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Roberto Burgos Cantor: Vio lo que vio y lo transformó en literatura

El escritor cartagenero murió el pasado martes 16 de octubre en Bogotá. Deja una obra memorable para las letras colombianas. El 30 de octubre vendría al X Simposio Internacional Jorge Isaacs: Tras las huellas de Manuel Zapata Olivella, iba a hablar de la revista Letras Nacionales y la relación de su generación con el autor de Changó, el gran putas.

Por: Darío Henao Restrepo
Director La Palabra

Roberto Burgos Cantor. Foto: https://www.eltiempo.com/cultura/arte-y-teatro/muere-el-escritor-colombiano-roberto-burgos-cantor-281932
Roberto Burgos Cantor.
Foto: https://www.eltiempo.com/cultura/arte-y-teatro/muere-el-escritor-colombiano-roberto-burgos-cantor-281932

Como el memorable personaje de Otilia, una mujer de 87 años, quien narra en su última novela – Ver lo que veo – desde un taburete, faro de sus nalgas y telescopio de la vida, Roberto Burgos Cantor hizo el mismo ejercicio con su Caribe natal, con la Cartagena que lo viera nacer el 4 de mayo de 1948. Vio lo que vio y lo transformó en literatura. Desde su taburete de observador agudo, con sentimiento profundo, prosa fina y poética, desde los meandros del mundo popular, el autor de – Lo amador, El patio de los vientos perdidos, De gozos y desvelos, El vuelo de la paloma, Quiero es cantar, Juego de niños, El secreto de Alicia, Pavana del ángel, Señas particulares, La ceiba de la memoria , Una siempre es la misma, Ese silencio, El médico del emperador y su hermano y Ver lo que veo -, nos deja una asombrosa, desgarradora y vital memoria de una ciudad hecha con el aporte del trabajo de miles de esclavos. En ese entorno Caribe, cruce de europeos, amerindios, africanos y asiáticos, Roberto se erigió como el último gran biógrafo de Cartagena de Indias. Como bien señala el historiador Javier Ortiz Cassiani, “la barriada recursiva en la miseria, con sus beisbolistas aguajeros, sus boxeadores que no tenían para las proteínas pero se alimentaban de esperanzas, sus modistas diligentes, sus músicos talentosos y sin ínfulas, sus burdeles familiares, el pregón ingenioso de los vendedores del mercado público y la elegancia popular de los trabajadores del puerto”, fue la brújula de su buceo en la intimidad de las gentes de su tiempo.

Hace unos meses lo visité en su apartamento, en el barrio La soledad, para hablar sobre el tema de su participación en el X Simposio Internacional Jorge Isaacs: Tras las huellas de Manuel Zapata. Quería rendirle homenaje a la revista que fundara Manuel en 1965, Letras Nacionales, donde apareció su primer cuento – La lechuza dijo el réquiem – en el número 3 de julio/agosto de ese mismo año. Me contó que su madre había tomado, sin decirle, el cuento de sus papeles y se lo entregó a su padre, Roberto Burgos Ojeda, quien se lo mostró a su amigo Manuel Zapata Olivella para que le diera su opinión. Padre e hijo se llevaron una gran sorpresa el día que llegó a la dirección de su casa – calle 35 #20F-30 (Subida de la Popa) – el ejemplar de la revista con el cuento publicado. No había terminado el bachillerato, aún no se imaginaba que dejaría Cartagena para ir a estudiar Derecho en la Universidad Nacional de Colombia. Fueron tiempos de mucha agitación política, había llegado el día que mataron al cura Camilo Torres. Siempre mantuvo una estrecha relación con Manuel. Solía ir a los eventos en la sede de la revista contigua a la plaza de Las Nieves, y algunas veces los domingos lo invitaban a almorzar en familia Manuel, Rosa y sus dos hijas: Edelma y Harlem. Recordó esa tarde algunas lecturas que entusiasmaban al loriquero como Pedro Páramo, Los jacobinos negros, La tienda de los milagros, Gran sertón veredas, Los ríos profundos, Los condenados de la tierra, lecturas que él también acometió. En ese ambiente intelectual se formó junto a su generación, a quienes con generosidad Manuel les abrió las páginas de Letras Nacionales: Óscar Collazos, Darío Ruiz, Policarpo Varón, Umberto Valverde, Luis Fayad, Eligio García, Alberto Duque López, Gabriel Restrepo, Alberto Sierra, Augusto Díaz, Carlos Jiménez, Gerardo Rivas. Este último, en mayo de 1996, publicó la antología Cuentistas Colombianos en la cual aparece la generación anterior (Alfonso Bonilla Naar, Clemente Airó, Manuel Zapata, Arnoldo Palacios, Eutiquio Leal, Antonio Montaña, Gonzalo Arango, Fernando Soto Aparicio) y la de algunos de los compañeros de Roberto (Óscar Collazos, Alberto Duque, Germán Espinosa, Fanny Buitrago, Umberto Valverde). El cuento de Roberto “Cadáveres para el alba” anunciaba la poética y el estilo de la prosa que afinaría a lo largo de su vida de escritor, con obras maestras de la literatura colombiana como El patio de los vientos perdidos, La ceiba de la memoria y Ver lo que veo. La narración de esta última, desde el universo de una barriada popular cartagenera, que bien puede ser la misma Chambacú novelada décadas antes por Manuel Zapata Olivella, ante el golpe abrupto de la indeseada de las gentes se erige como la más hermosa y poética despedida de la Cartagena de Indias de la cual su espíritu nunca se alejó.

Roberto se ha ido a otros mundos. Seguirá viviendo en la memoria de los colombianos por su valioso legado literario. Su literatura fue una búsqueda permanente por apuntar más allá de las palabras, por liberarlas del encajonamiento de la costumbre y la razón, implosionándola para arrancarles de vuelta el eco desconocido donde se enmascara el otro, tú, yo. Un ser humano inolvidable.

De izquierda a derecha: Edgar Collazos, Gabriel Ruiz, Fabio Martínez, Roberto Burgos, Julián Malatesta, Kevin García, Darío Henao, Álvaro Bautista, Umberto Valverde. En Univalle, 2010. Foto: http://ntc-documentos.blogspot.com/2018_10_18_archive.html
De izquierda a derecha: Edgar Collazos, Gabriel Ruiz, Fabio Martínez, Roberto Burgos, Julián Malatesta, Kevin García, Darío Henao, Álvaro Bautista, Umberto Valverde. En Univalle, 2010.
Foto: http://ntc-documentos.blogspot.com/2018_10_18_archive.html

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