Revista GACETA: crónica de un regreso esperado
En su edición 2024, que se extenderá hasta el próximo 2 de mayo, la Feria Internacional del Libro de Bogotá ha presenciado el regreso de esta revista a la vida cultural nacional. La publicación, que nació en 1976, murió por complicados males en la década del 2000. A pesar del calamitoso insuceso, cabe destacar que ahora, en su renacer, sigue intacto el espíritu que la animó desde siempre. La cultura, el debate público, la reflexión, la inclusión y el reconocimiento de los saberes ancestrales siguen siendo los ejes que permiten tanto cuestionar la historia como contemplar el presente a la luz de mejoras sustanciales.
Por: Alejandro Alzate

Como es apenas esperable, el regreso de GACETA es generoso si de contenidos hablamos. Muy diversas son las aristas que abrazan el tema central, que no es otro que el del drama amazónico, el de la nefasta explotación del caucho, el de lo paradisiaco y lo carcelario de una geografía que aprendimos a reconocer gracias a La Vorágine;obra a la cual se le rinde tributo en el centenario de su publicación. Alejada de cualquier lucimiento, la revistano espera el homenaje. Por el contrario, se lo otorga a esta novela que constituyó, después de María, el segundo hito de nuestra joven literatura.
Además de justo, el concitado reconocimiento es útil en la medida en que muestra, a las nuevas generaciones, un texto que sigue siendo actual y retador; un texto que sigue cantando los dolores de nuestra tierra; tan esquilmada por propios y extraños en busca de rédito económico y bursátil rentabilidad. A diferencia de las novelas de los años 30 ―que adolecían de brillo literario por lo incendiario de las denuncias―, el texto de Rivera es tan punzante como bello y estético. La sensibilidad que lo atraviesa no es la de un panfletario, sino la de un artista, la de un escritor con oficio. Lejos quedan las rebatiñas del diletante que mancha las páginas con sangre.
Entrados en materia, diremos que llama la atención uno de los artículos; esto, claro está, sin menoscabo de los otros. Se trata, pues, de “El nuevo abandono de la Casa Arana”. Bajo la firma de Mauricio Builes, este texto da cuenta del terror que tan bien rememora la novela de José Eustasio Rivera. Un rápido flashback permite recordar que esta empresa arrasó con la vida, dignidad y honra de miles de indígenas que fueron usados, que no es lo mismo que empleados, para extraer caucho de la Amazonía colombo-peruana. Si bien la cantidad de víctimas es aún asombrosa e imprecisa, lo es aún más el hecho de que el peruano Julio César Arana se haya “adueñado del Putumayo, una parte de la Amazonía ubicada entre Colombia y Perú que para ese entonces (s.f.) no le pertenecía oficialmente a ninguno de los dos países”. También, continúa afirmando BBC News, coadyuvaron a la consolidación de su imperio el “auxilio técnico y económico inglés” y el “régimen de terror (que se instauró) para doblegar a los indígenas y obligarlos a ser sus esclavos”.

Foto: mincultura.gov.co
En medio de todas estas circunstancias, plantea Builes, la Casa Arana sigue siendo un símbolo del dolor y la desolación; del abandono. Comenta el cronista que la zona donde está ubicada la edificación se ha deteriorado socialmente de manera impactante. La comunidad está muy consternada por las malas prácticas en que ha incurrido la juventud local. “Estamos preocupadas porque los jóvenes están cayendo fácil en todo: corote, marihuana, oler pegante y gasolina”. Mientras María Kuiro, secretaria de la mujer en la Asociación Indígena de Cabildos de La Chorrera pronuncia estas palabras, se abre otro drama igual de complejo; un drama que La Voragine ya había advertido por partida doble: la pauperización de la mujer y la negligencia estatal. En relación con lo primero, Kuiro sentencia que “La Chorrera tiene una de las tasas más altas de violencia sexual contra las mujeres del Amazonas”. Tanto en la realidad como en la ficción, en estos pueblos, dejados de la mano de Dios, las multinacionales mancillan la honra y dañan las más íntimas y delicadas fibras humanas. En lo atinente a lo segundo, cabe resaltar un comentario lapidario: “La Casa está que se nos cae encima”.
La Amazonía colombiana, sin duda, sigue ofreciendo importantes réditos. Para unos pocos, todo es redención y progreso; para otros, por el contrario, el sur es sinónimo constatable de empobrecimiento, muerte física y espiritual y miseria.
Lejos de la separación, del corte con el pasado siniestro, la Casa hoy sigue afectando la vida, escolar en este caso, de miles de niños y jóvenes que intentan hacerle un quite al ocio y a los violentos a través de la educación. Pareciera que la naturaleza y la densidad climática le han pasado factura a este otrora temible lugar. Fino en la observación, Builes comenta que la construcción tiene “la estética del abandono: el techo de los salones tiene parches húmedos y huecos del tamaño de un balón de micro, la cocina y el restaurante están invadidos por la maleza, los comedores de los profesores tirados en el piso, las paredes resquebrajadas y los ventanales rotos y sellados con las fotografías que en algún momento hicieron memoria del genocidio”.
El recorrido hecho por el cronista permite asistir a la sistemática degradación de un lugar nacido para ser lastre y no semilla. Curiosa, en ese sentido, resulta la leyenda que testimonia el puño trémulo de Builes: “…las nuevas generaciones de indígenas, apoyadas por sus mayores, han valorado la importancia de que esta construcción persista; por ello, han solicitado (…) la declaración de este inmueble como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional, reconocimiento que le ha sido otorgado por el Ministerio de Cultura en 2008”. Dadas las actuales condiciones del inmueble, ¿cómo debe ser mirado? ¿Es lo que queda de él una suerte de museo de la memoria? ¿Un esperpento que nada reivindica pero que sí testimonia los abandonos estatales? ¿Es la resignificación de la Casa un proyecto fallido? Todo parece indicar que sí. Al menos, así se lo expresó a Builes Ángel Kuyoteka, líder comunitario y mayor del resguardo.

Foto: mincultura.gov.co
Pareciera, entonces, que La Vorágine sigue gritando los lamentos y requiebros de estas comunidades olvidadas. La ficción de Rivera no se quedó corta. Lejos de cualquier viso de caducidad, sigue siendo actual en la medida en que los dramas de entonces, 1924, son los mismos de hoy. Tanto en los años 20, como ahora, las comunidades siguen esperando respuestas, asistencia y, por qué no, un poco de misericordia y compasión. Lo grave del asunto es que una y otra no llegan, pero sí aceleran su marcha las ambiciones que no descansan. Si bien los árboles ya no lloran caucho, ahora las selvas atestiguan el surgimiento de una nueva avaricia: la venta de bonos de carbono. La Amazonía colombiana, sin duda, sigue ofreciendo importantes réditos. Para unos pocos, todo es redención y progreso; para otros, por el contrario, el sur es sinónimo constatable de empobrecimiento, muerte física y espiritual y miseria. Confiemos en que algo suceda para que, como en el poemario de José Eustasio Rivera, el Amazonas no sea sinónimo de tragedia sino tierra de promisión.



