Entrevista

“Ser parte de la Academia es romper el silencio que por siglos nos impusieron”: Bárbara Muelas

Reconocer la riqueza de las lenguas ancestrales no es un favor, tampoco un exotismo. Es un acto de justicia con los saberes, las experiencias y la historia de los pueblos. En ese sentido, La Palabra ha dialogado con Bárbara Muelas, líder indígena y nueva integrante de la Academia Colombiana de la Lengua.

Por: Alejandro Alzate

Bárbara Muelas, traductora, lingüista, investigadora y profesora perteneciente a la comunidad indígena Misak. Foto: DEJUSTICIA.
Bárbara Muelas, traductora, lingüista, investigadora y profesora perteneciente a la comunidad indígena Misak.
Foto: DEJUSTICIA.

Alejandro Alzate (AA): ¿Cómo fue su camino, tanto académico como cultural, hasta llegar a la Academia Colombiana de la Lengua?

Bárbara Muelas (BM): Mi camino ha sido tejido con hilos de resistencia y amor por nuestra palabra. Desde niña, escuché a mis padres hablar namtrik y supe que esa lengua guardaba el alma de nuestro pueblo. Me formé como docente, no solo en grandes universidades, sino en la vida misma, en las mingas de pensamiento, traduciendo sueños y luchas como la Constitución del 91, para que nuestro pueblo se viera reflejado en ella. Llegar a la Academia no fue solo mérito mío, sino de todas las manos que han sembrado esta lengua: los mayores de la comunidad que aún la murmuran, las mujeres que la cocinan en sus hogares y los niños que, poco a poco, la rescatan.

(AA): ¿Qué significa para usted, como mujer indígena, llegar a una institución con tanta historia?

(BM): Es romper el silencio que por siglos nos impusieron. Las mujeres Misak hemos sido guardianas de la lengua, pero pocas veces nos han escuchado en espacios donde se decide qué es “correcto” o “valioso” hablar. Entrar a la Academia es gritar, sin alzar la voz, que existimos, que nuestra palabra es tan dulce y poderosa como cualquier otra. Es honrar a mi madre y mi padre que me enseñaron que el namtrik no solo se habla, se siente: en el arrullo de los ríos, en los consejos junto al nak chak (fogón). Ahora, llevo su sabiduría a un lugar donde antes solo cabían otras voces.

(AA): ¿Cuál lengua indígena es la que usted habla y defiende, y qué la hace única?

(BM): El namtrik, la lengua del pueblo Misak, no es solo un conjunto de palabras; es memoria viva. Tiene sonidos que el español no puede copiar, lo único es que no separa lo material de lo espiritual: cuando hablamos de la tierra, también hablamos de la hermana que nos da vida. Por eso defenderla es defender todo un universo.

(AA): ¿Cómo se puede cuidar una lengua para que no desaparezca?

(BM): Hay que hablarla sin pena ni temor, sembrarla en los niños como se siembra el maíz: con paciencia y fe. En la comunidad, hemos creado escuelas donde los pequeños aprenden namtrik jugando, cantando, sintiéndolo en la piel. Pero también necesitamos escribirlo, grabarlo, porque los tiempos cambian y la oralidad ya no basta. Los mayores son nuestros libros vivientes; hay que escucharlos antes de que se los lleve el viento. Y, sobre todo, que el Estado y la sociedad entiendan que una lengua que muere es un mundo que se apaga.

(AA): ¿Cree que el país ha cambiado su forma de ver y valorar las lenguas indígenas?

(BM): Poco a poco, como el agua que horada la piedra. Antes nos decían que hablar nuestra lengua era “ser atrasados”, ahora algunos ven en ella poesía y resistencia. Pero aún falta: muchas personas creen que el bilingüismo es solo inglés-español, ignorando que aquí, bajo sus pies, laten idiomas milenarios. Mi entrada a la Academia es una grieta en ese muro, pero no basta con aplaudirnos; hay que aprender a pronunciar nuestros nombres, a respetar nuestros ritmos. El cambio verdadero llegará cuando un niño Misak no tenga que esconder su lengua para ser aceptado.

Llegar a la Academia no fue solo mérito mío, sino de todas las manos que han sembrado esta lengua: los mayores de la comunidad que aún la murmuran, las mujeres que la cocinan en sus hogares y los niños que, poco a poco, la rescatan.

(AA): ¿Qué sueños tiene ahora que hace parte de la Academia?

(BM): Soñar en grande, pero con los pies en la tierra. Quiero terminar el diccionario namtrik-español, no como un libro polvoriento, sino como un puente entre mundos. Sueño con que algún día un niño de Bogotá o Medellín pueda decir “buenos días” en nuestra lengua sin que le suene ajeno. Y, sobre todo, que las niñas Misak vean en mí un espejo y sepan que su voz también puede romper fronteras. La Academia es un altavoz, pero el canto sigue siendo el de mi pueblo.

(AA): ¿Siente que su ingreso a la Academia también es un reconocimiento a la riqueza étnica y cultural de los pueblos indígenas?

(BM): Claro que sí, no es un premio para mí, sino para todos los que han mantenido viva esta lengua a pesar del desprecio y el olvido. La Academia, al abrirme sus puertas, está diciendo: “Aquí caben todas las Colombias”. Pero ojalá esto no sea solo un gesto, sino el inicio de algo más profundo. Que no nos vean como reliquias del pasado, sino como pueblos vivos, con palabras que pueden enseñarle a este país a escuchar de nuevo.

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