamientos sintácticos con alusiones intertextuales reiterativas de numerosos autores como Barba Jacob, Borges,  Aurelio Arturo, José Asunción Silva, Rafael Pombo, Juan Rulfo, García Márquez, Cepeda Samudio y muchísimos más que fortalecen el desarrollo de la novela; la inserción frecuente de la oralidad en una serie de locuciones procaces muy graciosas y mordaces, refranes, adivinanzas, neologismos, frases hechas, aliteraciones, juegos verbales, que representan un detonante dinamizador de la lectura; la peculiar resonancia y abundancia de los intertextos históricos, casi farandulescos, de esa lista interminable de hechos reales que han sacudido repetidamente nuestro país; el desparpajo enumerativo neobarroco y polifónico en donde concurren las artes, las ciencias, la alquimia, el carnaval, los textos en otras lenguas, la pluralidad enciclopédica, la locuacidad inventiva para nombrar la flora, la fauna, el paisaje, los chismes de alcoba, y las picantes historias eróticas del Abuelo Macedonio y de los hombres y mujeres escondidos en ese mundo de la simulación; la ironía tipográfica en mayúscula corrida y entre guiones con las que aparecen palabras casi sagradas de nuestra tradición como libertad, justicia, independencia, colonia, república y muchas otras; los espacios en blanco para la traslación de las voces narrativas; la inserción repetida de los nombres de las deidades y toponimias ancestrales de nuestra múltiple tradición también perdida, y la insistencia obsesiva del narrador omnisciente hacia el rescate de la memoria del olvido de todos aquellos que parecieran estar apenas como decorado de una farsa de los vencedores que han escrito la historia oficial. Es decir, una especie de homenaje que el profesor, escritor y pintor Fabio Rodríguez Amaya le rinde a uno de sus maestros, Jorge Zalamea, autor de esa bella pieza poética, imprecación elocuente a los pobres y desarrapados del mundo que es El sueño de las escalinatas. Y en donde se pueden percibir las resonancias narrativas y estructurales de Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Rabelais, Sterne, Leopardi, Voltaire, Baudelaire, Miller, Kafka, Cepeda Samudio, García Márquez, Espinosa, Rojas Herazo, para solo mencionar los más evidentes ―por afinidades selectivas del autor ― para su propuesta artística.

…los lectores de largo aliento pueden tener la certeza de estar frente una novela que les va a quitar el propio y los mantendrá prendados por su riqueza, excelente escritura literaria, poeticidad y trabajo talentoso del lenguaje, especie de fanfarria intermitente de creatividad y lucidez imaginaria que no cesa de generar sentido, divertir, transgredir y cuestionarlo todo.

Por eso me parece acertado el título de Orlando Araújo en un breve texto publicado sobre la novela, que denomina: “Abuelo Macedonio, una diatriba necesaria”, ya que esta obra, desde la esfera de lo sociológico, ideológico y político es eso, una poderosa diatriba contra casi todo lo que ha sido ese Nuevo Reino que, a manera de saga histórico-cultural, el escritor ha publicado para que la memoria popular recupere el lugar que le corresponde, sin esa odiosa postura de quienes han detentado el poder desde siempre y bajo todas sus formas. Una novela que, a mi juicio, debe ser un referente obligado para la literatura colombiana contemporánea luego de tanto facilismo comercial de los últimos años en que han proliferado historias vanas y de moda, pero eficaces para el consumo editorial. Como lector relativamente informado de novela colombiana contemporánea en la que es identificable el diálogo entre la ficción y la historia, la ubico, desde ya, al nivel de esas grandes obras como El otoño del patriarca de García Márquez, La tejedora de coronas de Germán Espinosa, Changó el gran putas de Manuel Zapata Olivella, La ceniza del Libertador de Fernando Cruz Kronfly, La ceiba de la memoria de Roberto Burgos Cantor, Sin Remedio de Antonio Caballero.

Foto: planetadelibrosco2.cdnstatics.com
Foto: planetadelibrosco2.cdnstatics.com

Así las cosas, los lectores de largo aliento (esta es una voluminosa novela de 598 páginas, cuidadosamente editada por Tusquets Editores y acompañada de paratextos formidables desde su carátula, un grabado titulado “Hemafrodita de 1595, de Paulus ―Peter― von der Doort, el logo y título de la colección Andanzas  con sugestivas resonancias masónicas y los epígrafes de ingreso al texto), pueden tener la certeza de estar frente una novela que les va a quitar el propio y los mantendrá prendados por su riqueza, excelente escritura literaria, poeticidad y trabajo talentoso del lenguaje, especie de fanfarria intermitente de creatividad y lucidez imaginaria que no cesa de generar sentido, divertir, transgredir y cuestionarlo todo. Y en correspondencia con el propósito central del hipotexto implícito en la frase de Rulfo mencionada al comienzo de esta reseña, una novela que, como artefacto literario, es una ficción verdadera por su expresividad y literariedad, pero que nos presenta, unas veces dramáticamente, otras veces festivamente, la visión auténtica del pasado y del presente que conocemos apenas por sus balbuceos. Una obra que es una historia real, aunque todo allí ha sido imaginado a partir de un héroe problemático proveniente de una casta ostentosa por sus nombres alambicados que puede ser un símbolo muy complejo de eso que hemos callado por tanto tiempo.

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